Economía y Carismas/4 - En la vida consagrada, la necesidad de ser vistos y estimados no es una debilidad, sino una dimensión humana y espiritual. Sin una auténtica reciprocidad, hasta las vocaciones más generosas pueden desgastarse.
Luigino Bruni
publicado en Avvenire el 12/07/2026
Don es otro de los nombres de la comunidad. Gracias a la Biblia y a la vida misma, sabemos que del don se vive y se muere cada día, porque es precisamente en torno a nuestra esencial capacidad de dar que se concentran, junto a las palabras más importantes, nuestras expectativas, deseos, pretensiones y frustraciones.
Pensemos en Antonella, una monja que entró hace veinte años a un monasterio. En los primeros años, el registro del don y de la gratuidad era lo que inspiraba y lo que explicaba la integralidad de su vida. Se entregaba sin reservas a los distintos trabajos de la comunidad, desde la asistencia a las monjas ancianas, hasta recibir a los invitados y limpiar comedor. Toda la ‘reciprocidad’ que necesitaba le llegaba de la vida misma, y no se sentía en deuda con nadie, solo quizás en deuda de amor. Pasados los cuarenta años, Sor Antonella entró suavemente en una nueva dimensión, y empieza a pensar en algo nuevo: “Las actividades que yo hago, mi don, mi persona, no son suficientemente ‘vistos’ por la comunidad”. Este pensamiento se vuelve recurrente, a veces incluso intrusivo, molesto. Nosotros, que la vemos, sabemos mejor que ella que es un pensamiento importante, que si con el tiempo se descuida puede crecer y socavar su vida. Hay muchas personas con vocaciones auténticas que terminan abandonando sus comunidades porque la percepción subjetiva del dar-sin-recibir termina agotándolas, un agotamiento crónico que se generaliza y acaba expresándose en la frase: “No quería irme, pero no podía más: mejor irme viva y no quedarme muerta”.
Esta nueva exigencia de Sor Antonella puede resumirse en la palabra reconocimiento: una palabra que no tiene buena fama en el ambiente católico, porque suena a ‘pretensión’. En realidad, es una palabra hermosa, porque es el reverso de la moneda del reconocer. La experiencia de total gratuidad sin exigencia de reconocimiento en los primeros años de vocación es, de todas maneras, fundamental, porque la exigencia adulta de reconocimiento es buena, sana y genuina si va precedida de los años del dar-y-punto, lo que va a permitir después vivir la nueva etapa adulta. Esa energía casi infinita es la que permite emprender el vuelo loco, y la que hace que después nos mantengamos en lo alto empujados por el viento (ruah), aún cuando no tengamos la fuerza para batir las alas. En el mundo laboral, este reconocimiento también se refleja en los salarios, los incentivos y las posibilidades de promoción. Una empresa reconoce la cualidad del trabajo de un trabajador también pagando bien o pagando más, porque nos gustan los aumentos salariales; son señales de que la empresa aprecia y estima nuestras contribuciones, o sea, nuestra persona – y por lo mismo, sufrimos cuando los colegas avanzan y nosotros no –. A nuestro trabajo le pedimos más que un salario: le pedimos gratitud, respeto, estima…
¿Cómo se expresa entonces ese reconocimiento-reciprocidad en las comunidades religiosas donde no hay salarios o donde, si los hubiera, de todos modos no serían los instrumentos para medir el valor de las personas? ¿Cómo se hace para que Sor Antonella no viva, una vez adulta, una sensación constante de insuficiente reconocimiento de su trabajo, que rápidamente se convierte en falta de reconocimiento de su persona? Siempre me sorprende, observando y trabajando con varias comunidades, que en lugar de reforzar y potenciar las formas de reconocimiento no monetarias (a falta de las monetarias), estas son desalentadas por considerarse incompatibles con las virtudes de la modestia y la humildad (confundida con la humillación adrede, que es exactamente lo contrario). Es poco lo que se agradece en las comunidades, y en particular los responsables casi no se hacen ver ni dan las gracias: casi todo se da por descontado y por debido, como si todo estuviera incluido en la decisión radical original; y si alguien deja filtrar ese típico malestar adulto, se lo interpreta y se lo describe como aburguesamiento y falta de radicalidad.
