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Con el mismo nombre de Dios

El alma y la cítara /29 – Algunas oraciones son también cantos civiles, del trabajo, del tiempo y del pan

Luigino Bruni.

Original italiano publicado en Avvenire el 18/10/2020.

«La prohibición relativa a las imágenes era un precepto capital que resultaría fatalmente violado. En primer lugar por el mismo YHWH, que formó al hombre “a nuestra imagen y semejanza”. YHWH quiso crear un ser a imagen de él mismo – y a ese ser también le transmitió la inclinación a crear algo a su propia imagen».

Roberto Calasso, Il libro di tutti i libri

El nombre y la imagen son categorías centrales en la Biblia y en el salmo 147, que revela cómo en este humanismo la pobreza genera riqueza.

En algunas regiones italianas, la mía entre ellas, en algunos diálogos íntimos, las madres y los padres llaman a los hijos e hijas con su propio nombre. Dicen: “Venga, mamá, sé bueno”, “Qué buena eres, papá”. Se lo dicen cuando son niños, pero a veces lo siguen haciendo también de adultos. Esto no está escrito en ningún libro de gramática, no se aprende en ningún colegio. Lo sabemos y lo repetimos porque se lo oímos a nuestros padres, en días maravillosos. Asimilamos estas palabras distintas por ósmosis, y después las pasamos de una generación a otra, como parte de la transmisión de lo esencial de la vida. Son algunas de las palabras más hermosas que pronunciamos en los diálogos del corazón, en esos tú-a-tú delicados y secretos que contienen toda la ternura típica y única que fluye entre padres e hijos y alimenta a unos y a otros siempre, pero sobre todo en los momentos de las grandes alegrías y de los grandes dolores. 

La Biblia nos dice que el primero que nos ha llamado con su propio nombre ha sido Dios, que nos creó “a su imagen y semejanza”. Diciéndonos a nosotros se dijo a sí mismo, y sigue repitiendo nuestro nombre a cada instante. Porque, si bien es cierto que el Dios bíblico es la divinidad más transcendente y distinta de todas, no es menos cierto que en la tierra no hay nada que se le parezca más que un ser humano. No hay corazón más parecido al suyo que el nuestro, no hay nombre con un sonido más parecido al suyo que el nuestro. La Biblia hebrea no permite imágenes de Dios, pero nos da una imagen maravillosa del hombre y de la mujer: ocultándonos el rostro de Dios, exalta nuestro rostro. Así pues, cada vez que amamos y respetamos el nombre de un hombre o de una mujer estamos amando y respetando el nombre de Dios; y, por la ley de la reciprocidad, cada vez que un hombre reza y alaba el nombre de Dios, está rezando y alabando a la humanidad entera, a cada hombre y a cada mujer.

De ahí surge la mirada positiva, tenaz y resiliente de la Biblia sobre los hombres y las mujeres. Ve sus limitaciones, sus pecados, sus homicidios y fratricidios, pero antes y sobre todo ve la imagen de Dios reflejada en ellos. No es capaz de salir del Edén. Ve todos sus gestos, pero antes ve al hombre dialogando con Elohim al atardecer. Como hacen las madres y los padres, que incluso cuando la vida lleva a sus hijos a hacer cosas feas y pésimas, para salvarse y salvarlos siguen soñando que son niños puros y hermosos, y siguen llamándoles hasta el final “papá” y “mamá”, aunque estén dentro de una cárcel. La relación que existe entre la fe, la esperanza y el agape es la misma que une a las tres Personas divinas: en cada una de ellas están las otras dos, cada una está totalmente volcada hacia las otras al mismo tiempo, y es imposible separarlas sin destruirlas a todas. Del mismo modo, aunque los salmos estén poblados de sentimientos de tristeza, desilusión y dolor, es más fuerte y más grande la mirada de esperanza-fe-amor que domina todo el salterio y lo convierte en el libro quizá más hermoso, porque es el más capaz de hablarnos de paraíso desde los infiernos, de esperanza dentro de la desesperación y de belleza en medio de la fealdad.

La fuerza de los salmos está en su verdad. Es preferible un infierno verdadero a un paraíso falso. Mientras llamemos al infierno por su verdadero nombre siempre podremos desear un paraíso. Sin embargo, si pensamos que ya lo hemos alcanzado, dejaremos de desearlo: «¡Aleluya! Alabad al Señor, que es bueno tañerle, nuestro Dios merece una alabanza armoniosa. El Señor reconstruye Jerusalén y reúne a los deportados de Israel. Él cura los corazones contritos, y venda sus llagas… Entonad la acción de gracias al Señor, tañed la cítara para nuestro Dios» (Salmo 147,1-7). Alabad al Señor, que es bueno tañerle. Es bueno alabar a YHWH, es bueno para Dios y también para nosotros. El salmo comienza con una alabanza de la alabanza. El momento de la autoconciencia del orante llega (si llega) cuando nos damos cuenta de que el primer premio de la alabanza consiste en adquirir conciencia de su belleza y de su don intrínseco. Rezamos para alabar a Dios, pero, mientras cantamos, sentimos que es Dios quien nos canta y alaba a nosotros. Nosotros decimos su nombre, pero un día sentimos que, en realidad, es Dios quien está diciendo el nuestro, y que en nuestro nombre dice el nombre de todos, el nombre de cada criatura, el nombre de las estrellas y del universo entero. Es una maravilla. Mientras buscamos las palabras y las notas más bellas y elevadas para alabar a Dios, aprendemos las notas y las palabras más bellas para alabarnos unos a otros. Es posible que no exista una palabra espléndida pensada para alabar a Dios que no haya sido usada por algún poeta para una persona amada. Y es posible que no haya poesía de amor que no haya sido usada por alguien, otro día, quizá sin saberlo, para cantar a Dios. Todo esto también es imagen y reciprocidad. Bendiciendo a los humanos, aprendemos a bendecir a Dios, y bendiciendo a Dios, bendecimos a los hombres y a las mujeres, aunque no lo sepamos.

