La Nacion - 03/03/2012

¿Cómo se mide la felicidad?

por Cristina Calvo

publicado en La Nacion el 03/03/2012

logo-la-nacion"Decidí dedicarme a la economía cuando, a los 9 años, en la puerta de mi casa vi a un hombre flaquísimo, que tenía los ojos desorbitados y las mejillas hundidas. Había carestía y él buscaba alimento. Se murió de hambre y nadie consiguió explicarme cómo era posible que, al mismo tiempo y en el mismo lugar, había quienes vivían bien y otros que morían de hambre. En Bengala, el alimento no faltaba, lo que faltaba, tal vez, era un sistema político capaz de reconocer el derecho de acceso al alimento, para quien lo necesitara." Así Amartya Sen presenta su decisión de dedicarse a trabajar por un auténtico desarrollo humano y es uno de los exponentes más lúcidos del pensamiento económico contemporáneo comprometido en demostrar y sostener que el desarrollo se mide, sobre todo, en clave de libertades y de derechos humanos, y en cambio se mide poco y muchas veces mal en clave de PBI.

Sin inteligencia crítica y sin pensamiento libre y creativo, las libertades y los derechos no se reconocen en nuestras sociedades, simplemente porque las personas no alcanzan a ver los derechos y las libertades como bienes valiosos, no luchan por ellos y los canjean sin problemas por alguna mercancía. Hoy, a partir de la difusión del concepto de Felicidad Nacional Bruta introducido en el reinado de Bután, la vinculación entre economía y felicidad tomó estado público, si bien en el mundo universitario y académico internacional (Easterlin, Kahneman, Zamagni, Bruni, Porta, Frey, Stutzer?) desde hace tiempo el tema está profundizándose y se lo incluye como uno de los puntos fundamentales para la reformulación de nuevos paradigmas económicos.

La experiencia de Bután considera cuatro pilares para que una sociedad se pueda desarrollar: desarrollo sustentable, valores culturales, conservación del medio ambiente y un buen gobierno. Si se parte de tal visión de la sociedad, dos podrían ser los aspectos por considerar en este ámbito. En primer lugar, delimitar claramente cuál es el objetivo, esto es, ¿qué se entiende por felicidad? En segundo lugar, mostrar cuáles son los instrumentos más adecuados para conseguirla.

En este sentido, la visión cambia drásticamente, ya que lo que antes se consideraba como objetivos pasan a ser instrumentos, contemplando además aspectos de índole cualitativo que antes no se tenían en cuenta. Por ejemplo, conseguir un determinado crecimiento económico pasa a ser un instrumento, no un fin como se venía haciendo hasta ahora, y además, en el análisis de los factores que estimulan ese crecimiento hay que contemplar aspectos éticos, porque ahora no es suficiente que la economía crezca a una determinada tasa, sino que debe hacerlo fomentando, entre otras cuestiones, la felicidad. Por eso ya resultan insuficientes los estudios sobre el comportamiento del capital físico o la tecnología, sino que hay que considerar también si son contaminantes, si mejoran la calidad de vida presente y futura, si promueven la integración social, etcétera.

Del mismo modo, si se crece como consecuencia de un mayor consumo hay que tratar de evitar caer en un materialismo indeseable, hay que buscar mayor justicia social y ambiental. Por muchos años los economistas han afirmado que los individuos buscan maximizar la riqueza para maximizar su utilidad (satisfacción), porque si somos más ricos, somos más felices.

Hay constataciones empíricas que indican que, después de cierto umbral, el aumento de la riqueza no lleva a mayor bienestar. ¿Por qué? Porque se empieza a perder la capacidad de transformar los bienes en bienestar, en felicidad humana. Cuando se aumentan los gastos en seguridad privada, en traslados a barrios cerrados, en bienes superfluos, en adicción al juego, sexo, droga para intentar colmar el aislamiento y la soledad, se polarizan aún más las sociedades.

Es necesario reconocer que el bienestar, la felicidad, es la combinación de bienes materiales y de bienes relacionales. Relaciones es una palabra que tendría que ser un puente entre el dinero y los consumos. Esta cuestión, en la actualidad, es una gran preocupación por parte de los economistas, no sólo de los economistas sociales, sino también de los clásicos.

Porque hoy el bien escaso son las relaciones genuinas. Hoy el otro como persona es un bien escaso. La sociedad utilitarista cambia los bienes relacionales por bienes de consumo que desprecian la relación con la naturaleza, con el medio ambiente, con los derechos humanos, con los más vulnerables.

Ocuparse de la felicidad, en economía y en la vida, es ocuparse de las relaciones. La felicidad es un bien común, o es de todos o no es de nadie.

La autora es especialista en economía del comportamiento, docente del Programa Amartya Sen de la UBA y fue coordinadora nacional de Cáritas .

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