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Perdones y segunda contabilidad en el capitalismo meridional

La feria y el templo/10 - Para las primeras compañías multinacionales que nacieron en las ciudades cristianas del siglo XIV, los pobres eran los representantes de Dios y participaban en sus ganancias. 

Luigino Bruni

Publicación original en italiano en Avvenire el 10/01/2021

Nostalgia de un capitalismo imperfecto, pero todavía capaz de convertirse en la hora de la muerte y de abrir cuentas a nombre del Señor Don Dios.

La osmosis entre el claustro y el comercio fue mucho más amplia y profunda de lo que habitualmente se cuenta. Los comerciantes más ricos, ya en el siglo XI, educaban a sus vástagos en los monasterios. Durante siglos, en muchas lenguas europeas la palabra clérigo se aplicaba también a los empleados y a los dependientes (clerk en inglés sigue teniendo ese significado). El término profesión se usaba tanto para los votos del monje como para el trabajo del laico, no por casualidad. Los comerciantes no eran en absoluto incultos e iletrados, sino que, a su manera, eran parte esencial del mismo movimiento humanista que los filósofos y escritores – ayer y hoy los comerciantes se debilitan cuando dejan de ser humanistas, porque se convierten en esclavos del sofista de turno. El extraordinario éxito de los comerciantes medievales no se habría producido sin el papel central de los monjes: la nueva clase se impuso, entre otras cosas, gracias a la cultura aprendida en los monasterios.

A partir del siglo XII, a los monjes se añadieron nuevas órdenes mendicantes que, a diferencia de ellos, vivían en el corazón de las nuevas ciudades, donde plasmaban su cultura, arquitectura y ética. No se puede entender aquel primer “capitalismo” sin el contacto diario entre el comercio y los carismas mendicantes, que llevaron la fe a las logias de los comerciantes y a los comerciantes a los claustros de los conventos. El humanismo y el renacimiento son fruto de esta alianza, muchas veces explícita, entre comerciantes y religiosos. Dentro de esta alianza improbable se encuentran las raíces del extraordinario éxito de la economía occidental, así como de sus ambigüedades.

No faltan testimonios de esta alianza tanto en los libros de teología como en los libros contables. En aquellos siglos la fe entraba en los títulos de las cuentas del balance normal del ejercicio y no era confinada a un balance social. La cuenta del “Señor Don Dios” era una cuenta más. En los “libros secretos” de la compañía de los Bardos de Florencia, leemos: «Debemos dar a Dios 1876 libras, 10 florines, en julio de 1310», y se hacía referencia al Cuaderno de razón, «donde también quedaba inscrito» (Armando Sapori, Mercatores). La cuenta del Señor Don Dios no estaba solo en el “libro secreto” (el de los intereses sobre los dividendos y los depósitos de cada socio de la compañía), sino también en el “libro de cuenta y razón” que contenía los términos “dare et habere” y las cuentas maestras. La cuenta para Dios recibía el mismo trato que cualquier cuenta ordinaria, y se anotaban los apuntes exactamente igual que en las cuentas de los socios: «Se habla de la “parte” del Señor Don Dios como se habla de la “parte” del señor Ridolfo, del señor Nestagio, y de las partes de todos los compañeros». En el balance de 1312, «los pobres recibieron 661 liras, es decir lo mismo que Cino de Boninsegni, que poseía dos partes de la compañía».

Así pues, los representantes del Señor Don Dios en la compañía eran los pobres, y «a los pobres se les consideraba como compañeros de la compañía, y para ellos valían todos los pactos del contrato social relativos al reparto de las ganancias» (Sapori, Mercatores). Ciertamente, era otro mundo, pero leer “dar para Dios” en el balance de las primeras sociedades multinacionales no nos puede dejar indiferentes. No obstante, mientras destinaban parte de sus dividendos al Señor Dios, aquellos comerciantes practicaban ampliamente la usura. Sabemos que los usureros eran parte esencial del paisaje civil medieval. Los bancos se abrían por concesión del municipio, es decir con un contrato público entre la ciudad y los usureros, que debían tener fama de “usurero público”. Eran tanto cristianos como judíos, y se les reconocía fácilmente en sus bancos, debido a la alfombra sobre la que se sentaban bajo sus toldos, bien a la vista, en las calles centrales de la ciudad.

