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Honrar el espíritu meridional

Oikonomia/7 – Había (y debe haber) un camino en el que los pobres no son malditos

Pubblicato su Avvenire il 23/02/2020

«Se llega hasta negar las consecuencias sociales que origina la existencia de puntos de partida individuales muy diferentes. Esto se traduce en una reprobación del igualitarismo nivelador y en la defensa de la meritocracia, que exalta la individualidad».

Federico Caffè, La soledad del reformador.

El espíritu católico del capitalismo ha sido diferente del anglosajón. Ahora la centralidad del consumo ha conquistado también el humanismo mediterráneo.

Existe una afinidad específica entre el capitalismo y el mundo protestante. De los cincuenta economistas que fundaron la American Economic Association en 1885, veinte eran pastores protestantes. Adam Smith estudió en Escocia, en un ambiente calvinista, y Malthus y Wicksteed, dos importantes economistas en la historia del pensamiento económico, eran pastores protestantes. Alfred Marshall, tal vez el economista inglés más influyente entre los siglos XIX y XX, se formó como pastor. Y Esther Duflo, premio Nobel de economía en 2019, afirma: «El protestantismo es parte de mi familia, de mi educación y de mi ser social». En el mundo católico la situación ha sido distinta. Ya desde el abad Antonio Genovesi, en el siglo XVIII, los economistas que se autodefinían como “católicos” se centraron en los enfoques éticos, filosóficos o históricos, pero sus aportaciones no entraron en la tradición oficial de la ciencia económica. Otros fundaron cooperativas, cajas rurales y bancos, o bien prefirieron el compromiso político e institucional.

Con esto no quiero decir que no exista un espíritu “católico” en la ciencia económica moderna. Pero para encontrarlo hay que ir más allá de las fronteras visibles de la Iglesia y de los economistas “católicos”. Hay que buscarlo en economistas de todas las convicciones ideológicas y confesionales, en expresiones distintas de una economía meridional y católica (entendida en sentido cultural, no religioso) que tiene rasgos comunes, aunque es variada en sus formas y maneras. Sin salir del ámbito de los economistas italianos del siglo XX, encontramos, por ejemplo, a Achille Loria y su crítica a la renta financiera, interpretada como el gran enemigo del beneficio empresarial y del salario del trabajador. En la posguerra, Federico Caffè y Sylos Labini estudiaron la desigualdad, relacionándola con la distribución de la renta y la crítica a la meritocracia, y Giorgio Fuà se concentró en la crítica al PIB y en las dimensiones cualitativas de la felicidad y el bienestar. Este tema lo cultivó también Giacomo Becattini, el teórico de los distritos industriales y del Made in Italy, que puso la “vocación de los lugares” en el centro de su investigación científica. Hablar de lugares y no de PIB significa poner el acento en las relaciones humanas, en las instituciones y en los bienes relacionales, que son otros rasgos específicos de esta tradición. Todos estos temas ponen en el centro las relaciones más que los individuos, el conjunto más que el detalle, la felicidad pública más que la individual.

Si leyéramos y estudiáramos a estos autores, inmediatamente nos daríamos cuenta de que existe una sintonía objetiva entre esta teoría económica y la doctrina social de la Iglesia Católica. En particular, comparten la desconfianza en el principio fundacional del capitalismo de matriz anglosajona: la “mano invisible”, que es un concepto esencial en la Political economy de Adam Smith y después de él en toda la teoría económica anglosajona de matriz protestante. Aunque los mismos herederos de Smith a menudo la redimensionan, la “mano invisible” expresa una idea fundamental, que es expresión directa de la antropología y del capitalismo nórdico: el bien común no necesita acciones que tiendan intencionadamente a este fin, porque la única manera buena y eficaz de alcanzar el bien común es crear los incentivos para que cada individuo busque su propio interés privado: «Nunca he visto hacer nada bueno a quien pretendía traficar por el bien común» (A. Smith, 1776). El orden y la riqueza no necesitan una intencionalidad orientada al bien común, ni tampoco orientada al bien del otro con quien interactúo en una relación económica (contrato). Cada uno debe pensar en su propio interés personal (self-interest), ya que una especie de providencia laica (la invisible hand, precisamente) transforma la suma de intereses privados en el bienestar de los otros, en bienestar colectivo. Este recurso teórico es decisivo porque cierra el sistema del capitalismo anglosajón, y desvincula los resultados sociales de las intenciones individuales. En la sociedad capitalista no hace falta ninguna acción colectiva, ningún “nosotros”, ninguna relación, ningún encuentro.

