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Y la oración se hizo cuerpo

Profecía e historia / 12 – Demasiados “muertos” no resucitan porque nos hacemos la ilusión de que bastan las palabras.

Luigino Bruni

Original italiano publicado en Avvenire el 25/08/2019

«Nosotros buscamos otro Dios, que no se jacte de este mundo infeliz. Necesitamos cambiar a Dios para conservarlo, y para que él nos conserve a nosotros».

Paolo de Benedetti Quale Dio?

El milagro por el que Elías devuelve la vida a un muchacho nos recuerda el gran significado de la palabra que se hace carne en la Biblia, en la vida y en la oración.

Los profetas se forman en la zona limítrofe entre la vida y la muerte. Ahí es donde aprenden su “oficio”. Están permanentemente en vilo. Son equilibristas entre el ya y el todavía no, expuestos en la frontera fundamental y decisiva de la condición humana. La Biblia sabe que quien ve a Dios muere. Sin embargo, el profeta “ve” a Dios, o por lo menos lo vio u oyó su voz el día de su llamada. La vocación profética es a la vez Tabor, Gólgota y sepulcro vacío: ver a Dios, morir y resucitar. El segundo episodio de la misión de Elías es la resurrección de un muchacho, suspendido una vez más entre la vida y la muerte: «Más tarde cayó enfermo el hijo de la dueña de la casa; la enfermedad fue tan grave, que murió» (1 Re 17,17). Habíamos dejado a Elías en el milagro de la multiplicación del pan y el aceite, que salvó a la viuda y a su hijo de morir de hambre. Ahora el hijo de esa viuda (o de otra, pues no sabemos si originariamente ambos relatos estaban separados) enferma y muere. Volveremos a encontrar esta escena en el Nuevo Testamento, que habría sido muy distinto sin Elías.

La madre habla en primer lugar: «Entonces la mujer dijo a Elías: ¡No quiero nada contigo, profeta! ¿Has venido a mi casa a recordar mis culpas y matarme a mi hijo?» (17,18). Durante los acontecimientos trágicos y las desgracias, en la antigüedad era frecuente interpretar la presencia de un hombre religioso – un sacerdote o un profeta – como una condena o una culpa. A veces los signos sagrados se volvían tenebrosos y amenazadores, sobre todo si la persona religiosa era un varón y la que era objeto de desventura era un pobre o una mujer. También hoy, la presencia de la religión en los grandes dolores no se convierte de forma inmediata en un sacramento de consuelo y alivio del dolor. Como en el caso de esta mujer, la primera reacción puede ser la rabia, el miedo o el sentimiento de culpa que es lo primero que aparece siempre en nuestras desgracias. ¡Cuántas veces hemos visto a un pariente reaccionar de forma dramática ante la llegada del sacerdote a una casa en la hora muda de los demonios del luto! Ese sacerdote puede representar la imagen de un Dios cruel que se ha llevado a un hijo o a un hermano. Alrededor de ese hombre religioso se levanta una cortina invisible, pero muy real, de embarazo. A veces se llega incluso a lanzar gritos, maldiciones e imprecaciones. Saber acoger estas maldiciones y aprender a leerlas como una forma elevada de oración es parte de la maduración de los curas y de las monjas.

En el contexto del mundo arcaico, la presencia de Elías hace que la madre vea la desventura como una irrupción de Dios en su vida, como una consecuencia de su culpa. No sabemos cuál es su culpa, tal vez la condición humana normal que los antiguos consideraban marcada por una culpabilidad radical. A pesar de toda la revelación bíblica y del cristianismo posterior, que nos ha revelado que Dios es agape, nosotros seguimos leyendo las desgracias como culpa: “si le hubiera acompañado”, “si le hubiera dicho que no”, “es un castigo por mi mala vida”… El sentimiento de culpa es la primera moneda con la que pagamos las cuentas de nuestros funerales. Viene solo, está inscrito en nuestros cromosomas culturales. La religión económica retributiva es mucho más antigua que la religión del amor y de la gracia y por tanto está muy radicada en el corazón individual y colectivo. Por eso necesitamos profetas. Los profetas se ponen a nuestro lado, guardan silencio y no nos echan sermones ni discursos consolatorios. Nos entregan a un Dios liberado de las culpas y los méritos, todo gracia y misericordia. Lo hacen con palabras, pero sobre todo con el cuerpo: con un abrazo largo y tenaz, compartiendo un pan de lágrimas y sal, estando cerca de nosotros, en silencio, durante los sábados santos que no terminan nunca. Un amigo sacerdote me confió una vez que necesitó toda una vida para entender que las personas que viven grandes dolores no esperan de nosotros palabras, sino un cuerpo que sepa vivir el stabat.

«Elías respondió: Dame a tu hijo» (17,19). Ante el dolor más grande que la tierra conoce y que a duras penas consigue soportar, Elías toma el cuerpo del muchacho en sus brazos. No predica: actúa, abraza. Esta es la única “palabra” que nos gustaría oír de un hombre de Dios cuando entra en la habitación del hijo. «Tomándolo de su regazo, se lo llevó a la habitación de arriba, donde él dormía, y lo acostó en la cama» (17,19). La madre tiene a su muchacho (yeled), a su hijo muerto, en el regazo. Esta escena maravillosa es de una humanidad infinita. Si los hombres y las leyes no se lo impidieran, las madres se quedarían para siempre con sus hijos muertos en el regazo, esperando que un Dios o un profeta pasen y los resuciten. Si alguien ha podido escribir palabras inmensas sobre el amor que Dios nos tiene es porque ha visto y aprendido el agape en las madres que siguen llevando a sus hijos en el regazo y nunca han dejado de hacerlo. A las mujeres les suele gustar mucho la imagen de María con el niño, porque el niño Jesús es imagen de sus hijos, de los vivos y sobre todo de los que han muerto.

