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La reciprocidad es la que convierte

Lógica carismática/4 – Los cristianos son los del camino y el encuentro, no siempre feliz pero sí decisivo.

Luigino Bruni

Publicado en Avvenire el 12/09/2021

«No es tan necesario educar a los niños para que se hagan pronto mayores, como educar a los mayores para que sepan hacerse niños».

Igino Giordani, La república de los críos. 

En el camino de los seguidores de Jesús no hay dinero, sino lo esencial. Y esencial es la Palabra. De ahí nace una condición de dependencia de los demás, puesto que el anuncio es don y acogida. 

Seguimos con la analogía entre los primeros tiempos del cristianismo y nuestras comunidades carismáticas o movimientos espirituales de hoy. Uso estas dos expresiones como sinónimas, en cuanto que son realidades colectivas creadas y alimentadas por un carisma y, por consiguiente, por uno o más fundadores, que son los primeros portadores de ese carisma y su primera imagen. Tal y como nos enseña la filosofía escolástica, la analogía es un paralelismo entre dos realidades, donde las semejanzas conviven con las desemejanzas, y las segundas son generalmente mayores que las primeras. El método analógico, sobre todo en historia, debe ser usado siempre con precaución. Pero, como todo método, puede ser un camino para comenzar a explorar un territorio. La analogía puede ser generativa si el término de comparación es rico y fecundo: la Biblia y las primeras comunidades cristianas sin duda lo son. La analogía sugiere, apunta, indica, siempre en voz baja y con humildad. Es el alba del discurso, siempre frágil y vulnerable. Y por tanto conoce las virtudes típicas de la vulnerabilidad. 

¿Cómo se desarrolló la primera comunidad alrededor de Jesús? Marcos nos la describe de la siguiente manera: «Jesús recorría los pueblos vecinos enseñando. Llamó a los Doce y los fue enviando de dos en dos, confiriéndoles poder sobre los espíritus inmundos. Les encargó que no llevaran para el camino más que un bastón; ni pan, ni alforja, ni dinero en la faja, que calzaran sandalias pero que no llevaran dos túnicas. Y les decía:  –Cuando entréis en una casa, quedaos allí hasta que os marchéis. Si en un lugar no os reciben ni os escuchan, salid de allí y sacudíos el polvo de los pies como protesta contra ellos. Se fueron y predicaban que se arrepintieran; expulsaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los sanaban» (6,6-13).

Para Juan, los primeros discípulos vienen del movimiento del Bautista. Para Marcos y los sinópticos, Jesús les llama a orillas del mar de Galilea. Tras volver de Judea, al terminar su experiencia con el Bautista, el primer gesto de Jesús consiste en llamar a algunos discípulos, compañeros, amigos, indicándonos que esta extraordinaria historia es colectiva, comunitaria, social. Es la historia del “dos o más”, eclesial desde el principio. Jesús da comienzo a su misión asociando de inmediato su nombre a otros nombres: Pedro, Andrés, Santiago, Juan… El primer nombre de los “cristianos” es plural. Elías, muy presente en estos relatos de Marcos, llama a Eliseo al final de su misión. Sin embargo, Jesús llama a sus discípulos al comienzo. Les llama a pares, por parejas de hermanos. «Ay de los solos», cantaba pocos siglos antes el sabio Qohélet. Y si la fraternidad en el espíritu no es la de la sangre, este comienzo nos dice que algunas veces pueden encontrarse. Marcos cuenta que Jesús llama a los primeros discípulos mientras están trabajando, en su condición de pescadores. Son pescadores y por tanto trabajadores adiestrados en la acción colectiva – la pesca en el mar o en el lago es necesariamente trabajo de “dos o más” –.

