La economía “Chiariana”

La economía “Chiariana”

Luigino Bruni
publicado en "Economía de Comunión - una nueva cultura"  n.28 - diciembre 2008

La EdC es un proyecto económico que nace de un carisma, de un don para la humanidad den28_pag._06_luigno_bruni_1.jpg hoy. Lo hemos recordado muchas veces, también en este Noticiario, al recordar que toda experiencia económica (y no sólo económica) que nace de un carisma tiene sus puntos específicos, que la hacen diferente de otras experiencias nacidas, por el contrario, de intereses y de la búsqueda de utilidades.

En particular, la nota principal de la economía carismática es el principio de gratuidad: se actúa, se trabaja y se produce sin usar o instrumentalizar a las personas, a las cosas o a uno mismo, sino respetándolas y amándolas como bienes en sí.

Ahora preguntémonos: ¿qué es lo específico del carisma de la unidad del que nace la EdC, dentro de la gran historia carismática de ayer y de hoy?  Y ¿cuáles son sus consecuencias en la praxis económica y cívica?

Las dos notas fundamentales del carisma de la unidad – que, por otra parte, son como las dos caras de una medalla – son, como Chiara ha recordado siempre, la Unidad y Jesús Abandonado.
La unidad, que podríamos también declinar como “comunión”, es el anhelo que anima a quienes participan de este carisma, impulsándoles a construir la unidad y a sanar la desunidad en todos los ambientes, en orden a la fraternidad universal y al mundo unido.

Jesús Abandonado, por su parte, es la posibilidad de construir la unidad y sanar las heridas de la desunidad. Jesús abandonado – esto es Jesús visto en el momento del grito de abandono en la cruz – expresa algo más específico: no es sólo, ni principalmente, la elección de buscar y amar el dolor en general, sino ese particular tipo de dolor que nace de las relaciones destrozadas, de la ausencia de comunión y de los abandonos.
De aquí deriva entonces también lo específico en el ámbito económico. Me limito a señalar algunas características.

En primer lugar, puesto que la economía de comunión nace del carisma de la unidad, no es casualidad que la nota típica del carisma de la unidad con respecto a la relación con los bienes sea la comunión. Los bienes se convierten en ocasiones y lugares de comunión, de creación de relaciones de fraternidad.

Se comprende así una de las especificidades de la economía de Chiara, o “chiariana”, con respecto al carisma de Francisco. El pobre de Asís nos indica la pobreza como auténtica vía de liberación de las mercancías para buscar el único Bien que es Dios.

Chiara, que tanto amaba la espiritualidad franciscana y que de joven se formó en su carisma, nos propone la misma radicalidad en la relación con los bienes, pero poniéndolos en común con los demás, en orden a la unidad con todos. Este “en orden a la unidad” es muy importante porque evita toda cerrazón que la comunión puede siempre producir, y abre a la fraternidad universal.

De ello se deriva que también en un hipotético mundo sin pobres, el estilo de vida del carisma de la unidad seguiría siendo la comunión de los bienes, ya que los bienes se convierten en verdaderos  bienes, en cosas buenas, cuando se ponen en común. Los bienes no compartidos son siempre camino de infelicidad, incluso en un mundo opulento: cuánta infelicidad hay en nuestras ciudades ricas pero sin la fiesta de la comunión.

Los bienes que se guardan celosamente, en realidad empobrecen a quienes los poseen, porque les despojan de la capacidad de don y de reciprocidad, que es el verdadero patrimonio humano que lleva a la felicidad, como ya incluso muchos estudios muestran.

Por otro lado, el carisma de la unidad nos dice que las distintas formas de miseria tienen mucho que ver con las relaciones, y mucho menos de cuanto comúnmente se piensa, con las mercancías o con el dinero. Se cae en la miseria (como individuos pero también como comunidad o como pueblo) cuando las relaciones se dañan

Por esta razón, cuando con las utilidades donadas por las empresas EdC se trata de ayudar a una persona pobre, la primera ayuda es el ofrecimiento gratuito de una relación nueva. Sin este “primado” relacional, ninguna ayuda es eficaz desde la perspectiva de la comunión.

De esta visión de la pobreza nace también un modo típico de leer, cultural y teóricamente, la miseria: ésta siempre tiene que ver con relaciones equivocadas o malogradas.  La cura de cualquier forma de indigencia es siempre primariamente una cura de relaciones. Curar las relaciones interpersonales, pero también cambiar las relaciones de poder, políticas, institucionales o con el medio ambiente natural.

Por lo tanto, como ejemplo, cuando una familia vive en la miseria, el punto de partida es comprender, entrando en relación con ella, cuáles son las relaciones que no funcionan (entre marido y mujer, entre padres e hijos, en la comunidad…). En estos casos, antes de cualquier ayuda material, la verdadera intervención importante a realizar consiste en reactivar la comunión de bienes en la comunidad local, y sólo en un segundo momento lanzar iniciativas de ayuda concreta -  esta es una modalidad de acción, por lo demás, en línea con el “principio de subsidiariedad” de la Doctrina Social de la Iglesia.

Esta es también la razón por la cual las intervenciones de la EdC están dirigidas a personas insertas en comunidades vivas, donde se den todas las características que hacen que la comunión (el propósito del proyecto) pueda realizarse. Este aspecto representa, al mismo tiempo, el límite y la profecía de la EdC.

Una última nota.
Si es verdad que la riqueza no compartida no lleva a la felicidad, también es verdad que la pobreza no es suficiente, ni siquiera cuando es libremente elegida, para vivir una vida buena: no basta ser pobres para ser los pobres del Evangelio a los que Jesús llama bienaventurados.

Se necesita experimentar ya desde ahora (y no sólo en el Paraíso) el “Reino de los cielos”. La frase de las bienaventuranzas “bienaventurados los pobres” no está completa sin la segunda parte: ”porque de ellos es el reino de los cielos”. Cuando de la experiencia de la pobreza no llega el Reino de los cielos, la pobreza es sólo sufrimiento y muerte. El Reino de los cielos significa comunión, fiesta, compartir.

He aquí por qué el pobre del Evangelio, y el de la EdC, es feliz cuando la comunidad que le rodea le hace experimentar, con la comunión, el Reino de los cielos. La pobreza del pobre se convierte en riqueza para él y para todos. La economía chiariana nos enseña, y nos hace vivir que, sea en la abundancia, sea en la pobreza, la felicidad nace sólo de la comunión.

Hoy, en esta época de crisis, la economía y el mercado tienen ciertamente necesidad de nuevas reglas, pero tienen sobre todo una necesidad vital de comunión, de felicidad, de fiesta, de gratuidad. La EdC, la economía “chiariana” al producir estos bienes, da una contribución, toda suya pero no irrelevante, a los sueños y dolores de las mujeres y de los hombres de hoy.

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