Nuevo léxico para una vida social buena

No es utopía la alternativa a la economía dominante

Comunión – Léxico para una vida social buena/20

por Luigino Bruni

pubblicato en Avvenire el 09/02/2014

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Todos sufrimos la falta de comunión, pero corremos el peligro de acostumbrarnos a su ausencia y dejar de desearla. La comunión se da siempre dentro de una comunidad, pero no siempre ocurre también al revés, ya que pueden existir y de hecho existen comunidades sin ninguna forma de comunión entre las personas, en las que los dones se convierten en obligaciones, sin libertad y sin gratuidad. Hoy los estudios sobre la felicidad y sobre el bienestar subjetivo nos dicen con gran claridad que la principal causa de felicidad de las personas es la vida de comunión, a partir de la primera célula de comunión que es la familia. Para una vida buena, la calidad de las relaciones de comunión es decisiva a todos los niveles, incluida esa experiencia fundamental de comunión que es el trabajo.

No hay que cometer el error de pensar que la comunión sólo es posible en las relaciones íntimas y familiares: la comunión es la vocación más profunda y verdadera de los seres humanos en todos los ámbitos en los que se ejerce lo humano. Hay dimensiones de la comunidad tan íntimas y espirituales que para describirlas necesitaríamos la fuerza poética de Dante y sus geniales neologismos ("si yo me entuase como tú te inmías", Paraíso, IX). Pero hay otras dimensiones no menos decisivas para la calidad de nuestra vida que, sin exigir la mutua inhabitación de las almas, necesitan que cada uno se sienta vinculado a los otros y considere que los demás ciudadanos son necesarios para su propia felicidad. Europa seguirá sufriendo mientras no pase de ser comunidad a ser también comunión.

La comunión nos permiten conjugar los verbos de nuestra existencia en todas las personas, sobre todo en la primera del plural (“nosotros”). Entre otras cosas, porque cuando a nuestra sintaxis le falta la primera persona del plural, también le falta la segunda del singular, el rostro del otro desaparece y las comunidades sólo están habitadas por anónimas terceras personas.

Para evitar que la comunión se convierta en “comunionismo”, hay que conjugarla conjuntamente con la igualdad, la libertad y la gratuidad. A diferencia de la comunidad, la comunión exige una cierta igualdad, sobre todo cuando se pasa de la comunión de bienes a la comunión entre personas. Es una igualdad en dignidad, es reconocer “mis ojos en tus ojos”, sabiendo que tú estás ahí, dentro de esa relación, porque al igual que yo, tú también has elegido libremente estar (y mañana tal vez no) y lo has elegido con gratuidad. Por eso la comunión exige la superación de los estatus y no es completa mientras eso no ocurra. La comunidad puede existir y perdurar también en las sociedades feudales y desiguales, pero la comunión exige mucho más. A veces la experiencia de la comunión comienza dentro de los castillos, en comunidades no igualitarias, pero si esa experiencia es auténtica poco a poco las va minando desde dentro y las transforma. Como ocurrió en las primeras comunidades cristianas y en las que nacieron de los grandes carismas religiosos y laicos, donde la gente llegaba noble o plebeya e inmediatamente se encontraba inmersa en una nueva realidad de verdadera comunión, “donde ya no hay hombre ni mujer, esclavo ni libre…" (Pablo a los Gálatas). Por esta razón, la comunión enseña a los hermanos y hermanas de sangre una nueva fraternidad, por la que uno se convierte en hermano. La comunión es toda ella libertad, porque es una experiencia altísima de gratuidad. No es casualidad que a la eucaristía, la eu-charis, hayamos querido llamarla también comunión. La historia ha conocido y conoce comunidades-sin-comunión, en las falta precisamente este tipo de igualdad, de libertad y de gratuidad.

Nuestro mundo sufre sobre todo por falta de comunión, a todos los niveles, a partir del económico. Hace falta comunión para tratar de resolver los graves problemas de la miseria y la exclusión. La filantropía no basta, muchas veces incluso hace daño porque es unilateral. La comunión pide mucho a todos, a los que dan y a los que reciben, porque es una forma de reciprocidad en la que todos dan y todos reciben. Y en la que todos perdonan, pues sin un perdón continuo e institucionalizado la comunión no dura.

