Ánima económica/7 – En los veinte años de fascismo hubo una convergencia de los economistas sobre el modelo esposado por el fascismo: una tentación engañosa pero convincente.
Luigino Bruni
publicado en Avvenire el 22/02/2026
“Es una actitud antihistórica por excelencia considerar problemas, opiniones y sentimientos de una época como si fueran sentimientos y convicciones de una época totalmente diferente” (A.C. Jemolo, Stato e chiesa in Italia, p. 23). Esta advertencia metodológica, justa y necesaria, no puede convertirse en una camisa de fuerza que impide al que estudia leer los documentos, tratar de entender los espíritus y evaluar las elecciones y decisiones de la época. Sin la responsabilidad de los intérpretes, los hechos y las palabras del pasado serían mónadas cerradas, habitadas solo por la apologética, que es el mayor enemigo de cualquier trabajo serio de investigación.
La coincidencia que hay entre el pensamiento de algunos economistas católicos y aquel que está en la base del corporativismo fascista nos puede sorprender, e incluso entristecer. Sin embargo, esa convergencia hay que ubicarla en un fenómeno mucho más amplio. La adhesión al corporativismo fue algo común en casi todos los economistas de la época: “podría decirse que todos los economistas italianos de las dos décadas fascistas son corporativistas, pero cada uno tiene su propia idea de ‘corporación’” (Francesca Duchini, Aspetti e problemi della cultura economica italiana fra le due guerre, 1994). Hay que tener presente que cuando estalló la temporada corporativista, veníamos de la gran crisis del 29’ (que para muchos decretaba el fin de la economía liberal) y estábamos en pleno stalinismo ruso; la búsqueda de una nueva vía era algo muy vivo y muy concreto.
Sin abrazar las posiciones extremas de Massimo Fovel, Gino Arias o Filippo Carli, que proponían el ‘homo corporativus’ fascista como sustituto del ‘homo oeconomicus’ de la economía clásica, casi todos los mejores economistas de la época fueron seducidos por las ideas corporativistas. Entre ellos, Marco Fanno, Costantino Bresciani Turroni y Guglielmo Masci, quien en 1940 escribía: “El corporativismo pone en marcha un sistema destinado a mediar los extremos, superándolos; funde en una síntesis superior a la economía individual y a la economía colectiva” (Corso di economia politica corporativa). Y Luigi Amoroso, posiblemente el mejor alumno del gran Pareto, afirmaba que “el sistema corporativo supera a todas las corrientes del pensamiento económico precedentes” (Principii di economia corporativa, 1933). Incluso el liberal Luigi Einaudi escribió en La riforma sociale que “el estudio del precio en un régimen corporativo podrá, con el tiempo, dar lugar a algunas de esas investigaciones que llamamos elegantes” (Trincee economiche e corporativismo, 1933, §15). De todos modos, esa apertura moderada de Einaudi al corporativismo no les gustó nada a sus colegas fascistas: “pobre economía corporativa, que en vano pretende construir la única verdadera economía política” (Arias, ‘Rassegna Corporativa’ 1934, II). En el mismo número de la revista, Arias concluía así su editorial: “Pantaleoni tenía toda la razón cuando decía que hay solo dos escuelas en economía: la escuela de los que saben y la escuela de los que no saben. Solo queda agregar que los economistas de la marioneta económica y sus disfraces pertenecen a la segunda escuela” (Economia e antieconomia).
