La reflexión del dominico francés Louis-Joseph Lebret, perito en el Concilio y conocedor del Sur del mundo, ayudó a dar un giro en economía, bienes comunes y pobreza
Luigino Bruni
publicado en Agorà de Avvenire el 08/04/2026
El Concilio Vaticano II representa un punto de luz en la historia de la Iglesia moderna, una luz que no se apaga, aunque se aleje progresivamente de nuestro horizonte. El mundo ha cambiado mucho en estos sesenta años, y la Iglesia con él: cambiaron las prioridades sociales y éticas (piénsese en el medio ambiente), cambió el lenguaje espiritual y los códigos narrativos del alma individual y colectiva. En este gran fluir global nos cuesta cada vez más entender qué pasó en la Iglesia católica entre Juan XXIII y Pablo VI, en cierta medida porque habiendo perdido el hábito de leer y de estudiar la historia, nos olvidamos de la triste condición de la que la Iglesia provenía y, por lo tanto, del alcance extraordinario y asombroso de ese acontecimiento llamado Concilio. Un evento preparado por la acción y por el pensamiento de muchos, en un tiempo profético que no ha sido superado en la época moderna: “Vivimos en un mundo nuevo. Y el cristiano que vive en este mundo nuevo no puede desinteresarse de él, abandonándolo a su suerte” (B. Häring, Cristiano en un mundo nuevo, 1960).
Uno de los protagonistas de esta período profético fue el padre Louis-Joseph Lebret (1897-1966), dominico francés. Su formación en teología y en economía, sus viajes frecuentes y su conocimiento de América Latina y de muchos pueblos “en vías de desarrollo”, su sensibilidad y su carisma personal, fueron muy importantes para el giro antropológico del Concilio Vaticano II, en particular con la Gaudium et Spes (1965) y luego con la Popolurum Progressio (1967) de Pablo VI. Su vocación cristiana, que siguió y se sumó a la del mar: “nunca hubiera podido hacer mi trabajo si antes no hubiera sido oficial de la marina” (P. Lebret, L’économie au service des hommes, 1968) se articula en tres etapas principales: la del Movimiento de Saint-Malo (1930-1939), la de Economie et Humanisme (1941) y, por último, la del IRFED (Instituto Internacional para la Investigación en Formación, Educación y Desarrollo, 1958). Tres etapas ligadas entre sí, que marcan el crecimiento armonioso de una vocación espiritual y social sostenida en dos pilares: la misericordia y la observación de la realidad. El punto de partida de su investigación-acción era, en efecto, la conmoción vísceral por el dolor de la humanidad y por las injusticias. Y el método era, en consecuencia, empírico e histórico, por la importancia que él daba a los datos reales, una terapia preventiva contra toda ideología.
Uno de los protagonistas de esta período profético fue el padre Louis-Joseph Lebret (1897-1966), dominico francés. Su formación en teología y en economía, sus viajes frecuentes y su conocimiento de América Latina y de muchos pueblos “en vías de desarrollo”, su sensibilidad y su carisma personal, fueron muy importantes para el giro antropológico del Concilio Vaticano II, en particular con la Gaudium et Spes (1965) y luego con la Popolurum Progressio (1967) de Pablo VI. Su vocación cristiana, que siguió y se sumó a la del mar: “nunca hubiera podido hacer mi trabajo si antes no hubiera sido oficial de la marina” (P. Lebret, L’économie au service des hommes, 1968) se articula en tres etapas principales: la del Movimiento de Saint-Malo (1930-1939), la de Economie et Humanisme (1941) y, por último, la del IRFED (Instituto Internacional para la Investigación en Formación, Educación y Desarrollo, 1958). Tres etapas ligadas entre sí, que marcan el crecimiento armonioso de una vocación espiritual y social sostenida en dos pilares: la misericordia y la observación de la realidad. El punto de partida de su investigación-acción era, en efecto, la conmoción vísceral por el dolor de la humanidad y por las injusticias. Y el método era, en consecuencia, empírico e histórico, por la importancia que él daba a los datos reales, una terapia preventiva contra toda ideología.
Hoy es una figura casi olvidada, incluso por la Iglesia católica, a la que le cuesta mucho conservar la memoria de sus profetas. Por esta razón, no podemos no recibir con alegría y con entusiasmo intelectual el libro de Michele Dau, titulado Louis Joseph Lebret. L’economia umana: il progresso sociale come ascesa (Castelvecchi, 2025). Lebret no era un académico, por el contrario tenía cierta aversión natural al mundo del análisis abstracto, de la teología y de la filosofía abstractas, aunque fuese profesor de teología. Después de la experiencia de Saint-Malo, Lebret fundó la asociación “Economie et Humanisme”, que con ese nombre publicaba una revista que se convertiría en una referencia para los estudios en desarrollo, con nuevas ideas sobre la pobreza y con investigaciones de campo, ofreciendo nuevas categorías y nuevas narrativas sobre la pobreza y el desarrollo. Fue precursor y profeta de corrientes de pensamiento que alimentaron el debate cultural en la Iglesia y en la sociedad de la segunda mitad del siglo XX, y de ahí en adelante. Entre ellas, la teoría del decrecimiento, la visión del cristianismo como liberación de los pueblos, la teoría de Amartya Sen sobre el desarrollo como libertad, y la intuición del desarrollo humano integral, es decir del hombre entero, “de una sola pieza”, una expresión que recuperaba de Perroux. Un desarrollo entendido como un “problema de civilización”, en el que son centrales “los valores afectivos, intelectuales, estéticos, éticos y espirituales”, una de las primeras intuiciones de lo que llamamos hoy “capital espiritual”.