La comunión es felicidad, bienestar, vida buena. Pero la vida a nuestro alrededor nos muestra continuamente un espectáculo de no-comunión. Recordar continuamente que la comunión es la vocación de la humanidad implica tener una idea de la salud y la enfermedad de las sociedades humanas. El humanismo judeocristiano, por ejemplo, nos relata el comienzo de la humanidad en la comunión, un comienzo que es a la vez el fin último de la historia, la meta hacia la que tendemos. La no-comunión no es ni la primera ni la última palabra sobre lo humano. Decir que la comunión es la salud y la no-comunión la enfermedad, significa tener una idea de la terapia para curarnos. En cambio, la cultura dominante está invirtiendo este orden y transformando la enfermedad en salud. Así lo hace cada vez que dice que la rivalidad, la envidia y la vejación del otro son los principales agentes de crecimiento económico y que la concordia, la gratuidad y la igualdad no aumentan el PIB.

En cambio, aquellos que creen en la comunión como vocación de los seres humanos, cuando no la encuentran realizada repiten con Don Zeno Saltini, "el hombre es distinto", no es como parece. La historia nos muestra que el hombre es más grande que sus desuniones y discordias. La posibilidad real de un “todavía no” de comunión es lo que hace posibles y sostenibles los “ya” de la no-comunión. Cuando ese horizonte amplio se borra o se le etiqueta como una utopía ingenua, lo humano se empequeñece. Cuando faltan los ideales que elevan nuestra mirada, aunque estemos en el barro, la política se convierte en cinismo, la economía en dominio y la sociabilidad en cadena perpetua. La calidad civil, moral y espiritual del tercer milenio dependerá de nuestra capacidad de ver en el ser humano, a todos los niveles, algo más de lo que hemos visto hasta ahora y de dotarnos de instituciones de comunión que favorezcan la paz, la concordia, el bienestar y la vida buena.

Con “comunión” termina la primera parte de este nuevo léxico. Siento la necesidad de volver a buscar nuevas palabras en medio de las calles, entre la gente, entre los pobres, donde he encontrado las que he intentado contar hasta ahora. El gran argentino Jorge Luis Borges, en su relato "La búsqueda de Averroes" imagina la crisis que vivió el gran filósofo árabe cuando tuvo que traducir las palabras de Aristóteles “tragedia” y “comedia”. No conseguía traducirlas porque en su cultura le faltaban (o él así lo creía) las experiencias que esas dos palabras griegas significaban. Salió de su casa, se puso a caminar por las callejuelas de Córdoba y a escuchar a los viajeros. Al volver a su biblioteca la pareció entender el sentido de aquellas lejanas palabras. Pero el Averroes de Borges erró la traducción (“Aristóteles llama tragedia a los panegíricos y comedia a las sátiras y a los anatemas”). Tal vez había pasado demasiado distraído por las plazas y los mercados y no había sido capaz de descubrir las tragedias y las comedias “abajo, en el estrecho patio de tierra, donde jugaban unos chicos. Uno, de pie en los hombros de otro, hacía notoriamente de almuédano; el que lo sostenía, inmóvil, hacía de alminar; otro arrodillado, de congregación de los fieles”. En esta edad admirable y difícil de vertiginosos cambios hay palabras “grandes” que no conseguimos “traducir” y nos arriesgamos a perder para siempre. Debemos volver a ver jugar a los niños debajo de casa y a encontrar a la gente en la calle. Allí podremos comprender el sentido de las grandes palabras perdidas o gastadas por el tiempo, a partir de la Palabra que se hizo extranjera en nuestras plazas y en nuestros mercados. Es lo que trataré de hacer a partir del próximo domingo, de acuerdo con el director de este periódico, con una nueva serie de reflexiones.

Gracias a todos los que me han seguido en esta primera parte del “léxico”, a los que me han escrito y seguirán haciéndolo (eso espero), dándome palabras, semánticas distintas y nuevas historias que contarnos unos a otros.

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