El signo y la carne

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La tierra del todavía-no

El signo y la carne/7 – Los verdaderos profetas no son queridos porque destruyen casas y ofrecen tiendas. 

Luigino Bruni

Publicado en Avvenire el 16/01/2022

«Dios está detrás de cada cosa, pero cada cosa esconde a Dios». 

Victor Hugo, Los miserables, Tomo II, 5.4

Este capítulo de Oseas, uno de los más conocidos y apreciados, es una profunda reflexión sobre la naturaleza de la idolatría y de las trampas de la lógica sacrificial. Como dice el Dios de la Biblia y repite Cristo: «misericordia quiero y no sacrificios».

No es fácil comprender verdaderamente la dureza de los profetas con respecto a los ídolos y la idolatría. El capítulo sexto del libro de Oseas, que contiene referencias valiosas para el cristianismo, aborda un aspecto central de esta lucha anti idolátrica. Denuncia al pueblo, que se hace la ilusión de conocer a Dios (YHWH) cuando en realidad lo está confundiendo con el dios natural de las estaciones y del ritmo de los días: «Esforcémonos por conocer al Señor: como la aurora es puntual su salida; vendrá a nosotros como la lluvia, como aguacero que fecunda la tierra» (Oseas 6,3). Un dios obvio, capturado dentro del orden natural de las cosas, que debe venir como viene cada día la aurora, como la lluvia, como el otoño. Sin sorpresas. 

Sin embargo, este canto de la ilusión religiosa contiene una frase que a los primeros cristianos y después a los Padres (Tertuliano) les gustó mucho: «Venid, volvamos al Señor… Dentro de dos días nos dará la vida, al tercer día nos hará resurgir». Dentro de dos días… al tercer día nos hará resurgir, nos resucitará. Cuando Pablo escribía a los Corintios: «Cristo resucitó al tercer día, según las Escrituras» (1 Cor 15,4), es probable que tuviera en mente precisamente este pasaje de Oseas – el Espíritu puede sacar palabras de vida incluso de cantos que no les gustaban a los profetas –.

Esta crítica a la identificación de YHWH con los dioses naturales de la fertilidad puede llevar consigo algo importante. Es bueno que nos detengamos en ella. En la Biblia, y en el cristianismo después, existe una veta profunda que se entrelaza con las religiones primitivas y los cultos naturales. El hombre bíblico emergió a partir de las formas de una religiosidad arcaica, donde se descubrían las divinidades en el ritmo de la vida y de la muerte, del sol y de los astros. Este era su mundo, no conocía otro. Sabía que la vida dependía radicalmente de la fertilidad de la tierra, de la generosidad de las estaciones. Sentía, por un instinto insuperable, que su tierra estaba habitada por seres invisibles pero tremendamente reales, a los que se sentía vinculado y de los que dependía la vida de todos y de todo. Así pues, era inevitable que las primeras palabras con las que los hombres hablaron con los dioses fueran las que habían aprendido de la naturaleza y de la vida, porque eran las únicas que conocían y amaban. Así nacieron, al alba de la civilización, los grandes mitos del dios que muere en otoño, permanece en el sepulcro en invierno, y resurge en primavera; del dios que fecunda la tierra con la lluvia y la nieve y después esta da a luz generando flores y frutos, en los campos y en los tiestos de Adonis. Las primeras narraciones religiosas se insertaron dentro de este gran ciclo de la naturaleza, pintadas con vivos colores. Dieron a Dios sus palabras más bellas.

¿Qué hizo la Biblia con esta religiosidad natural? ¿La consideró completamente vanitas? Sí y no. Para los hombres y las mujeres de carne y hueso del pueblo de Israel no lo era: ellos sentían que Dios estaba debajo de todas las cosas, como los pueblos cercanos. Como nuestros abuelos agricultores, que oían un murmullo divino recorriendo sus mismos caminos, siguiendo el rastro del ciervo y de la zorra, y sentían que la muerte no tenía la última palabra pues sabían que una misteriosa primavera de vida les sorprendería un día y les permitiría volver a ver a sus padres e hijos. Entonaban los mismos cantos a las viñas y a la última gavilla, rezaban para que llegara la lluvia y no volviera el terremoto. Así es como aprendimos a rezar, a hablar con los ángeles y con los demonios, a entrever a Dios detrás de cada cosa y a verlo desaparecer inmediatamente después.