El humanismo latino no asumió nunca esta lógica. En Genovesi (y antes que él en Vico) aparece claramente el mecanismo de la “mano invisible” (en Galiani también está la metáfora de la “mano”), pero se trata de un mecanismo secundario y subsidiario. El principio económico fundamental es la “asistencia mutua”, donde cada uno busca intencionadamente, además de su propio interés, el interés del otro. El bien recíproco forma parte de las intenciones de cada uno. En este humanismo, el bien común no se encuentra sin buscarlo intencionadamente. De los Alpes para abajo, las intenciones siempre han sido muy importantes. La crisis medioambiental global es otro signo macroscópico de que no es suficiente dejar en manos de la “mano invisible” la transformación de los intereses privados en bien común. Sin embargo, las diferencias en el plano de la teoría económica son expresión de algo mucho más profundo, escondido en las raíces del árbol católico y meridional. Aquí el individuo es importante, pero la persona lo es más, y la comunidad y los cuerpos intermedios aún más. Pero la comunidad, con sus relaciones calientes, es a la vez paraíso e infierno, libertad y esclavitud, lazo y vuelo, dolor y amor. El humanismo de la comunidad, a diferencia del del individuo, es un camino accidentado, lento, interrumpido, aunque, en algunos días especialmente límpidos, se dice que algunos han logrado ver en ese camino accidentado un pedazo de paraíso.

No hay que comparar este humanismo con el protestante para decidir cuál de los dos es mejor. Solo hay que compararlos para comprender su destino, lo que tienen en común y lo que les diferencia. La crisis de la Europa del Sur es también hija de una insuficiente reflexión sobre su vocación económica, parecida y distinta de la nórdica y protestante. Europa seguirá siendo un sueño colectivo maravilloso mientras sea subsidiaria y diversificada, mientras haya diálogo entre espíritus distintos, incluidos los espíritus económicos. El mundo católico ha visto nacer y crecer el capitalismo como algo ajeno. Nunca se ha sentido a gusto con la idea de que los beneficios y la riqueza fueran una bendición. Ha experimentado un sentimiento de inferioridad al ver las grandes empresas, racionales y científicas, y los bancos del norte, y al compararlos con sus pequeñas fábricas, con sus cajas rurales y cooperativas, donde el empleado y el amigo eran la misma persona, donde la familia era también la empresa, donde de día se peleaba por los contratos y de noche se jugaba a las cartas, juntos, en la parroquia o en la casa del pueblo. Hay un gran sentimiento de contrariedad, de falta de estima, de inferioridad y de vergüenza en la crisis económica y social de muchos países del Sur del mundo.

