Economía y Carismas/5 – Entre normas y prácticas cotidianas, el riesgo es perder la semilla que se recibió al comienzo del camino vocacional. El desafío para las comunidades es pasar de las obras como medida de los propios méritos a un estilo basado en la confianza y la libre responsabilidad.
Luigino Bruni
publicado en Avvenire el 26/07/2026
El Dios revelado de la Biblia tiene muchas facetas, pero es primeramente un Dios liberador, un donador de libertad. La liberación de la esclavitud de Egipto es el paradigma de todas las liberaciones de toda forma de esclavitud. Jesús lleva la experiencia de la liberación a su culmen, y Pablo nos ha mostrado con una fuerza extraordinaria que, sin esa liberación, ninguna libertad espiritual adulta es posible. Sin embargo, al creyente le cuesta mucho vivir esa libertad. También en la vida religiosa vale el principio rousseauniano del Contrato Social: “El hombre nace libre, pero en todas partes está encadenado”. ¿Qué sucede entonces con el desarrollo de la vida religiosa, si de ser un gran campo de libertad puede convertirse en una experiencia de ‘cadenas’?
El problema está en la idea, muy arraigada en cualquier homo religiosus, de que su “justificación” (ser justo) y su salvación pueden conseguirse mediante las obras. Por ejemplo, el do ut des no era solamente la ley de la vida comercial romana, era también la base de su religión, de su relación “comercial” con las deidades, gestionada por la compleja maquinaria de los sacrificios. Y lamentablemente, a pesar de Jesús y de Pablo, no hemos logrado todavía liberarnos de la lógica sacrificial de la fe. Ayer, un sacerdote me comentaba: “Cuando una familia se da cuenta de que en la misa del día se recuerda a otros difuntos, además de los suyos, me preguntan generalmente: “¿pero qué parte de la misa se destina a mi difunto?, ¿es el mismo precio?”.
¿Cuáles son las consecuencias de esta visión ‘pelagiana’ en la vida de las comunidades religiosas?
Una premisa: cuando una persona descubre una vocación religiosa, no percibe ningún conflicto entre la propia libertad y el hecho de amarrarse a una Regla, y si así lo sintiera sería la primera señal de una vocación ausente o inmadura. Ligarse a un “para siempre” es algo percibido como una potenciación de la libertad. La fidelidad a la Regla y a las tantísimas prácticas religiosas se vive, por lo tanto, con entusiasmo; y todo habla de liberación. Y así transcurren sus primeros años, aún si se cumplen en clausura; y esa alegría y libertad diferentes es lo que a muchos fascina.
Las facetas críticas aparecen, sin embargo, cuando miramos el desarrollo de las personas en el transcurso del tiempo. Pasados los años juveniles, las prácticas religiosas y las normas – “la regla” – acaban día a día interiorizadas, y la fidelidad ‘a la vocación’, sin notarlo, se convierte en fidelidad ‘a la regla’. La fe de la primera vocación termina, poco a poco, “operacionalizada”; la promesa del principio se convierte en una técnica y, con el tiempo, el “qué hago” termina coincidiendo con el “quién soy”. Y con ello, crece con fuerza otra tendencia: si la justicia se mide por la conformidad a la Ley, se vive una sensación cada vez más grande de inadecuación y de culpa, porque los estándares ideales de la Ley marcan la línea que separa lo que debemos hacer y lo (poco) que hacemos. La confesión se convierte en una práctica neurótica que refuerza paradójicamente la sensación de estar en el pecado, en una vida cada vez más centrada en sí mismo: “el poder del pecado es la Ley” (1 Cor 15:56). La aspiración a la santidad se convierte en una cuestión moral de conformidad con la Ley, en prácticas individualistas donde las personas se convierten en creyentes, sacerdotes y dioses del culto a su propia perfección, cada vez más lejana. La búsqueda del propio “bienestar” espiritual se vuelve una trampa: “Se debería pensar más en hacer el bien que en estar bien; y así se acabaría estando mejor” (I Promessi Sposi).
