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La escucha distinta del corazón.

Profecía e historia / 3 - La petición de Salomón debería ser el juramento de todo gobernante.

Luigino Bruni

Original italiano publicado en Avvenire el 16/06/2019

«Vosotros, espectadores de la historia del círculo de tiza, aprended la sentencia de los antiguos: las cosas deben pertenecer a quien mejor pueda cuidarlas, o sea, los vehículos a los buenos conductores, para que sean bien conducidos, los valles a quienes los rieguen, para que produzcan frutos, y los niños a las mujeres maternales, para que se críen bien.»

Bertolt Brecht, El círculo de tiza caucasiano.

Salomón se estrena como rey pidiendo a Dios el don de un corazón que escucha. E inmediatamente lo pone en práctica para resolver una disputa entre dos madres por un hijo. ¿Su decisión fue justa? ¿Por qué?

El primer ejercicio de sabiduría de Salomón tiene como protagonistas a dos mujeres, “dos prostitutas”, dos pobres, dos víctimas, dos esclavas (eso es lo que eran las prostitutas en aquellas sociedades). Dos desventuradas que tienen que gestionar la crisis más íntima que puede vivir una mujer: la muerte de un hijo. Dos madres desesperadas, envueltas en un prodigioso duelo entre la vida y la muerte. Dos personas atormentadas que se disputan un hijo, que, en un mundo dominado por los hombres, a menudo es la única alegría que les queda a las madres. Si queremos salir de esta lectura, espléndida y difícil, siendo mejores personas, debemos intentar atravesarla con compasión y misericordia. De este modo podremos reconocerla en nuestras casas y en nuestros tribunales, donde cada día resuenan palabras, discursos y lamentos semejantes, junto con las mismas mentiras desesperadas pronunciadas delante de unos niños que corren peligro de acabar descuartizados.

«Salomón amaba al Señor procediendo según las normas de su padre, David, pero sacrificaba y quemaba incienso en los altozanos» (1 Re 3,3). El comienzo del reinado de Salomón – cuyo nombre viene de la gran palabra hebrea shalom – está marcado por los sacrificios ofrecidos en los santuarios de los altos cananeos: «El rey fue a Gabaón a ofrecer allí sacrificios, pues allí estaba el santuario principal. En aquel altar ofreció Salomón mil holocaustos» (3,4). Se trata de un sacrificio excepcional, enorme, exagerado. Inmediatamente después, el narrador nos presenta el lado luminoso de este rey, tan amado que se ha convertido en icono del buen gobierno, la sabiduría y la riqueza en toda la tradición bíblica posterior, hasta el Nuevo Testamento. Salomón pasa la noche en el santuario, quizá por tratarse de un espacio sagrado conocido por ser un lugar de “incubación” (teofanía onírica): «En Gabaón el Señor se apareció aquella noche en sueños a Salomón, y le dijo: Pídeme lo que quieras» (3,5). El nuevo rey se presenta y muestra su calidad por el tipo de petición que dirige a YHWH, cuando formula posiblemente la más hermosa petición dirigida a Dios por un soberano, en la Biblia y en toda la literatura religiosa. Más que nuestras respuestas, son las peticiones y las preguntas que nos hacemos a nosotros mismos, a la vida, a Dios, las que revelan nuestra calidad moral. Tras recordar a Dios la justicia y la fidelidad de su padre David (3,6), Salomón se declara inadecuado para desempeñar la tarea: «Yo soy un muchacho que no sé valerme» (3,7). Esta admisión de insuficiencia asimila a Salomón con otras grandes figuras bíblicas jóvenes: Jeremías, Samuel, José… María. Estas son las palabras de su petición, que han entrado en la herencia espiritual de la cultura occidental: «Concede a tu siervo un corazón que sepa escuchar» (3,8).

Es una frase maravillosa, que debería estar escrita en todas las escuelas de administración pública, en las facultades de ciencias políticas, en las sedes de los partidos, en los palacios de los gobiernos y de los parlamentos, y en los consejos de administración de las empresas. Deberíamos hacérsela recitar a todos los nuevos ministros durante la ceremonia de toma de posesión, y deberíamos convertir la “petición de Salomón” en algo parecido al juramento hipocrático de los médicos. Un corazón que escucha, «para que sepa gobernar a tu pueblo y discernir entre el bien y el mal». Quiero pensar que YHWH, en el sueño, se sorprendería al oír la petición de Salomón. La humanidad seguirá mejorando mientras los hombres sean capaces de sorprender a Dios con peticiones más bellas y grandes que ellos mismos. Dios atiende la petición del joven rey: «Te daré lo que has pedido: un corazón sabio y prudente, como no lo hubo antes ni lo habrá después de ti» (3,12). Pero le concede también lo que no ha pedido: «Por haber pedido esto, y no haber pedido una vida larga, ni haber pedido riquezas, ni haber pedido la vida de tus enemigos, sino inteligencia para acertar en el gobierno … Te daré también lo que no has pedido: riquezas y fama mayores que las de rey alguno» (3,11-13). El hecho de no pedir las cosas que los soberanos generalmente piden y quieren, hace que las obtenga. Es un hermoso episodio de serendipity, donde los bienes económicos y políticos llegan precisamente cuando no se buscan. Esto es lo que debería suceder en el buen gobierno de cualquier comunidad: buscar tan solo un “corazón que escucha”, el único instrumento útil para el único ejercicio necesario: el discernimiento entre el bien y el mal; y todo lo demás es dado por añadidura. Si pidiéramos y buscáramos más este corazón en escucha, la civilización del céntuplo sería una realidad.

