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Desescalada, el cansancio por el aislamiento provoca comportamientos equivocados

Mind the Economy, serie de artículos de Vittorio Pelligra en Il Sole 24 ore

Vittorio Pelligra.

Original italiano publicado en Il Sole 24 ore del 10/05/2020.

¿Podemos realizar voluntariamente una serie de acciones que consideramos equivocadas? Según Sócrates, no. Al menos es lo que Platón pone en su boca en el “Protágoras”: «Nadie tiende voluntariamente al mal, ni a lo que considera un mal. Me parece que no es propio de la naturaleza humana dirigirse voluntariamente hacia lo que se considera un mal, en lugar de al bien. Cuando nos vemos obligados a elegir entre dos males, ¿acaso alguien elegirá el mal mayor pudiendo elegir el menor?». 

Autocontrol y debilidad.

Aristóteles, años después, rebatirá esta postura, haciendo referencia a la dicotomía entre “enkrateia” y “akrasia”, el autocontrol y el poder que ejercemos sobre nosotros mismos, por una parte, y la debilidad de la voluntad, cuando no la actuación en contra del propio interés, por otra. En estos días de restricciones, aislamiento, indicaciones, controles y multas, ¿cuántos de nosotros, aun sabiendo perfectamente lo que es correcto y lo que no, hemos caído en la tentación de salir a dar una vuelta? ¿cuántos comportamientos de riesgo, en términos de potencial contagio, hemos asumido ya sea consciente o inconscientemente, o sencillamente porque estábamos cansados de meses de aislamiento y distancia social?

Formalismo y realismo legal.

Para tratar de responder a estas preguntas podemos empezar haciéndonos otra pregunta, solo aparentemente distante de nuestra cuestión principal. Cuando un juez dicta una sentencia, ¿qué tipo de decisión toma? ¿de qué depende la concesión de un arresto domiciliario en lugar de prisión preventiva, o una rebaja de la pena o el reconocimiento de atenuantes? A este respecto hay, desde hace tiempo, dos visiones contrapuestas. Por una parte están los sostenedores del “formalismo legal”, que consideran que la decisión es producto de un proceso racional de aplicación de las normas a una situación concreta; un proceso que se desarrolla de forma deliberativa, lógica e imparcial, casi mecánica. Por otra parte, encontramos la visión del “realismo legal”, que supone que la decisión está ciertamente guiada por normas y procedimientos codificados, pero, al mismo tiempo, se ve influida por factores externos de naturaleza psicológica, social y política.

Los estudios de los psicólogos.

Intentando poner algún hito empírico en esta diatriba, hace unos años Shai Danziger, Jonathan Levav y Liora Avnaim-Pessoa, psicólogos de la Universidad Ben Gurion y de la Universidad Columbia de Nueva York, decidieron llegar al fondo de la cuestión a través de la observación controlada del comportamiento real de un grupo de jueces. El punto de partida del estudio era el dicho popular de que “la justicia depende de lo que el juez haya desayunado”. Decidieron observar, durante un periodo de 50 días, a ocho jueces experimentados que debían tomar cada día una larga serie de decisiones relativas a la concesión de libertad vigilada. En cada caso, los autores del estudio tuvieron en cuenta todas las variables legalmente relevantes consideradas por el juez en su instrucción, como, por ejemplo, el número de codenas anteriores, la gravedad del delito, los meses transcurridos en la cárcel, la posibilidad de acceder a un programa de rehabilitación y otras semejantes. También registraron la hora de la vista de cada decisión y el orden con respecto al conjunto de decisiones de la jornada. A la vista de cada caso se dedicaban por término medio 6 minutos, tras los cuales se comunicaba la decisión al solicitante. Eran jornadas de trabajo intensas y repetitivas, interrumpidas por dos pausas, una a media mañana para tomar un café y otra para la comida. Estas pausas dividían la jornada laboral del juez en tres segmentos: primera hora de la mañana, última hora de la mañana y tarde. Los autores concretamente se concentraron en la relación entre la probabilidad de emitir una decisión favorable y el momento de la jornada en que se veía la petición. En este sentido, era lícito esperar que la probabilidad de aceptar una petición fuera independiente de la hora en que se examinaba. Esto al menos es lo que sostienen los formalistas legales.

