El signo y la carne

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Nuestro es el último paso de Dios

El signo y la carne/8 – Él puede perdonar, pero para sanar la relación enferma necesita mutualidad. 

Luigino Bruni

Publicado en Avvenire el 23/01/22

 «El Eterno ordenó a Oseas casarse con una mujer de conducta dudosa. Un día Dios le preguntó: “¿Por qué no sigues el ejemplo de tu maestro Moisés que, en cuanto asumió la vocación profética, se negó los deleites de la vida familiar?” “No puedo despedir a mi mujer”, respondió Oseas. “Si tú no quieres separarte de tu mujer infiel – continuó el Señor – ¿cómo podría yo separarme de los israelitas, que son mis hijos?”»
Louis Ginzberg, Las leyendas de los judíos, VI

Oseas nos desvela la gramática de la reciprocidad, tan necesaria para el Señor bíblico como para nosotros, y nos ayuda a ver algunas dimensiones esenciales de nuestras relaciones a la vez que nos restituye las palabras del pan y la hogaza. 

Los profetas bíblicos son más grandes que su tiempo. Su obediencia a la voz ha liberado algunas de sus palabras de la férrea ley del envejecimiento y la muerte. Pero no es fácil reconocer en sus textos dónde se encuentran esas palabras jóvenes y distintas. Nosotros las buscamos entre las páginas de luz, consuelo y esperanza, en los cantos de amor, porque estamos convencidos de que la bondad y el amor de Dios solo deben expresarse en la parte luminosa del mundo, con palabras y formas coincidentes con las que nosotros hemos decidido adjudicarle a Dios y a la religión verdadera. De este modo, casi siempre acabamos descartando la parte maldita, las palabras duras, los gritos de Dios. Creemos que son estas las palabras envejecidas, las que han quedado aprisionadas dentro de su tiempo histórico, y por tanto son hoy incapaces de ser palabras de vida. Y nos equivocamos. Nos equivocamos casi siempre, porque los profetas bíblicos son grandes, incluso literariamente, porque nos dan palabras de vida y de esperanza no vana dentro de discursos y cantos que parecen hablar solo de muerte y desesperación. Demasiada riqueza bíblica nos resulta todavía inaccesible porque está recubierta de palabras que no conseguimos descifrar con nuestros códigos morales y teológicos, porque está velada por nuestra idea de cómo debería hablar y qué debería decir un Dios bueno. 

«Cuando quiero sanar a Israel, se descubre la culpa de Efraín y las maldades de Samaría; porque practican la mentira: los ladrones se meten en las casas y los bandoleros asaltan en despoblado. ¿No piensan que yo llevo cuenta de todas sus maldades? Ya los han copado sus acciones, las tengo delante de mí» (Oseas 7,1-2). El capítulo 7 de Oseas es una larga y continua reseña de acusaciones por las culpas que el pueblo ha cometido y sigue cometiendo. Las primeras palabras son la clave de lectura, que los traductores expresan de distintas maneras («cuando curé a Israel», «mientras sanaba a Israel», «si curara a Israel»...), y dicen algo importante para la comprensión del modus operandi del Dios de Oseas. YHWH sigue queriendo sanar a su pueblo, no ha dejado de amarlo y desea su conversión y su vuelta al Pacto. Pero esta voluntad de reconciliación por parte de Dios no es eficaz. Es más: lo único que consigue es hacer más evidentes los pecados y las infidelidades del pueblo. Es como un médico que intenta curar una llaga y al sajar la carne se da cuenta de lo profundo y extendido que está el mal. Pero, a diferencia de las enfermedades del cuerpo, aquí el pueblo enfermo no tiene ninguna intención de sanar, sino que insiste y persiste en sus culpas y en su conducta perversa: «Recrean al rey con su maldad, y con sus embustes a los príncipes. Todos ellos son adúlteros» (7,3-4).