En 1417, por ejemplo, en Pistoia había quince usureros públicos. Entre las prendas del Banco de Empeños de Pistoia, gestionado por un cristiano, había muchos instrumentos de trabajo de los artesanos. Piero, molinero, dejaba en prenda – empeñaba – un vestido de mujer pardo, viejo y teñido»; un sastre de Montepulciano una «cartera rota y mala», y Bartholomeo di Filippo, de Verona, unas «calzas negras, viejas y tristes». También había sierras, mazas, pieles y rejas de arado (L. Zdekauer, L’interno di un banco di pegno nel 1417). Estas prendas eran objetos e instrumentos de trabajo de los artesanos; y en el caso frecuente de pérdidas de juego de azar (uno de los motivos más habituales para recurrir al préstamo) arruinaban a las ciudades. Es llamativa, en la lista de prendas, la procedencia de los deudores: se trataba casi exclusivamente de forasteros, señal de que acudir a los usureros se consideraba una acción vergonzosa, y por tanto se realizaba en lugares donde no pudieran ser reconocidos. En este contexto se comprende mejor la urgencia social del nacimiento de los Montes de Piedad de los franciscanos, que surgieron a imitación de los bancos de empeño existentes («como se hizo con los Montes de los Judíos», se especifica en 1471 en Siena, con ocasión de la institución del Monte de Piedad).

Al leer estos antiguos archivos, llama la atención la ausencia en las listas de los usureros de las familias de los grandes comerciantes-banqueros. Si un comerciante desempeñaba también la función de banquero, esta segunda actividad se consideraba auxiliar de la mercantil, y por tanto no se llamaba usura. Aparece de nuevo la profunda distinción, que atraviesa toda la Edad Media, entre grandes y pequeños comerciantes. Los primeros eran aceptados y a menudo elogiados, y se les relacionaba con la figura de la Magdalena o los Reyes Magos. Los segundos eran condenados como parásitos y equiparados a Judas el ecónomo. «De los nombres de los usureros que se encuentran en nuestros libros no resulta que ninguno perteneciera a las familias mercantiles y banqueras de los Ammannati, los Cancellieri, los Visconti, Reali, Cremonesi ...» (Sapori, L’usura nel Dugento a Pistoia). En una Edad Media donde la riqueza gozaba de pésima reputación, los grandes comerciantes-banqueros conquistaron poco a poco el derecho de buena ciudadanía, gracias sobre todo a sus donaciones y a sus restituciones.

En los testamentos de los grandes comerciantes se puede descubrir algo importante sobre aquel primer espíritu del capitalismo. La primera disposición que se encontraba en esos testamentos era la obligación de restitución, dirigida a los herederos, de lo ganado mediante usura y de todo lo sustraído: «Yo, Iacopo, ciudadano de Siena, sano de mente y enfermo de cuerpo, ordeno que toda usura y todo hurto sea restituido a las personas»; y añade: «Las personas y los lugares están registrados en el libro de mis cuentas, que entrego a fray Ugo de San Galgano». Y concluía: «Puesto que mi patrimonio líquido no es ciertamente suficiente para devolver lo sustraído, ya que las usuras y las ganancias adquiridas con malas artes son muchísimas, deseo e impongo que mis bienes sean vendidos» (Sapori, Mercatores). Además, las corporaciones imponían que, al comienzo de cada año, una comisión compuesta por comerciantes y frailes pasara de negocio en negocio para pedir, bajo pena de expulsión, que los comerciantes se perdonaran unos a otros sus respectivas usuras, en una especie de pacto de misericordia (no hay que excluir que fuera introducido por los franciscanos). Es sorprendente y emocionante leer dentro de los libros contables: «Nosotros, Francescho del Bene y compañeros, hoy día de agosto de 1319 perdonamos a Duccio Giunte y a Geri di Monna Mante, síndicos del arte [NdT: corporación], y a todos los del arte que nos deben méritos [NdT: mérito en la Edad Media se usaba como sinónimo de lucro o interés devengado]; como los susodichos síndicos nos perdonan a nosotros» (Sapori, Mercatores). En aquel capitalismo, los libros contables incluían cuentas a nombre del Señor Don Dios, se hablaba de perdón y de misericordia, a la usura se la llamaba “mérito” y los Montes de Piedad eran “sine merito”.

