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La penúltima oración

El signo y la carne/10 - La bienaventuranza del vientre estéril es un llanto por la ruptura del pacto con Dios.

Luigino Bruni

Publicado en Avvenire el 06/02/2022

«Tú que te escondes dentro de todos los nombres.
Si tú fueras.
Si tú fueras una madre...
Si tú consolaras
como la perra, con lamidos, el dolor de su recién nacido.
Si tú parieras…
Si sostienes. Si amparas. Si aprietas contra el pecho. Si vienes a él…
Ven. No tengas miedo de él. Te perdona. ¿Sí? Te perdona».

Mariangela Guarnieri, Preghiera dell’Alato.

Oseas nos recuerda que la persecución más dolorosa contra los profetas (que siempre son incómodos aguafiestas), adquiere la forma del sarcasmo y el descrédito, negando la naturaleza profunda de su vocación. 

Las profecías de signo contrario no se anulan mutuamente. La esperanza verdadera, que emana de algunas páginas del profeta, no consuela la desesperación de otros pasajes suyos. Si así fuera, la Biblia solo sería una colección de palabras demasiado pequeñas para poder llamarnos por nuestro nombre. Cada verso del profeta es un relato en directo de una palabra viva, empastada con la tierra de la historia, mezclada con los sonidos de nuestra vida, que resplandece gracias al fondo negro de nuestros errores. Así, el día en que una palabra nos alcanza – “hay un tiempo para” cada palabra de la Biblia – reconocemos que está viva y aquellos antiguos versos empiezan a hablar nuestra lengua. Nos tocan, nos curan y a veces milagrosamente se convierten en las palabras que nos faltaban para expresar lo indecible de nuestras muertes y resurrecciones. Ocurre. Ocurre a veces. Debe ocurrir al menos una vez. Pero esta extraordinaria capacidad de la palabra bíblica, cuyas hermanas son la poesía y el arte, solo se activa si dejamos libre a la palabra, libre como imagen viva del instante verdadero de la vida de quien la engendró. 

El Viernes Santo no nos dice nada si, cuando nos encontramos con él, pensamos en el primer día después del sábado. Si no mantenemos la mirada en ese dolor excesivo y nos volvemos hacia el sepulcro vacío, no resurgimos nosotros ni ayudamos a resurgir a los que todavía cuelgan de las cruces. El Gólgota no es la antecámara del sepulcro vacío. El Gólgota es para siempre, y por eso los crucificados pueden rezar con las palabras de la Biblia mientras aún están en la cruz, cuando no saben si van a resurgir ni cuándo lo harán. Así es como los desesperados pueden encontrar un salmo desesperado y recitarlo mientras, en otro lugar, los esposos entonan el Cantar. Se pudiéramos captar en una instantánea el alma del mundo, veríamos miles y miles de personas entonando simultáneamente pasajes de la Biblia, cada uno sintonizando con su verso único. Unos se reconocen en la era en compañía de los diálogos de amor entre Rut y Booz, mientras otros están en la era idolátrica de Oseas en compañía de la traición.

La verdad bíblica se abre si conservamos su sinfonía infinita: «Israel, te has prostituido abandonando a tu Dios. Vendiste tu amor en todas las eras de trigo» (Oseas 9,1-2). El contexto es el de una fiesta de Israel, una fiesta de la cosecha, tal vez su principal fiesta religiosa (la "fiesta de las cabañas"). Es probable que estos versículos sean un eco fiel de la predicación oral de Oseas, quien, en medio de esta gran fiesta, toma la palabra para lanzar un alegato de acusaciones contra el pueblo que ha transformado una fiesta de YHWH en una orgía para honrar a los dioses de la fertilidad. En este clima de euforia, Oseas grita su condena. Se convierte en un aguafiestas: «No habitarán en la tierra del Señor. Efraín volverá a Egipto» (9,3). La pena es la mayor de todas: la revocación de la alianza, la cancelación de la promesa, la vuelta a Egipto, tierra de esclavitud antes de la gran liberación. Se trata de una condena radical y definitiva, sin esperanza alguna. Estos son los momentos más duros para los profetas. Aunque amen a su pueblo, deben convertirse en un simple lápiz entre los dedos de Dios y escribir palabras de muerte. Es este un sufrimiento tremendo, típico de los profetas: declarar el final del pacto y por tanto la muerte de Dios, con la conciencia de morir junto con la muerte que anuncian – los profetas son la cuerda que une la tierra con el cielo: viven mientras esta cuerda resiste –.

Pero ¿por qué la idolatría puede producir la rescisión del pacto, el acto en el que se fundamenta la Biblia entera? Cuando se toma la estatua de un becerro y se le llama “YHWH”, el pacto ya está roto. El profeta solo puede levantar acta del divorcio que ya se ha convertido en praxis (también en esto la realidad es más grande que la idea). La revocación del pacto significa poner en palabras la evidencia. Los pactos, las alianzas, son bienes de reciprocidad que viven mientras exista una relación co-creada y co-gozada por ambas partes. Si uno de los dos incumple, el pacto muere como pacto – puede sobrevivir como perdón o misericordia, pero no como bien de reciprocidad –.

Hay fases en la vida de un profeta en las que la fidelidad a la voz le lleva a desvelar la evidencia. Pero su comunidad no tiene la misma percepción de la evidencia que él, y ese desvelar se convierte en aversión y persecución por parte de su gente. Israel no es plenamente consciente de su propia idolatría. En las comunidades religiosas (y laicas) la transformación de los ideales en idolatría es un proceso lento y que casi nunca se produce de mala fe. A menudo acabamos en un culto idolátrico – el más frecuente es la transformación de una persona o de un carisma (o de ambos) en ídolo – sin que nadie lo haya buscado ni deseado, y sobre todo convencidos de que estamos siguiendo el ideal de siempre. Por eso es prácticamente imposible que los pueblos que se han vuelto idólatras escuchen a los profetas, porque lo que es evidente para los profetas, el pueblo lo percibe como una acusación injusta, como una condena inicua por un delito no cometido – esta es una de las primeras explicaciones de las crisis y muertes de las comunidades, que se autoextinguen casi siempre de buena fe, porque no escuchan a los profetas honestos y sí a los falsos –.