Nos encontramos ante un gran misterio de la religión bíblica, quizá uno de los mayores. La fe es una cuerda (fides). Es fidelidad, lazo, relación, pacto y alianza. Es por consiguiente una relación de reciprocidad. Aunque Dios quiere seguir amando, y lo hace, para restablecer la relación, para que, en palabras de Oseas, el pueblo pueda sanar, es esencial que Israel haga su parte, que quiera convertirse sinceramente y cambiar de conducta. Y que lo haga de verdad, y mantenga después en el tiempo sus buenos propósitos. Hay aquí una importante distinción entre perdón y curación: Dios puede perdonar, pero para curar una relación enferma necesita mutualidad. En abstracto, Dios podría intervenir en la historia por causas primeras sin pedir permiso a nadie. El Dios bíblico no. Puesto que es un Dios-en-relación, para sanar la relación con el pueblo, necesita su parte, necesita un “sí” que le permita ser en la historia lo que ya es en sí mismo.

Para perdonarnos, Dios no necesita nuestra reciprocidad, pero no puede curarnos a menos que nosotros decidamos sinceramente dejarnos curar. El Dios de la Biblia tiene un respeto tal por la libertad humana que es capaz de renunciar incluso a esta expresión de su omnipotencia. Así pues, no nos salva si nosotros no se lo pedimos. Nos ama hasta tal punto que nos deja en el infierno si no le gritamos que nos lleve al paraíso. Aquí está la débil omnipotencia del Dios de los profetas, que ordena la órbita de las estrellas y los eclipses de la luna, pero no puede curar a un pueblo que no pide ser curado, y permanece impotente frente a nuestra terca libertad. Nos perdona setenta veces siete y perdonándonos crea el espacio vacío donde puede generarse el deseo de la vuelta a casa. Pero el paso decisivo – «me levantaré y volveré donde mi padre» – solo podemos darlo nosotros. Dios puede dar en nuestro lugar novecientos noventa y nueve pasos del viaje de vuelta a casa, pero al menos uno debemos darlo nosotros, debo darlo yo. No le gustan las simetrías, no quiere el fifty-fifty, pero necesita al menos un paso nuestro. Prefiere una no-fidelidad libre a una fidelidad no-libre, porque, sencillamente, las fidelidades no libres no son dignas de los hijos, son propias de los esclavos – y YHWH odia todas las esclavitudes, porque es un libertador –.
Además, debemos tener en cuenta que en el trasfondo de la profecía de Oseas siempre se encuentra, viva y operante, su historia personal (cap.1), el matrimonio paradójico con su mujer Gomer, infiel y adúltera, que se sigue prostituyendo a pesar de la tozuda fidelidad de Oseas. El profeta – como muchos hombres y mujeres – la sigue amando y tal vez perdonando después de cada traición, pero ella no se cura de su enfermedad. Por eso los versos de Oseas abren una hendidura también sobre la intimidad de nuestras relaciones primarias. La reciprocidad está asociada a las páginas más luminosas de nuestra vida juntos y también a las más oscuras. Unas se sostienen con otras; las luminosas pueden brillar gracias a la cámara oscura que se crea en el reverso de las dolorosas. Nadie se alegraría con una reciprocidad no libre, obligada. En esta libertad necesaria es donde se encuentra la posibilidad, siempre real, de la falta de respuestas del otro. El otro siempre es más libre y excede mi necesidad y mi deseo de reciprocidad. Y si no existiera ese diferencial entre mi libertad y tu necesidad de reciprocidad, cualquier respuesta mía sería insuficiente para satisfacer tu necesidad de comunión, que siempre es necesidad de reciprocidad y de libertad juntas.

