Cuando el espíritu bueno del don contagia al regalo
Luigino Bruni
publicado en Osservatore Romano del 05/01/2026
Carlo Levi, en su Cristo se detuvo en Éboli (1945), relatando la Nochebuena que vivió durante su encierro en la región de Basilicata, escribe: “También yo ese día tuve que recibir botellas de aceite, vino, huevos, y los donadores se sorprendían de que yo no lo aceptase como un diezmo obligatorio… ¿Qué extraño señor era yo, si no valía para mí la tradicional alteración de la fábula de los Reyes Magos, y si podía entrar a mi casa con las manos vacías?”. Una tradición evangélica, por tanto, invertida, porque mientras los sabios del Evangelio de Mateo llevaron dones a una familia pobre, los señores cristianos de Gagliano pretendían recibir dones-regalos de los pobres y de las mujeres: “Pero acá, adonde Cristo no había llegado, tampoco se habían visto nunca a los tres Reyes”.
Los dones y los regalos no son lo mismo, porque mientras los dones son experiencia de gratuidad y de libertad de ambos lados de la relación, los regalos (de rex, regis) son de naturaleza asimétrica, donde uno más rico y más grande regala un objeto a alguien más pobre o más pequeño – y viceversa. Por lo tanto, los regalos no siempre son cosas buenas. Los dones de los magos son regalos, pero nos gustan, porque son regalos-dones, una de las pocas veces en que estas dos experiencias, generalmente opuestas, se encuentran, y el espíritu bueno del don contagia al regalo.
La palabra ‘magos’ es una palabra especial en el evangelio, casi un neologismo (un poco como los ‘ladrones’). Del griego al italiano antiguo, pasando por el latín de Jerónimo, aquellos magoi no fueron traducidos como ‘magos’ sino como magi, palabra italiana que conserva el lema latín y no tiene el singular ‘magio’: “se los llama magi, es decir sabios” (Leggenda Aurea, siglo XIV). Durante varios siglos, los dones-regalos estuvieron solamente en el pesebre, porque la experiencia concreta de la gente cristiana era esa ‘invertida’ que describe Carlo Levi. Los regalos, en efecto, eran aquellos que los pobres debían hacerle a los poderosos, a los señores, a los sacerdotes, o aquellos que rara vez recibían los pobres por parte de los amos pero a su pura voluntad: “Los Dioses no a todos conceden dones” (Odisea, VII).
Durante el Humanismo y luego en el Renacimiento, los ricos comerciantes italianos se apoderaron de algunos símbolos religiosos, para una legitimación ética de su nueva riqueza y para emanciparse del juicio dantesco: ‘la gente nueva y las ganancias súbitas’ (Infierno XVI). Entre ellos sobresalen los magos: los ricos señores convertidos en ‘reyes’ durante el medioevo, ricos que adoraban a Cristo con oro y con dones, perfectos para la nueva ética económica de los ricos de la ciudad. En Florencia, desde finales del siglo XIV estaba activa la prestigiosa Compagnia dei Magi, una importante asociación de comerciantes. En muchas iglesias de esa época se encuentran frescos que representaban a los Magos, incluido el convento dominico de San Marcos, donde terminaba la espectacular procesión del día de la Epifanía: “Tres magos con una caballería de más de 200 caballos ornados con muchas magnificiencias que vienen a ofrecerse a Xristo nato” (Matteo Palmieri, 1454). El ícono de los Reyes Magos fue, por lo tanto, central para la primera alianza entre los comerciantes y el cristianismo, que está en el origen del capitalismo católico basado más en la belleza y en la magnificiencia que en la ‘predilección’ de Dios, como ocurriría en cambio siglos después, en un ambiente protestante y calvinista.
La presencia de los Reyes Magos en el pesebre nos dice algo importante sobre los regalos y los dones. Antes que nada, los regalos, aunque expresen relaciones asimétricas, pueden también ser buenos. Un adulto puede hacerle un lindo regalo a un niño, y un rico a un pobre, y un sabio a un ignorante (todas relaciones asimétricas); pero el arte de los regalos – el otro mensaje – es muy difícil de aprender y de poner en práctica, mucho más que el arte de los dones. De hecho, muchas veces los regalos no fueron ni son experiencias de gratuidad ni de libertad, sino de obligación, regalos necesarios que reforzaban las jerarquías, las desigualdades o la injusticia social, que a veces la iglesia sacralizó.
Además, los Reyes Magos eran hombres, varones que saben dar. Y en un tiempo como el nuestro, en que en torno al hombre se condensó una niebla oscura que impide ver incluso las dimensiones bonitas de la masculinidad (palabra que se ha vuelto casi una grosería), estos hombres que hacen regalos son un mensaje de esperanza de que un día las mujeres puedan volver a mirar a los hombres con los mismos ojos con que María miró a esos tres sabios llegar del oriente.
Por último, es hermoso el cuento El cuarto Rey Mago, de Henry Van Dyke (1852-1933), la historia de un cuarto sabio, Artabán, que salió con los otros magos y con tesoros para darle al niño, pero en el camino se detiene para ayudar a un moribundo, se aleja del grupo y se pierde. Entonces llega a Belén demasiado tarde. Busca a Jesús durante más de treinta años, y usa sus tesoros para ayudar a los pobres. Llega a Jerusalem justo en el momento de la muerte de Jesús, pero no lo reconoce. Antes de morir, convencido de haber fracasado en su vida, reza: “Oh, Maestro, te he buscado tanto. Olvídame. Una vez tuve preciosos regalos para darte, ahora no tengo nada”. Y Jesús: “Artabán, ya me has dado tus dones”. Artabán: “No entiendo, Señor mío…”. Jesús: “Cuando tuve hambre me diste de comer, cuando tuve sed me diste de beber… Cuando no tenía un techo, me has llevado contigo”. Artabán: “No es así…”. Jesús: “Cuando hiciste estas cosas por el último, por el más pequeño de mis hermanos, me las hiciste a mí”.








