Un ensayo sobre las monjas del siglo XVII vuelve a lanzar el debate sobre cómo el presente lee la espiritualidad del pasado, entre sarcasmo, memoria y riesgos de anacronismo
Luigino Bruni
publicado en Avvenire el 21/05/2026
Imaginemos que dentro de tres mil años, después de una catástrofe ambiental, llega un extraterrestre a nuestro planeta desierto y deshabitado de humanos, ya completamente extinguidos. Luego de vagar entre muchas ruinas, se encuentra con un libro. Lo abre y lee: “Y el sol se tiró al lago”. Era un libro de poesía. Pero el extraterrestre no conocía el género “poesía”, no conocía a Dante, a Leopardi, a Pascoli. Y empieza a hacerse preguntas como: ¿tan primitiva era esta civilización desaparecida, que no sabía que la tierra gira alrededor del sol?, ¿o habían acaso construido pequeños soles artificiales que en alguna fiesta se arrojaban al agua? No habría hecho esta y otras hipótesis bizarras, y entendería todo, si hubiera sabido qué era una poesía para los humanos.
Me acordé de esta fábula de mi difunto profesor de Antiguo Testamento, Albert Dreston, mientras leía el libro de Ana Garriga y Carmen Urbita, Instrucción de novicias. Estas dos brillantes jóvenes españolas intentaron describir la vida de los conventos femeninos de la edad barroca tal como ese hipotético extraterrestre hubiera explicado el sentido de esos versos sin conocer el género “poesía”.
En sus estudios universitarios de literatura comparada, encontraron una civilización lejana ya desaparecida. Y revisando en los papeles de aquellas monjas, hallaron cartas y diarios que no entendían. Entonces, sin conocer nada del misterio espiritual y místico de aquella antigua civilización, de su historia, de su teología, de su fe y de la verdadera vida de aquellas mujeres, intentaron hacer ejercicios exegéticos, por momentos descabellados, que les impidieron entender qué era aquel “sol que se tira al lago”, desvirtuando completamente su significado. Y todo condimentado con una buena dosis de sarcasmo que podrían haberse ahorrado, aunque afirmen haber “apreciado” a esas antiguas monjas. Podemos concederles algo de buena fe y de buenas intenciones a las autoras, pero lamentablemente el resultado, además de decepcionante, es también muy peligroso.
El género literario de este ensayo es una mezcla de metáforas y palabras juveniles de hoy con palabras de aquellas hermanas del pasado – “Las monjas del siglo XVII sabían tan bien como tú que nadie es capaz de sobrevivir a cuarenta horas semanales rellenando las retículas desalmadas de un excel”; “¿Es tu editor? ¿Tu director de marketing ? ¿Tu director espiritual? No importa” – lo cual hace que, por momentos, la lectura se vuelva imposible, al punto de que llegar al último capítulo sea algo realmente arduo.
Se llega a entender bastante sobre la naturaleza de este ensayo – que Mondadori quiso misteriosamente publicar en italiano – si leemos el proyecto, que se lanzó en la pandemia del 2020: “Lanzar un podcast sobre las monjas del siglo XVI y XVII en el que combináramos anécdotas personales, cultura pop y angustia generacional… Algo irreverente pero meticuloso, un gran popurrí de cosas diversas”.
