Agorà - La investigadora Joan Taylor estudia, con un abordaje histórico, acerca de lo que podemos saber sobre los primeros años de Cristo y el contexto en que vivía.
Luigino Bruni
publicado en Agorà di Avvenire el 24/12/2025
Para entrar en el contenido de La verdadera historia del Niño Jesús de Joan Taylor (Edizioni Sonda, 432 páginas), conviene arrancar por la conclusión: “Este libro ha examinado lo que estamos en condiciones de saber sobre la infancia de Jesús gracias a los testimonios literarios y arqueológicos [...]. Hemos visto que en general hay un gran escepticismo entre los historiadores: no es seguro que podamos saber algo sobre Jesús antes de su misión como adulto. Se dice con frecuencia que nació en Jerusalén, aunque no lo confirme ninguna fuente paleocristiana. De la misma manera, también es vaga la hipótesis de que no es un descendiente de David, aunque esté ampliamente documentado en la primera literatura cristiana”. Y para concluir su tesis general: “un escepticismo que aquí hemos rebatido”. De hecho, para Taylor, que es una seria y considerada estudiosa de los orígenes del cristianismo y del judaísmo del Segundo Templo, “parece evidente que Jesús era un niño sobre el que recaían grandes expectativas, un peso que venía del pasado y que daba forma a una clara identidad judía, marcada por la descendencia davídica, por el ser originario de Belén pero arrancado del hogar ancestral, refugiado en Egipto y emigrado a Galilea, consciente de la persecusión”.
Un libro bien escrito, documentado y serio, incluso estando dirigido a un público de no especialistas, muy valioso para hacerse una idea del contexto histórico y religioso en el que Jesús nació y pasó su infancia (el libro termina con la presentación del niño Jesús al templo). Taylor no nos presenta tesis particularmente nuevas sobre la infancia de Jesús, sobre todo si comparamos su libro con los estudios de los últimos cincuenta años, desde que los exégetas e historiadores empezaron a tomar en serio los datos históricos transmitidos por los evangelios, sin descartarlos rápidamente como mitos o fantasías narrativas de los evangelistas, como se había hecho desde el siglo XIX, sobre todo en el ámbito protestante. La investigación más reciente invirtió la carga de la prueba: antes de descartar algún dato recogido del Nuevo Testamento, hay que aportar una evidencia histórica que lo contradiga, de lo contrario es mejor confiar en esos autores antiguos. Tal como hace Taylor, que recupera algunos elementos de historicidad sobre viejas cuestiones que los historiadores del pasado habían desestimado por considerarlos infundados. Por ejemplo, los relatos de Mateo y de Lucas, los únicos que entre los canónicos hablan de la infancia de Jesús, con puntos de diferencia importantes – la centralidad de José en Mateo, la de María en Lucas, el ambiente real (Reyes Magos, Herodes) de Mateo y el ambiente pobre de Lucas (los pastores), y muchos otros. Taylor considera también otros detalles que están presentes en algunos evangelios apócrifos, en particular el Protoevangelio de Santiago y el Evangelio de los hebreos.
Hay mucho espacio dedicado a las diversas cuestiones ligadas a la familia y los familiares de Jesús, sobre los cuales los historiadores han tenido las dudas más grandes y más radicales, y que han tocado algunos aspectos centrales de las tradiciones católicas y de los dogmas marianos (la virginidad perpetua, la inmaculada concepción…). También se detiene mucho en la vexata questio del lugar de nacimiento histórico de Jesús – Belén o Nazaret: la autora se inclina por el primero –, en la historicidad de la Matanza de los Inocentes, en la de los Reyes Magos y la estrella. La investigadora inglesa discute las muchas hipótesis antiguas y recientes en vista de las excavaciones arqueológicas (muy presentes en el libro), expone las tesis de los muchos estudiosos del tema, muestra las dificultades de estos relatos desde un punto de vista histórico, y después agrega, en línea con su planteamiento básico: “pero no significa que los acontecimientos sean todos completamente falsos”. Una lectura conservativa, que algunos llamarían conservadora (que recurre a la hipótesis de los evangelios de la infancia basados en recuerdos de los familiares de Jesús), pero que, honestamente, no nos importuna, porque siempre es presentada con respeto y con el beneficio de la duda. Sin embargo, la seguimos menos cuando, respecto a la historicidad de los Magos, llega a decir, con una notable creatividad: “Podría ser el recuerdo de una estrella real identificada por algunos magoi que llegaron a Jerusalén y después se fueron a Belén, en un acontecimiento que hizo enfurecer a Herodes. El núcleo de la historia podría no tratarse de que los magos fueran a ver ‘al niño Jesús’, sino que el hecho de que visitaran Jerusalén, en busca de un niño en base a un horóscopo real, suscitó la expectativa de que había nacido un gran rey, sobre todo porque la muerte de Herodes parecía inminente. En este caso, ¿qué decir entonces de los posibles recuerdos familiares?”.