Miremos un aspecto puntual. Por investigaciones empíricas sabemos que a los trabajadores no les basta con ser estimados por los ‘pares’: hay una gran necesidad de ser vistos y estimados también por los responsables, por los jefes directos. Escuchar el “gracias” o el “muy bueno” de nuestros colegas nos hace bien, y es importante en muchas ocasiones, pero no nos alcanza: necesitamos también lo mismo de parte del responsable. Pero mientras que en las empresas se intrudujeron coaches y asesores, que son nuevos modos de acompañamiento individual (casi espiritual) en las comunidades, los diálogos personales se tercerizaron a padres espirituales o a acompañantes externos, olvidando que el diálogo entre la persona y su responsable directo es algo esencial. No se trata de caer en una visión jerárquica o verticalista, sino de reconocer que en cualquier comunidad humana las miradas puestas sobre nosotros (y sobre los otros) no son todas iguales, y hay algunas que no pueden faltar: la de quienes por su cargo tienen responsabilidades específicas sobre nosotros. Por otra parte, no hay que confundir el reconocimiento con la necesidad, generalmente infantil, de sentirse siempre elogiados y reforzados por los ‘superiores’, que es más bien un síntoma de baja autoestima y de fragilidad (que debe ser tratado con otros instrumentos).
En las entrevistas y conversaciones con los responsables, no habrá solamente “gracias” y “felicitaciones”, existe también la necesidad vital de que alguien vea nuestros límites, nuestras carencias, nuestros errores, y que nos lo diga en la forma y el tono adecuados. Todos hacemos cosas que no son excelentes ni buenas, y lo sabemos, pero si nadie nos lo dice aumenta la sensación de no ser ‘vistos’, y una reprimenda honesta es otro modo de reconocimiento.
Asimismo, necesitamos estima verdadera, no de la que finge quien no nos conoce y que, sin ningún costo, nos dice “¡bravo!”; en el mejor de los casos, mostramos una inocua sonrisa, y si, por el contrario, creemos en esa falsa estima seguimos adelante con los mismos errores y vicios que nos hacen mal a nosotros y a los demás. Las retroalimentaciones sinceras son instrumentos esenciales para el buen crecimiento. Los abusos espirituales y de conciencia, del pasado y de hoy, no deben impedirnos vivir esta especial y fundamental forma de comunión; de lo contrario, el “fuero externo” termina coincidiendo con la sala de televisión, el comedor y la oración, y las comunidades mueren. Además, cuando no hay un diálogo regular y abierto con los responsables, la conversación con los pares se vuelve casi siempre un murmullo (para un jefe es muy fácil condenar los chismes, pero hay que preguntarse por las razones estructurales que generan esos chismes).
Y si el único instrumento de reconocimiento que hay es la carrera jerárquica, se termina imponiendo en las comunidades una frenética carrera por los cargos, mucho más perjudicial que la de los incentivos monetarios, como ocurría con los clérigos cuando hacían voto de castidad pero estaban obsesionados por el poder. El buen desarrollo de una vida en comunidad depende mucho del saber navegar evitando dos escollos fatales: el Caribdis de la excesiva dependencia de la mirada de los superiores, que la mantiene en un infantilismo constante y en una falta de autonomía; pero también el escollo de Escila, contra el que choca quien decide, por dolor o por decepción, no buscar más la mirada de nadie.
Menos se usa el dinero, más deben crecer los otros lenguajes de reconocimiento y gratitud, porque sin reciprocidad, sobre todo ya de adultos, se vive muy mal, a veces demasiado mal. Más adelante, un día en que seremos aún más adultos, entenderemos que ninguna reciprocidad puede saciar nuestro deseo de reconocimiento, porque es infinito. Pero entretanto, tenemos que hacer crecer un reconocimiento posible y sincero.








