El signo y la carne

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La injusticia es idolatría

El signo y la carne 6 – Los falsos profetas hablan de Dios o de ideales, pero no saben defender a la humanidad. 

Luigino Bruni

Publicado en Avvenire el 09/01/2022.

«Por importante que sea sufrir juntos el dolor del hombre de hoy, aún es más importante sentir juntos de dónde viene. Solo desde ahí, desde el fundamento, se nos podrá conceder la esperanza de una verdadera curación».

Martin Buber, El humanismo hebreo.

Oseas extiende la acusación de corrupción de los sacerdotes a los políticos y gobernantes, que han traicionado su vocación de servir a la justicia. Con eso nos dice una cosa muy importante.

«Escuchadlo, sacerdotes; atended, israelitas; casa real, oíd: La justicia era cosa vuestra, pero fuisteis trampa en Mispá, red tendida en el Tabor y fosa cavada en Sitín» (Oseas 5,1-2). El profeta Oseas continúa su análisis de la corrupción del pueblo que, como ya nos ha dicho (cap.4), es una corrupción idolátrica. Tras reconocer a los sacerdotes como primeros responsables, ahora su denuncia se extiende a los políticos, a los ancianos y a los funcionarios de la corte del rey, proporcionándonos una profunda y original descripción de las formas que la idolatría asume en la Biblia, en la voz de los profetas y en la vida de todos. 

En el principio y en el centro está la idolatría de los sacerdotes, una idolatría que conduce al pueblo por senderos religiosos y teológicos equivocados. Pero la dimensión más importante e interesante de este capítulo se refiere a la idolatría de los políticos y de los gobernantes, que se expresa en la esfera civil, social y económica. Una señal de que aquí no se habla mucho de culto ni de religión son los nombres que se mencionan: Mispá, el monte Tabor y Sitín no eran lugares de santuarios de Israel (como Betel o Dan), sino probablemente fortalezas militares, y Mispá era un importante centro político y comercial del Norte. Oseas nos dice explícitamente que el corazón de esta corrupción política es la falta de ejercicio de la justicia. Los doctores de la ley, los políticos, los ancianos de Israel, el rey y su corte de funcionarios deberían ante todo ejercer el derecho, y no lo hacen. En la Biblia la justicia tiene muchos significados, su campo semántico es muy amplio. En este caso, la justicia es la mispat, una dimensión que remite al ejercicio concreto del derecho y de las leyes, y por tanto a la justicia social, civil, penal y económica, ese pilar esencial para cualquier comunidad que tiene su raíz en la equidad. El derecho vale para cualquier relación social y económica, pero su primer deber es proteger a los pobres, a los débiles, a los más frágiles. Oseas grita porque los políticos y los funcionarios, en lugar de liberar a los oprimidos y a las víctimas, se han vuelto cazadores y pajareros. Han tejido trampas y lazos en los que han caído precisamente aquellos que debían ser liberados y protegidos. Es la perversión del poder y del derecho que, en manos de la clase dirigente, pasan de ser medios de garantía de las personas honradas y vulnerables a instrumentos de condena y captura. En todos los pueblos y en todas las sociedades, siempre ha habido una tendencia de las clases dirigentes a usar en su propio provecho el poder que han heredado, usurpado o, más tarde, alcanzado con el voto. Pero cuando lo hacen – y lo siguen haciendo –, la política y los gobernantes reniegan de la dignidad de su ministerio y pervierten el sentido profundo de la autoridad de la que están investidos. En particular, reniegan y suprimen el derecho y la justicia, que han sido pensados por Dios y por la tradición sapiencial, como coraza y escudo para las víctimas.

La genialidad de Oseas está en pensar y decir que esta corrupción del derecho es una idolatría: «Te has prostituido, Efraín» (5,3). En la teología de Oseas, prostitución es sinónimo de idolatría. ¿Por qué la corrupción política y jurídica es una idolatría? ¿Por qué el pecado idolátrico puede ser un asunto civil, político y jurídico y no estrictamente religioso y de la esfera de lo sagrado? En la Biblia no hay acción política y jurídica que no esté inmediata y directamente relacionada con la Alianza con YHWH. Su laicidad es distinta de la nuestra. La misma Torá se expresa en forma de mandamientos, de código (del Sinaí), de don y herencia de normas también jurídicas. No solo es legislador Moisés, también su Dios lo es. Y esto lo sabemos incluso sin Oseas y sin los profetas. Entonces, en la denuncia de Oseas con respecto a Efraín (Israel) debe haber algo más y muy valioso.

En primer lugar, debemos recordar que, en la Biblia, el profeta es guardián del derecho porque sabe que sin proteger la justicia es imposible proteger a los pobres. El derecho es la primera casa del pobre, a veces la única. La justicia es su manto. Por eso existe un vínculo profundo y una amistad íntima entre los profetas y el derecho. Denunciando la violación del derecho, Oseas está en compañía de Isaías, de Jeremías, de Miqueas y de todos los profetas, que son los “centinelas” (shomerim) del pueblo por cuenta de YHWH. Centinelas de la ciudad y del templo, pero también guardianes del derecho y por tanto de los pobres, de huérfanos y viudas, de forasteros, esclavos, siervos, deudores y encarcelados. De todos los marginados y descartados, que pasan de la periferia al centro cuando vemos el mundo desde la perspectiva del derecho.