Sobre la familia de Jesús y sobre su infancia, en realidad, sabemos muy poco. Y Taylor es consciente, aunque le gusta presentar los relatos teológicos de la infancia como potencialmente históricos, o al menos no incompatibles con la historia.
De los cuatro evangelios canónicos (y algunos apócrifos) se leen cosas importantes sobre la familia de Jesús, particularmente sobre su madre y sus hermanos y hermanas, que, como recuerda Taylor, eran probablemente seis: Santiago, Salomé, José, María, Judas y Simeón. Ya Marcos muestra algunas tensiones entre Jesús y su clan familiar. Estos conflictos son importantes por varias razones. Revelan el alcance revolucionario de la persona y del mensaje de Jesús y sus discípulos. De Jesús tanto como de Jeremías, que también encontró en su familia de Anatot a sus primeros adversarios. También Juan manifiesta cierta hostilidad familiar: “Porque ni siquiera sus hermanos creían en él”. Jesús es explícito al afirmar que su familia ahora es otra, un elemento clave para el nacimiento de la Iglesia, donde, sin embargo, sus familiares siguieron teniendo un peso que no es para nada pequeño: pensemos en Santiago, “el hermano del Señor” del que habla Pablo (1 Cor 15). Para los cristianos la sangre más importante ahora es otra, la que genera una nueva hermandad y filiación en el Espíritu. A la vista de todos los evangelios parece que el parentesco es un obstáculo más, y no una ayuda, para entender el mensaje de Jesús. En el mundo antiguo, la familia era una institución fundamental, era imposible prescindir de los vínculos familiares dentro de las relaciones sociales más amplias; la red familiar era la forma en que se ingresaba a la sociedad (toda persona era siempre hijo o hija de, hermano o hermana de, padre o madre de…). El “yo” no era un componente autónomo para delinear y definir a una persona en aquel mundo, tenía que estar al lado de un “nosotros” más amplio, entre los cuales el “yo”, todavía muy frágil, podía ubicarse.
El rol de los “hermanos” de Jesús es importante. Ya en el episodio de las bodas de Caná, los hermanos no son los discípulos, son hermanos carnales (adephoi). El evangelio de Juan nos muestra un “movimiento” de Jesús compuesto por (al menos) tres grupos: 1) los apóstoles, 2) los discípulos (unos viajeros y otros sedentarios, que de todos modos escuchan su palabra y le “creen”), y 3) los familiares, o sea la madre y sus hermanos (ni el padre ni las hermanas son mencionados). Los hermanos no parecen estar calificados como discípulos, sino como un grupo aparte y especial, que tiene de todos modos un rol y un peso en la vida pública de Jesús, desde el comienzo.
Joan Taylor nos dice que no hay razones ni de exegésis ni de teología bíblica para plantear la hipótesis de que estos hermanos sean hermanastros (hijos solo por parte de padre) o primos. Para tranformar a estos hermanos en discípulos o primos es necesaria una mariología (y una cristología), que va a ser desarrollada varios siglos después de la composición de los evangelios. A diferencia de los Sinópticos, que nos hablan de “la madre y los hermanos” de Jesús (adulto), todavía no seguidores del hijo, en Juan parece que los hermanos forman parte de la primera comunidad de Jesús, aunque en una posición problemática y, al menos en parte, diferente.
Forma parte de la revolución cultural de Jesús el haber dejado en un segundo plano los vínculos familiares naturales y esenciales, y llamando “Padre” al celestial - “¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?”. Incluso cuando los escucha (en Caná), la obediencia no es nunca inmediata. Todo eso nos recuerda la desposesión de Francisco frente a su padre: “De ahora en adelante sólo quiero decir: ‘Padre nuestro que estás en los cielos’, y ya no ‘padre mío Pedro Bernardone’” (Fuentes franciscanas 1415). También en Asís la familia de Francisco pensaba que estaba fuera de sí, y Francisco no vacila en hacer su opción fundamental, también imitando en eso a Jesús.
Un hermoso libro el de Taylor, muy útil para acercarse de manera histórica y bíblicamente madura al niño Jesús, a su familia y a su persona, sin perder nunca el asombro por aquel Logos hecho carne. El libro custodia el misterio, sin nunca banalizarlo. Y eso ya es mucho.
Credits foto: © Dipinto di John Everett Millais - Cristo nella casa dei suoi genitori (`La bottega del falegname'), Wikicommons