Los realistas, por su parte, consideran, entre otras cosas, los efectos de la repetitividad de la tarea y su influencia en la calidad de la decisión, haciendo que prevalezcan, por ejemplo, los aspectos automáticos, emotivos o las simplificaciones excesivas. Según esta postura, la probabilidad de una decisión favorable tendería a disminuir a lo largo de la jornada, con valores más altos por la mañana e inferiores por la tarde. Pero los datos del estudio, al final, mostraron resultados diferentes, sorprendentemente diferentes. El significado de la expresión “la justicia depende de lo que el juez haya desayunado” tenía, a la luz de la evidencia recogida, un valor mucho más literal de lo que cabría imaginar. La probabilidad de aceptación de la petición era muy alta al comienzo de la jornada, cuando casi el 65% de las peticiones era juzgada favorablemente, pero después comenzaba a reducirse muy rápidamente hasta llegar a cero. A continuación, el juez y sus colaboradores hacían la primera pausa: fruta, snack, una bebida y vuelta a las audiencias. De nuevo la probabilidad de un resultado favorable aumentaba, llegando al 65% pero después, tan rápidamente como antes de la primera pausa, tendía nuevamente a cero. Por la tarde, un nuevo pico y después otra caída. Así pues, de cara a la aceptación de una petición, el orden en que esta era examinada era menos determinante que la distancia con respecto a las pausas que dividían la jornada laboral del juez (Danziger S. et al., “Extraneous Factors in Judicial Decisions”, Proceedings of the National Academy of Sciences, April 26, 2011, vol. 108, pp. 6889–6892).

Los experimentos.

Otro ejemplo, menos dramático pero igual de indicativo sobre el fenómeno en cuestión, lo encontramos en un experimento en el que a dos grupos de participantes se les mostraba una película. Mientras respondían a un cuestionario sobre el contenido de la película, todos los participantes tenían a su libre disposición una mesa con snacks. En la segunda parte del experimento, a ambos dos grupos, uno de los cuales estaba formado por personas a dieta, se les pedía que probaran un helado y respondieran a algunas preguntas acerca de su calidad, sabor, consistencia, etc. Los datos mostraron que los participantes que estaban a dieta, generalmente, eran capaces de vencer la tentación de comer los snacks, pero en la fase siguiente disfrutaban del helado gratis mucho más abundantemente que los participantes que no estaban a dieta. Haber vencido la tentación de los snacks le hacía más vulnerables a los halagos del helado (Vohs, K. Heatherton, T., 2000. “Self-regulatory failure: A resource-depletion approach”, Psychological Science, 11(3), pp. 249–254). En otro experimento se instruyó a los sujetos para que comieran rabanitos estratégicamente situados al lado de unas deliciosas galletas de chocolate. Los que vencieron la tentación de comer las galletas, fueron también los más rápidos, por término medio, en abandonar el desafío de resolver un complejo rompecabezas que exigía planificación y perseverancia (Baumeister, R., et al. 1998. “Ego depletion: Is the active self a limited resource?”, Journal of Personality and Social Psychology 74(5), pp. 1252-1265).

El agotamiento del ego.

Son casos diferentes de un mismo fenómeno, conocido como “agotamiento del ego” (Ego depletion). Este fenómeno produce comportamientos extraños. Por ejemplo, después de un esfuerzo de voluntad o de autocontrol somos menos capaces de ejercer nuestra capacidad de juicio y resolución de problemas; nos quita lucidez y rapidez de decisión, nos hace más vulnerables a las tentaciones y más disponibles a comportamientos contraproducentes. En términos freudianos se podría decir que el Yo se apropia de los deseos del Super-Yo de un modo tan natural que puede incluso llevar al Yo a no dejar que el sujeto haga lo que el Yo desea. En términos más modernos podemos decir que las funciones ejecutivas que nuestro cerebro utiliza para ayudarnos a planificar las acciones, a suprimir los impulsos y a posponer las gratificaciones inmediatas, son temporalmente puestas en jaque por un “ejercicio” excesivo del autocontrol y la volición en situaciones de conflicto.

Los lazos entre autocontrol y falta de honradez.

Un aspecto particularmente inquietante de los estudios sobre el “agotamiento del ego” es el relativo a los lazos entre el autocontrol y la falta de honradez. Experimentos recientes han sacado a la luz, por ejemplo, que el excesivo recurso al autocontrol puede inducir comportamientos más deshonestos, que la exposición prolongada a una tentación está ligada a una reducción de la conciencia moral ante un dilema ético, y que este es más fácil cuanto más bajo es el nivel de identidad moral del individuo. En otros términos, cuando el agotamiento del ego priva al sujeto de la “energía mental” necesaria para distinguir claramente lo correcto de lo equivocado, los comportamientos deshonestos y oportunistas son más frecuentes. Esto se aplica no tanto a aquellos que, voluntariamente y con premeditación, se disponen a violar las normas formales o morales, sino más bien a aquellos que, animados por las mejores intenciones, acaban violando sus propios principios en los que creen firmemente.