Una de las largas historias “irreverentes pero meticulosas” es la de Verónica Giuliani, que en 1677 llegó con diecisiete años al convento de Città di Castello (que recientemente pude visitar gracias a una conferencia). La jovencísima Verónica es ridiculizada y humillada por estas dos jóvenes que se muestran incapacitadas ante análisis demasiado complejos; desprovistas también de cualquier gesto de solidaridad femenina, de pietas; y animadas más bien por el gusto hacia lo extravagante, con el fin de ser originales en el mundo virtual de likes y de escuchas: “Verónica a menudo recibía porciones milagrosamente coronadas por vómito de gato, ratones desmembrados, bolas de pelo, cucarachas, gusanos y sanguijuelas que oscurecían el caldo con su sangre supurante”, y continúan con su estilete moderno: “Aprensivas como somos, inevitablemente tuvimos que sujetarnos el estómago al leer los testimonios de las clarisas capuchinas detallando los hábitos alimenticios de Verónica, pero también sentimos muchísima empatía”. ¿Cuál es la razón de su supuesta empatía? Hela aquí: “Nadie que haya sucumbido alguna vez al embrujo dietético de empezar el día con un chupito de cúrcuma y jengibre o con un zumo de nabo, y nadie que haya cultivado su propia y maloliente colonia simbiótica de bacterias y levaduras para jugar a purificar el organismo con un té de kombucha casero debería juzgar la alimentación de sor Verónica con demasiada severidad”. Y así, “desde que comenzamos el pódcast, abrimos todos los episodios lanzándonos una a la otra la misma y sencilla pregunta: “¿qué has comido hoy?”. No hacen falta comentarios, tristemente el texto se comenta sólo, en su banalidad.
El libro continúa con relatos de algunas “amistades particulares” entre esas mujeres, interpretadas simple e inmediatamente como amor erótico. Entonces se leen frases como estas: “Mentiríamos si dijésemos que no hemos fantaseado mil veces con que los encuentros entre la monja y la condesa tuvieran efectivamente el altísimo voltaje de las escenas de la serie de Netflix Juana Inés. Pero, tristemente, los crueles límites del archivo no nos permiten perfilar con rigor los detalles de un hipotético idilio. Por supuesto, eso nunca nos ha impedido dedicar noches enteras de pizza a desgranar hasta el más mínimo indicio capaz de sostener nuestra esperanza de que la tan cacareada “estrecha amistad” entre ella y la condesa ocultara, en realidad, una intensa historia de amor”. Mejor frenar aquí, posiblemente ya trascribí demasiadas palabras del libro. Solamente unas últimas palabras sobre el comentario que hace el libro al “don de las lágrimas”, al que añaden “de cocodrilo”, de la dominica Suor María de Santo Domingo (conocida como la Beata de Piedrahíta, 1485-1524 aprox.). Después de traer un texto muy íntimo de la monja, comentan: “¿No son acaso una “dulcísima unción”, una “pócima curativa”, las lágrimas que buscas cuando te hundes en la manta para ver Titanic por enésima vez?”. Y así presentan su teoría teológica-psicológica: “Da igual en qué siglo leas esto: toda chica sabe que cuando el espíritu anda atormentado y afligido, nada lo amansa más que un par de horas de llanto”.
¿Qué cabe decir de un texto así?
Cualquiera que haya estudiado la vida de clausura monástica de la época de la Contrareforma conoce bien sus penitencias extremas, los cilicios o las prácticas de piedad, con relatos que hoy nos provocan una cierta incomodidad, por no decir una enorme vergüenza ética y teológica. Pero para tratar de decir algo que no sea humillante, y decir algo sensato, respetuoso y humano, habría que partir de la teología de la expiación predominante en la iglesia católica de ese entonces, de los libros de los confesores para las monjas, de la teología del infierno y del purgatorio, y del “sufrimiento vicario”, es decir, de esa extraña idea de Dios que había en aquella iglesia barroca. Sólo partiendo de un estudio serio y amplio de aquella iglesia, de aquella teología y de aquella sociedad (nota: a las mujeres, la vida no les deparaba algo muy distinto en las familias, sobre todo si eran pobres) podremos entender algo verdadero de esas “poesías”, de los dolores y también del amor de esas mujeres. Básicamente, esas monjas y hermanas eran víctimas de la sociedad y de la iglesia, manipuladas por una idea errada de Dios, una idea que no era ni bíblica ni evangélica, usada por hombres poderosos para administrar y controlar a cientos de miles de mujeres, a veces quizás de buena fe. Aquellas mujeres, sobre todo las pobres (y a excepción de las nobles), eran el descarte del sistema de la época. Y desde esta perspectiva social y teológica es que hay que leer esos diarios, sin olvidar que algunas de esas mujeres fueron capaces, a pesar de todo, de alcanzar cumbres de humanidad, de espiritualidad o de libertad, aún estando confinadas en espacios que eran angostos desde todo punto de vista. Y no es solamente una incomodidad, sino que es éticamente grave que dos mujeres de la clase media actual, que estudian entre España y Estados Unidos, y que por tanto son parte de la élite intelectual de su generación, usen textos de otras mujeres del pasado para su blog y su libro sin ninguna pietas.