En el comienzo de la comunidad de Jesús está el trabajo, en continuidad con una característica constante de la Biblia, que en esto se muestra como un humanismo del trabajo. En la Biblia, algunas llamadas decisivas acontecen mientras las personas están trabajando. Amós, Gedeón, Judit y David reciben su vocación mientras trabajan. Jesús llama a sus amigos y les invita a convertirse en “pescadores de hombres”. Jesús les pide que la habilidad técnica que han adquirido aprendiendo el difícil oficio de la pesca la usen ahora para otra tarea, para otro oficio. Anunciar el Reino es una vocación. No es una profesión, pero se asemeja a un oficio, porque necesita competencias, habilidades, compromiso y aprendizaje. No se trata de ser profesionales de la vocación, pero sí competentes. Sin personas que sepan “pescar hombres”, al menos como saben pescar peces, no nace ningún movimiento, ni ninguna aventura como la cristiana.

Los Evangelios muestran otras veces a los apóstoles pescando durante los años que viven al lado de Jesús (pensemos en la pesca milagrosa), como diciendo que dejar las redes de peces para manejar las de hombres no significa necesariamente dejar definitiva y materialmente las primeras barcas por la barca de la Iglesia. En la historia de la Iglesia, algunos apóstoles han dejado para siempre, incluso materialmente, las primeras barcas y las primeras redes. Pero otros apóstoles las han dejado solo en espíritu, y han seguido manejando los mismos barcos de antes y han recogido peces y hombres muchas veces con las mismas redes, cuando su trabajo ha seguido siendo el mismo después de la vocación. Siempre ha habido muchas maneras de ser apóstoles. También en nuestras comunidades y movimientos: sus miembros no son profesionales del espíritu, ni mucho menos empleados de una empresa; pero son competentes, algunas veces también en el trabajo, y la competencia laica del trabajo nutre y sostiene la competencia apostólica. El peligro que hay que conjurar es que la invitación a dejar las redes haga perder las viejas competencias sin generar ninguna otra nueva.

¿Por qué Jesús manda a sus apóstoles que no lleven para el viaje «ni pan, ni alforja, ni dinero...»? Jesús está creando un nuevo tipo de hombre y por tanto un nuevo tipo de comunidad. Ahora entendemos por qué a los cristianos al principio se les llamaba “los del camino”, los que caminaban. La comunidad de Jesús era móvil, era seguimiento, caminar detrás, hacerse de nuevo “arameo errante”. Tienda, campamento, precariedad, no sedentarismo. Así fueron durante décadas las comunidades cristianas, décadas que cambiaron la historia.

Cuando se camina mucho, es fundamental decidir bien qué ropa y qué equipaje llevar. Nosotros lo sabemos. Cuando tenemos que empezar un largo viaje o una peregrinación, sabemos que lo mejor es llevar solo lo esencial. Y cuanto más largo es el viaje, más esenciales debemos ser. Para que un viaje largo sea sostenible solo hay que llevar lo verdaderamente necesario, no lo superfluo. Por eso, es fundamental saber reconocer lo esencial y distinguirlo de lo superfluo. El viaje de los apóstoles era algo parecido: lo esencial que llevaban era el anuncio de una Palabra distinta, la llegada de otro Reino. No partían como los mercaderes, para vender y comprar, no eran soldados, ni temporeros, ni representantes de una empresa a comisión. Lo esencial, entonces, era una sola túnica, no dos. No llevaban pan porque el Dios bíblico provee el pan de cada día, como hizo en el desierto, y como sigue haciendo con sus “operarios”, que tienen derecho a su salario. Es fuerte el imperativo de no llevar dinero, que está a la base del carisma de San Francisco, quien, para imitar esta dimensión del apostolado, prohibía a sus frailes llevar dinero en su mendigar.

