El signo y la carne

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Como un juego de espejos

El signo y la carne/3 – Dios habla a través de Oseas y nos desvela la primera reciprocidad de la tierra y del cielo. 

Luigino Bruni

Publicado en Avvenire el 12/12/2021

 «En el matrimonio del profeta el hombre mismo se muestra con los secretos de su sangre y de su alma, un hombre que, precisamente por eso, está también vinculado a los secretos de Dios. Solo es posible comprender una cosa semejante a partir del mundo de la fe bíblica, donde la sangre y el alma del hombre teomorfo saben que están hechas a su imagen; y solo esto posibilita al hombre la imitación de Dios».

Martin Buber, La fe de los profetas.

La infidelidad de la mujer del profeta nos enseña la lógica de Dios, para que podamos aprenderla en nuestras relaciones primarias, que nos hablan de Dios hablándonos de nosotros mismos. 

El Cantar de los Cantares y Qohélet son los libros donde la palabra “Dios” está menos presente. Son dos libros especulares: uno trata sobre la grandeza del amor humano y el otro sobre la vanitas de la vida. La tradición antigua atribuía ambos a Salomón, porque cada uno de ellos pone de relieve una dimensión verdadera y sabia de la existencia, que se vuelve aún más verdadera cuando se leen juntos. La vida se abre y se desvela en la experiencia del enamoramiento y el amor conyugal. Y se abre y se desvela cuando contemplamos cómo esta se desvanece en el hombre que envejece, en el amigo que muere, en la insatisfacción que acompaña y lima todo nuestro conocimiento, cuando afrontamos el dolor que nace de lo incompleto e imperfecto de nuestras obras, o cuando contemplamos este mundo estupendo sabiendo que no será para siempre, ya que un día tendremos que dejarlo. Entonces, frente al amor y al dolor más grande, Dios se retira para dejarnos espacio, y nos entrega su palabra, que es una buena palabra. Los profetas son Cantar y Qohélet a la vez. Lo son en sus palabras y en su carne. 

«Acusad a vuestra madre, acusadla, que ella no es mi mujer ni yo soy su marido, para que se quite de la cara sus prostituciones y sus adulterios de entre los pechos; si no, la dejaré desnuda y en cueros, como el día que nació; la convertiré en estepa, la transformaré en tierra yerma, la mataré de sed; y a sus hijos no los amaré, porque son hijos de prostitución» (Oseas 2,4-6). En la profecía de Oseas (y en toda profecía verdadera) el plano biográfico y el mensaje para el pueblo van inseparablemente unidos – se pueden distinguir, pero no separar –. No se pueden separar ni en Oseas ni en nosotros, como cuando nuestras vicisitudes personales se convierten en mensajes para nosotros y para los demás; cuando oímos la voz de Dios que nos habla dentro de la no-voz de una mujer o de un marido, cuando sentimos que un amor distinto nos alcanza dentro del no-amor de quien debería amarnos y no lo hace. 

Aquí estamos ante una disputa, una rib, que se parece a la más conocida entre Job y Dios. Oseas, frente a la infidelidad de su mujer, no elige inmediatamente el camino del repudio y el divorcio, sino que intenta una última acción para que vuelva a casa. En Israel (aún hoy) el divorcio era un punto de no retorno, un acto definitivo. Así pues, Oseas intenta obtener el arrepentimiento activo de su mujer. Reclama la ayuda de sus hijos y les pide que la acusen, porque en una separación eran los hijos, ayer más que hoy, quienes sufrían las consecuencias más graves.

Hoy ya no entendemos estos versos, y es bueno que no los entendamos. No los entendemos porque, también en este caso, la Biblia, madurando en la historia, nos ha hecho superar su propia ética y nos ha llevado a comprender que ninguna persona, a pesar de sus errores y culpas, puede ser abandonada “desnuda y en cueros” o transformada “en tierra yerma” o expuesta a morir “de sed”. Muchas personas, demasiadas mujeres, siguen viviendo las separaciones como desnudez y tierra yerma, y nosotros, a diferencia de Oseas, sabemos que estas acciones son contrarias al hombre y a Dios. También sabemos que hay que mantener a los hijos alejados de las rib de los padres, que no hay que azuzarlos contra el otro, porque la tarea de la paternidad consiste en proteger a los hijos de nuestras infidelidades y custodiar en su corazón una imagen buena de la madre y del padre evitando que el dolor y los conflictos la corrompan. Debemos protegerlos de nuestro dolor – y tal vez este sea el acto de amor más grande durante una separación y después de ella: seguir bendiciendo delante de ellos a un marido o a una mujer que nos maldice cada día – o al menos intentarlo –.

Pero, siendo muy conscientes de todo eso, no podemos no apreciar la belleza de estos versos escritos con la tinta del alma más íntima del profeta, que se cuentan entre los más hermosos porque son los más intensos humanamente de toda la Biblia: «Sí, su madre se ha prostituido, se ha cubierto de vergüenza la que los engendró… Voy a vallar su camino con zarzales y le voy a poner delante una barrera para que no encuentre sus senderos. Perseguirá a sus amantes y no los alcanzará, los buscará y no los encontrará» (2,7-9). Cuántas veces hemos visto a Oseas repetir este gesto extremo, fuera y dentro de casa. Lo vemos cuando desesperados hacemos lo que nunca deberíamos hacer, lo que siempre hemos criticado en los demás, lo que hemos desaprobado incluso en las novelas y en las películas: cuando le cerramos el camino con espinas, ponemos barreras para que no salga de casa, le pedimos la clave del correo o bloqueamos la cuenta bancaria. Y después nos avergonzamos.

