Editorial - El cristianismo es el humanismo de la espera, la espera de lo inédito, la espera de Quien ha prometido que volvería. No podemos permitirnos vivir en el recuerdo de “tiempos mejores”.
Luigino Bruni
publicado en Avvenire el 31/12/2025
“En él se acababa de revelar una comprensión del tiempo completamente diferente, particular. Esa comprensión que hace decir: “¡En mis tiempos…! No son nuestros tiempos”… No hay nada más duro que ser hijastro del propio tiempo. No hay destino más duro que sentir que uno no pertenece a su tiempo. Aquellos a los que el tiempo no ama enseguida se los reconoce, en las oficinas del personal, en los comités regionales del Partido, en las secciones políticas del ejército, en las redacciones, en las calles... El tiempo ama sólo a los que ha engendrado: a sus propios hijos”.
Son palabras de Vida y Destino, de Vasilij Grossman, una de las novelas maestras del siglo XX. Una reflexión sobre el tiempo, adecuada particularmente a este 31 de diciembre, cuando el tiempo-kronos nos invita a pensar en el tiempo-kairos, en sentido de un tiempo que realmente termina mientras otro continúa, realmente, como siempre. La tentación de ser un hijastro del tiempo es particularmente fuerte y eficaz en los tiempos difíciles, y más para quien ha conocido en el pasado tiempos bellos y buenos, por lo que gana fuerza la atracción de la ilusión de refugiarse en el país del ayer, ese que ya no está pero que todavía nos promete algunas pequeñas consolaciones. Hoy los católicos, pero también los que creyeron en las grandes narrativas sociales y políticas del siglo XX, son capturados por la tentación de decir y de vivir “¡en mis tiempos...!”; y de autocondenarse así a vivir desfasados, fuera de tiempo, como veteranos, como visitantes. Se refugian en las familias de ayer, en las iglesias llenas, en un ambiente de ‘los mejores años de nuestra vida’, y se olvidan así que los únicos ‘mejores años de nuestra vida’ son estos que tenemos aquí y ahora, que el único mejor día es hoy: el resto es vanitas, humo, ilusión, todas cosas igualmente humanas.
Del 2025 quedan muchas guerras, alguna esperanza de paz y una tierra que sufre cada vez más, y nosotros con ella. Queda el Jubileo, que fue un tiempo especial para muchos católicos. Pero ahora que llegamos a su final, podemos decir que también fue una oportunidad aprovechada solo en parte, si lo comparamos con lo que hemos vivido en el sentido bíblico del jubileo, es decir, la liberación de esclavos, la cancelación de deudas y el reposo y la restitución de la tierra. De esclavos liberados hemos visto poco, de deudas condonadas (públicas y privadas) menos todavía, y la tierra este 31 de diciembre descansa menos de lo poco que ya descansaba el 1º de enero. Las del jubileo bíblico son dimensiones económicas, políticas y sociales fundamentales para las tantas crisis de nuestra época, dimensiones colectivas que quedaron perdidas en nuestro jubileo, centrado más en el culto y en actos individuales.
Del 2025 quedan también los últimos meses del papa Francisco, su profecía, su muerte y la llegada del papa León. Quedan las últimas palabras fuertes de Francisco para la Pascua, que no pudo leer personalmente, y que se convirtieron en un testamento: “Ninguna paz es posible sin un verdadero desarme. La exigencia que tiene todo pueblo de mantener su propia defensa no puede transformarse en una carrera general hacia el rearme”, y continuaba: “Llamo a todos los que en el mundo tienen responsabilidades políticas a no ceder a la lógica del miedo que encierra, sino a usar los recursos para ayudar a los necesitados, a combatir el hambre y a propiciar iniciativas que promuevan el desarrollo. Esas son las ‘armas’ de la paz”. Europa, Estados Unidos y gran parte del mundo se movieron en dirección contraria (rearme) a la que deseaba Francisco (desarme). Las mismas autoridades mundiales que acudieron, quizás sinceramente, a los honores del papa el día de su funeral, acordaron después una enorme cantidad de millones a nuevos gastos militares, traicionando así su último testamento. Se volvieron “administradores del miedo” y no los “emprendedores del sueño” que Francisco les proponía a los jóvenes de Lisboa en 2023. Y cuando faltan los buenos sueños, los administradores del miedo se transforman, tarde o temprano, en mánagers de pesadillas colectivas.
Dino Buzzati en su novela Il deserto dei Tartari, de 1940 – tiempos de guerra en Europa – nos narra la vida del subteniente Giovanni Drogo, que pasa su vida en la “Fortaleza Bastiani”, en los confines más lejanos del imperio. Toda una vida con sus soldados esperando a un enemigo que tenía que llegar. Pasan muchos años, y del enemigo no hay ningún rastro. Los militares se alimentaban de la esperanza de ver aparecer de un momento a otro a las tropas enemigas en el horizonte del desierto, y así poder dar un nuevo esplendor y centralidad política a la Fortaleza Bastiani, con un pasado glorioso ya en decadencia por falta de enemigos y de guerra.
No cuesta nada ver en esa Fortaleza a la Europa de hoy, un castillo antiguo en decadencia, con militares que se preparan y se rearman esperando a un enemigo que, como ansían, tarde temprano va llegar. Pero en la novela de Buzzati, un día un soldado (Giuseppe Lazzari), al regreso de un patrullaje, no pronuncia la palabra clave y es asesinado por el centinela, que sigue las reglas de la Fortaleza a pesar de haberlo reconocido. En esa Fortaleza inútil, no teniendo nada serio por hacer, se había generado una neurosis en torno a las reglas formales y complicadas sobre la ‘palabra clave’, como pasa casi siempre en las instituciones inútiles. Y entonces, esperando una guerra que nunca llega del exterior, esos soldados frustrados empezaron a matarse entre ellos. Una profecía literaria que hoy nos habla, que nos debería hablar, y mucho. En el mundo romano, el comienzo del año nuevo estaba bajo la protección de Jano, el dios de dos caras, la divinidad itálica de los comienzos y los pasajes (iauna: puerta), el padre de todas las mañanas. Aquel mundo lejano sabía que el nuevo estaba profundamente inscrito en el viejo, de ahí el carácter bifronte de la divinidad. Lo que empieza es la continuación de lo que acaba de ser. Sin embargo, en cada comienzo hombres y mujeres esperan algo mejor, esperan que lo que todavía no pasó al fin pase. Deseos que son una mezcla de ilusión y de esperanza, como la vida: una buena mezcla. El cristianismo hizo del primero de enero una fiesta de María, la ianua caeli, para poner bajo su mirada buena el comienzo de un tiempo nuevo. El cristianismo es el humanismo de la espera, la espera de lo inédito, de Quien ha prometido que volvería.
Buen 2026: deseo que lo vivan como hijos e hijas de nuestro tiempo.








