Bendito tiempo de la desilusión

A la escucha de la vida/26 – Las casas y las comunidades siempre necesitan aire nuevo

de Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 18/12/2016

Albero bucato rid“¡Ay, cómo son a veces nuestras ideas! Apenas una máscara. Yo, por ejemplo, puedo expresar ideas muy generosas acerca de la condición de los pobres. Sin embargo, por muy generosas que sean mis ideas, si tengo una casa hermosa y rica y a los pobres sólo los veo en la calle, ¿cómo será en ese caso mi amor? ¿Podré decir que amo la pobreza y a los pobres? Ciertamente no. Si así fuera, estaría entre ellos, sería uno de ellos. Mis ideas son para la pobreza, pero mi amor es para mi casa".

Giuseppe de Luca, Introducción a la historia de la piedad.

Todas las comunidades viven una tensión vital entre lo interior y lo exterior. Entre la necesidad de preservar la identidad y la necesidad de acoger al que llama a la puerta. Entre el deseo de abrir para que entre aire fresco que vivifique la casa y el de cerrar para mantener la calidez de la intimidad creada por la relación entre sus habitantes. Por lo general, el miedo a perder la calidez prevalece y las comunidades se van transformando progresivamente en clubs privados formados por personas iguales que consumen bienes relacionales, protegidas por recintos que con el tiempo se convierten en verdaderos muros.

El cum-munus (don recíproco) de la comunidad encuentra protección y garantía en los cum-moenia (muros recíprocos), que impiden que la diversidad de los que están fuera deteriore la reciprocidad de los que están dentro, en una ciudadela cada día más fortificada. Pero así las comunidades se marchitan, pues si el aire interior no se renueva, con el tiempo llega a estar tan viciado que impide que germine nueva vida. La calidez de la respiración familiar se va transformando en anhídrido carbónico hasta que un día ya no se puede respirar.

Los profetas advierten el enrarecimiento del oxígeno antes que los demás, y se precipitan hacia las puertas y las ventanas para intentar abrirlas de par en par. Para ello, tienen que abrirse paso a codazos y gritar con fuerza, sobre todo si hay crisis de identidad o si ha llegado el frío invierno. Las comunidades hacen todo lo posible por blindar las puertas, y sus responsables escriben detallados reglamentos para impedir que se abra cualquier boquete. Esta es una expresión de la fundamental dinámica-conflicto entre “carisma” e “institución”; de la tensión-lucha entre aquellos que tienen la responsabilidad de gobernar una comunidad y el deber de conservar la tradición, la identidad y el bienestar de sus habitantes, y aquellos que saben que, por la misma identidad y el mismo bienestar de la comunidad, deben abrir las puertas para que entren en primer lugar los pobres, los descartados, los leprosos y los niños, que son exactamente las categorías que más buscan y necesitan consumir la calidez de la casa. Los profetas bíblicos conocen bien la Torá, la aman y la comprenden. Pero, con la misma autoridad divina, también la desafían, la fuerzan y a veces la “transgreden” en nombre de una Ley y de una justicia más profundas y verdaderas. Las comunidades que se reúnen en torno a un ideal y a una promesa no se pierden cuando asumen el peligro y permiten que los profetas cambien, actualicen e incluso enmienden la ley que otros profetas (incluido Moisés, el mayor de todos) dejaron escrita como un don; cuando no matan a los nuevos profetas ni les hacen callar en nombre de las palabras de los profetas que las fundaron ayer. En cambio, si la palabra de ayer, incluso la palabra profética, convertida con el tiempo en ley e institución, impide toda posibilidad de corrección y transgresión, entonces la “letra” mata al “espíritu” y la tierra prometida queda reducida a una estrecha franja de tierra árida sin agua. Las comunidades que sólo tienen profetas se dispersan (a veces rebrotando en otros lugares). Las comunidades que sólo son institución mueren de asfixia. La ley de Israel, la misma ley de Moisés, impedía que los extranjeros y los eunucos (estériles) fueran miembros del pueblo de YHWH (Deuteronomio 23,2-9). Pero la Ley no es la única fuente de autoridad para Israel. También están los profetas. Sólo juntos la Ley y los profetas, en continua tensión, pueden mantener con vida la promesa y el pacto. Este sistema dual es una de las innovaciones civiles y religiosas más grandes de la historia de la humanidad. Contiene un mensaje enormemente valioso para todas las comunidades carismáticas y espirituales: para vivir bien no basta la Ley; también hacen falta profetas. Y así, mientras en la Torá podemos leer normas que excluyen a los extranjeros y a los eunucos, en el libro de Isaías encontramos estas maravillosas palabras: «Así dice YHWH: Respecto a los eunucos (...) yo he de darles en mi casa y dentro de mis muros un monumento y un nombre, mejor que hijos e hijas (…). En cuanto a los extranjeros (...) les alegraré en mi casa de oración» (Isaías 56, 4-7).

Con este canto de fraternidad universal se presenta el profeta anónimo – o escuela de profetas – conocido como el tercer Isaías, cuya profecía completa el rollo de Isaías (capítulos 56-66). El primer Isaías fue el gran profeta, el maestro de todos, que profetizó antes del exilio babilonio. Anunció el exilio, interpretándolo como una consecuencia natural de la infidelidad, la idolatría y la maldad del pueblo y (sobre todo) de sus jefes. El segundo Isaías fue el profeta del exilio. Su vocación-misión fue sobre todo un canto de esperanza en la liberación, en un nuevo éxodo del resto “fiel” deportado. Mantuvo viva la fe en la promesa y en el pacto, y señaló la cercanía de la vuelta a casa, a una nueva tierra, y la llegada de un tiempo verdaderamente nuevo.