«Entonces dirá: Voy a volver con mi primer marido, porque antes me iba mejor que ahora» (2,9). Complicarle la vida para que comprenda que el tiempo pasado fue mejor, para que añore los primeros tiempos cuando éramos felices juntos. Pero nosotros sabemos que el recuerdo de los tiempos felices no es un recurso válido para los tiempos de crisis, que recordarle al otro cuánto nos hemos querido aumenta (no reduce) el deseo de escapar de quien ya no siente el mismo amor de ayer, que hacerle releer sus mensajes y sus emails de ayer le alejan hoy. El ejercicio de la memoria, eficaz en muchos casos, es anti-eficaz en una pareja en crisis, mientras la relación no resucite – el recuerdo de la fidelidad solo puede ayudar si renace la nostalgia de futuro –. Estas palabras de Oseas nos hablan porque en ellas reconocemos nuestras palabras extremas. Así es como la Biblia nos salva, tocándonos con su mano buena, el día en que, después de haber leído las hermosas palabras de Oseas en las liturgias matrimoniales, releemos estos capítulos de su libro y finalmente los entendemos dentro de nuestro drama, puesto que nuestro dolor se convierte en el exegeta de su libro. La Biblia sigue siendo el buen samaritano que cubre con vino y aceite nuestras heridas.

La Biblia es grande porque contiene, juntos, el Cantar de los Cantares y este Canto de Oseas, los dos cantos que marcan el ritmo de nuestra vida. Nosotros tendemos a pensar que las palabras que prestamos a Dios para que nos hable de nosotros son las del gran amor y la inmensa alegría. Y así nos olvidamos de otras palabras que nacen de nuestro dolor, sobre todo del dolor especial de las relaciones primarias heridas, que ensanchan el horizonte del hombre y de Dios. «Descubriré su infamia ante sus amantes, y nadie la librará de mi mano; pondré fin a sus alegrías, sus fiestas, sus novilunios, sus sábados y todas sus solemnidades. Arrasaré su viña y su higuera… Le tomaré cuentas de cuando ofrecía incienso a los baales y se engalanaba con aretes y gargantillas para ir con sus amantes, olvidándose de mí» (2,11-15).

Aquí el tema de la traición familiar se entrelaza con la idolatría y las traiciones de Israel. Cada tentación idolátrica en la que caemos es la traición de un pacto. Pero también cada traición de un pacto primario es una forma de idolatría, porque en lugar de vivir dentro de una alianza buena y verdadera, que salva, da vida y permite dar frutos, elegimos una salvación pequeña, preferimos los placeres pasajeros, y renegamos de la sinceridad y la transparencia para escondernos y permanecer en la oscuridad. Cada traición es una profanación del templo más bello para adorar fantoches de madera en una barraca, para descubrir al final que el primer y tal vez único fantoche que hemos idolatrado es nuestro yo. Ciertamente hoy sabemos que deberíamos escuchar también la versión de Gomer, la mujer. La historia nos ha enseñado que para comprender una crisis familiar debemos escuchar ambas versiones – a la Biblia esto no le interesa, su mensaje es otro; pero a nosotros sí que nos interesa, porque demasiadas personas, demasiadas mujeres, no han tenido nunca la oportunidad de contar su versión de los hechos – delante de los hombres y delante de Dios.

Las vicisitudes personales de Oseas son una ocasión para comprender algo más de las metáforas y del lenguaje de la Biblia. El pueblo hebreo ciertamente comprendió algo nuevo acerca de la fidelidad humana viendo cómo su Dios fiel elegía, amaba y perdonaba a su pueblo; pero ese mismo pueblo también pudo comprender algo más de Dios, de la fe y de la fidelidad viendo las fidelidades e infidelidades de su gente. Las alegorías y las metáforas no son solo técnicas literarias, no sirven solo para describir con imágenes y poesía lo que ya sabemos de Dios. No. Son también el descubrimiento de lo que es Dios viendo lo que es una relación, es decir viendo lo que son el hombre y la mujer. Porque si es cierto, y lo es, que nosotros descubrimos el humanismo bíblico a partir de la teología bíblica, no es menos cierto que aprendemos quién es Dios viendo a los seres humanos. Esta verdad da un inmenso valor a nuestras alegrías y a nuestros sufrimientos, a nuestros pactos respetados y rotos, a nuestras relaciones felices e infelices, porque son la gramática con la que Dios nos habla de sí mismo. Y da un valor verdaderamente infinito a la familia, tanto cuando funciona como cuando va mal, si para hablarnos de sí mismo pidió a Oseas que nos hablara de las heridas de su familia.

Cada vez que la humanidad se expande, que nuestra capacidad espiritual y ética crece dentro de las contradicciones de la vida, también se expande la imagen de Dios. Y si la Biblia, para hablarnos de Dios, nos hace hablar de nuestras relaciones, no deberíamos asombrarnos si un día descubrimos que Dios es relación y que lo hemos conocido un poco gracias a nuestro léxico familiar y relacional. Dante, en el culmen de la Comedia, tuvo la experiencia extraordinaria, poética y mística a la vez, de descubrir en el centro de la danza trinitaria su propio rostro: «Dentro de sí, con su mismo color pintada, me pareció mirar nuestra figura, que todo mi rostro en ella estaba» (Paraíso 33,130-132). Si nosotros pudiéramos entrar en la danza trinitaria que se ejecuta en la bodega de nuestro ser, encontraríamos, con su mismo color pintada, la figura… de Dios. Este juego de espejos entre Adán y Elohim es la primera reciprocidad de la tierra y del cielo.

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