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La única virtud necesaria.

Profecía e historia / 9 – Los profetas tentadores hablan la misma lengua que los honestos.

Luigino Bruni

Original italiano publicado en Avvenire el 28/07/2019

«Alguien me dijo: No has despertado a la vigilia, sino a un sueño anterior. Ese sueño está dentro de otro, y así hasta lo infinito. El camino que habrás de desandar es interminable, y morirás antes de haber despertado realmente. Un hombre se confunde, gradualmente, con la forma de su destino».

Jorge Luis Borges, La escritura del Dios.

Se puede ser verdadero profeta sin virtudes, pero no sin ser obediente a la tarea recibida. Este es uno de los sentidos de la parábola de los dos profetas de los libros de los Reyes. El otro es que solo los verdaderos profetas pueden extraviar el camino.

En la vida, las motivaciones son importantes, a veces muy importantes. Explican las traiciones, las fidelidades e infidelidades, y aumentan o reducen la responsabilidad. Es verdad. Lo sabemos, pero lo volvemos a aprender cada día en nuestra piel y en la de los demás. Pero hay algunos acontecimientos verdaderamente decisivos en los que los comportamientos son más importantes que las motivaciones. Puedo explicar todas las razones por las que decidí escuchar una voz que me llevó lejos, pero lo verdaderamente importante es que un día salí de casa para no volver. En las vocaciones proféticas, esta verdad antropológica se hace absoluta. La parábola del profeta desobediente y del profeta mentiroso nos lo dice con una belleza particular.

En la vida, las motivaciones son importantes, a veces muy importantes. Explican las traiciones, las fidelidades e infidelidades, y aumentan o reducen la responsabilidad. Es verdad. Lo sabemos, pero lo volvemos a aprender cada día en nuestra piel y en la de los demás. Pero hay algunos acontecimientos verdaderamente decisivos en los que los comportamientos son más importantes que las motivaciones. Puedo explicar todas las razones por las que decidí escuchar una voz que me llevó lejos, pero lo verdaderamente importante es que un día salí de casa para no volver. En las vocaciones proféticas, esta verdad antropológica se hace absoluta. La parábola del profeta desobediente y del profeta mentiroso nos lo dice con una belleza particular.

Hemos llegado a un acontecimiento central en la historia de Israel: el reino de David y Salomón se divide, la tierra de la promesa se parte en dos. Las tribus del Norte (Israel) se separan de las de Judá. El Norte del país sigue a un nuevo rey, Jeroboán, mientras que el Sur se queda con Roboán, hijo de Salomón. El comienzo del cisma está marcado por la acción de un profeta llamado Semayas. Los nombres de los profetas hay que decirlos siempre, porque pronunciarlos es una bendición: «Dios dirigió la palabra al profeta Semayas: Di a Roboán, hijo de Salomón: … Así dice el Señor: No vayáis a luchar contra vuestros hermanos, los israelitas … Obedecieron la palabra del Señor y desistieron de la campaña» (1 Re 12,22-24). Los profetas siguen salvando al pueblo de los fratricidios. Dos profetas son los protagonistas de uno de los textos más misteriosos de la Biblia.

«En el momento en que Jeroboán, en pie junto al altar, se disponía a quemar incienso, llegó a Betel un hombre de Dios de Judá» (13,1). Un profeta ("un hombre de Dios") del Sur viaja al Norte, «mandado por el Señor», para transmitir a Jeroboán una palabra de YHWH acerca de la futura destrucción del altar de Betel (13,2) y para realizar una señal: «Esta es la señal anunciada por el Señor: el altar va a rajarse y se derramará la ceniza que hay encima» (13,3). Jeroboán levanta la mano e intenta detenerlo (13,4), pero su mano se seca. El rey le pide al profeta que sane su mano, y este lo hace. Entonces «el rey dijo al hombre de Dios: Ven conmigo a palacio, cobra fuerzas, y te haré un regalo» (13,7). El profeta responde: «No iré contigo ni aunque me des medio palacio. No comeré ni beberé nada aquí, porque el Señor me ha prohibido comer, beber o volverme por el mismo camino» (13,8-9). Así termina la primera escena: el profeta rechaza el ofrecimiento del regalo (los regalos de los poderosos son siempre peligrosos) y desvela la orden que había recibido de YHWH. Obedece este “mandato”.

