Las fecundas heridas del parto

A la escucha de la vida/24 – Comprender la novedad del "varón de dolores" produce alegría

Luigino Bruni

Publicado en pdf Avvenire (54 KB) el 04/12/2016

Pietà postmoderna rid«Canto al hombre muerto, no al Dios resucitado. Canto al hombre manchado, no al Dios lavado. Canto al hombre enloquecido, no al Dios equilibrado.»

Roberto Roversi y Lucio Dalla

Los “cantos del siervo” constituyen la cúspide del libro de Isaías y uno de los pasajes más elevados de la literatura de todos los tiempos. Forman un texto profético y poético admirable, capaz de recoger las esperanzas de la historia precedente y de prefigurar a un hombre y a un Dios que aún no existían. Son palabras improbables, versos antes nunca escritos. No podían ser escritos y sin embargo han llegado hasta nosotros.

«Así como se asombraron de él muchos – pues tan desfigurado tenía el aspecto que no parecía hombre, ni su apariencia era humana – otro tanto se admirarán muchas naciones» (Isaías 52, 14). ¿Cómo es posible que un hombre desfigurado por los dolores se convierta en asombro de las naciones? En efecto, el profeta se pregunta: «¿Quién dio crédito a nuestro anuncio?» (53,1). Y después prosigue con palabras que no podemos leer sin que nos hiera su dolorosa belleza: «No tenía apariencia ni presencia; no tenía aspecto que pudiésemos estimar. Despreciado y desecho de los hombres, varón de dolores y sabedor de dolencias, como uno ante quien se oculta el rostro, despreciado, no le tuvimos en cuenta» (53,2-3).

Para intuir un poco de la fuerza de estos cantos debemos tener en cuenta cómo eran considerados el sufrimiento y la desgracia en el mundo antiguo y en Israel, antes de estos cantos del segundo Isaías y antes de Job. Para las teologías de aquellos tiempos, el sufrimiento era la suerte reservada a los pecadores o a sus herederos. No cabía la posibilidad de un justo sufriente. Ni los espectadores ni los lectores experimentaban empatía espiritual alguna con estas víctimas. La solidaridad natural de los hombres de la antigüedad estaba cubierta por teologías y teodiceas pensadas para encontrar un orden justo dentro del espectáculo de injusticia que se desarrollaba bajo el sol: «Nosotros le tuvimos por castigado, herido de Dios y humillado» (53,4). El humillado por los hombres era también castigado por Dios.

Así pues, la extraordinaria revolución teológica de estos cantos radica en la inocencia de la víctima: «Por más que no hizo atropello ni hubo engaño en su boca» (53,9). Son pocas palabras, pero capaces de producir un cambio religioso radical: la victima es inocente. El chivo expiatorio que, con su sacrificio, hace pedazos la repetición de la violencia en la comunidad, no tiene culpa alguna. Es un cordero sin mancha. La víctima es inmaculada: «Fue oprimido, y él se humilló y no abrió la boca. Como un cordero al degüello era llevado, y como oveja que ante los que la trasquilan está muda, tampoco él abrió la boca» (53,7). Es el final del tiempo de la culpabilización de las víctimas, de los chivos que merecen su triste suerte. El siervo de YHWH es un chivo inocente.

También Job es inocente, y durante todo su drama defiende su inocencia en contra de sus “amigos” y en contra de Dios. Pero, cuando Dios aparece en el desarrollo del proceso de Job, no da razón de su protesta: el Dios del libro de Job no está a la altura de las preguntas de Job. En el canto del siervo de YHWH la cosa cambia. A través de las palabras del profeta, Dios mismo proclama la inocencia de su siervo y nos revela una dimensión nueva del sentido del sufrimiento, que no se había puesto de manifiesto ni siquiera en el extraordinario libro de Job, revolucionario por su antropología (y poesía). El “canto del siervo” señala el final de la doble desventura de los pobres, los débiles, los excluidos, los pequeños, las víctimas de los poderosos, los humillados y aplastados en la carne y en el espíritu, oprimidos por los poderosos, por la vida y por Dios, y, al mismo tiempo, la de los ricos y poderosos considerados bendecidos por la vida y por Dios. Maltratados por la vida y condenados por Dios.

Esto supone el final de la religión económica, donde los pobres eran la moneda con la que pagaban sus deudas los hombres poderosos, necesitados de tranquilizar sus conciencias mientras producían y reproducían injusticias y abusos. Los profetas (y Job) son los mejores amigos de los pobres, porque son los principales enemigos de las teorías manipulativas de los grandes y fuertes, que asocian a su propia causa a la divinidad y a sus sacerdotes. Este es un mensaje fundamental también hoy, cuando, en nombre del mérito y de la eficiencia, el capitalismo intenta de nuevo culpabilizar a los pobres y a los descartados.

