El comportamiento social de los niños ayuda a los economistas a entender la sociedad

EconomÍa. Un estudio de Vittorio Pelligra y Luigino Bruni desmonta uno de los lugares comunes más extendidos.

El comportamiento social de los niños ayuda a los economistas a entender la sociedad

La actitud va cambiando con la edad, incluso con respecto a los valores de la existencia. El sentido que se da a las cosas depende del educador, pero los pequeños tienen una fuerte capacidad de compartir con los demás.

por Vittorio Pelligra

publicado en Il Portico dei giovani el 10/10/2010

Es convicción extendida entre los economistas, desde hace más de un siglo, que la mejor manera de explicar el comportamiento económico es asumir que cada uno de nosotros hace sus opciones y toma sus decisiones en base al mero interés individual.

En las últimas décadas, esta visión simplista y a fin de cuentas engañosa, ha sido puesta seriamente en duda por una serie de experimentos en los que se han aliado economistas y psicólogos buscando un modelo más realista.

De estos estudios surge la imagen de hombres y mujeres que, sin duda, persiguen intereses personales, pero sopesándolos con consideraciones de equidad, altruismo, reciprocidad, gratuidad y otras formas de “preferencia social”.

Dicho con palabras sencillas: cuando decidimos cómo comportarnos, la mayor parte de las veces no tenemos en cuenta solo las consecuencias de nuestros actos para nosotros mismos, sino también las repercusiones que, de distintas maneras, tendrán sobre los demás.

Hace algún tiempo empezamos a preguntarnos si esta tendencia a la sociabilidad es innata en el ser humano o aprendida. Es decir, si de algún modo se encuentra programada en nuestros genes o es fruto de la educación y del proceso de socialización.

A estas preguntas trata de contestar un estudio sobre el comportamiento económico de los niños, al que la International Review of Economics ha dedicado recientemente un número especial coordinado por mí y por el profesor Bruni, de la Universidad Bicocca de Milán.

La idea de fondo consiste en comparar el comportamiento de los niños y adolescentes con el de los adultos para comprobar en qué dirección evoluciona y en qué medida tal evolución se puede atribuir al proceso de socialización y de educación.

Si bien, por una parte, los niños ya en edad preescolar e incluso antes de aprender a hablar, muestran comportamientos de ayuda hacia los demás, este estudio muestra que el proceso de educación y socialización actúa de manera crucial sobre esta predisposición.

Muchas veces los comportamientos pro-sociales derivan del respeto a una norma que indica al niño lo que debe hacer y lo que no debe hacer en determinadas circunstancias: repartir a partes iguales, no robar, decir la verdad, etc.

 

Estos comportamientos se ven reforzados por la educación y por la presión social del grupo de pertenencia.

La vida social es importante porque el ejemplo de los padres (en primer lugar), de los amigos, de los maestros, contribuye de manera determinante a formar un código moral compartido, de preceptos y prohibiciones. También el sentido del valor sufre variaciones importantes con el desarrollo. Para un niño un diamante vale muy poco porque es “pequeño” y un árbol tampoco vale mucho, porque “no se puede transportar”.

 

También esta noción se modifica mediante la socialización. Depende de los adultos y del medio educativo el que un niño de más valor a un amigo auténtico o a un par de zapatos, a ver dibujos en solitario o a jugar al fútbol con los amigos.

La comprensión de los procesos de transformación de los modelos de comportamiento social y del concepto de valor puede tener no sólo interés científico, sino también otro más relevante, de tipo práctico e incluso diría que “político”.

Los estudios muestran que un elemento clave en la activación de comportamientos pro-sociales y altruistas en los niños y en los adolescentes es el desarrollo de la llamada “intencionalidad compartida”, o, lo que es lo mismo, la capacidad de compartir con los demás objetivos y finalidades comunes y de actuar en concierto para alcanzar tales fines.

Este es el elemento crucial sobre el que impacta la cultura de manera relevante.

A nuestros hijos y alumnos ¿les enseñamos con las palabras y con los hechos que los otros son un recurso y un fin o solo un enemigo potencial y un medio para alcanzar nuestros fines? Los mensajes que lanza la sociedad en sentido amplio ¿son mensajes comunitarios y de cooperación o individualistas y de competición? ¿Nos importa más formar individuos o personas en relación? Estos son los nudos culturales sobre los que, de acuerdo con los resultados de los más recientes estudios, una sociedad moderna que quiera avanzar e invertir en su futuro nunca debería dejar de interrogarse.

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