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Descubriendo la esencia

Lógica carismática/2 – El valor de la primera y de la segunda vocación en las experiencias comunitarias. 

Luigino Bruni

Publicado en Avvenire el 29/08/2021

«Herodes buscaba a Juan y mandó criados a decir a Zacarías: ¿dónde has metido a tu hijo? … Y Herodes lleno de furia dijo: su hijo está destinado a reinar en Israel».
Protoevangelio de Santiago, XXIII.

La analogía con los primeros tiempos del cristianismo ayuda a ver algunas dimensiones nuevas de las comunidades nacidas como salida de la comunidad originaria.

La relación entre Jesús y Juan el Bautista es esencial para comprender el nacimiento del cristianismo. Según el Evangelio de Juan (a diferencia de los Evangelios sinópticos), Jesús no solo frecuentó el movimiento del Bautista, sino que algunos de los primeros apóstoles también eran discípulos de Juan (entre ellos Pedro, Andrés y el anónimo “discípulo amado”: Jn 1,40-42). En un antiguo texto etíope se lee: «Un discípulo de Juan dijo que el Mesías era Juan y no Jesús» (Pseudo-Clemente, Ritrovamenti I,60, editado por Silvano Cola). El Apolo del que habla Pablo a propósito de algunos altercados en Corinto – «yo soy de Apolo, yo de Cefas, y yo de Cristo» (1Cor 1,11-12) – era un discípulo del Bautista (Hch 18, 24-25). Señal de que el diálogo-polémica entre los dos movimientos se extendió mucho más allá de la muerte de los fundadores. Por el Evangelio de Juan sabemos que también Jesús y sus discípulos bautizaban en Judea (3,22).

La actividad de Jesús como bautista es un dato muy incómodo para la teología de Juan. Poco después incluso lo rectifica: «Aunque no era Jesús mismo el que bautizaba, sino sus discípulos» (4,2). La rectificación es señal de la existencia de controversias sobre este aspecto (el hecho de bautizar) dentro de las comunidades cristianas, donde confluyeron muchos (no todos) discípulos del Bautista: «Es seguro que Jesús actuó como bautista al lado de Juan durante un tiempo» (Il Battista e Gesù, A. Destro e M. Pesce, p. 165). No sabemos cuánto duró la fase “bautista” de Jesús, pero de los Evangelios podemos deducir que no fue breve – probablemente bautizó durante toda la vida, dado que los apóstoles siguieron bautizando también después. Quizá, en un primer momento, Jesús compartió la vida selvática de Juan, como puede sugerir el relato de las tentaciones en el desierto. En Marcos leemos otro detalle importante: Jesús dejó la comunidad del Bautista y regresó a Galilea «después que Juan fue arrestado» (Mc 1,14). El arresto, de cuya historicidad da testimonio el historiador judeo-romano Flavio Josefo (A.J., XVIII), supuso un cambio radical en la relación entre Jesús y el Bautista. El Evangelio de Juan da otra explicación del regreso de Jesús a Galilea, pero también vinculada a la relación con el Bautista: «Cuando Jesús se enteró de que había llegado a oídos de los fariseos que él hacía más discípulos y bautizaba más que Juan ... abandonó Judea» (4,1-3).

Hasta aquí Juan y Jesús. Hay comunidades que nacen ex novo. Otras, en cambio, van precedidas de un discipulado, de un tiempo de seguimiento que puede ser incluso largo. Es difícil ser buenos guías sin haber aprendido antes a seguir a alguien. En estos casos, al principio, la persona está sinceramente convencida de que permanecerá para siempre en la comunidad donde se ha incardinado su vocación. No vive la comunidad como algo transitorio, porque al principio las vocaciones auténticas se encuentran en un eterno presente, donde no hay lugar para nada que no sea “para siempre”. Es el don de la inocencia, niños espirituales sin pasado ni futuro. La persona se reconoce perfectamente en el carisma, siente una consonancia espiritual ontológica absoluta. No se siente invitada, sino en casa, a veces dueña de la casa. No es el mar ni el desierto. Es la tierra prometida. Allí comienza su vida espiritual, allí aprende el abecedario de la vida comunitaria y la gramática de la “voz”. Y si esta vocación genera mañana otra comunidad, en la comunidad futura habrá huellas de la primera, aunque la persona no sea plenamente consciente de ello o, si la salida ha sido difícil, incluso lo niegue (o lo nieguen los discípulos).