Por eso, en los libros proféticos encontramos referencias constantes a un vocabulario que no tiene nada que ver con el ámbito religioso o cultual. Deudas, usuras, rescates, monedas, pagos, arras, prendas… son palabras que en los profetas tienen el mismo peso que amor, fidelidad y misericordia. Los profetas saben, por vocación y porque lo han aprendido en su propia carne y en la del pueblo, que las palabras teológicas más altas se convierten en vanitas y el hesed en hevel, si no adquieren la forma de las bajas palabras de las mujeres y de los hombres ofendidos y perseguidos. Nadie sabe mejor que un profeta que no existe manipulación más común y tremenda que la que nace del uso de palabras celestiales sobre Dios que no van precedidas y seguidas por palabras de tierra sobre los hombres. El verdadero profeta sabe que la primera señal de los falsos profetas es su incapacidad para defender a los hombres y a las mujeres, ya que están demasiado ocupados en defender a Dios.

Y es precisamente aquí donde anida el virus de la idolatría, donde infiltra su veneno. En la Biblia, Dios es verdadero porque su fe es distinta y opuesta al culto de los ídolos. El ídolo es religión de solo culto, funciona solo en el propio terreno sagrado. Es un atleta que sabe dar saltos fabulosos, pero solo en su casa. Los ídolos no dan mandamientos, no entran en la causa del huérfano y de la viuda, no se interesan por el manto del deudor por la noche, no defienden la viña de Nabot. El ídolo solo consume liturgia, su lugar sagrado coincide con su recinto. El Dios de Israel, no. Fueron necesarios el exilio y la fuerza profética de Ezequiel y del segundo Isaías, pero la Biblia comprendió que YHWH no estaba solo en el templo, y así pudo seguir estando viva y actuando también junto a los canales de Babilonia, sin lugares sagrados.

La Alianza es también cosa del derecho y de la justicia – más de la mitad de los mandamientos de Moisés se refieren a relaciones entre personas –. El shabbat es ciertamente una relación distinta con Dios, pero también es un día distinto para las relaciones entre nosotros, con el pobre y el forastero, con el trabajo, con los animales, con la tierra. Entonces, el gran mensaje de Oseas es verdaderamente importante, tal vez decisivo. Nos dice que ya estamos dentro de un culto idolátrico si confinamos a Dios en su lugar sagrado y no dejamos que se convierta en el ethos de nuestras relaciones, derecho y justicia. Un dios que se convierte solo en culto religioso es un ídolo.

Y si es cierto que la Biblia, sobre todo en sus páginas proféticas, es también un mapa estupendo para permitirnos volver a casa desde las travesías de los desiertos y de los exilios, entonces estas palabras de Oseas nos hablan verdaderamente mucho y muy fuerte. Cuando una comunidad inicia un proceso de declive, aunque lo inicien (como dice Oseas) los “sacerdotes”, es decir en la esfera estrictamente religiosa o espiritual, nunca es un declive meramente religioso. Su morfología es más complicada. La crisis afecta inmediatamente a la esfera organizativa, entra en las prácticas relativas a la equidad en las relaciones, al gobierno de las relaciones verticales y horizontales, al balance económico, a la gestión de la riqueza y la pobreza, a la apertura a los frágiles, a la cuenta corriente. Pero nosotros, a diferencia de los profetas (bien por su ausencia, o porque no los escuchamos), pensamos que las crisis y el declive de nuestras comunidades son asuntos solo espirituales, que dependen de nuestra escasa o insuficiente vida religiosa. Y así descuidamos el “derecho y la justicia”, hacemos infinitos encuentros y retiros para recuperar la radicalidad espiritual perdida, y a menudo acabamos culpabilizando o culpabilizándonos porque no somos bastante radicales y espirituales. No vemos las “trampas y los lazos” organizativos y relacionales de la gestión del poder. Pensamos que son cosas secundarias en las que no debemos concentrar nuestros esfuerzos de reforma y renovación. Y de este modo no comprendemos que las idolatrías que han penetrado en nuestro pueblo se han revestido de prácticas relacionales y comunitarias equivocadas, y desde ahí, donde viven, se extienden e infectan todo el cuerpo.

A diferencia de lo que ocurría en tiempos de Oseas, en nuestro tiempo a veces las crisis comienzan por relaciones interpersonales equivocadas, injustas o inicuas, que día tras día alcanzan también la vida más íntimamente espiritual – estas infecciones empiezan por el cuerpo y llegan al corazón, atacan primero a los odres y después al vino –. Estas crisis no se curan mientras no prestemos atención a nuestras relaciones, a nuestras jerarquías, a nuestras neurosis comunitarias. Demasiadas crisis se convierten en trampas y en lazos imbatibles porque, preocupados por el paraíso, no nos ocupamos lo suficiente de la tierra que pisamos. Porque a menudo aplicamos la lógica de los dos tiempos: primero reformamos la vida espiritual y después los aspectos prácticos. No sabemos que esta no es la lógica de la biblia ni la de la vida, y lo único que hacemos es hundirnos cada día más en nuestras trampas. Las crisis se afrontan trabajando simultáneamente en los ejes vertical y horizontal de nuestras relaciones: «Con sus ovejas y vacas [para ofrecer en sacrificio] irán en busca del santuario del Señor, pero no lo encontrarán: ¡Se ha apartado de ellos!» (5,6). El culto, los sacrificios en los altares no sirven para volver a la relación correcta con Dios, porque se necesita la conversión de la justicia: «La luna nueva los devorará juntamente con sus campos» (5,7).

Las crisis comunitarias serían sencillas, y no nos ganarían casi siempre la batalla, si solo fueran asuntos religiosos y espirituales. Son profundas y serias porque se refieren a toda la vida, la carne y la sangre, porque aprenden a pronunciar todas nuestras palabras. Y si queremos dialogar con ellas, comprenderlas y después intentar superarlas, es necesario que usemos todas nuestras palabras, sobre todo las que usamos poco porque las consideramos poco espirituales. Determinados demonios solo se expulsan llamándolos por su nombre.

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