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La economía de la espiga pendiente

La fidelidad y el rescate /5 – En la cultura de la Biblia, la propiedad privada siempre es un dominio imperfecto.

Luigino Bruni

Publicado en Avvenire el 25/04/2021

«Yo quedé en vela el último, como quien rebusca tras los viñadores; madrugué con la bendición del Señor, y como cosechero llené mi lagar».

Siracide, 33

«Noemí tenía, por parte de su marido, un pariente de muy buena posición llamado Booz, de la familia de Elimélec» (Rut 2,1). En una escena habitada hasta ahora exclusivamente por figuras femeninas, entra un hombre, que estará presente hasta el final. Booz es un hombre de valor. El hecho de que a Noemí, viuda y sin hijos, le quede “un pariente de muy buena posición” en Belén, indica que está menos “vacía” de lo que parecía. Pero este primer versículo lo conocemos nosotros, los lectores del libro, y Noemí. Rut, sin embargo, no lo conoce. Lo ignora. La Biblia no nos deja entrar en su misterio, incluso el dramático, si no respetamos el orden y el ritmo que el texto ha dispuesto para sus personajes. Es decir, si aquí no nos hacemos tan ignorantes como Rut. 

Encontramos a Rut al lado de Noemí, en una situación difícil. Después del impulso profético del inicio de su vocación, ahora la cuestión es vivir o al menos sobrevivir. Noemí parece persistir en su estado de amargura, de tal modo que Rut toma de nuevo la iniciativa: «Rut, la moabita, dijo a Noemí: -Déjame ir a espigar al campo, donde un segador me permita ir detrás de él. Noemí le respondió: -Ve, hija» (2,2). Espigar. Esta es la palabra decisiva del libro, tal y como lo han visto los artistas y buena parte de la piedad popular. Rut es muchas cosas, pero sobre todo es la espigadora.

El tiempo de la siega de la cebada (1,22) ha llegado después de una larga hambruna (1,6). Una mujer extranjera, viuda y empobrecida, en el tiempo de la siega, solo podía sobrevivir espigando detrás de los segadores. Los hombres pasaban por delante y tomaban las espigas con la mano izquierda, mientras sostenían la hoz con la mano derecha. Cortaban un “manojo” (la cantidad de espigas que cabían en una mano) y lo dejaban en el suelo. Las mujeres recogían las espigas cortadas, las ataban y formaban gavillas. Detrás venían las espigadoras, oficio principalmente femenino, que espigaban o racimaban lo que había quedado el suelo y en los bordes. Así pues, las espigadoras eran mujeres que iban detrás de otras mujeres que seguían a los segadores. Su cosecha era residual, de tercer orden, y dependía de la acción de aquellos que las precedían. Dejar los bordes sin segar y algunas espigas sueltas en el suelo eran acciones intencionadas. Las espigas no quedaban ahí por distracción o falta de cuidado. En aquel mundo el grano era muy valioso, cuestión de vida o muerte, y ni una sola espiga quedaba abandonada por error. Aquel grano debía quedar ahí. Era un resto querido, buscado y protegido por la Ley, y esperado por los pobres y por la comunidad, que los defendía de los abusos. Era un “grano pendiente”, no un grano olvidado.

En el pueblo de Israel, la Ley de Moisés regulaba el espigueo: «Cuando seguéis la mies de vuestras tierras, no desorillarás el campo ni espigarás después de segar. Tampoco racimarás tu viña ni recogerás las uvas caídas. Se lo dejarás al pobre y al inmigrante» (Lv 19,9-10). Y el Deuteronomio dice: «Cuando varees tu olivar, no repases las ramas; déjaselas al inmigrante, al huérfano y a la viuda» (24,20). Así pues, la acción de espigar no se refería solo al grano, sino a los principales productos del campo, y era una verdadera institución social de redistribución de la riqueza. Prácticas análogas a esta que describe la Biblia las encontramos también en otras civilizaciones antiguas. Las espigadoras están representadas en el arte funerario del antiguo Egipto (Joyce Tyldesley, Daughters of Isis: Women of Ancient Egypt), y por tanto no hay que excluir que los hebreos aprendieran esta práctica en Egipto. Pero lo que en otras civilizaciones era una práctica marginal y residual, en Israel se convirtió en parte integrante de la Ley de Moisés. Por consiguiente, para comprenderla hay que leerla junto con el Shabbat, el Jubileo y la prohibición de la usura, que hacen distinta y en buena parte única la economía bíblica: «No habrá pobres entre los tuyos» (Dt 15,4).

En la Biblia, espigar era esto. Una auténtica profecía económica, expresión del gran principio que se encuentra en la base de toda la Ley bíblica: la tierra es de YHWH y vosotros solo sois usuarios segundos de una riqueza que es don antes que fruto de vuestro esfuerzo y de vuestros méritos. Y si la tierra y sus frutos son primero don, distribuir un parte de ellos solo es su justa y lógica consecuencia. Espigar es una institución de justicia económica, no de filantropía. Las espigas dejadas a los bordes de los campos y en el suelo por los segadores y las mujeres no son una propiedad privada de la que sus poseedores se privan para los pobres. No. Las espigas no recogidas son la parte del bien común que corresponde por derecho a los pobres. Es el recuerdo activo del don gratuito del maná en el desierto y de su ley – el maná no ha salido nunca del horizonte bíblico y evangélico. El eco de esta profecía bíblica está detrás de las cuentas a nombre del “Señor Don Dios” de las compañías toscanas del siglo XIV, donde Dios recibía sus dividendos a través de los pobres. Así pues, volviendo a Belén, sus campos eran una especie de bienes comunes, sobre los cuales también los no propietarios poseían derechos. Las esquinas de los campos y las espigas que quedaban en el suelo pertenecían a toda la comunidad. Sobre los bienes de la tierra prometida también tienen derechos los no propietarios. Para la Biblia, toda la tierra es tierra prometida, y todas las ciudades son Belén, la “casa del pan”, la casa del pan para todos.