Anjezë entró de niña en el Instituto de la Beata Virgen María (o hermanas de Loreto) en Albania. Allí tomó el nombre de Teresa. Allí permaneció dieciocho años, hasta que el 10 de septiembre de 1946, en un polvoriento tren, «abrí los ojos al sufrimiento y comprendí a fondo la esencia de mi vocación». En aquel momento Teresa intuyó la esencia de su vocación. Penetró más profundamente, hasta tocar el corazón del corazón. Necesitó dieciocho años. En 1950 fundó las Misioneras de la Caridad. Teresa no volvió a cambiar de nombre, se quedó con el de la primera vocación. Como Silvia Lubich, que siguió siendo Chiara, el nombre que había tomado al entrar en la Tercera Orden Franciscana de Trento, cuando años después comprendió la esencia de su vocación y dio vida a una nueva comunidad. La esencia no quiere un tercer nombre; le basta el segundo, y a veces el primero. Porque la nueva vocación es penetración en la esencia de la primera, hasta sentir su perfume único. Teresa dejó a las hermanas de Loreto para fundar algo conforme a su esencia, pero en las Misioneras de la Caridad hay huellas de las hermanas de Loreto. Allí conoció la India, se enamoró de ella, dio su sí a los pobres. Allí aprendió el arte del seguimiento. Si en la teofanía del bautismo de Jesús hay un recuerdo de algo histórico (es probable), es más fácil que fuera la manifestación de la primera vocación de Jesús, no de la segunda.

El descubrimiento de la esencia de la propia vocación adquiere varias formas, algunas traumáticas. Algunas veces genera una nueva rama del mismo árbol –no hay más que pensar en los cientos de familias franciscanas, o en los reformadores de las comunidades–. Otras veces la salida hace nacer un nuevo árbol, que crece al lado del primero, a menudo unidos por las raíces. Otras veces el árbol crece fuera del bosque, y aumenta el oxígeno de todos. El descubrimiento de la esencia es una experiencia de gran luz y de gran dolor a la vez. Muchos la viven con una sensación de traición que puede durar años y a veces convertirse en una herida-cicatriz para toda la vida. Pero llega un día, un momento determinado, en que se comprende que ha llegado la hora de partir. Es un momento decisivo, porque si no se parte en el momento adecuado y el proceso de coexistencia entre vocación y esencia de la vocación dura demasiado, la segunda vocación puede estropearse. El proceso nunca es fácil, porque los que se quedan hacen de todo para detener al que desea partir, con argumentos como: “¿Qué te falta aquí para hacer lo que quieres hacer?”. Estas palabras son muy eficaces, porque son verdaderas para muchos pero son casi verdaderas para quien tiene una segunda vocación. El difícil discernimiento consiste en ser capaz de ver la diferencia entre la verdad y la casi verdad, una diferencia imperceptible sin una vocación específica –y sin expertos y honestos acompañantes–.