Segunda escena. «Vivía en Betel un viejo profeta, y sus hijos fueron a contarle lo que había hecho el hombre de Dios aquel día en Betel» (13,11). El viejo profeta de Betel sale al encuentro del profeta de Judá y le dice: «¿Eres tú el hombre de Dios que vino de Judá? El otro respondió: Sí» (13,14). El viejo profeta le hace el mismo ofrecimiento que el rey: «Ven conmigo a casa a tomar algo» (13,15). Y obtiene la misma respuesta: «No puedo volverme contigo, ni comer ni beber nada aquí, porque el Señor me ha prohibido comer o beber aquí o volverme por el mismo camino» (13,16-17). Hasta aquí la historia tiene su lógica: el profeta de Judá está desempeñando su misión con fidelidad al mandato recibido.

Pero la narración da un giro: «También yo soy profeta, como tú, y un ángel me ha dicho, por orden del Señor, que te lleve a mi casa para que comas y bebas algo». E inmediatamente el texto añade: «Así lo engañó. Se lo llevó con él, y aquel comió y bebió en su casa» (13,18-19). El viejo profeta dice una mentira – en la traducción aramea de la biblia hebrea (el Targum) al viejo profeta se le llama constantemente “mentiroso” – y no sabemos por qué lo hace. El profeta de Judá cree en la palabra del profeta de Betel (13,19) y en la nueva “orden” y por tanto desobedece el mandato recibido de Dios. Esta acción es lo importante de la historia.

Pero llega un segundo giro: «Cuando estaban sentados a la mesa, el Señor dirigió la palabra al profeta que lo había hecho volver, y este gritó al hombre de Dios venido de Judá: Así dice el Señor: Por haber desafiado la orden del Señor, no haciendo lo que te mandaba el Señor, tu Dios, … no enterrarán tu cadáver en la sepultura de tu familia» (13,20-22). El profeta mentiroso recibe un oráculo auténtico de Dios, que condena al profeta de Judá.

Y en cuanto este retorna al camino, el relato sufre la tercera torsión: «Después de comer y beber, el otro se marchó. Pero por el camino le salió un león y lo mató. Su cadáver quedó tendido en el camino» (13,24). Al saber lo ocurrido, el profeta de Betel dice: «Es el hombre de Dios que desafió la orden del Señor. El Señor lo habrá entregado al león, que lo ha matado y descuartizado, como el Señor dijo» (13,26). Con esta muerte, el viejo comprende la autenticidad del profeta desobediente y también la de su propia palabra, confirmada por el antinatural comportamiento del animal («El león no había devorado el cadáver ni descuartizado al burro» 13,28). Otro episodio bíblico donde los animales son aliados de Dios y hablan a los profetas.

Es importante la conclusión, que contiene la última sorpresa de la historia: «El profeta recogió el cadáver del hombre de Dios, lo acomodó sobre el burro y lo volvió a llevar a la ciudad … Después de enterrarlo, habló a sus hijos: Cuando yo muera … poned mis huesos junto a los suyos». Y concluye: «porque ciertamente se cumplirá la imprecación que lanzó, por orden del Señor, contra el altar de Betel» (13,29-32). La muerte del profeta y sus circunstancias hacen comprender al viejo profeta la verdad de la palabra de la que era portador el profeta desobediente. El profeta muere, pero su mensaje, si es verdadero, no.