La condición histórica del tercer Isaías es distinta de las anteriores. Este profeta tiene que realizar su misión en medio de un pueblo decepcionado tras el regreso del exilio. Por fin regresan a casa, pero al final del nuevo éxodo no está la tierra prometida. Descubren que los sufrimientos, los males y los pecados experimentados antes y durante la deportación no se han acabado. La tierra recobrada no mana “leche y miel”. El tiempo nuevo prometido por los profetas no ha comenzado, No se ve nuevo pacto ni fidelidad alguna. Tan sólo los pecados y los males de siempre. ¿Cómo es posible seguir esperando y creyendo?

Para mantener viva la esperanza y la fe durante la desilusión que sigue a la liberación, hacen falta auténticos carismas proféticos que tengan la vocación de reelaborar la salvación, de reconstruir un nuevo capital narrativo que se convierta en el primer y esencial recurso para seguir caminando. Las historias de la salvación posible en el tiempo de la desilusión deben ser distintas de las historias de los tiempos de la primera promesa y también de las de los exilios y las pruebas.

Demasiadas comunidades ideales no logran seguir la carrera en tiempos de crisis y desilusión, porque no son capaces de escribir y contar nuevas historias, porque no encuentran la fuerza espiritual y moral necesaria para reelaborar el gran don del capital narrativo de los primeros tiempos. No entienden – bien porque no hay profetas, o porque no los reconocen, o porque los callan por miedo a perder la identidad – que la primera operación colectiva que hay que realizar consiste en intentar descubrir y narrar las nuevas historias que están naciendo en su tiempo presente herido y desilusionado, que se añaden y alimentan el antiguo capital. Para que Francisco pueda seguir haciendo ahora los mismos milagros que en Asís y otros más grandes, no basta el relato del beso al leproso; hacen falta los relatos vivos de fray Enrique y sor Marina que abrazan y besan a los leprosos de hoy. Muchas veces, las comunidades se apagan cuando se terminan las rentas del primer capital narrativo de los tiempos de la primera promesa, por carestía de nuevos relatos.

El tercer Isaías es grande porque cuenta una nueva historia de salvación, porque es capaz de elaborar su presente mostrando la verdad de la promesa, a pesar de la presencia del mal, el pecado y la infidelidad que el pueblo deseaba y creía que acabaría con el final del exilio. El profeta no esconde los antiguos males y pecados. Los ve, los denuncia y los proclama. Condena a los jefes del pueblo, que siguen siendo tan corruptos como los de los tiempos de Ajaz: «Sus vigías son ciegos, ninguno sabe nada; todos son perros mudos, no pueden ladrar» (56,10). Es la misma idolatría, la misma perversión, la misma prostitución de siempre: «Os encendéis de concupiscencia bajo los terebintos y bajo todo árbol frondoso» (57,5). Incluso los mismos antiguos y tremendos sacrificios de niños: «Sacrificáis niños en el lecho de los torrentes, en los huecos de las peñas» (57,5). La misma negación de la justicia, la opresión de los débiles y de los pobres, inmolados al beneficio y al negocio: «El día en que ayunabais, buscabais vuestro negocio y explotabais a todos vuestros trabajadores» (58,3). Y continúa: «No hay quien clame con justicia» (59,4).

Así pues, el tercer Isaías nos dice que el cumplimiento de la promesa no consiste en el final del mal y del pecado, pues el trigo de la salvación florece junto con el mal de la cizaña. Esta es una obra maestra suya. El pasado no es un chivo expiatorio sobre el cual podamos cargar todos los males de ayer, esperando en vano librarnos de ellos para siempre. Antes bien, la salvación es una misteriosa flor del mal, que brota sobre el estiércol de nuestro pasado y sobre un presente imperfecto e impuro.

Nos encontramos ante una inmensa lección de humanidad, un don inestimable para aprender el oficio de vivir. Cuando se terminan los exilios y las grandes pruebas individuales y colectivas, sentimos, con una fuerza a veces invencible, la tentación-ilusión de pensar que la anhelada liberación consiste en liberarnos definitivamente de los males y pecados que tanto sufrimiento nos han causado. Pensamos que la herida de la “lucha con el ángel” podrá al fin cicatrizar y dejará de sangrar. Pero cuando pasa la prueba, cuando esa historia dolorosa y larga termina, cuando salimos de ese luto demoledor, volvemos a casa y nos damos cuenta de que la herida no ha dejado de sangrar. Sigue ahí como antes, viva y abierta.

Cuando nos encontramos con el antiguo dolor, muchas veces maldecimos la primera promesa y la vida pasada, y entonces comenzamos a morir. Otras veces intentamos esconder la herida, tapándola con vendas y gasas, esperando no verla más, pero pronto comienza a gangrenarse. Los profetas nos dan otra solución. Nos dicen que miremos esas heridas “a la cara”, que las dejemos respirar al aire libre de todos, que aceptemos dócilmente que cojearemos toda la vida (la verdadera condición humana es la vulnerabilidad). Y después, quizá logremos entrever una bendición dentro de nuestras heridas y de las de los demás. ¡Cuánta necesidad tenemos de profetas, para que nuestras heridas profundas, las que nunca se curan, puedan “sanar”!: «Te guiará YHWH de continuo, te saciará en los sequedales, dará vigor a tus huesos, y serás como huerto regado, como fuente de aguas que no se agotan» (Isaías 58,11-12).

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