Ser imagen del Creador convierte inmediatamente nuestra alabanza a Dios en una alabanza cósmica: «Él cuenta el número de las estrellas, impone a cada una su nombre… Él cubre el cielo de nubes y prepara la lluvia para la tierra y hace brotar hierba en los montes; da su alimento al ganado y a las crías de cuervo que graznan» (147,4;8-9). La imagen de Elohim nos hace más grandes que la simple imagen humana. Desde niños sentimos una profunda fraternidad cósmica. Solo los niños saben sentir como verdaderos hermanos y hermanas a los gatos, a los pajarillos, a las flores y a las hojas. Deberíamos hacer todo lo posible por no perderla cuando envejecemos. Si la vida funciona, esta gran fraternidad crecerá con nosotros y concluirá con el canto a la hermana muerte. La fraternidad interhumana no nos basta. Es demasiado pequeña, aunque sea inmensa. Para que la fraternidad humana sea auténtico humanismo, debemos aprender a sentir como hermanas también a las estrellas, al sol, a los pajarillos y a la naturaleza entera – pocos cantos son más bíblicos (si es que hay alguno) que el Cántico de Francisco. Es muy bella y delicada la referencia a las «crías de cuervo que graznan». En este versículo están los cuervos que alimentaban a Elías en su huida (1 Re 17,6), pero también los pajarillos del nido contemplados por la Ley de Moisés, que prohíbe capturar a la madre que empolla sus huevos o cuida de sus pequeños, y manda dejarla volar, «así te irá bien y prolongarás tus días» (Dt 22,7). La Ley de YHWH escruta incluso dentro de un nido de pájaros, y plantea una equivalencia que a nosotros puede parecernos audaz y estupenda. La promesa reservada a quien deja volar a la madre sin capturarla es la misma del cuarto mandamiento, honra a tu padre y a tu madre: «así prolongarás la vida y te irá bien» (Dt 5,16).

En la Biblia todo es creación: todo es hijo. Dios ve el mundo de este modo. Así es como nos mira, y nosotros, imagen suya, aprendemos a mirar el mundo de la misma manera, aunque todavía la creación entera “gima con dolores de parto”, porque “aguarda expectante a que se revelen los hijos de Dios” (Rm 8,19-23). La creación entera gime y espera que la miremos finalmente de esta manera. Nunca como en estos años de crisis ambiental y de destrucción del planeta hemos estado en mejores condiciones para entender los salmos y este misterioso pasaje de la carta de Pablo a los romanos: la tierra sufre y espera que los hombres finalmente se revelen como lo que son, que se comporten con ella como hijos, y como imagen de Dios creador y padre. El salmo 147 se distingue, además, porque es un canto civil. No hay sacerdotes ni reyes; no se menciona a David ni se alude al templo. Los ciudadanos son quienes elevan su canto, los que conocen los tiempos y los ritmos de las estaciones y del trabajo, el valor de la paz y del pan de cada día. Este salmo les ha gustado siempre mucho a los agricultores: «Dios ha puesto paz en tus fronteras y te sacia con flor de harina… Envía la nieve como lana y esparce la escarcha como ceniza; echa el hielo como mendrugos, ¿quién puede resistir la helada? Envía una orden, y se derrite, sopla su aliento y fluyen las aguas» (147,14-18). Toda la tierra está envuelta por una mirada buena, todo está regido por la providencia.

Después de entregarnos palabras tan hermosas sobre Dios y sobre nosotros, el salmo termina alabando directamente la palabra, junto con la Alianza y la Ley, que son su culmen (147,19-20). La palabra es considerada como un mensaje para nosotros, una inteligencia que nos permite descubrir el orden y el sentido de la creación: «Envía su mensaje a la tierra y su palabra corre velozmente» (147,15). La palabra es también logos, razonamiento y orden. Israel tuvo en altísima estima la palabra, algo que hoy nos resulta incomprensible. La experimentó con extraordinaria fuerza en los patriarcas, en Moisés y en los profetas – “…solo había una voz”. Al verse obligado a renunciar a la imagen de Dios, Israel se hizo inmensamente competente en la palabra. Tuvo que aprender a dibujar a Dios con palabras, y descubrió mil dimensiones escondidas en la palabra bíblica y en las palabras humanas. Una gran pobreza produjo una riqueza infinita. Probablemente no tendríamos la extraordinaria tradición literaria occidental que tenemos sin esta palabra bíblica despojada de imágenes, obligada a ser ella misma imagen sin convertirse en idolatría.

Cuando Juan escribió el prólogo de su Evangelio, uno de los pasajes más geniales de la historia, tenía muchas cosas en mente. Pero seguro que pensaba en las palabras de los salmos, en el logos capaz de bendecir al hombre mientras bendice y alaba a Dios. Diciéndonos que el logos se hizo carne, hombre como nosotros, nos dice muchas cosas, magníficas todas ellas, y nos sigue llamando con el mismo nombre de Dios. Cada día.

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