Las grandes crisis, además de desorientación y de dolor, aportan también una mirada nueva y diferente que nos ayuda a ver mejor la realidad.
Luigino Bruni
publicado en el Messaggero di Sant'Antonio el 03/06/2026
Las grandes crisis, además de desorientación y de dolor, nos aportan también una mirada nueva y diferente que ayuda a ver mejor la realidad. Lo vemos todos los días a nivel personal, cuando una separación o una pérdida nos revelan quién era realmente el otro o la otra que no están más; cuando una enfermedad grave nos revela lo que es la salud que ya no tenemos; o cuando una guerra nos hace ver lo que era la paz. Y, también a nivel colectivo y social, un shock inesperado se convierte en una prueba de resistencia que nos permite ver y entender mejor el mundo y a nosotros mismos. Porque las crisis son también revelación, desvelamiento: un velo cae y, al final, todo se ve mejor.
La crisis ambiental nos ha hecho ver el inmenso valor del planeta, el agua, el clima, la nieve, los glaciares, el aire... Y ese desvelamiento nos ha mostrado que muy probablemente esta comprensión y esta conciencia llegaron demasiado tarde como para poder aspirar a alterar o a detener el proceso de degradación.
La crisis sanitaria del 2020-2021, que nos tuvo en un espacio pequeño y con vínculos sociales que se vieron de golpe mediados por pantallas, reveló qué eran realmente los abrazos, los besos, las caricias, y qué era la presencia y el perfume de los amigos y la familia. Y con eso nos ha mostrado otra dimensión del mercado, nos dimos cuenta de lo que era la logística, los productos, los trabajadores, la escuela, y empezamos a agradecer más a las personas que trabajan alrededor nuestro, en las calles y en los negocios; como cuando en abril del 2020 recibí de mis padres por correo aceitunas a la ascolana y productos de pascua, y pude ver en las manos del camionero que me traía a casa aquella presencia/sacramento de mis seres queridos, una sacralidad no muy diferente a la que está en las manos del sacerdote durante la misa. Diferentes liturgias, pero siempre una celebración del valor del vínculo social que nos permite vivir cada día gracias a la acción recíproca de millones de seres humanos que trabajan con y para nosotros.
La actual crisis geopolítica y militar iniciada con la agresión a Irán con el fin de prevenir la construcción de una bomba atómica, que está en manos (y usaron y amenazaron con usar) de los países agresores, nos está revelando otras realidades que eran poco visibles en tiempos normales.
En una retórica económica que lleva diciéndonos desde hace años que la economía real importa cada vez menos, que la finanza que importa circula por la web, que la globalización y la IA están eliminando las viejas infraestructuras materiales, bastó con cerrar un puerto y bajar la barrera de la más antigua y sencilla de las superestructuras —«Chi siete? Cosa portate? Un fiorino!»—para despertarnos de repente de nuestro letargo ideológico y comprender que nuestra economía global es muy parecida a la del siglo XX; que nuestra globalización todavía sigue siendo muy real, que sigue comerciando por barcos y por containers; y que ese puerto cerrado está sumiendo a la economía mundial en una crisis.
Por último, otro velo que cayó es el de la ilusión de que seguiríamos avanzando en la denominada “transición” ecológica; que las energías alternativas reemplazarían a la mayoría de las fuentes fósiles; que el petróleo iba a quedar como la energía del siglo XX, y que las nuevas serían el sol y el viento. Pero el sueño se acabó, y nos encontramos totalmente dependientes de ese petróleo y de ese gas transportados por esos barcos a través del mar. Puertos, barcos, petróleo: igual que hace cincuenta años, igual que hace cien. Y sin embargo, el viento sigue soplando.
Credit Foto: © Fabiano Fiorin / Archivio MSA