Pero la revolución del siervo no acaba aquí. Sigue adelante para abrirnos horizontes aún más increíbles e improbables, espacios ilimitados. El siervo no sólo era inocente, sino que «eran nuestras dolencias las que él llevaba y nuestros dolores los que soportaba… Él ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas… Con sus cardenales hemos sido curados» (53,4-5). ¿Cómo fue posible escribir estos cantos, pensarlos, pronunciarlos? ¿De dónde florecieron? Nosotros hoy tenemos a Cristo, a los evangelios, a Pablo, a los mártires, a San Francisco, al Padre Kolbe y a muchos hombres y mujeres que nos han regalado palabras y verbos para entender o al menos intuir algo de estas palabras. ¿Pero él? ¿Dónde aprendió estos cantos? Ciertamente de su gente. Los hombres y las mujeres de su tiempo sabían que las víctimas y los pobres eran inocentes, aunque la teología de los poderosos quisiera convencerles de lo contrario. Lo sabían los hombres, pero mejor aún lo sabían las mujeres, las madres. Sabían que sus hijos eran inocentes, aun cuando todo indicase lo contrario. Sabían, saben, que ningún error, ni siquiera el más grande, puede sacarnos de la bendición de la creación; que la inocencia es más profunda que nuestro pecado y el de los demás. Cuando la humanidad pierde el sentido de esta inocencia radical, sólo queda la venganza perpetua, con su violencia infinita. La “señal de Caín” es también la señal de esta inocencia. Nos dice que la venganza no tiene, ni debe tener, la última palabra en nuestras relaciones; que ninguna culpa es más grande que nuestra inocencia.

Pero el cuarto “canto del siervo” nos dice algo más. El siervo no sólo era inocente, sino que fue traspasado por nuestras culpas, golpeado y llevado a la muerte por nuestros pecados. Una comunidad, tal vez un pueblo, fue curada a causa de sus heridas. Y aquí todo se complica. ¿Qué significa este “sufrimiento vicario”, este dolor injusto de un inocente que favorece a otros? Las civilizaciones, también la bíblica, conocían este tipo de sufrimiento. El sentido de muchos sacrificios consistía en ofrecer el sufrimiento de uno a cambio de la bendición de otros. Sobre los altares de los dioses se sacrificaban corderos, pero también niños y vírgenes, pensando que su sufrimiento y su muerte expiarían las culpas de la comunidad, que su ofrenda sería agradable para unos dioses insaciables y hambrientos de sangre. También los niños, los animales y las vírgenes eran inocentes. Eran elegidos por su inocencia. Esta visión es una expresión perfecta de la religión económica y mercantil que los “cantos del siervo” quieren superar y de la que quieren renegar.

¿Qué sentido tenía entonces el sufrimiento de aquel siervo inocente? Decir que el pueblo interpretó los sucesos de aquel inocente como una toma de conciencia colectiva de que en aquel sufrimiento estaba aconteciendo algo que tenía que ver con ellos, que uno solo estaba “pagando” por muchos, no es suficiente. Si esta fuera la  idea de Dios que presentan estos capítulos del segundo Isaías, no habría ninguna revolución teológica. Seguiríamos dentro de la antigua teología retributiva, como ocurre también con algunas lecturas teológicas de la muerte y la pasión de Cristo. Para entender el alcance humano y espiritual de estos versos, hay que atreverse a arriesgar más. Debemos leer los “cantos del siervo” también como una experiencia personal del profeta, como un relato autobiográfico del segundo Isaías, o de un discípulo suyo que le acompañó y le conoció muy de cerca.

Nadie puede leer nuestros sufrimientos como expiación por nuestras propias culpas si nosotros no decidimos intencionada y libremente vivirlos como don. Sin esta elección de vivir e interpretar nuestra desventura inocente como liberación de otros, cualquier lectura externa de nuestro sufrimiento es una reedición de la arcaica teología del chivo expiatorio. Por eso, estos espléndidos versos pueden ser leídos como una ulterior revelación de la vocación profética, tal vez la más íntima, secreta y sublime.

Es posible que un día, en el culmen de su propia vocación profética en tiempos de exilio, humillado y rechazado por el pueblo y por el opresor, el profeta eligiera vivir su propio sufrimiento como el último paso de la encarnación de su llamada: cumplir con el cuerpo lo que había dicho con la voz. Los “cantos del siervo” son el canto final del segundo Isaías. Pero también son el canto final de la vocación de muchos profetas y de muchos fundadores de comunidades y movimientos espirituales e ideales. En el vértice de su existencia vocacional, a estas personas les llega el tiempo del canto del siervo de YHWH. Por razones siempre distintas, les llega el tiempo de la humillación, el desprecio, el rechazo, la expulsión y el sufrimiento infinito, a veces dentro de su propia comunidad.

Puede que el profeta y el fundador comprendan que la única cosa que pueden y deben hacer es permanecer mudos, aceptando ser corderos en manos del esquilador. Es el tiempo de los estigmas. En aquellos que consiguen conservar la mansedumbre bajo la mano que les trabaja en los sufrimientos morales y físicos, se produce la alquimia cantada por el siervo. Comprenden que en el abandono crucificado se está regenerando la comunidad y el pueblo, que esas heridas son también las heridas del segundo parto. Y el esquilador se convierte en el buen pastor. Sólo cuando nuestros sufrimientos, que nacen de la diversidad, de la maldad y de la vida, se convierten intencionadamente en parto, revive el antiguo “canto del siervo” y ocurre el milagro, que es todo gratuidad y fruto de una vida vivida enteramente en el seguimiento de la voz. Las propias carnes se transforman en el cuerpo de la comunidad herida e hiriente, para redimirla verdaderamente y para siempre. Son experiencias muy poco frecuentes, que convierten la tierra en una porción del paraíso: «Grita de júbilo, estéril que no das a luz, rompe en gritos de júbilo y alegría, la que no ha tenido dolores; porque más son los hijos de la abandonada que los hijos de la casada» (54,1).

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