Una mayor colaboración económica entre Europa y América Latina es de vital importancia para reducir el poder de extorsión de la América de Trump
Benedetto Gui
publicado en Città Nuova el 28/01/2026
Desde las primeras civilizaciones en Mesopotamia, pasando por la antigua Roma, todo imperio basa su fuerza en la debilidad de los pueblos sometidos, los cuales, sin la capacidad de unirse, se ven obligados a rendirse en el enfrentamiento individual con los dominadores. Este mismo esquema se aplica también, con algunas adaptaciones, al comercio internacional. La actual administración de Estados Unidos, tirando por la borda las reglas de la Organización Mundial de Comercio que fueron acordadas con mucho esfuerzo en las últimas décadas, decidió usar todo el poder de negociación que le confiere el hecho de ser un enorme importador para sacar ventajas “imperiales” de las relaciones económicas con sus contrapartes. Estas últimas, expuestas cada una a la amenaza de un fuerte aumento de aranceles aplicados a sus exportaciones, según discreción del presidente norteamericano, tienen dificultades para oponerse a las condiciones que les son impuestas, por miedo a perder ingresos valiosos y puestos de trabajo.
Así es como hemos visto transigir incluso a la Unión Europea, coloso económico pero enano político, paralizado por sus mismas clases dirigentes que siguen buscando mantener la regla de la unanimidad. En julio pasado, la Unión Europea aceptó un acuerdo leonino, humillante tanto por el hecho de ser asimétrico (EE.UU. tasa nuestras exportaciones pero la Unión Europea no debe tasar las estadounidenses), como por el contexto mismo en que fue firmado (en el nuevo complejo de golf que la familia Trump tiene en Escocia). Como si fuera poco, la administración Trump pretende que Europa también modere un poco la reglamentación de los servicios que ofrecen las plataformas de internet y que renuncie a aplicarles una tasación ad hoc (cosa que Europa empezó a hacer para reequilibrar el beneficio indebido del que gozaban con respecto a las demás organizaciones de venta).
Está claro que cuanto más el comercio internacional mantenga una configuración tipo “estrella”, que ve en la periferia un círculo de países ocupados sobre todo en venderle a un gran importador ubicado en el centro del sistema, más fuerte será el poder de condicionamiento que este último va a poder ejercer sobre el resto del mundo. Por el contrario, cuanto la configuración sea más del tipo “red”, con vivas relaciones económicas de todos con todos, más va a reducirse el poder de condicionamiento del país líder. En desde esta perspectiva que Canadá, con su presidente Carney, sorprendentemente enérgico y decidido, reforzó la colaboración económica con China; también que la primera ministra Meloni fue hace unos días a Japón para relanzar la cooperación económica ítalo-japonesa; y que el presidente del Consejo Europeo Antonio Costa y la presidenta de la Comisión europea Ursula Von der Leyen fueron a la India para dar un paso adelante en el acuerdo comercial con el gigante asiático.
Y finalmente, viniendo al tema principal del artículo, es precisamente desde esta perspectiva que el 17 de enero se firmó, después de una larguísima gestación, el acuerdo comercial entre la Unión Europea y el Mercosur (el mercado común de América del Sur que reúne a Argentina, Bolivia, Brasil, Paraguay y Uruguay). Pero - ¡un giro en la trama! - de golpe llega un revés. No de Sudamérica, que parece convencida de pasar rápido a la aplicación, sino del Parlamento Europeo, que a pocos días de distancia decidió, con una mayoría de pocos votos, enviar el acuerdo a la Corte Europea para verificar el cumplimiento jurídico.
En términos de valor, en 2024 la carne representaba solo el 2% de las importaciones europeas del Mercosur, pero las potencialidades de aumento son altas. Por eso, bajo la fuerte presión de las organizaciones de agricultores, se impusieron límites a las importaciones que se benefician de aranceles preferenciales: 99 mil, 25 mil y 180 mil toneladas respectivamente para las carnes bovinas, porcinas y avícolas (equivalente al 1,5%, al 0,1% y al 1,3% respectivamente, de la producción de la Unión Europea). El efecto sobre los precios podría ser de una caída del 3%, apreciado obviamente por los consumidores, pero capaz de dejar en crisis a muchos ganaderos. Lo que alarma tanto a los productores como a los consumidores es el temor a la ineficacia de los controles en materia de pesticidas y hormonas, prohibidos en Europa pero, de hecho o de derecho, ampliamente utilizados en América del Sur.
Una mayor colaboración entre Europa y América Latina es de vital importancia para disminuir el poder de chantaje de la América de Trump, en beneficio de ambas partes interesadas y para preparar también el regreso a una lógica multilateral, en vez de imperial, en el comercio internacional. Es necesario, a mi modo de ver, que los varios actores involucrados del lado europeo tomen plenamente consciencia de lo importante que es el alcance estratégico del acuerdo y que, desde esta perspectiva, vuelvan a trabajar con buena voluntad en su formulación, para evitar penalizaciones indebidas al mundo agrícola y para no dejar disipar todo lo que hasta aquí nuestro continente ha obtenido en materia de protección de salud y medio ambiente.