Pero un día, un día distinto, la Biblia nos dice que aconteció algo nuevo e imprevisto. Dentro de un misterio siempre envuelto por una nube veladora-reveladora, el Dios al que todos los pueblos habían sentido y tratado de interceptar, nos dijo algo nuevo sobre sí mismo y nos dio palabras que aún no teníamos. Y así comenzó la historia distinta del pueblo del que nació la Biblia, cuyo primer objetivo no era recoger las palabras sobre Dios que los hombres conocían ya, sino darnos a conocer las que todavía no existían. El inmenso valor de la Biblia estaba en este “todavía no”. Este era su valioso tesoro, conservado por el pueblo. Y para enfatizar la novedad de las palabras de cielo, las palabras religiosas de la tierra acabaron convirtiéndose en las palabras de los ídolos, de los “dioses falsos y mentirosos”. Así comprendemos mejor por qué la primera lucha contra la idolatría que entabló la Biblia se produjo dentro de su pueblo, pues la religiosidad de la tierra y de la naturaleza era la misma de la que venían también las tribus de Jacob. Eran hijos de Abraham y de los mitos medio-orientales, de los cultos naturales de dioses más sencillos. Cultos muy queridos por la gente, contra los cuales la Biblia fue muy dura – y los profetas durísimos – porque quería afirmar una novedad, y sigue afirmándola. A la Biblia le costó mucho separar la verdadera fe de la fe en las divinidades de la naturaleza, porque el pueblo sentía que en las antiguas tradiciones aprendidas en Canaán, traídas de Ur de los Caldeos o de Egipto, había también alguna huella verdadera del mismo Dios que un día reveló su verdadero nombre. Cada revelación de dimensiones nuevas de la realidad es una destrucción creadora, y casi siempre hay materiales buenos entre los destruidos y barridos. Los profetas, por vocación, demuelen sin piedad templos, capiteles y mosaicos antiguos, a veces muy hermosos, y algunos se pierden para siempre, porque el área que cubre la nueva religión nunca coincide con la de las anteriores.

Dentro de este discurso es donde debemos colocar la crítica de Oseas con su desconcertante (para nosotros) fuerza y dureza: «Por eso los he hecho trizas por los profetas, los he matado por las palabras de mi boca» (6,5). La profecía es también eso: «Arrancar y arrasar, destruir y demoler» (Jeremías 1,10). Pero como las casas derribadas por los profetas son aquellas en las que el pueblo habita, incluidos los palacios de los reyes y los templos de los sacerdotes, el trabajo de los profetas es durísimo, doloroso, y no es querido ni comprendido. Pero ellos siguen pulverizando, expulsando a las personas de sus casas y a los reyes de sus palacios; y lo hacen – esto es lo importante – no para construir otras mansiones y otros templos en lugar de los anteriores, sino para ser de nuevo pobres y libres y retomar el camino hacia una tierra que nunca deja de ser prometida, la tierra del todavía-no. Los verdaderos profetas no son amados porque destruyen casas y en su lugar ofrecen tiendas, derriban templos y los sustituyen por un espacio vacío, destruyen nuestras casas y nos dejan al frío de un seguimiento desnudo. ¿Quién obedece a los profetas? Nadie.