Solo en este momento Elías comienza su plegaria: «Elías clamó al Señor: Señor, Dios mío, ¿también a esta viuda que me hospeda en su casa la vas a castigar haciéndole morir al hijo?» (17,20). Esta es la oración distinta de los profetas, donde destaca la frase: “¿también a esta viuda la vas a castigar?”. Esta oración comienza con una protesta, con un reproche a Dios que ha hecho daño también a su anfitriona (por tanto no solo a ella). El Dios bíblico hace el bien pero también el mal. Elías se pone de parte de la viuda y del muchacho y le pide a Dios que cambie, que “se convierta”. No consuela a la mujer ni le invita a aceptar “la voluntad de Dios” o el destino. Eso lo hacemos nosotros, porque no sabemos hacer otra cosa. El profeta no. Se solidariza con la madre y protesta ante Dios, pidiéndole que cambie. Considera a Dios responsable de la muerte del hijo, ya que en caso contrario sería un fetiche. Al igual que Job, Elías no recurre a la teología económica y meritocrática para salvar la justicia de Dios. No piensa que los hombres sean los únicos responsables de sus desventuras. La muerte de cualquier niño es una muerte injusta, porque es inocente. Elías pide a Dios que “despierte”, que se acuerde de su nombre, que es distinto al de los ídolos entre otras cosas porque no quiere la muerte de los hijos. Los profetas, dado el caso, prefieren ser excomulgados por Dios que sacrificar a un muchacho. Abraham obedece a Dios y lleva a su hijo al monte Moria. En cambio, el profeta protesta, pelea con Dios, y no lleva al hijo al altar. Si queremos encontrar un profeta en esta escena, podemos verlo en el carnero.

En las grandes crisis y en los dolores insostenibles, el profeta se pone a nuestro lado y le pide a Dios que se muestre al menos tan bueno como una madre. Mientras nos enseña las palabras de Dios, ve lo mejor de los hombres y lo señala, se lo enseña a Dios. Si la Biblia, al final, nos ha podido regalar la imagen de un Dios que se emociona por el regreso del hijo y se inclina sobre la víctima en el camino hacia Jericó, es porque los profetas se atrevieron a pedir a Dios que bajara de los cielos y se hiciera al menos tan bueno como las madres. Los falsos profetas condenan a los hombres para defender a Dios. Los verdaderos profetas saben que la única manera de salvar y proteger verdaderamente a Dios es proteger y salvar a los hombres, sobre todo a los hijos. Los profetas son amigos de Dios, tienen una intimidad única con el absoluto. Aquí está su misterio. Este episodio nos dice que la primera tarea de un profeta consiste en usar esa intimidad divina para salvar a nuestros hijos.

«Elías se echó tres veces sobre el niño, clamando al Señor: ¡Señor, Dios mío, que resucite este niño!» (17,21). Es muy sugerente el uso que hace Elías de su cuerpo para intentar “resucitar” al muchacho. Se echa tres veces sobre el muchacho, con toda la extensión de su cuerpo, como para devolverle la vida por contacto, por ósmosis. Los profetas curan y resucitan con todo su cuerpo. Sus palabras son distintas y eficaces porque antes son palabras encarnadas, palabras de carne. Demasiados “muertos” no resucitan porque no somos capaces de usar todo el cuerpo. Nos hacemos la ilusión de que bastan las palabras (la gran ilusión del que escribe, quizá comentando a los profetas, es pensar que es posible salvar los hombres escribiendo palabras). El comienzo de la historia de Elías nos dice que los milagros solo pueden acontecer después de haber puesto, tres veces, nuestro cuerpo sobre el cuerpo de aquel que está, o parece, muerto. Demasiados muertos siguen muertos o mueren de verdad porque tenemos miedo de echarnos sobre ellos, es decir, de tocarlos y abrazarlos. En aquella cultura no se podía tocar a los muertos, pues eran impuros. Pero los profetas no actúan así. San Francisco nos dejó palabras espléndidas, pero la palabra que resucitó a Asís y al mundo fue su beso al cuerpo lacerado del leproso.

La palabra de la oración debe llegar junto con la palabra del cuerpo. En algunos viacrucis se puede ver a los “ángeles subir y bajar sobre el hijo del hombre”, pero mientras no veamos un cuerpo de hombre no podremos reconocer a Dios: «La mujer dijo a Elías: ¡Ahora reconozco que eres un profeta!» (17,24). Para salvarnos, Dios no se ha hecho ángel sino hombre: carne, cuerpo. Esta es la raíz del gran valor que tiene el cuerpo en el humanismo bíblico. Cuando la oración se hace cuerpo podemos superar a los ángeles. Elías es el profeta de la oración potente porque reza con todo el cuerpo. Es conmovedor verlo rezar echado sobre el cuerpo del muchacho. En él y con él vemos a otros profetas que hoy siguen resucitando niños, mujeres y hombres – en las guerras, en los campos de acogida, en los mares – usando su cuerpo como primera oración: compartiendo la misma miseria, las mismas enfermedades, las mismas resurrecciones, la misma muerte. Los muchachos siguen muriendo. Sus madres y sus padres se siguen desesperando, a veces maldiciendo a Dios y a sus profetas. El gesto de Elías nos sigue recordando que solo podremos salvar un día a un hijo de la muerte del cuerpo o del alma si nos echamos sobre él con todo nuestro cuerpo. Tres veces, ni una menos.

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