Hay un segundo tema. Muchos de esos economistas también estaban fascinados por la crítica fascista a las premisas éticas y antropológicas de la economía, concentradas en la crítica al homo oeconomicus, la ‘marioneta económica’: “La condena, como concepto falso y nefasto, a uno de los postulados fundamentales de la ciencia económica y de la vida económica, a saber, al homo oeconomicus” (Aldo Contento, Difesa dell’Homo Oeconomicus, 1931). Un homo oeconomicus, “que no sólo no tiene ningún valor filosófico, sino tampoco ningún valor científico” (Ugo Spirito, Critica dell’economia liberale, 1930). Y Margherita Sarfatti, en conmemoración de Luigi Luzzatti, escribía: “la economía política no le sirvió para construir la monstruosidad aberrante del hombre económico” (Gerarchia, 1927, 4). Y también Angelo Brucculeri, en su artículo “Le doglie dell’homo oeconomicus” ([“El parto del homo oeconomicus”], Civiltà Cattolica, I, febrero 1934, p. 359), escribía con una notable agudeza narrativa: “Entre las tantas crisis que hoy sufren los desventurados inquilinos del planeta Tierra, hay una que agota y desgarra a una clase de valientes intelectuales, más precisamente a los seguidores de la economía pura, a los adoradores tenaces del homo oeconomicus.” Y agrega en una nota: “Si alguno de nuestros lectores no tiene una idea clara sobre el homo economicus y su amable compañera la economía pura, lea esta anécdota. Un cazador tuvo un día la idea de calcular la velocidad de los galgos y las liebres, partiendo de la hipótesis de que ambos corrían con una sola pata. Como buen matemático, llegó a construir un volumen de cálculos, que tituló: la ciencia de la caza pura. Luego se dio cuenta de que con la primera hipótesis estaba lejos de la realidad, e hizo una segunda hipótesis: supuso que los perros y las liebres saltaban con solo dos patas, y en base a esta nueva fórmula modificó los primeros cálculos, obteniendo una aproximación a la realidad cuadrúpeda. Por lo tanto, quiso acercarse aún más a esa realidad, e hizo los cálculos con la hipótesis de que los galgos y las liebres corrían con tres patas. Bien, un procedimiento similar es el que hace el economista puro. Supone que el humano se mueve no por un conjunto de sentimientos, sino por uno solo, el hedonista; el homo animado por este único impulso se llama homo oeconomicus” (Ivi, p. 359).
También Toniolo, como la mayoría de los economistas católicos, durante décadas puso al homo oeconomicus al centro de sus críticas a la economía liberal. Por ejemplo, Jacopo Mazzei decía: “Cuanto más compleja es la realidad económica, más la motivación hedonista del individuo se frena, se controla y, en ciertos casos, se prohíbe” (Sul carattere etico della scienza economica, [Sobre el carácter ético de la ciencia económica], 1934). La búsqueda de la utilidad individual debía ser sustituida por la utilidad colectiva y corporativa.
Otro ámbito donde el corporativismo fascista centró sus energías es el ámbito empresarial: la empresa corporativa. Federico M. Pacces tenía una visión de la empresa que para algunos colegas de fe puramente fascista era todavía demasiado moderada (Piero Corti, In tema di azienda corporativa, ‘Rassegna corporativa’, 1934, II). Pacces (PD: fui amigo de su hija Simonetta, en Colonnetti) veía la empresa como a una “armónica composición de intereses divergentes”, pero no compartía la visión de quien postulaba “una corporación empresarial en la que empresarios y trabajadores debieran estar interesados del mismo modo en los beneficios de la empresa y participar del mismo modo en los riesgos”, porque, según su propio decir, “esa corporación empresaria se asemeja horriblemente al consejo obrero soviet”. Pero tampoco le gustaba la otra “tendencia de querer impregnar a la empresa del espíritu corporativo entendido como intereses convergentes” (Pacces, Azienda corporativa, ‘Critica fascista’, 1934, n. 5). Al tema de la empresa corporativa volvió varias veces también Ugo Spirito, el principal filósofo del corporativismo, que, según Pacces, quería que la empresa corporativa fuera un lugar donde “colaboraran más intimamente dos elementos, el capital y el trabajo”, al mismo tiempo que criticaba a los que querían “fortalecer el trabajo hasta el punto de darle la capacidad de apoderarse del capital. Ya se sabe que esta es la vía del socialismo” (Residui liberali e socialisti contro la Corporazione, ‘Critica Fascista’, 1934, n. 20). Y para R. De Leva: “El corporativismo fascista solo ha respaldado a la empresa en la teoría, dándole un contenido político y convirtiéndola en uno de los eslabones fundamentales en la unión entre el elemento privado de la economía y el público” (Dal capitalismo all’azienda corporativa, 1936).