Es un relato espléndido. La Biblia nos sigue haciendo regalos imprevistos. ¿Cuál es el sentido de esta parábola? No lo sabemos con certeza. Probablemente, como sugería Karl Barth, la colocación del relato al comienzo del cisma de Israel desvela un mensaje relacionado con este gran trauma. No hay que excluir que el profeta del Norte simbolice a Israel y el de Judá al reino del Sur, y que el león sea imagen de Nabucodonosor que “mata” a la tribu de Judá sin devorarla (deportándola) y esta, mientras muere, revela la verdad de su misión y del mensaje.

Pero este relato puede contener también una gramática de las vocaciones proféticas, y por tanto de toda vocación. El tema más apasionante es el relativo a la obediencia a la llamada, la fidelidad a la tarea. En toda la parábola profética, al autor no le interesan los motivos de los personajes. Lo importante son las acciones. No sabemos por qué invita el rey al profeta, ni por qué miente el viejo profeta, ni por qué el profeta de Judá cree la mentira. Pero precisamente en esta laicidad de los hechos es donde se esconde la perla del relato.

En las vocaciones lo importante son los comportamientos. Las vocaciones son esencial y exclusivamente una voz que da un mandato y otra voz que responde “aquí estoy” (había escrito “libremente”, pero lo he borrado: la libertad es demasiado poco para comprender una vocación, que es destino). Cuando me encuentro con una voz que me da un “mandato”, lo verdaderamente importante es obedecer ese mandato. Solo hay que hacer eso, lo demás – que también existe – no importa. Y si no lo hago, porque creo en un ángel o porque un viejo profeta me engaña y me seduce, la vocación se malogra.

Este relato de los dos profetas dice una cosa más: la vocación se malogra aunque sea verdadera. La desobediencia es el fracaso de los verdaderos profetas – los falsos profetas no pueden desobedecer porque no han recibido tarea alguna; solo los verdaderos profetas extravían el camino –. Esta parábola está llena de palabras relacionadas con el camino: ir, volver, caminar.

Nosotros hacemos todo lo que podemos para transformar las vocaciones en cuestiones morales y la Biblia nos sigue repitiendo que son otra cosa. Consisten en salir de Judá con un mensaje recibido como mandato – cuando una voz llama siempre hay que salir –, anunciar el mensaje, no aceptar ofrecimientos de los poderosos, aunque ofrezcan “la mitad de su reino”, y estar muy atentos al camino, porque no todos los caminos son buenos. Y durante la vuelta a casa, no escuchar a los profetas ni a los ángeles de Dios, si dicen que hagamos algo distinto a la tarea que hemos recibido. Esta es la tentación más difícil, mucho más que los ofrecimientos del rey y de los poderosos, porque los profetas tentadores hablan la misma lengua que los honestos. El viejo profeta no era necesariamente un falso profeta. Podía ser simplemente un profeta mentiroso (los profetas verdaderos también pecan y dicen mentiras). A la Biblia no le interesa hablarnos de las virtudes del viejo profeta, sino narrarnos la historia del fracaso de una vocación profética verdadera, aunque no de su mensaje.

La muerte del profeta está inscrita en su desobediencia. El hombre de Dios venido de Judá, para la Biblia ya estaba proféticamente muerto cuando se encontró con el león por el camino equivocado. El león mató a un profeta ya muerto. Por eso no había nada que devorar, porque las vocaciones no son carne comestible. La obediencia es la primera virtud de los profetas, tal vez la única verdaderamente necesaria. Un profeta puede ser malvado, mentiroso, vicioso, pero cuando muere es cuando deja de ser obediente a su destino y a su tarea. He conocido profetas que al final de la vida solo se han llevado la obediencia: todo se había apagado, incluso el agape, pero han llegado al cielo llevando la obediencia a la primera voz como su única y maravillosa dote.

Los libros de los Reyes no dicen el nombre de estos dos profetas. El historiador judío Flavio Josefo sí que nos da el nombre del profeta fallido venido del Sur respondiendo a una voz: Jadón. Digamos su nombre una última vez, porque también un profeta fracasado puede guardar una bendición.

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