La crisis griega y nosotros, los consumidores

La situación griega es una advertencia para otros países. La crisis, que comenzó en 2007, continúa y amenaza con extenderse. «Sin alarmismos, pero hay que empezar ya a cambiar el consumo y el estilo de vida», dice Alessandra Smerilli, profesora de economía política.

La crisis griega y nosotros, los consumidores.

por Maddalena Maltese
publicado en www.cittanuova.it el 30/04/2010

N30_Alessandra_SmerilliUn suspiro de alivio recorre Europa tras el sí de Alemania a la concesión de ayudas a Grecia, al borde de la quiebra económica y financiera. Pero este tipo de intervenciones no son la solución radical a una crisis que desde 2007 afecta a la economía mundial. Hablamos de ello con Alessandra Smerilli, profesora de economía política en la Pontificia Universidad Auxilium de Roma.

Analicemos la situación de Grecia...
Grecia se encuentra en situación de insolvencia, es decir tiene un gasto público incontrolado y no es capaz de hacer frente a sus compromisos internacionales. Sus títulos no son reembolsables y esto repercute en los mercados y en los inversores. Sin duda el gobierno es responsable, ya que no ha conseguido reducir el gasto recurriendo a medidas tal vez impopulares, como suelen ser los recortes en la sanidad o en los servicios sociales. Ante el temor a las protestas, ha actuado muy tarde y no ha tomado decisiones drásticas, que son necesarias en estos casos. Pero también Europa es responsable, al no haber intervenido antes por motivos electorales.

¿Qué peligros ve para Europa?
En primer lugar, hay que decir que todas las economías están vinculadas de alguna manera, por lo que habrá repercusión y de hecho ya se anuncia. Se empieza a hablar de España y Portugal. Estamos en un círculo. Durante estos últimos meses se ha hablado menos de la crisis financiera y nos hemos hecho la ilusión de que había terminado. En realidad no ha sido así. La gente sigue consumiendo y viviendo por encima de sus posibilidades y esto vale también para los estados. Es verdad que algunos tienen más peligro que otros. Italia, como Estados Unidos, por ejemplo, tiene un gasto público muy alto, pero los restantes elementos fundamentales de la economía, como la producción y el empleo, siguen funcionando y por eso se consideran más seguros y los demás también lo creen.
 
La concesión de ayudas a Grecia ha sido recibida por algunos como un ejemplo de solidaridad entre estados. ¿Está de acuerdo?
Me parece un poco excesivo hablar de solidaridad. Hay otras experiencias, como la cumbre de Copenhague, que demuestran que trabajar por el bien común, en Europa como en el mundo, dista mucho de ser sencillo ni espontáneo. Sin embargo, hay que decir que la concesión de ayudas es necesaria para todo el sistema económico europeo, porque si un estado cae, puede arrastrar a otros consigo. Por esos todos tratan de protegerse y de sostener el coste de estas ayudas para evitar consecuencias más graves. Por otra parte, frente a la posición de algunos de mis colegas economistas, que sostienen que Europa debería dejar que Grecia quiebre (pero recordemos que un estado no es una empresa y su quiebra sería catastrófica), tal vez í que sea posible ver en el gesto de la ayuda algo de solidaridad.

Da la impresión de que la economía ya no tiene una dirección ética...
No es que antes hubiera una dirección ética y ahora no. Tal vez la crisis nos ha permitido entrever sobre qué bases éticas se puede construir una nueva economía. Hay responsabilidades en la economía, pero están repartidas a partes iguales entre el sector privado y el público. Si bien es cierto que los bancos ofrecieron títulos tóxicos y los estados aparecen como financieramente débiles y poco capaces de controlar la situación, no es menos cierto que esos títulos no tuvieron ninguna dificultad para  encontrar compradores. La crisis financiera, sin lugar a dudas, ha dirigido la atención de los inversores hacia los títulos del Estado mucho más que antes, cuando los títulos de riesgo cotizaban más alto y había una sensación de garantía porque un Estado no podía quebrar y siempre podía hacer frente a las deudas. Por eso a veces se invertía indiscriminadamente. Pero si  un Estado va a la quiebra, en el mercado se genera no sólo una crisis económica, sino también una crisis de confianza y una incertidumbre paralizante, que golpea precisamente a los ahorradores y a los inversores.

¿Cree que las agencias de calificación, como Standard & Poor's, son solo alarmistas y tienen poca incidencia en el mercado real?
Está bien que haya agencias independientes de calificación de los estados, de sus gobiernos y de sus títulos financieros. Un estado o una entidad financiera no puede autocalificarse. Es cierto que las agencias no son determinantes para el mercado, pero puesto que sus informes gozan de gran reputación, sin duda se reconocen y se tienen en cuenta y, de hecho, se mueven capitales y se realizan inversiones en base a sus análisis. Sin embargo, también hay que decir que no siempre es fácil encontrar agencias verdaderamente independientes, sin ningún interés concreto relacionado con el objeto de su calificación.

Parece que no hemos aprendido gran cosa del pasado reciente. ¿Qué puede hacer el consumidor?

En primer lugar, no hay que ser alarmistas. Tenemos que tomar conciencia de que nos encontramos en un momento complejo y que los niveles de consumo y de gasto deben cambiar tanto para los individuos como para los estados. La crisis nos advierte de que debemos cambiar nuestro estilo de vida, debemos abandonar algunos hábitos  y no podemos seguir instalados en un nivel muy superior a nuestras posibilidades. Las compras a plazos, por ejemplo, muestran que las familias no ahorran, sino que gastan lo que no tienen y se endeudan para el futuro. Esta manera de gastar es la que hizo saltar la crisis en Estados Unidos. Por eso hay que actuar en seguida y volver a modelos de vida más sobrios, sin añorar el pasado y sin esperar con impaciencia que todo vuelva a ser como antes. Es habitual que en momentos como este las minorías proféticas marquen un camino. Pero sobre todo es necesario un nuevo pacto entre la política, la economía y los ciudadanos para conseguir gobernar la globalización. Este será el gran tema de los próximos años.

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