El encuentro con Jesús, que debía invertir la lógica religiosa, fracasa tristemente en un regreso a la ética pre-cristiana de la salvación por las obras, y a su meritocracia. Todas las meritocracias producen daños morales, y más aún las religiosas, ya que generan mares de sentimientos de culpa en personas que nunca se sienten merecedoras. La meritocracia religiosa amplifica de manera exagerada el sentido de imperfección y de culpa. El doble balance contable de cielo/tierra, con las culpas y los méritos, está siempre en rojo; uno se siente el perpetuo deudor insolvente de una deuda que crece también con los intereses acumulados. Y así es como se vuelve el antiguo hombre védico, que nacía con cuatro deudas que tenía que saldar a lo largo de su vida.
Esto pasa cuando la conformidad al carisma o a la vocación es entendida como la perfecta ejecución de la Regla y de sus obras, y los votos son entendidos como “obras” meritorias, como las más meritorias, ya que son las que más exigen en los tres ámbitos decisivos de la libertad humana: la sexualidad, la autonomía y los bienes. Y si la Regla toma el lugar de la Ley, “entonces Cristo murió en vano” (Gal 2:21), y el monaquismo vuelve a ser esa experiencia ascética tan conocida en el mundo pre-cristiano, como la de los esenios.
Entonces, ¿cómo se puede vivir en el espíritu cristiano y paulino la relación con la Regla, con las prácticas y con todas las “técnicas” ligadas a la identidad de una vocación? Sencillamente —aunque es difícil y poco habitual desde un punto de vista empírico— viviendo el desarrollo de la vocación religiosa como una liberación progresiva de la Regla-Ley, otorgándole únicamente, como hace Pablo, el rol de “pedagoga” para la juventud (Gal 3:24). El crecimiento de una vocación debería consistir, por lo tanto, en una liberación de todo aquel conjunto de prácticas y normas que hacen al “oficio” del religioso. La experiencia de la “fe” debería liberarnos de la “religión”: participar en la misa, en la liturgia de las horas o en los retiros espirituales porque se lo decide en el espíritu, y no porque está escrito en la Regla. Y si alguna vez, o durante cierto tiempo, una monja no siente que tenga que participar en la liturgia, esto no debería interpretarse como un signo de traición, sino solo como la evolución de una vocación en la libertad respecto a la Ley. Pero lo que con frecuencia se observa en los “consagrados” es, lamentablemente, la obsesión por no saltearse ninguna práctica de piedad. He conocido a muchas personas que si hoy no llegan a rezar el rosario, rezan dos mañana, y si saltean una misa la deben compensar; gente dominada, de buena fe, por una idea pagana de la religión.
Pero, y acá está el punto crucial: ¿cómo mantener unida a una comunidad de personas en la que cada uno participa en la liturgia, o no participa, en base al propio estadio evolutivo de su vida? Porque también la fuerza (y la belleza) de una comunidad monástica está precisamente en ver a los fieles en sus prácticas, más allá de los deseos y las elecciones de cada uno de los miembros. Pero no hay que olvidar que una comunidad en la que sus miembros participan diariamente en la liturgia porque no alcanzaron la libertad espiritual de poder no estar es diferente a la comunidad donde (casi) todos los miembros participan por decisión propia, habiendo alcanzado la libertad de poder no hacerlo. Al que mira desde afuera le parecen iguales, pero son muy diferentes, en una diferencia que implica, también, diferentes posibilidades de un buen futuro.
Con este quinto episodio se termina un breve recorrido por las comunidades y la economía (y algo más también). Espero haber sido útil en algún pasaje; y si los hemos aburrido, sepan que, citando de nuevo a Manzoni, “no fue hecho a propósito”. Gracias a los que me acompañaron, gracias al director Marco Girardo y a Matteo Liut, responsable de «Cattolica», que me acogió en sus páginas. Hasta pronto.