Pero en esta petición hay algo más. Un corazón que escucha solo puede ser un don de la vida, de los padres, de Dios. No se puede aprender en las escuelas de negocios ni en los tristes cursos de liderazgo. Si es un don, entonces solo puede ser pedido, esperado, suplicado. Un político debería por lo menos conocer esta petición de Salomón, recitarla todos los días, lanzarla al cielo aunque piense que está vacío; porque aprendiendo a pedir este don se hace consciente de su indigencia, lo que ya de por sí genera humildad y por tanto sabiduría. Al final de este formidable diálogo, «Salomón despertó: había tenido un sueño» (3,15). Su reacción (y la del hombre bíblico) es opuesta a la que tendríamos nosotros en parecidas circunstancias. Nosotros, cuando despertamos de un sueño muy hermoso, no nos quedamos con el valor de la experiencia y su mensaje: “¡Qué lástima, sólo era un sueño!”. En cambio, para el hombre bíblico, si un diálogo con Dios ocurre durante un sueño, esas palabras adquieren un estatus de verdad mayor. ¡Ojalá aprendiéramos a soñar con Dios! La sabiduría recibida como don, el corazón que escucha, inmediatamente se convierte en ejercicio de buen gobierno en uno de los relatos justamente más famosos y estupendos de la Biblia: el del niño ambicionado por dos madres. Es probable que el redactor encontrara esta historia en relatos contemporáneos o anteriores (en las tradiciones orientales antiguas se conocen muchas variantes, que han influido incluso en un autor como Bertolt Brecht).

Los protagonistas son dos mujeres – dos madres, “dos prostitutas” – un niño vivo, un niño muerto y el rey llamado a juzgar: «Por entonces acudieron al rey dos prostitutas, se presentaron ante él y una de ellas dijo: “Majestad, esta mujer y yo vivíamos en la misma casa; yo di a luz estando ella en la casa. Y tres días después también esta mujer dio a luz. Estábamos juntas en casa, no había ningún extraño con nosotras, solo nosotras dos. Una noche murió el hijo de esta mujer, porque ella se recostó sobre él; se levantó de noche y, mientras tu servidora dormía, tomó de mi lado a mi hijo y lo acostó junto a ella, y a su hijo muerto lo puso junto a mí» (3,16-20). La otra madre niega esta versión de los hechos: «No. Mi hijo es el que está vivo, el tuyo es el muerto» (3,22). Las dos discuten ante el rey, quien, después de escuchar, toma la palabra y propone la famosísima solución “salomónica”: «Entonces habló el rey: “Esta dice: Mi hijo es este, el que está vivo; el tuyo es el muerto. Y esta otra dice: No, tu hijo es el muerto, el mío es el que está vivo. Dadme una espada… Partid en dos al niño vivo; dadle una mitad a una y otra mitad a la otra”» (3,23-25). La solución paradójica cumple su objetivo, hacer que las dos mujeres revelen informaciones que todavía no habían salido. En efecto, la mujer con el hijo vivo afirma: «¡Majestad, dale a ella el niño vivo, no lo matéis!» (3,26). La otra, en cambio, dice: «Ni para ti ni para mí. Que lo dividan». En ese momento el rey resuelve el caso: «Entonces el rey sentenció: Dadle a esa el niño vivo, no lo matéis. ¡Esa es su madre!» (3,27). Esta historia, dramática y maravillosa, puede enseñarnos muchas cosas.

En primer lugar, el relato nos dice cuál es la sentencia de Salomón, pero no aporta muchas pruebas para saber quién es la verdadera madre del niño vivo. Leyendo la historia, podríamos imaginar otros escenarios. La mujer ganadora podría ser simplemente más humana y generosa que la otra o, incluso, sencillamente más inteligente. Conociendo la sabiduría de Salomón, habría podido anticipar el razonamiento del rey y por tanto realizar el movimiento mejor para maximizar el resultado y quedarse con el niño. Estos razonamientos, típicos de las personas que se han formado en la lógica económica y en la lógica estratégica de la “teoría de juegos” ciertamente no son los del escritor del texto bíblico. A él (o a ellos) les interesa decir que la elección de Salomón es la más sabia porque es la elección por la vida. Y después, elogiar a la mujer que antepone la vida del niño a su felicidad individual. La Biblia no quiere que «se levante la mano contra el niño» (Gn 22,12), no quiere que el niño muera. Y cuando muere (porque no siempre logramos salvar a los niños), siempre es una noche oscura de la Biblia, de Dios y del hombre. El humanismo bíblico es el humanismo de la vida. Por eso, Salomón realiza la elección más sabia.

Pero entre estas palabras podemos leer más cosas. Los niños no son propiedad de sus madres. Son “propiedad” de todos y por tanto de nadie. La primera ley de la tierra es la vida de los niños, que vale infinitamente más que las luchas y los derechos de los adultos. Finalmente, si los libros de los Reyes hubieran sido escritos por una mujer, quizá la narración de esta historia habría sido diferente. No habría dejado que Salomón dijera “dadme una espada”, porque con los niños no deben usarse las espadas ni siquiera jugando. Habría usado palabras más humanas y solidarias con la segunda madre; primero habría entendido su drama y solo después la habría juzgado por su (probable) mentira. Además, habría dado un nombre a aquellas dos mujeres, puesto que la primera dignidad de las víctimas es tener un nombre. Tal vez no habría revelado su oficio (un feo sustantivo innecesario para la economía de la historia) y probablemente habría dado un nombre también al niño vivo y al niño muerto, porque las mujeres siempre llaman a sus hijos por su nombre. El corazón de las mujeres escucha de otra manera. Pero la historia no la han escrito las mujeres, no la han escrito las madres. Sin embargo, nosotros podemos leerla y releerla junto a ellas, para intentar sorprender a Dios con nuestras peticiones.

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