Y en el culmen de este canto encontramos, tal vez, la perla más preciosa de este capítulo. Es esta: «Porque quiero misericordia, no sacrificios; conocimiento de Dios, no holocaustos» (6,6). Quiero hesed (es decir misericordia, amor fiel, reciprocidad, lealtad) y por tanto el conocimiento verdadero del Dios-YHWH. En la otra parte, es decir en la parte equivocada, están los sacrificios. Hemos llegado al centro, al punto central no solo de Oseas sino de toda la profecía, y tal vez no solo de la profecía bíblica sino de toda profecía auténtica – de profecía está llena la tierra, también nuestra tierra árida y sin agua –. Hay un conflicto, una alternativa, un “foso” (J. Jeremias) entre la fe de los profetas y la del templo, es decir entre la fe fundada en el hesed y la fundada en los sacrificios, entre la civilización de la gratuidad y la civilización del cálculo, entre la religión del amor y la comercial.

Amor y sacrificios: dos caminos religiosos distintos, opuestos, incompatibles, como revela también el verbo hebreo usado por Oseas (hps), que dice claramente que Dios ama, gusta, quiere, aprecia el hesed y no quiere, no ama, no aprecia los sacrificios, le molestan. En el mundo antiguo todos hacían sacrificios, incluso los sofisticados griegos y los jurídicos y racionales romanos. En este ambiente sacrificial, aceptado por todos y adorado por los sacerdotes, Oseas grita que ofrecer sacrificios no es solo inútil (Qohélet) sino además molesto para Dios. En estos gritos los profetas son inmensos y maravillosos. En esto son verdaderamente distintos de nosotros. Nosotros podemos, con valentía, llegar a decir: "Los sacrificios son menos importantes que el amor, pero también hace falta un poco de culto; una ofrenda en el templo no hace daño a nadie, al pueblo le gustan estas prácticas". Los profetas verdaderos y grandes no. Ellos nos dicen otra cosa, nos dicen lo contrario. Son tremendos y radicales, desequilibrados, parciales, divisores, no amables, exagerados, excesivos.

Como Jesús de Nazaret, que frente a todos los que protestaban porque se codeaba con pecadores públicos (Mateo, el recaudador), cita precisamente esta frase de Oseas: «Id a aprender qué significa: Misericordia quiero y no sacrificios» (Mt 9,13). Y después la repite para explicarnos cómo considerar la Ley y el templo: «Si hubieseis comprendido lo que significa Misericordia quiero y no sacrificios, no condenaríais a los que no tienen culpa» (Mt 12,6-7). Aquí Jesús explica a Oseas, mostrándonos que la alternativa-foso-conflicto entre amor y sacrificio no se limita únicamente a la vida religiosa, sino que se extiende a toda la vida social. No solo nos repite, con Oseas, que su religión no es la de los sacrificios, sino la del amor-hesed-agape. Nos dice también que la cultura del sacrificio es una relación equivocada con la vida, no solo con Dios. Porque es una relación basada en el cálculo y no en la generosidad, en la lógica económica y no en la sobreabundancia. La lógica del sacrificio es primero una trampa antropológica y después una cuestión teológica y religiosa. Es la lógica de quien vive echando cuentas, calculando los costes y beneficios de cada acción, porque, en el fondo, es ateo y no cree que seamos amados, que en el mundo exista un gran candor, que seamos hijos. La fe sacrificial aprisiona a Dios en una jaula más estrecha que la del hombre más tacaño. Quien basa su vida en los sacrificios cree en la meritocracia porque no cree en la gracia, no se fía de la gran providencia del mundo y por tanto trata de comprarse una pequeña providencia privada que nunca llega a saciarle.

Los profetas luchan con todas sus fuerzas contra los sacrificios para decirnos: vosotros valéis más que vuestras obras, sois más grandes que vuestros cálculos, sois mejores que vuestros contratos, sois amados aunque no lo merezcáis; yo te amo sin más, no por tus méritos, te amo por ti. Entonces, combatir contra la religión de los sacrificios significa renunciar a una visión del mundo mezquina, empobrecida y avara. Los profetas ensanchan nuestra idea de Dios y así ensanchan también la idea que tenemos de los demás y de nosotros mismos.

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