Una joven de Mozambique en la Summer School de la Economy of Francesco descubre que ser la más joven de la mesa no significa tener menos para dar, y que la fraternidad puede ser una clave para repensar la economía, la tecnología y el desarrollo.
Nicolye Durão Mondle
publicado en Avvenire el 14/10/2026
Era la persona más joven de la International Summer School de la Economy of Francesco que se hizo en Alemania. Había economistas, investigadores, empresarios, académicos y profesionales con años de experiencia, provenientes de 26 países diferentes, de todas partes del mundo. Yo estaba ahí como una adolescente mozambiqueña: escuchaba, observaba, aprendía y, a veces, simplemente trataba de asimilar todo lo que pasaba a mi alrededor. Al principio, la diferencia de edad me parecía enorme, pero rápidamente entendí que ser joven no significaba no tener nada para ofrecer. Llevaba conmigo a Mozambique, a su gente, sus retos, sus esperanzas y un modo de ver el mundo moldeado por una realidad distinta.
En toda la Summer School, no paraba de reaparecer una palabra: fraternidad. Luigino Bruni nos ayudó a abrir un espacio donde la fraternidad no era considerada solo una linda idea, sino algo capaz de cambiar nuestra manera de entender la economía. Incluso atravesando historias incómodas como la de Caín y Abel, o la de José y sus hermanos: historias marcadas por la envidia, las preferencias, las comparaciones. El World Fraternity Report, presentado por Paolo Santori y Tracey Freiberg en el contexto de un proyecto más amplio, nos llevó a explorar distintos modos de entender la fraternidad: no solo como un sentimiento, sino como algo que se puede observar en la reciprocidad, el cuidado y la inclusión. La fraternidad es la decisión de reconocer que la vida del otro cuenta tanto como la nuestra. Sor Helen Alford nos condujo más profundamente en la relación entre fraternidad, dignidad humana y vida económica. Y ahí empecé a entender la fraternidad no simplemente con el ser amable, sino con el reconocimiento de que nuestras vidas están todas vinculadas.
Y las charlas sobre san Francisco nos recordaron que a veces la forma más poderosa de innovar es la valentía de vivir de otra manera. Durante nuestra estadía en Mettingen tuve también la oportunidad de guiar un momento espiritual frente al Espejo de la Paz. Invité a todos a hacer un barquito de papel como símbolo de los diferentes viajes que nos condujeron a la misma Summer School. Viendo nuestros barquitos, pensamos en su fragilidad y en lo frágil que somos también nosotros, más de lo que a veces estamos dispuestos a reconocer. “Nos necesitamos los unos a los otros” se volvió parte de nuestra reflexión, antes de transformar los barquitos en camisetas. El barco representaba nuestro viaje; y la camiseta se convertía en el mensaje que elegíamos llevar durante ese viaje. Era una actividad simple, pero que dejaba una pregunta: si la fraternidad fuese algo que pudiéramos ponernos, ¿qué nos gustaría que dijera?
Este vínculo se volvió concreto cuando hablamos de tecnología y de inteligencia artificial. La reflexión de Henning Müller sobre la IA aplicada a la agricultura me hizo pensar en los agricultores que conozco en África. Podemos hablar de máquinas más inteligentes, de una producción más eficiente y de una alimentación del futuro, pero al comienzo de esa cadena hay una persona. ¿Qué pasa cuando ese agricultor no tiene acceso a internet, no dispone de la tecnología o no tiene tampoco las mismas oportunidades para llegar al mercado? Innovar no puede ser solamente avanzar más rápido. También debe ser asegurar que quien tiene dificultades no quede aún más por detrás.
Exploramos también las ciudades, el espíritu emprendedor y el modo en que se construye comunidad. Durante la presentación acerca del Lok-Viertel y en nuestras coversaciones en Osnabrück, seguía pensando en algo muy simple: ¿quién puede imaginar el futuro? Los jóvenes van a heredar las ciudades, las economías y las comunidades que hoy se proyectan. Ahí vamos a vivir, trabajar y hacer crecer a nuestras familias. Ser joven no debería significar ser invisibles. A veces la persona más joven de la sala ve cosas que los demás ya no ven.
La Fraternity Challenge llevó toda esta teoría a algo en lo que trabajar concretamente. Mi grupo pronfundizó el tema “From Reciprocity to Sustainable Prosperity: Strengthening Fraternal Economic Relationships in Indigenous Communities” [“De la reciprocidad a la prosperidad sostenible: reforzar las relaciones económicas fraternas en las comunidades indígenas”]. Reflexionamos concretamente sobre cómo las relaciones basadas en la confianza y en la reciprocidad pueden transformarse en compromisos capaces de sostener realmente a las comunidades indígenas. Exploramos ideas vinculadas al crédito, a las relaciones comunitarias y a los modos de ayudar a las personas a construir juntos una prosperidad sostenible. Entendí entonces que la fraternidad no es solo algo de lo que hablar; es algo que tenemos que decidir llevar a la práctica.
Además, empecé a entender qué es la fraternidad a través de las personas que muy frecuentemente son dejadas de lado en las conversaciones: el trabajador discapacitado que no consigue acceder a un puesto de trabajo; el joven cuyas ideas se descartan por su edad; o el agricultor cuyo trabajo es esencial pero cuya participación en el valor final es pequeña. No son problemas distintos. Nos recuerdan que una economía está hecha de vidas humanas. Si alguien es constantemente marginado, entonces el sistema mismo es el que tiene que aprender algo.
Estar en Alemania también me hizo entender que no debo elegir entre ser africana y ser parte de una conversación global. Puede estar en un foro internacional y seguir haciéndome preguntas que vienen de Mozambique. Puedo escuchar más de lo que hablo y estar igualmente presente. Puedo aprender de personas como Luigino, Helen, Tracey, Paolo, Henning y Felix y, al mismo tiempo, portar conmigo mi propia experiencia. En ese lugar no necesitaba tener la voz más fuerte. Por momentos, ser la más joven era tener el privilegio de observar con atención y descubrir que hay más de una manera de aportar.
Dejé la Summer School con algo que espero no perder nunca: la sensación de que en esa mesa hay lugar también para mi generación. La fraternidad no significa ser todos iguales, tener la misma edad, venir del mismo país o tener la misma experiencia. Significa rechazar la creencia de que podemos construir el futuro solos. Era la persona más joven de la sala, pero formaba parte de ella. Quizás esa es la imagen con la que me quedo: no una joven parada a un costado, esperando su turno, sino alguien que escucha, aprende y entiende que un día el futuro que ahí se discute será el futuro que le tocará construir.