En Europa, el espigueo tuvo cierta presencia hasta el siglo XIX (sobre todo en Francia e Inglaterra). En Cerdeña hay huellas de él incluso en el siglo XX (Alfonso Peiroleri, Le condizioni del salariato agricolo in provincia di Cagliari, 1905). Pero es más fácil encontrar huellas de sus abusos. A comienzos del siglo XVI en algunos pueblos de Calabria (San Martino), los feudatarios (los Alimena) reivindicaban derechos sobre una parte de las espigas recogidas por las espigadoras. Un abuso parecido se encuentra en el feudo de Fragagnano (Taranto). Es interesante lo que dice una ordenanza del papa Benedicto XIV del año 1742: «Un numeroso grupo de personas nos ha expuesto, entre lamentos y llantos, sus protestas contra los dueños de los campos, que no quieren respetar la antigua y piadosa costumbre de dar libertad a los pobres para que recojan las espigas que quedan atrás en los campos, después de la siega» (Insegnamenti Pontifici, vol.13, Edizioni Paoline). Estos son los últimos residuos de un humanismo, que ya estaba vivo en el Medievo, donde la propiedad privada de los bienes era un dominio imperfecto, porque era compartido a muchos niveles y entre muchos actores.

En los carismas religiosos, esta conciencia está muy viva y activa: «El padre Francisco ordena que el hortelano deje sin cultivar los bordes del huerto, para que a su tiempo el verde de las hierbas y el esplendor de las flores canten la belleza del Padre de todo lo creado. Quiere también que en el huerto se reserve un cuadro a las hierbas olorosas que producen flores, para que recuerden a quien las admire la suavidad eterna» (Tomás de Celano, Vida Segunda, 750). Aquí, en un detalle, se concentra todo el Cántico de San Francisco: la tierra no es nuestra, ni siquiera el trozo de tierra del huerto del convento cuyos frutos y flores no son solo para nosotros. Están ahí también para decir con su presencia libre y salvaje que son libres y que por tanto no han venido al mundo solo para nuestra utilidad.

La Biblia y la economía de Rut nos recuerdan algo de una importancia enorme: Que los bienes solo se convierten en bendición para nosotros si somos capaces de no usarlos solo para nosotros. Porque la economía de “nuestras cosas” es la economía de Mazzarò en la novela de Verga: «Solo una cosa le dolía: hacerse viejo y tener que dejar la tierra donde estaba… Así que cuando le dijeron que había llegado el tiempo de dejar sus cosas y pensar en su alma, salió al patio como un loco, tambaleándose, y empezó a matar a bastonazos a sus patos y a sus pavos, y chillaba: ¡Cosas mías, veníos conmigo!». El capitalismo sin la gran ley del espigueo se convierte en la economía de Mazzarò – nos estamos formando una imagen nítida de esto con respecto al planeta.

Los recuerdos literarios (La Espigadora de Sapri de Luigi Mercantini) y pictóricos (Las espigadoras de Jean-François Millet) de mediados del siglo XIX nos ayudan a entender qué supuso la profecía económica del espigueo. Después, hemos entrado en una época dominada por la absolutización del derecho sagrado a la propiedad privada, que ha llevado a la desaparición del espigueo, que hoy el código penal italiano considera delito (art 626). Sin embargo, precisamente desde el corazón de nuestro capitalismo y de su culto total al individuo y a sus derechos absolutos sobre las cosas, están volviendo a surgir prácticas que recuerdan mucho al espigueo. Personas y asociaciones que – como nuevas Rut – después de que han pasado las mujeres, van a racimar en los mercados, a los supermercados, a las panaderías, a recoger lo que queda y así poder dar de comer al pobre. También aquí hay gente que las mira y piensa que la economía verdaderamente importante es otra: la de las grandes propiedades y lo beneficios. En cambio, en estos “bancos” distintos existe la misma profecía que en la economía de Rut y de Francisco.

Dos últimos detalles. En la ley del espigueo está implícita la prohibición de darse la vuelta, de volver atrás a recoger en una segunda pasada lo que ha quedado después de la primera - «...no volverás atrás a racimar; ...no repases las ramas». La economía bíblica es la de la primera pasada, porque aquí solo la primera es buena. La segunda no es para nosotros, sino para otros que tienen derechos sobre “mis” bienes. Volver atrás nunca es bueno en una vida de seguimiento. Para terminar, el hecho de que Rut vaya detrás es muy sugerente. En la Biblia «ir detrás es bueno» (Jean P. Sonnet). Toda la historia de la salvación es la historia del arameo errante que va detrás de una voz. El hombre bíblico es el que viene detrás, el que viene después. Porque quien va delante es la voz, la comunidad, el bien común. Y cada lector de la Biblia viene después: «Pasa entre las líneas como entre las viñas ya desnudas, que no nos pertenecen, pero a las que nos dejan entrar porque, como últimos, somos los más pobres» (Erri de Luca, Ora prima). Pero las últimas espigas supervivientes no están ahí por casualidad, olvidadas. Están ahí pendientes, esperando fielmente que llegue nuestro segundo paso. El esencial para quitar el hambre. Para una liberación. «Rut se marchó y fue a recoger espigas en el campo, siguiendo a los segadores. Fue a parar a una de las tierras de Booz, de la familia de Elimélec» (2,3).

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