Ánima económica/6 – La compleja relación con la modernidad en el proceso de construcción de la Doctrina Social de la Iglesia.
Luigino Bruni
publicado en Avvenire el 15/02/2026
La relación entre catolicismo, modernidad, fascismo, economía y sociedad de los últimos siglos es un terreno accidentado y poco explorado. Toda hipótesis hermenéutica es un mapa, un instrumento fundamental para tratar de adentrarnos un poco, conscientes de tener entre las manos un plano geográfico parcial e incompleto. Un mapa no es la foto del bosque, no es una fracción de aquel mapa imperial de escala 1/1 imaginado por el genio de Borges. Es solo un humilde papel, con muchos huecos y muchos puntos de conexión con zonas que no están trazadas por ser desconocidas, de las cuales algunas pueden incluso llevarnos, tanto al que lee como al que escribe, al borde de un precipicio. Pero no hay otras mejores vías, la única que queda disponible es la apologética de los a prioris ideológicos y los mitos narrativos, que es la más amada por los imperios y sus nostálgicos.
León XIII y Pío XI fueron innovadores por dedicarle encíclicas a la ‘cuestión social’, León en primer lugar y en mayor medida. Innovadores porque dijeron que era parte esencial de la misión de la Iglesia entrar en el tema y en el corazón de la economía, el trabajo y las dinámicas sociales y políticas. Entonces hicieron preguntas buenas e importantes, a los católicos y a todos. Las respuestas que pudieron ofrecer, dentro de los límites impuestos por su propia época, fueron en cambio superadas por la historia, también porque nacieron en un clima de miedo y de defensa, que son siempre pésimos consejeros para el que escribe sobre temas sociales. En los grandes miedos, tanto individuales como colectivos, el primer camino que se presenta es el del regreso a tierras ya conocidas y confortantes, y no el buen camino.
Para continuar con nuestro recorrido, veamos la obra de Amintore Fanfani, profesor durante el fascismo de historia económica y de doctrinas económicas en la Università Cattolica del Sacro Cuore de Milán, orientada en esos primeros años por el programa ‘medievalista’. El padre Gemelli vio en Fanfani a un experto, y cuando este tenía aún veinticinco años le confió la dirección de la prestigiosa Rivista Internazionale di Scienze Sociali. Sus primeros trabajos, y los más importantes, están dedicados a la búsqueda de un fundamento del capitalismo, cuyo espíritu para Fanfani no es bueno, sino el fruto maligno de la decadencia y la traición al espíritu auténticamente cristiano que había regido la Christianitas medieval. Y rastrea así en la última etapa de la Edad Media una cultura económica radicalmente distinta a la que se convertirá en el espíritu capitalista. El espíritu aún intacto de la economía lo encontró en aquella tierra lejana donde el germen moderno aún no había ingresado al organismo europeo para infectarlo. El primer espíritu económico medieval era bueno porque era pre-capitalista, y por lo tanto, social, virtuoso y comunitario, regulado por las corporaciones y protegido bajo el ala de la Iglesia, la teología de Tomás y la escolástica. Este orden cristiano de las primeras comunas y de los primeros mercaderes, tan apreciado por Dante, iba a ser luego desvirtuado por “la gente nueva y el dinero rápido” (If XVI,73) que “produce y expande la flor maldita” (If IX,130). Un giro importante iniciado por lo tanto muy temprano, en el siglo XIV, con el desarrollo del Humanismo. A través de esa fisura del muro del orden sacro medieval se metió el viento malo del hombre moderno y, por ende, del capitalismo. Una falla que se produjo mucho antes de la Reforma de Lutero y de Calvino. Fanfani no podía estar de acuerdo con la teoría del gran sociólogo Max Weber, que unos años antes, en La ética protestante y el espíritu del capitalismo, había vinculado el nacimiento del capitalismo al espíritu calvinista. Para Fanfani, el espíritu capitalista no es ni cristiano ni católico, es su traición. Nace más bien como un efecto colateral de la decadencia moral y religiosa del hombre moderno, y la Reforma no hizo más que continuar aquella revolución más antigua y equivocada (no hay que olvidar que aquel período del catolicismo era también anti-protestante). El interés de Fanfani por el origen del capitalismo lo encontramos ya en su tesis de licenciatura en la Università Cattolica: “Un adversario del capitalismo no puede ser un sistema en el cual la última razón es la razón económica; solo un sistema que pone otros criterios por encima de los económicos puede ser adversario del capitalismo” (A. Fanfani, Effetti economici dello scisma inglese, 1929-30). Por lo tanto, durante la fase precapitalista “instituciones sociales bien definidas, como la Iglesia, el Estado, la Corporación, se hacen defensoras de un orden económico no basado en criterios de utilidad económica individual. La corporación es una institución típica de la época” (Cattolicesimo e protestantesimo nella formazione storica del capitalismo, 1934). Fanfani niega firmemente que “el catolicismo, en tanto cuerpo de doctrinas, haya favorecido la proyección de la concepción capitalista y por lo tanto la llegada del capitalismo”. Y luego se pregunta: “¿Cuándo y dónde surgió el capitalismo? ¿En los países protestantes, tras la rebelión de Lutero?” (p.111). Su respuesta es claramente que no: el espíritu capitalista es anterior y se encuentra en cambio en “circunstancias de hecho que indujeron a los individuos a actuar de manera diferente a la mayor parte de sus contemporáneos o a la forma en que todos deberían actuar” (p. 118). Un rol importante fue el que desempeñó particularmente el desarrollo del comercio a larga distancia. En los países extranjeros, lejos de la mirada de la comunidad, “para los mercaderes hay menos estímulos para actuar correctamente” (pp. 119-122).
