Ánima económica/5 – El impacto de la “Rerum Novarum” y de la “Quadragesimo Anno” superó las expectativas iniciales. León XIII y Pío XI proponían una “tercera vía” entre capitalismo y socialismo como una forma de restauración. Y nacieron cooperativas, escuelas, cajas rurales, mutuales, etc.
Luigino Bruni
publicado en Avvenire el 08/02/2026
La historia del impacto que tuvo la primera etapa de la Doctrina Social de la Iglesia es un importante y largo capítulo de la heterogénesis de los fines, es decir, de efectos muy a diferentes a los que figuraban en las intenciones de quienes la desearon y la condujeron. De hecho, León XIII y Pío XI escribieron sobre la ‘cuestión social’ porque estaban preocupados por el crecimiento del movimiento socialista y su promesa de eliminar la propiedad privada, y entonces les propusieron a los católicos una ‘tercera vía’ entre capitalismo y socialismo, entendida como una vuelta y una restauración del orden social medieval con sus ‘corporaciones’ (gremios) de artesanos. Hasta ahí, las intenciones de los que escribían, pero lo que ocurrió fue la explosión de un gran movimiento de cambio social que contribuyó definitivamente a preparar una Italia y una Europa moderna, tanto en la reducción de las desigualdades como en la superación del antiguo régimen. La realidad fue superior a la idea. Los años que van de la Rerum Novarum (1891) a la Quadragesimo Anno (1931) vieron nacer miles de iniciativas sociales, económicas y políticas de los católicos que no buscaron la tierra prometida mirando hacia atrás, sino que la realizaron mirando hacia adelante en la línea del horizonte. Y el que aceptó la invitación a reconstituir las antiguas corporaciones medievales fue, en cambio, el fascismo, en un efecto que no estaba en las intenciones ni de los papas ni de los fascistas.
En realidad, las diferencias entre el corporativismo católico y el corporativismo fascista eran profundas. Por ejemplo, el fascista nació del sindicalismo revolucionario y del pensamiento hegeliano, y era radicalmente idólatra del Estado y anti-subsidiario. Pero las semejanzas y las concordancias eran significativas e igual de reales. La corporación fascista era una visión ideológica construida sobre la concordia forzosa y la armonía impuesta entre los intereses de los capitalistas y los intereses de los trabajadores. Esta concordia partía de la empresa: “Era necesario un nuevo sentido de la dignidad humana que establezca la premisa moral y social de un orden jurídico que pusiera al trabajo como sujeto de la economía y que, reconociendo los intereses individuales, los coordine en función de vías más generales” (F.M. Pacces, Introduzione agli studi di aziendaria, 1935). El corporativismo se presentaba entonces como una defensa al trabajo, al salario y a los trabajadores – un tema muy importante para la Iglesia.
Giuseppe Bottai, uno de sus principales creadores, veía en la corporación “la institución en la que se concretiza la colaboración entre las distintas clases y categorías. Empleadores, empleados, profesionales, artistas, artesanos e incluso funcionarios, pueden marchar juntos y en total consonancia sin detenerse en la pérfida sombra de la tradición democrática” (La Carta del lavoro, 1927). Unos años antes, Giuseppe Toniolo había propuesto “un ideal corporativo en el que estuviesen representados ambos elementos hoy en conflicto, propietarios capitalistas por un lado y trabajadores desposeídos por el otro, en el que habría una armoniosa coincidencia de intereses de patrones y de obreros” (Indirizzi e concetti sociali, 1900). A lo largo de su vida, Toniolo nunca se cansó de alabar las corporaciones medievales con el fin de proponer su restauración: “Así es como se erigen gremios intermedios entre los individuos y la universalidad, o sea, entre los individuos y el Estado, cuya elaboración, defensa y desarrollo fueron mérito singular de la Iglesia… Fuerzas intermediarias que impedían el choque de los dos extremos” (1893). Las corporaciones, por lo tanto, habrían implentado una armoniosa colaboración de todas las clases en favor de un bien común, el tan deseado orden social, claramente piramidal y perfecto - son los años en que la Iglesia se autodefinía nuevamente como ‘societas perfecta’ (León XIII, Immortale Dei).
Si estudiamos con atención el llamado a que vuelvan las corporaciones medievales lanzado por la Doctrina Social católica, nos damos cuenta de que es una expresión de algo mucho más profundo que la pura economía. Es parte de la complicada relación entre la iglesia católica y el mundo moderno, y por lo tanto de la restauración de la cristiandad medieval. La reconstrucción del orden social es también el subtítulo de la encíclica Quadragesimo Anno, pero ya había sido propugnada décadas antes por Toniolo: “El programa de restauración del orden social sigue siendo, por tanto, la terapia del diagnóstico”, de la enfermedad moderna. Por lo tanto, “hoy urge restaurar aquel orden social cristiano que la iglesia había admirablemente elaborado y madurado durante siglos mediante luchas titánicas: un origen social que la Reforma fue transfigurando y fracturando poco a poco hasta llegar al atomismo de hoy”. Y entonces, como vía maestra, “conviene ceñirse de nuevo a las tradiciones de la Edad Media, nubladas, obstruidas y cercenadas desde la Reforma hasta aquí” (1893). El regreso a la Edad Media era el medio, el fin era la restauración. Para Toniolo y su escuela (Fanfani), la raíz de la decadencia del orden social es anterior a la Reforma: “La herejía de Lutero demuestra su filiación con el Humanismo”, porque, citando a Erasmo, Lutero abrió “el huevo que había sido puesto por alguna mano larga”: es el huevo de la centralidad del hombre y de su “libre albedrío”, donde se encontraría el origen de todos los males de la modernidad, que luego iban a desembocar en el Liberalismo y el Socialismo.