En aquellos mismos años, los teólogos franciscanos (por ejemplo, Olivi) estaban legitimando el préstamo a interés. Pero no todos los comerciantes leían los tratados en latín de aquellos maestros, y sobre todo sabían bien cuándo el interés que aplicaban era excesivo y cuándo los beneficios obtenidos eran injustos, más allá de las prohibiciones de las leyes. Aquellas operaciones distintas, realizadas sobre todo en el extranjero, donde no podían ser observados por los amigos y por los frailes, las anotaban en su alma e incluso en sus registros. De este modo, a la hora de la muerte, cuando tenían que rendir cuentas mediante otros libros de cuenta y razón, los comerciantes cristianos querían abandonar esta tierra dejando sus asuntos en orden, y devolvían lo sustraído. Estas donaciones y restituciones en la hora de la muerte generaron en nuestras ciudades muchas obras de arte, hospitales y obras de asistencia, bienes comunes nacidos de esta segunda contabilidad, de la conciencia de unos comerciantes que sabían que tenían que corregir y convertir una parte de su riqueza; porque estaban convencidos, o al menos esperanzados, de que dar al final la riqueza mal ganada era la única alquimia posible para transformar el mal en bien.

Este primer “espíritu del capitalismo” meridional no consideraba toda la riqueza como bendición, sino solo la riqueza buena, es decir la riqueza purificada de la usura y del hurto. De este modo, la muerte se convirtió en el primer mecanismo de redistribución de una riqueza que producía bienes privados en vida y bienes públicos post mortem.

Así fue como los comerciantes, sobre todo los grandes y ricos, consiguieron ser aceptados por la cultura de su tiempo, compensando en la muerte los pecados de la vida. Aquel mundo consideraba esta riqueza restituida al final como más meritoria que el “mérito” que los comerciantes-usureros exigían por el dinero prestado. Los beneficios de aquellas compensaciones sobrepasaban los costes morales de las usuras. Así comenzó a abrirse paso la regla ética que se encuentra en la base de la sociedad occidental: vicios privados, virtudes públicas.

Si queremos llevar nuestro razonamiento hasta el final, debemos reconocer que aquellas donaciones y restituciones están en el origen no solo de la belleza de Florencia y Venecia, sino también de muchos de los problemas de la razón mercantil moderna. Los arrepentimientos ex-post no fueron suficientes para que los herederos, continuadores de las compañías, cambiaran la ética de sus negocios y obtuvieran menos beneficios injustos y aplicaran menos usura. Ellos continuaron con la misma ética de los negocios que sus padres, dejando la rendición de cuentas para los testamentos.
Este juego entre vidas ambiguas y muertes santas explica muchas de las paradojas de nuestro capitalismo, desde las condonaciones y regularizaciones fiscales, la filantropía del 2% de los beneficios que silencia las preguntas sobre el 98% restante, hasta las donaciones de las sociedades del juego de azar y de las fábricas de armas. Después, cuando, hace décadas, el temor al juicio divino salió definitivamente del horizonte de nuestro capitalismo desencantado, los nuevos y riquísimos comerciantes dejaron de sentir el deber moral de devolver a la comunidad lo sustraído, y sus enormes riquezas y usuras empezaron a generar cada vez menos bienes comunes y más bienes privados, y la desigualdad se amplificó.
Y nosotros cada vez sentimos más nostalgia de las cuentas a nombre del Señor Don Dios y de los pactos de perdón entre comerciantes, porque la fe en el paraíso de los antiguos comerciantes nos parece mucho más humana y civil que la fe en los paraísos fiscales de nuestro capitalismo.

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