Esta concepción colaborativa entre capital y trabajo era muy cercana, si no idéntica, a la de las encíclicas sociales de la Iglesia: “Las encíclicas sociales pontificias son un digno precedente, como Gemelli ha demostrado, del corporativismo fascista” (G. Arias, Economia e antieconomia, 1934). Y el principal artífice de la Carta del Lavoro, Alfredo Rocco, escribía en 1924: “Los católicos no solo no encontrarán nada que les pueda repugnar a la conciencia religiosa. Van a encontrar, por el contrario, el ambiente más apto para la realización de los ideales religiosos y sociales que la iglesia católica defiende”. Y Brucculeri: “¿Este es el edificio creado por el fascismo?, ¿no vemos coincidencias con doctrinas y directivas sociales promovidas por el cristianismo?” («Dal corporativismo dei cristiani sociali al corporativismo integrale fascista», La Civiltà Cattolica, 1934, I, p. 237). Brucculeri – que fue una figura clave del corporativismo católico durante el fascismo (escribió dieciocho cuadernos de “Doctrinas sociales del catolicismo”) – había escrito en 1934 (año importante para la consolidación del corporativismo) el artículo «Corporativismo y tomismo» (III, 85, pp. 462-475), donde el cura, retomando una tesis de Gino Arias, sostiene que el corporativismo está “impregnado de espíritus y articulado también sobre dictámentes tomistas”. El economista Máximo Fovel, de fe puramente fascista, resumiendo el artículo en el que había recibido un ataque del jesuita (¡por estar todavía muy vinculado a la economía de Pareto!), evalúa la tesis de Brucculeri de la siguiente manera: “proclamar la similitud entre dos programas de economía concreta histórica… Brucculeri afirma que el corporativismo expresa por eso, también en el plano teórico, la verdadera ciencia económica, y él mismo dice explícitamente que la ciencia económica y tradicional está libre de elementos éticos y que, por ser tan pura, es una ciencia falsa” («La civiltà cattolica e la scienza economica corporativa», in Nuovi problemi di politica, storia ed economia, VII, 1934, p. 5).
Estamos ante otra paradoja de la historia. La filosofía de la gran empresa contemporánea es, aún sin saberlo, muy similar a la concreción del sueño corporativo. No siguió la vía cooperativa ni la vía de la participación de los trabajadores en la propiedad, pero se funda cada vez más en la teoría de los stakeholders (partes interesadas), con una supuesta armonía de intereses entre todos, y en la religión del liderazgo. Incluso el uso de la palabra ‘colaboradores’ en lugar de ‘empleados’, ya estaba presente en el corporativismo: “Ni patrones ni siervos, al modo antiguo. Nuestra aspiración es que haya solo colaboradores” (B. Mussolini, en Brucculeri, 1934, p. 144).
Así es más fácil de entender cómo la tentación corporativista era para los economistas católicos casi invencible. De un lado estaba el viejo corporativismo recomendado por León XIII, Pío XI y Toniolo como una tercera vía; del otro, las críticas comunes al socialismo, al capitalismo y al homo oeconomicus. Una trampa perfecta en la que todos cayeron, la mayoría de buena fe – la profecía no se le puede imponer a nadie, menos con efecto retroactivo.
El padre Brucculeri, jesuita, es el ejemplo perfecto de eso. Uno de los principales autores de ‘La Civiltá Cattolica’, rápidamente se convenció de que la propuesta corporativista era la correcta: “El catolicismo y el fascismo, aunque partiendo de puntos distintos, confluyen en un mismo juicio de condena al régimen capitalista actual” (Angelo Brucculeri, “Intorno al corporativismo”, La Civiltà Cattolica, 1934). Y tenía razón. Además, “al igual que el catolicismo social, el fascismo también admite la convergencia de los intereses de clase”. Y concluye: “Devolvamos el alma al mundo y tendremos asegurado un éxito no ilusorio también en el corporativismo de hoy” (L'economia nazionale corporativa, 1929). Aquí, sin embargo, la profecía no se cumplió.
Para concluir con esta difícil serie de artículos sobre el corporativismo, debemos reconocer que la ideología fascista tuvo un gran éxito porque se vinculó, distorsionándolas, a algunas palabras buenas de la tradición latina y católica – toda ideología es abuso y manipulación de buenas y grandes palabras. Y es así que ciertas ideas-fuerza del corporativismo – fuerte intervención pública, crítica al liberalismo y al homo oeconomicus – las vamos a encontrar también en economistas antifascistas, como Caffè, Sylos Labini o Fuà, que no fueron en esto muy distintos a sus maestros afines al corporativismo (A. Breglia y G. Masci). Y si miramos honestamente la gran experiencia de la empresa comunitaria de Adriano Olivetti, no es difícil todavía ver la colaboración entre el capital y el trabajo, y la armonía de intereses. Una semejanza análoga a la que puede encontrarse en autores muy diferentes entre sí, pero que bebieron todos de una misma fuente y de una tradición más antigua.
La sociedad italiana, y con ella la Iglesia, fueron más grandes que el corporativismo. Reaccionaron, lo superaron y dieron vida al milagro civil italiano, al Concilio Vaticano II y a otras encíclicas que empezaremos a ver la próxima semana.