Es muy importante la concepción que tenía Lebret del bien común, uno de los pilares de la tradición de la Iglesia, que él, como dominico y por tanto como tomista, estimaba de manera especial. Para Lebret, el bien común no era un concepto filosófico vago y abstracto (como se suele encontrar todavía en muchos textos), no era la suma de los bienes individuales (utilitarismo económico), ni tampoco lo que la economía llama ‘bien común’ o ‘bienes comunes’ (commons). Era otra cosa, algo que remitía a la “comunidad de destino”: Lebret sentía la necesidad de que existiera un ámbito de acción social y política que velara directa e intencionadamente por el bien de todos, en los temas que realmente concernían a todos. Tenía una visión no conflictiva, armoniosa, de la sociedad, no porque negase la lucha de clases o el imperialismo de los países ricos (conocía bien a Marx y valoraba algunos de sus planteamientos). Buscaba, por el contrario, señalar que hay ciertas dimensiones de la vida humana en común donde todos estamos en el mismo barco, donde nos volvemos todos realmente una comunión de destino – con el covid, con el medio ambiente y ahora con el peligro de una guerra mundial, nos damos cuenta de que es fundamental y actual que esta idea de bien común sea considerada, en todos los niveles.
Lebret fue uno de los “peritos” del Concilio, aunque en verdad fue uno de sus “padres” espirituales. Entró recién en marzo del 64’, porque su figura no era estimada por todos – en general, los portadores de visiones proféticas generan división, solo los falsos profetas son queridos por todos. Sin embargo, fue una participación decisiva, por el rol que Lebret cumplió en la redacción final de la Gaudium et Spes, y luego por la metanoia que atravesó la Iglesia respecto al mundo. Cuando en la plenaria del Concilio se presentó el Esquema XIII (texto que será finalmente aprobado con el hermoso título de Gaudium et Spes), hubo casi veinte mil notas, críticas y mociones. A Lebret se le encargó de trabajar, en Ariccia, con otros 29 padres conciliares, 38 expertos y 20 laicos sobre el inmenso material surgido de la plenaria. Así comentaba su labor el 4 de febrero de 1965 en su diario: “Es una felicidad encontrar a la iglesia viviente en busca de comunión con la humanidad”. De junio a julio del año 65’, mientras estaba en el hospital por la enfermedad que al poco tiempo lo llevaría a la muerte, no paró de trabajar. A pesar del alcance revolucionario de la Gaudium et Spes, el documento social de la Iglesia más profético de la era moderna, para Lebret se hubiera podido hacer algo más con respecto a la apertura al mundo: “Respecto a lo que hay de válido en el pensamiento moderno y contemporáneo, a menudo no cristiano y del que hoy muchos hombres están impregnados, no se tienen en cuenta lo suficiente las diversas investigaciones”. Los profetas son habitantes permanentes de la tierra del no-todavía, siempre insatisfechos con el ya. Esto escribía el cardenal Poupard en 1986: “Para Pablo VI, el padre Lebret fue un hombre llegado del futuro para ayudar a sus contemporáneos a despedirse de las visiones obsoletas que no podían ingresar al futuro mirando hacia atrás”. Por fin se terminaba la búsqueda de la tierra prometida en el recuerdo del mundo de ayer. Lebret estaba fuertemente convencido de que “la caridad” no era suficiente porque “se necesitaba trabajar en el cambio de las estructuras”.
De hecho, la idea de justicia social que tenía la Iglesia pre-conciliar llevaba a abordar la pobreza sin poner seriamente en discusión las estructuras económicas y sociales del mundo que generaban sistemáticamente esas pobrezas, en parte también porque las jerarquías eclesiásticas (reyes, príncipes y condes) estaban del lado equivocado de esas estructuras. Para Lebret, y por tanto para el Concilio, había llegado el momento de discutir las razones profundas de la desigualdad – un tiempo que todavía estamos esperando: “Centinela, ¿cuánto queda de la noche?”.
Lebret era un hombre de acción, no se definía como un intelectual. Pero ha escrito, con la pluma del alma, adiestrada por la amistad y el amor a los pobres, algunas bellísimas páginas. Como esta de 1942, en la que describiendo a los verdaderos sabios, nos hablaba, sin saberlo ni quererlo, de su misma vocación: “el limitado ámbito de investigación no constituye para ellos ningún límite. Eso los pone en comunión con el universo, en tanto sienten el deseo de servir al hombre y a la humanidad. Todos los días aportan una nueva luz. Hombres de ciencia buscan mantener contacto con los hombres de acción y, a su vez, trabajan en un laboratorio que es la realidad misma, con el fin de no consumar sus vidas en las soluciones de falsos problemas o en extracciones quiméricas. Aquellos que sepan ser a la vez hombres de acción y hombres de ciencia se convertirán en los sabios que estos tiempos turbulentos necesitan”. Cuánto nuestros tiempos, más turbulentos aún, necesitarían a estos hombres y mujeres de acción y de ciencia.