Y acá tenemos que empezar una reflexión seria sobre esta bizarra lectura católica de la historia y el Humanismo. Acerca de esto Dietrich Bonhoeffer le escribía desde la cárcel a su amigo Eberhard el 8 de junio de 1944, pocos meses antes de ser ahorcado por los nazis: “El ataque de la apologética cristiana contra la adultez del mundo me parece en primer lugar absurdo, en segundo lugar innoble, y por último no cristiano. Absurdo, porque viene a ser como un intento de retrotraer a un hombre mayor de edad a la época de su pubertad, es decir, de volver a hacerlo depender de muchas cosas de las que ya se ha independizado, y de enfrentarlo con problemas que, de hecho, han dejado de ser problemas para él’’ (Resistencia y sumisión: cartas y apuntes desde el cautiverio). Y el 17 de julio, en otra carta, continuaba el diálogo: “Dios, como hipótesis de trabajo, ha sido eliminado y superado en moral, en política y en ciencia; pero también en filosofía y religión… ¿Dónde queda, pues, un sitio para Dios?, se preguntan ciertas almas acongojadas, y como no encuentran ninguna respuesta, condenan en bloque a toda la evolución que los acarreó a semejante calamidad”. Y entonces buscan “distintas salidas de emergencia que conduzcan fuera de este espacio que tanto se ha estrechado”, como por ejemplo “el salto mortal para volver a la Edad Media”. Pero “el retorno a ese sistema sólo puede ser un acto de desesperación, que únicamente puede conseguirse a costa de sacrificar la honestidad intelectual. Es un sueño en el aire: ‘¡oh, si conociera el camino de regreso, el largo camino que conduce a la niñez!’. Ese camino no existe, y si acaso existe no pasa por la arbitraria renuncia a la honestidad interior”. Entonces, se trata de intentos absurdos, deficientes y sobre todo no cristianos, al menos no coherentes con el espíritu evangélico (el cristianismo nunca fue solo evangelio).
En sus instituciones, la Iglesia católica nunca supo, al menos hasta el Concilio Vaticano II (y más allá), leer el proceso de ingreso a la adultez de los hombres y mujeres que empezó a finales de la Edad Media como un proceso intrínseco a la lógica evangélica misma, como un árbol desarrollándose desde la misma semilla de la Revelación. Se asustó mucho frente a ese niño vuelto hombre, y durante varios siglos hizo de todo para reconducirlo al estadio infantil, a aquel orden jerárquico donde todo era más simple, también porque en la cima había obispos, monjes y papas, que casi siempre eran parte integrante y esencial de ese orden jerárquico y desigual. Por lo tanto, en lugar de ver el crecimiento de un hijo como el evento más feliz de toda la existencia, la Iglesia post-medieval no reconoció en ese rostro adulto el mismo rostro del amado niño. Y perpetró así una suerte de incesto, impidiéndole a aquel niño volverse grande, autónomo y libre. Durante al menos medio milenio ha soñado un mundo que ya no existía. Sueños que, de vez en cuando, se han convertido en pesadillas.
Pero – y esto es una buena noticia – la Iglesia no es solo aquella que está marcada y ritmada por los documentos, los libros y las directivas del magisterio. El Reino de los cielos es más amplio, más profundo y más alto que aquel de los templos y los palacios. Y así, mientras León XIII y Pío XI escribían que la desigualdad era imposible de eliminar de la sociedad: (“no se puede igualar en la sociedad civil lo alto con lo bajo”: Rerum Novarum, §12), miles de católicos, laicos, religiosos, hermanas y párrocos dieron vida, sin embargo, a cooperativas, cajas rurales, sociedades de socorro, etc. El movimiento cooperativo entre el siglo XIX y XX fue un gran instrumento de reducción de las desigualdades, una verdadera y seria ‘tercera vía’, porque puso en discusión los derechos de propiedad y de ganancias. Y cuando en una empresa cambian los derechos de propiedad, ya estamos más allá del capitalismo. La época que siguió a la Rerum Novarum fue realmente una época de auténtica profecía enconómica, que en el ámbito católico sigue sin ser superada.
Pero hay más. Innumerables ‘obras’ hechas por fundadores y fundadoras de congregaciones religiosas, inventaron la educación de niños y niñas pobres, crearon el “país de los juguetes” más hermoso para los niños pobres: la escuela. Una acción extraordinaria y estupenda en Italia, en Europa y en las misiones, porque los países que hoy tienen los niveles más bajos de desigualdad son los que ayer invirtieron más en la educación pública y universal (Thomas Piketty).
El milagro económico y social del siglo XX fue también resultado de que los niños pobres hayan podido estudiar, gracias a los carismas y al impulso que también dieron las primeras encíclicas sociales. Tal vez aquellos papas querían otra cosa, pero sin querer dieron vida a algo fantástico, para la Iglesia, para los pobres, para todos. La heterogénesis de los fines es otro de los nombres de la Providencia.