La analogía entre Juan y Jesús nos sugiere que el punto de viraje puede estar en la salida de escena de la persona que personalizaba el primer carisma. Entonces la persona se encuentra en una condición objetiva de libertad para poder levantar el vuelo, sin temor a decepcionar a aquel o aquella a quien tanto amaba. Si la persona tiene grandes talentos espirituales (a menudo es así), la primera comunidad tiene sobre ella proyectos, expectativas y esperanzas que se convierten en otros tantos lazos que pueden detener el vuelo hacia otros proyectos y esperanzas. No se trata de la consabida necesidad del hijo de matar al padre para poder hacerse adulto. En las dinámicas de comunidad también se dan estas cosas, pero no es el caso que estamos analizando. Aquí la persona que busca su propia esencia tras la salida del fundador no mata a ningún padre. Es la condición objetiva de ausencia de la persona clave en la primera comunidad la que crea el espacio necesario para comenzar la nueva. Es lo que ocurre cuando una enfermedad, no querida ni buscada, nos engendra a una nueva madurez que tal vez no habríamos alcanzado sin esa enfermedad. 

Pero la muerte del Bautista puede sugerirnos algo más. Es un hecho que la muerte o la salida de escena del fundador da comienzo a un periodo en el que un gran número de personas (en comparación con la situación anterior) deja la comunidad. Lo hacen por distintos motivos, muchos de ellos relacionados con el nuevo espacio creado por la ausencia. Entre los que se van puede haber “Teresas” que lo hacen para fundar una nueva y estupenda aventura colectiva –aunque sea “solo” una familia–. Y, tal y como nos sugiere el acontecimiento de Jesús, a menudo el descubrimiento de la nueva vocación hace que se vayan también algunos compañeros y compañeras de la primera comunidad –un motivo más de sinsabores y tensiones–.

De aquí deriva un mensaje. Los fundadores no deberían esperar a su muerte o jubilación para crear este espacio de libertad. Demasiadas comunidades (también empresas) nacidas en el siglo pasado tienen hoy muchas dificultades porque han crecido como un tronco único, sin ramas y sin haber generado otros árboles. Porque cuando divisan un “alma bella”, es demasiado fuerte la tentación de aprovecharla para el desarrollo de la comunidad. Y de este modo, se orientan los mejores talentos a las necesidades organizativas, y toda su creatividad se dirige hacia los objetivos marcados detalladamente por el fundador. Mientras que esta operación es (casi) inevitable en la primera generación, si continúa también en la segunda y posteriores las comunidades se convierten en troncos aislados y pelados, que pierden progresivamente sus hojas, flores y finalmente frutos. Solo un bosque carismático mañana puede salvar el primer árbol de hoy. Pero el bosque, metáforas aparte, no se forma sin una “política de personal” que permita a Jesús – un hombre que no era solo un hombre – florecer también fuera del movimiento del Bautista. Entre otras cosas, es raro que los fundadores actúen solo tres años, como ocurrió con Juan y con el mismo Jesús –no hay que excluir que la gran generatividad y variedad de la Iglesia primitiva dependiera también de esto–.

El nombre de esta política es “castidad comunitaria”, que permite ver llegar a una persona buena, nutrirla mientras está con nosotros y después ayudarla a entender quién es verdaderamente, dentro o fuera de la primera comunidad. Esta castidad es dificilísima, porque algunas personas a las que se deja libres de salir ya no vuelven. Pero también habrá ramas del tronco y árboles del mismo bosque que permitirán al carisma continuar su florecimiento. Sin desperdiciar, en una generosa sobreabundancia, una parte de la semilla, ninguna semilla del carisma alcanza la buena tierra. Cuando un fundador sabio ve llegar a una persona nueva, el primer objetivo que debería plantearse es reconocer cuál es la rama o el árbol que esta persona podrá generar, y no ponerla inmediatamente a hacer de jardinero del único y gran hermoso árbol de la comunidad presentado como árbol ya realizado e inmodificable que solo necesita mantenimiento y agua –aunque la persona riegue muy bien–. Muchas crisis, marchitamientos y salidas no generativas habrían podido evitarse si las personas hubieran tenido cerca a alguien capaz de leer en su malestar el esfuerzo por llegar a la esencia de su vocación. En el Reino de los cielos los florecimientos son libres, variados, excesivos, coloreados, plurales y sinfónicos.

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