Todo eso en total coherencia con el proyecto de Toniolo, con Gemelli, con el tomismo, con León XIII y Pío XI y el proyecto cultural de restauración del orden medieval, de su espíritu y de sus corporaciones, todos elementos esenciales del paraíso perdido. El proyecto social cristiano debía ser, por tanto, una superación del capitalismo, pero en lugar de ir hacia adelante lo quiso superar volviendo atrás, al orden económico fundado, según Fanfani, en el voluntarismo (fuerte intervención del Estado) y poniendo fin de esa manera al naturalismo, o sea, al liberalismo (Fanfani, Storia delle dottrine economiche, 1942). En esta visión, la Rerum Novarum es para Fanfani un manifiesto del voluntarismo («Rerum Novarum, volontarismo e naturalismo economico», Rivista Internazionale di Scienze Sociali, 1941).
No nos sorprende entonces que el joven Fanfani se haya adherido con tanto entusiasmo y durante tantos años al corporativismo fascista, al que vio como la apoteosis del voluntarismo y la superación del capitalismo, un corporativismo que Fanfani vio a su vez como el desarrollo del corporativismo cristiano: “El corporativismo ha negado la esencia del capitalismo… Si hay un país donde el capitalismo toca a su fin y un nuevo sistema avanza, ese país es Italia. Las corporaciones y toda la legislación corporativa me parecen profundamente innovadoras” (Declino del capitalismo e significato del corporativismo, 1934). Colaboró también en la Escuela de mística fascista (L. Pomante, 2024), creada para que, según palabras del fundador, “el fascismo tenga su propia ‘mística’, en la medida en que es poseedora de un sistema de postulados morales, sociales y políticos, categóricos y dogmáticos, que pueden solos salvar a la humanidad en crisis” (N. Giani, 1930). El 27 de febrero de 1927, el cardenal de Milán A. I. Schuster visitó esa escuela y pronunció una homilía, mientras que el diario católico “L’avvenire d’Italia” (un antepasado de nuestro diario) se opuso abiertamente a esta nueva “mística” (9 de abril de 1930).
Lo que más fascinaba a esos católicos era la visión orgánica y jerárquica de la sociedad fascista, ya que se parecía a la del cristianismo medieval: “el corporativismo fascista ha vuelto a la idea de una constitución orgánica de la sociedad” (A. Fanfani, Il problema corporativo nella sua evoluzione storica, 1942). Ha vuelto… volver, voltearse, mirar atrás para encontrar la soñada ‘tercera vía’: “Las corporaciones fueron una forma de asociación típicamente italiana, y a nuestras viejas corporaciones les debemos muchos tesoros magníficos, que son la gloria y el esplendor de Italia” (Mussolini, ‘Discurso a periodistas extranjeros’, noviembre de 1923).
En sus clases del Instituto Colonial Fascista (1936-37), Fanfani leía el fascismo en términos mesiánicos de regreso al imperio, más explícito aún en un artículo de su revista: “A nuestro pueblo le bastaron catorce años para superar las etapas intermedias en la vía hacia el imperio, que otros recorrieron durante siglos: pacificación política, conciliación con la Iglesia, educación católica romana y fascista de la juventud: esas fueron las conquistas que han tendido las voluntades y han preparado la victoria. Fuimos de los últimos en constituirnos como unidad política. Y los últimos, solo ellos, serán los primeros. La reaparición en la tierra de las virtudes romanas, corroborada por la consagración del cristianismo, nos puede dar la certeza” (“Solos”, Rivista Internazionale di Scienze Sociali, 1936).
El régimen fascista se derrumbó. Las instituciones corporativas también tuvieron su final. Pero la mentalidad corporativista, con la búsqueda de una vía media y restauradora entre capitalismo y socialismo, caracterizada por una fuerte presencia del Estado, no desapareció después de 1945, porque existía además de mucho antes que 1922. Se pueden encontrar rastros en la Italia Republicana, como veremos. Así como tampoco la Iglesia superó la nostalgia por el antiguo régimen y la tentación de mirar hacia atrás.
Desde la Biblia sabemos que cuando el pueblo se imagina un camino hacia atrás, si realmente lo emprende, termina atravesando el mar del lado equivocado, donde lo esperan el Nilo, los ladrillos, los faraones… El papa Prevost eligió el nombre León para reafirmar que hoy también la cuestión social es central en la Iglesia. Y esa es una señal muy importante. Se espera – y hay razones para esperar – que esta vez no será el miedo a las “cosas nuevas” lo que dé el tono y las palabras a las nuevas encíclicas. Hay una necesidad infinita de una mirada buena y generosa sobre lo que está viviendo la humanidad, incluyendo sus contradicciones y sus riesgos. La tierra prometida, si la hay, puede encontrarse solo en nuestro tiempo, sobre la línea del horizonte.