Estas exigencias del apostolado crean una condición de dependencia de los demás, que es tal vez el mensaje más importante. Si no tienes casa y no llevas contigo pan ni dinero, para vivir necesitas la hospitalidad de alguien que te acoja y te dé de comer. El mensaje cristiano es entonces esencialmente una experiencia de reciprocidad desde el principio: los apóstoles llevan el anuncio del Evangelio, el verdadero tesoro, y reciben un jergón y un mendrugo de pan. Esta reciprocidad de bienes materiales es parte de la experiencia del apóstol, y si falta, no puede ni debe anunciar el Evangelio. Por eso, donde no se da esta reciprocidad, «salid de allí y sacudíos el polvo de los pies». Porque si quien debe recibir el anuncio del Evangelio no se pone de inmediato en una actitud de acogida y de don no puede entender el Evangelio anunciado. El Evangelio del amor se abre a quienes ya están en el amor. Y el mandamiento nuevo, el del amor recíproco, se vive ya desde el anuncio: el discípulo necesita la reciprocidad del que escucha, que lo ama antes incluso de convertirse, sencillamente escuchando y acogiendo. Y si no lo hace, pasa de largo. En caso contrario es un tesoro desperdiciado.

Tal reciprocidad es casi tan esencial como el mensaje. Quien escucha el Evangelio primero debe dar. Quien anuncia el Evangelio sabe que el primer don que puede dar a quien escucha es la posibilidad de dar para poder recibir y después, tal vez, comprender. Quien anuncia el Evangelio sabe que es un mendigo de esta reciprocidad: En la oikonomia del Evangelio el donante tiene una necesidad esencial del receptor. Una habilidad grande de todo anuncio consiste en poner a las personas a las que se quiere donar una buena noticia en actitud de donación.

Estas indicaciones misioneras pertenecen a las fuentes de Marco, y probablemente se remontan a las enseñanzas primitivas de Jesús. Nos dicen una cosa importante para nuestras comunidades. El primer Evangelio se vivía sobre todo con los pies: partir, ser enviados. No hay que hacer demasiado énfasis en el seguimiento. En cuanto los apóstoles empezaban a seguir a Jesús, él los enviaba “de dos en dos”, y ellos empezaban a hacer con otros exactamente lo mismo que estaba haciendo él. La primera comunidad crecía por gemación, plural, diversificada; hasta tal punto que inmediatamente después de la muerte de Jesús, acaecida muy pocos años después del comienzo de su vida pública, las comunidades ya eran distintas, con características y “teologías” específicas, donde los apóstoles y los discípulos dejaban la impronta de su personalidad. La primera Iglesia no nació monolítica y compacta, porque Jesús mandaba a sus discípulos a caminar, los hacía nómadas y no sedentarios, como él mismo.

La comunidad, esa comunidad, no era una corte mesiánica, ni una comunidad esotérica, sino una comunidad misionera y nómada, que de vez en cuando se reunía, pero para volver a ponerse en marcha de inmediato. Era una comunidad de anunciadores, donde el mensaje y la experiencia propia eran las que fundaban la comunidad, no la cohabitación ni el asentamiento en el mismo terreno. No estaban juntos para buscar el calor de la casa, preferían el frío de la calle y no la zona de confort del hogar. Y por ese camino desnudo y pobre los discípulos, enviados de dos en dos, evangelizaban y curaban. No partían soñando con el regreso a Ítaca. Su Ítaca era el camino. Por eso, hay mucho humanismo cristiano en el Ulises de Dante, aunque este lo sitúe en el Infierno, porque toda la Divina Comedia es paraíso gracias a la mirada de pietas de Dante.

Solo así podía nacer una Iglesia capaz de llegar pronto a todos los rincones de la tierra. Sus columnas fueron formadas en el arte de la calle. Las comunidades espirituales, ciertamente las más auténticas y sanas, nacen en la calle. Pero con el paso del tiempo es casi inevitable que el calor de la casa venza al frío de la calle y, de este modo, poco a poco, pasen de ser comunidades hechas de anunciadores a comunidades de consumidores de bienes espirituales. A veces este consumo interno se hace tan importante que ya no se siente el frío de aquellos que están en la calle. Así es como las comunidades mueren, pero pueden resurgir si un día vuelven a aprender la disciplina de la calle. Cuando la comunidad se convierte en un laberinto del alma, o se levanta el vuelo como Ícaro (asumiendo todos los peligros del vuelo) o se busca dentro del carisma una Ariadna que haya dejado un hilo de salvación.

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