El mundo meridional también ha intentado muchas veces tomarse en serio el trabajo. Pero la idea-experiencia de que el trabajo era sobre todo cansancio, dolor y sufrimiento, era más fuerte. El trabajo se veía más como un deber natural que como una vocación (berufberufung). Trabajar era el oficio de vivir, en una vida difícil. La Iglesia católica quiso y tuvo que acoger y valorar todo un mundo de espíritus que habitaban en los campos y en las ciudades mucho antes de que la religión cristiana les diera otro nombre. No combatió contra los espíritus ni contra los santos, no los llamó “ídolos”, ni condenó a los campesinos como idólatras. Después del Medievo, siguió cultivando una religión que crecía junto al sentido religioso de los campos y de la cosecha. La teología siempre ha sido menos importante que los lutos, las procesiones y las hornacinas de los cruces de caminos que conducían a los campos. Esta Iglesia, que ha tenido que acompañar, a través de los siglos, a hombres y mujeres más expertos en los santos que en la Trinidad, más devotos de la Virgen que de Dios Padre, amantes de los ángeles y temerosos de los demonios, ha dado vida, a lo largo de los siglos, a una cultura popular que un día no pudo creer que el nuevo espíritu-demonio del capitalismo venido del Norte, que asociaba la bendición al dinero y a la riqueza, pudiera ser un espíritu bueno, porque era un espíritu demasiado distinto de la antigua disciplina de la vida y de la tierra.

Para el Sur, la riqueza de los señores era buena si embellecía las iglesias. Aunque fuéramos pobres e ignorantes, nos poníamos guapos para ir a Misa el domingo, donde nos rodeaba una belleza admirable. No sabíamos leer, no entendíamos el latín, pero los frescos y los cuadros nos hablaban, y de noche soñábamos con ellos. De este modo, en una vida difícil, tuvimos sueños muy hermosos, poblados de ángeles y santos, y cuando llegamos al paraíso inmediatamente los reconocimos como gente de casa. No entendíamos las músicas distintas de las bandas en los días de fiesta, pero comprendíamos que eran bonitas, y en cuanto teníamos un poco de dinero mandábamos a un nieto a estudiar acordeón. Éramos casi siempre pobres, pero no siempre, porque el día de la fiesta, aunque fuera solo ese día, nos sentíamos ricos también nosotros y no nos avergonzábamos de nuestra pobreza. Amábamos muchas cosas, pero sobre todo nos gustaban las fiestas, las procesiones y los santos. Era un mundo ciertamente imperfecto, lleno de contradicciones y de dolor, pero no se consideraba malditos a los pobres, sino hijos de la misma vida de todos. Su dolor generó una inundación inmensa de hospitales, escuelas y orfanatos, así como una multitud de santos y santas y, finalmente, nuestro maravilloso estado social.

En cambio, la riqueza que nacía de las fábricas era sospechosa. Por eso cuando los primeros industriales comenzaron a construir fábricas grandes, semejantes a las de los industriales norteamericanos, aquellos (pocos) capitalistas mantenían una relación con la zona y con la gente distinta de la de los capitalistas nórdicos y protestantes. Ciertamente eran ricos, pero ni ellos ni la comunidad consideraban su riqueza como una bendición, sino más bien como un destino, a veces cruel. Todo este humanismo, popular y distinto, fue casi enteramente devorado en unas pocas décadas, cuando nos convencimos de que el único espíritu bueno era el que bajaba del Norte y el que venía de ultramar; el de la riqueza como bendición, desplazada de la producción al consumo. El paso de la fábrica al centro comercial fue el movimiento decisivo, unido al desarrollo de las finanzas especulativas que liberaron y potenciaron la antigua tendencia-tentación a la lotería y al juego de azar típica de las culturas meridionales. El humanismo meridional era, por su naturaleza, muy sensible a la dimensión social y ostentosa de la riqueza. Lo hemos hecho siempre, con la comida, con la ropa e incluso con los funerales. Siempre hemos competido en las cosas, y por tanto nuestra competición siempre ha sido vistosa. Nunca hemos competido en el trabajo, que era demasiado poco visible. Para destacar en el campo de batalla necesitábamos cosas que todos pudieran ver. El capitalismo de los siglos XIX y XX, basado en la fábrica y el trabajo, no podía ser tan seductor como para comprarnos el alma. Pero el capitalismo del siglo XXI, totalmente basado en el consumo y las finanzas, nos ha seducido hasta tal punto que ya no necesita comprarnos el alma, porque se la hemos regalado.

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