Por último, leyendo este y otros libros del estilo, deberíamos iniciar una reflexión profunda, como iglesia y como cristianos, y sobre todo como cristianas. Libros como este va a haber más, posiblemente muchos, porque en los nuevos medios se está creando una pequeña moda que es morbosa con respecto a aquel mundo. Libros y podcasts que le harán mal a la memoria y al presente de la Iglesia, que verá ridiculizada su tradición, sus santos y sus santas. La tradición carismática femenina, aún en sus sombras, es patrimonio de la humanidad, más que de la Iglesia. Durante varios siglos, en aquellos monasterios pasaron muchas más cosas que las narradas por estas dos jóvenes de pluma inestable. Algunas eran grandiosas – no solo en las recetas, que ahora muchos entienden –, sino también en las artes, en la literatura, en la música: basta pensar en las monjas compositoras del XVII, como Chiara Margarita Cozzolani, Caterina Assandra, Barbara Strozzi, Maria Xaveria Peruccona, Francesca Caccini, Isabella Leonarda; así como lo eran en la espiritualidad, en el trabajo, en el bordado y en la educación de las niñas, cuando no se les permitía ir a la escuela.
Pero para evitar que una risa banal tire abajo un inmenso patrimonio, que hoy de por sí atraviesa un momento particularmente complicado y doloroso, sería necesario un proceso serio y profundo de relectura de los siglos de la Contrareforma, de sus teologías y de su espiritualidad, con el fin de purificar la memoria y entender qué hay para salvar y qué hay para olvidar, luego de haberlo despedido con pietas y respeto, así sea por los océanos de dolor de esas mujeres.
Sin caer en el error del anacronismo, es necesario distinguir entre aquellas prácticas que ayer estaban bien y hoy no, y aquellas que no estaban bien por ser abusivas, tanto ayer como hoy.
Esos siglos ya pasaron, gracias sobre todo al Concilio Vaticano II, y gracias sobre todo a la tenaz fidelidad de las mujeres de ayer. Pero para “redimir” tiempos pasados complejos y llenos de errores, el paso del tiempo no es suficiente. Porque el dolor es pasado, pero la experiencia de haber sufrido permanece, y está inscrita en el corazón de los monasterios y de los conventos femeninos de hoy, y, por ende, en el cuerpo de toda la Iglesia. Por lo tanto, es necesario un proceso explícito de purificación, seguido a un verdadero discernimiento, al término del cual deberíamos, como Iglesia, pedir perdón a esas mujeres, disculpas vicarias en nombre de los teólogos, obispos y curas que, más o menos de buena fe, han transmitido e impuesto una idea de Dios lejana a la Biblia y al Evangelio.
Después de haber trabajado varios años en estos temas, estoy cada vez más convencido de que solo este largo y serio proceso de reconciliación con el pasado (y con parte del presente que sigue, aquí y allá, pareciéndose a la Iglesia de la Contrareforma), puede generar un buen resguardo de la memoria y de la tradición de la Iglesia, de los carismas y de las mujeres, y quizás preparar una nueva primavera en la vida monástica, similar y distinta a la del pasado. Y solo recién, quizás, lograremos entender alguno de los hermosísimos versos de las poesías escritas con la vida, el dolor y el amor de esas lejanas mujeres.
Credit Foto: © Tommaso Reggiani