Entonces podemos dilatar las palabras de Oseas hasta llegar a una afirmación que podría asombrarnos pero que, si leemos bien, ya está inscrita en el libro de Oseas y en los profetas, y en la teo-antropología bíblica: Dios goza y sufre con nuestra reciprocidad. Es Dios y se nos parece. Se nos parece en todo, en los dolores y en las alegrías. La imagen de Dios impresa en el hombre, verdad fundamental de la revelación bíblica y uno de sus mensajes más bellos y audaces, es también otro lugar de la fragilidad de Dios. Si la metáfora de la imagen es necesariamente recíproca – nosotros nos parecemos a Dios y Dios se parece a nosotros – no podemos mantener a Dios fuera de nuestros dolores y de nuestras sombras, no tenemos razón alguna para excluir a Dios de los aspectos menos luminosos de la imagen, siempre que queramos evitar hacer coincidir a Dios con la idea moral que nos hemos hecho de Él (como hacen todas las idolatrías y las ideologías teológicas), y convertirlo en un dios simpático, un dios “barato” (D. Bonhoeffer). Así pues, la Biblia nos dice que YHWH se alegra con nuestra fidelidad, disfruta con nuestros regresos y por tanto sufre cuando no somos fieles, cuando no regresamos y nos volvemos hacia los dioses equivocados: «Yo los salvaría, pero ellos dicen contra mí mentiras. No me gritan de corazón» (7,13-14).

No me gritan. Tal y como nos han enseñado los Salmos, Job y el comienzo del libro del Éxodo, Dios para curarnos-liberarnos necesita nuestro grito. A veces gritar no es suficiente. Gritamos y no somos salvados. Pero para poder esperar la salvación es necesario aprender a gritar. El grito es el primer paso de la liberación, es la conciencia de que estamos enfermos y queremos sanar. En la Biblia (y en la vida) quien no grita no se salva. Quien no grita no vuelve, aunque se haga la ilusión (quizá de buena fe: 6,1) de que está volviendo a Dios cuando en realidad vuelve a la nada, al no-Dios (no Eljon), a Baal: «Se vuelven a la vanidad, a la impotencia al no-Eljon» (7,16). Y cuando volvemos a una casa extranjera pensando que es la nuestra, ya no salimos de allí.
Engarzada en el corazón de este capítulo encontramos una metáfora preciosa: la del horno y el pan, que no solo nos hace sentir en directo el aroma de un pan que se cuece, de una hogaza de pan horneada en un horno ardiente, sino que además nos hace sentir el perfume del hombre Oseas, capaz, como los otros grandes profetas, de hablar a su gente con palabras de casa, con las palabras del pan, de la viña, de un niño o de una jarra. Los profetas tienen la maravillosa capacidad de decirnos palabras altísimas de Dios a través de las palabras bajísimas de nuestro día a día. Por eso lo penetran, entran en nuestras casas, y convierten las palabras de casa en palabra de Dios: «Su corazón es como un horno en sus intrigas; toda la noche duerme el panadero, y a la mañana arde como una hoguera… Efraín es una hogaza a la que no se ha dado la vuelta» (7,6-8).

En tiempos de Oseas todos comprendían estas metáforas del fuego y el pan. Todos sabían que una hogaza a la que no se ha dado la vuelta se pierde: la parte que se apoya en la piedra ardiente se quema y la parte superior se queda cruda. El Dios de los profetas solo sabe hablar así. No sabe decir palabras abstractas, no conoce los dogmas de los teólogos, no le gustan los teoremas filosóficos. Ama las palabras del pan y las hogazas porque ama a la gente. Por eso habla como ellos, no quiere hablar de otra manera. Le gusta hacerse entender porque es cercano, no hacerse admirar porque es altísimo. Los falsos profetas, de ayer y de hoy, adoran los discursos complicados, abstrusos y por tanto incomprensibles; hablan de cielo porque no saben hablar de tierra; se llenan la boca de Dios porque se han olvidado de los hombres y de las mujeres, y de su dolor. ¿Cuándo volveremos a hablar de la fe con las palabras del pan y la hogaza?

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