Por eso no debería sorprendernos demasiado la continuación del capítulo: «El profeta es un necio, un loco el hombre inspirado» (9,7). A Oseas, como le ocurrió a Eliseo y les ocurrirá a Isaías, Jeremías y Ezequiel, le llega el momento no solo de la persecución física («lazos se le tienden en todos sus caminos»: 9,8) sino del escarnio. Los verdaderos profetas no temen mucho las persecuciones y los padecimientos físicos, pues saben que forman parte de su misión. Es mucho más doloroso el sarcasmo, verse considerados como personajes excéntricos de feria. Es la experiencia del descrédito, de la pérdida de crédito-confianza. El sufrimiento y las persecuciones son soportables mientras el profeta es perseguido en cuanto profeta; pero se vuelven (casi) imposibles cuando es desacreditado en cuanto necio. El pueblo, por su inteligencia típica que a veces adquiere la forma de la inteligencia maliciosa de la serpiente, sabe bien cómo hacer sufrir a un profeta verdadero: no hace falta apresarlo ni golpearlo, basta con decirle: “eres un payaso”. La forma mas eficaz de neutralizar a un aguafiestas es convertirlo en el saltimbanqui de la fiesta. Por la estructura de la frase, Oseas parece hacerse eco de algunas voces que circulan por el pueblo, porque la ridiculización perfecta del profeta es la que se da a sus espaldas, casi siempre alimentada por los primeros enemigos de los verdaderos profetas: los falsos profetas.

En la segunda parte del capítulo vuelve la imagen, querida para el profeta, del desierto: «Como uvas en el desierto encontré a Israel, tuve consideración con vuestros padres…; pero en cuanto llegaron a Baal Fegor se consagraron a la ignominia y se hicieron abominables» (9,10). En este pasaje tenemos indicios de una posible fuente distinta usada por Oseas con respecto a la historia de la alianza: parece que para Oseas fue el desierto (no Egipto) el lugar del pacto entre YHWH y su pueblo. Además, en él no está la visión de los tiempos antiguos como edad de oro de la fidelidad (los patriarcas, Moisés, David) en contraposición con la infidelidad del presente. Para Oseas, la corrupción y la idolatría ya formaban parte de los primeros días del joven Israel (este es el sentido de la referencia a Baal-Fegor, narrada en el libro de los Números (25), cuando los israelitas se adhirieron al culto al dios Baal, durante el éxodo). Esta clave de lectura es importante porque pone en discusión la idea, radicada todavía en gran parte de la vida religiosa e ideal, de que el pasado de una experiencia colectiva contiene más pureza carismática que el presente. Oseas, en cambio, nos dice que la tendencia a la corrupción es intrínseca, que la cizaña crece inmediatamente junto al trigo. Por consiguiente, ante una crisis, no hay que cometer la ingenuidad de pensar que es suficiente una genérica e indiscriminada “vuelta a la radicalidad de los primeros tiempos”, porque si no se trabaja donde se encuentra la “parte buena” de la experiencia, es muy probable que se actualicen las cosas equivocadas, y que los errores reciban incluso el crisma sagrado de la noble tradición.

El capítulo termina con una nota desesperada, un último grano de uva marchito (Is 65,8) que, sin embargo, contiene una bendición: «La gloria de Efraín emigrará como un pájaro: no habrá parto ni embarazo ni concepción; aunque críen a sus hijos, los dejaré sin descendencia… aunque den a luz, mataré al amor de sus entrañas» (9,11-16). Madres, entrañas, embarazos, niños: estos son los símbolos que en las civilizaciones antiguas expresaban el bienestar (la palabra latina felicitas tiene la misma raíz que fetus y femina). El juicio del profeta llega al centro de la vida, a su transmisión entre generaciones. Si el pacto se ha retirado, si la alianza se ha roto, es mejor que no nazcan niños, porque nacerían en una tierra desolada, en un mundo árido bajo un cielo vacío. En el humanismo bíblico, cuando dios se retrae, la vida entera se pierde: «Dichosas las estériles, los vientres que no parieron, los pechos que no criaron» (Lc 23,29).

Estas bienaventuranzas, las bienaventuranzas del vientre marchito, solo pueden cantarlas los grandes profetas que, a la vez que las cantan, lloran por nosotros. Y si leemos bien entre las líneas de nuestras comunidades, si leemos en el corazón de aquellos que viven a nuestro lado, nos daremos cuenta de que estas palabras de Oseas siguen vivas. Volvemos a oír esta bienaventuranza en Marcos, que siguió de joven una estrella y se puso en marcha cargado de promesas, y ahora, adulto o viejo, se encuentra en una comunidad que a él le parece que ha traicionado la promesa. Puede incluso que un día, por una paradójica fidelidad a sí mismo, llegue a esperar y pedir que non lleguen nuevas vocaciones a su comunidad, porque es cierto que los jóvenes de hoy vivirán un día la misma experiencia de decepción y traición que está viviendo él. Y por fin entiende a Oseas. Finalmente comprende que la Biblia ha sido escrita también para él, para dar palabras, en ese día tremendo, a esa extraña oración que le da miedo – las palabras de la Biblia se aprenden de una en una –. Y tal vez, otro día, entienda que esa oración desesperada no era la última de su vida, solo la penúltima.

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