Hay quien opina que esto ocurre porque la “energía” que utilizamos para estas tareas es específica y limitada y, por consiguiente, si la usamos en exceso para una tarea, deja de estar disponible para las siguientes. Otros, en cambio, sostienen que la clave es motivacional: cuando explotamos excesivamente nuestra capacidad de autocontrol, sustituimos la motivación para seguir haciéndolo por la motivación que nos impulsa a realizar actividades más gratificantes, como comer o divertirnos. Los contextos reales en los que ponemos a prueba y sobreexplotamos nuestra capacidad de autocontrol son innumerables: cuando trabajamos con plazos demasiado cortos, cuando nos sentimos apretados en el asiento de un avión lleno de pasajeros o en el habitáculo de nuestro automóvil en medio de un atasco, o cuando intentamos que no nos influya nuestra natural simpatía o antipatía hacia un alumno o un cliente. También nuestro lenguaje es, de algún modo, revelador. ¿Qué indica la expresión “estoy perdiendo la paciencia” sino que el recurso paciencia es limitado y que un ejercicio más intenso de la virtud en un contexto hace más probable su ineficacia en otro?

El ejercicio de la paciencia.

¡Cuánto hemos tenido que ejercitar la paciencia, entre otras virtudes, estos meses! Sería interesante hacer un inventario sui generis para conocer nuestras reservas personales y sociales de autocontrol y virtudes civiles. Sería interesante, por ejemplo, verificar si ha cambiado – y cómo lo ha hecho – la actitud de los padres, obligados forzosamente a la autodisciplina doméstica, con respecto a los hijos. El ejercicio del autocontrol en un contexto ¿puede haber influido en el ejercicio de la misma virtud en otro? ¿Y los profesores con los alumnos? ¿Y los jefes con los empleados? ¿Y los electores con sus representantes? Los estudios sobre el agotamiento del ego parecen mostrar que eso es exactamente lo que ocurre. Dado que el autocontrol es un recurso limitado, paradójicamente, no hay que abusar de él. Cuanto más fuerte y dispuesta al uso esté nuestra virtud, tanto menos obligados estamos a recurrir a ella. “No hay que estirar la cuerda”, dice otra expresión reveladora.

Cómo gestionar el control de nosotros mismos.

Pero si las virtudes de la paciencia y el autocontrol están sometidas al cansancio, como los músculos de un atleta tras un esfuerzo prolongado, ¿sería posible entrenarlas para que sean más resistentes, como se hace con los músculos de los atletas? ¿Podríamos aprender a gestionar nuestro propio autocontrol de manera mejor y más eficaz? ¿Y aprender a dosificar el cansancio del ego para poder tomar mejores decisiones, sobre todo en el gimnasio tan especial de esta larga cuarentena? Algunos elementos interesantes pueden surgir de esta breve exposición. Por ejemplo, si tenemos que tomar decisiones importantes, es mejor hacerlo después de la pausa para el café que antes.

Metáforas aparte, ser conscientes de las implicaciones que conllevan las decisiones que nos aprestamos a tomar debería impulsarnos a crear y buscar las condiciones de contexto para que la decisión sea más practicable y nosotros estemos en las mejores condiciones para tomarlas. Sabemos que nunca es buena idea hacer la compra poco antes de cenar, cuando estamos cansados y hambrientos. De la misma manera, los estudios demuestran que no todos los músculos morales son iguales. Las personas que tienen una estructura de valores más sólida son menos vulnerables ante las consecuencias negativas del agotamiento del ego. Facilitar la maduración de esta estructura, sobre todo en las personas más jóvenes, puede tener repercusiones positivas a través de múltiples e imprevisibles canales. Para eso necesitamos poner como ejemplo modelos creíbles a los que seguir.

La iniciativa contra el agotamiento del ego.

Otro integrador moral que nos ayuda a luchar contra el agotamiento del ego es la iniciativa: vivir activamente y con sentido emprendedor, en lugar de pasivamente y con resignación. La primera actitud produce sentido y autoestima, la segunda rabia y frustración. Hemos visto estos meses muchas iniciativas, que van desde individuos hasta empresas que reconvierten su producción y se ponen a fabricar mascarillas, batas, respiradores y protectores faciales; maestros y profesores que trabajan el doble ingeniándoselas para que a sus alumnos y estudiantes no les falte nada, ni siquiera la cercanía humana; jóvenes que, en las comunidades de vecinos, se ofrecen para comprar alimentos o medicinas a sus vecinos más mayores. 

La iniciativa, en este sentido, nos hace libres porque nos libera de la pasividad de las respuestas automáticas a los cambios. Si además esta iniciativa está dirigida a los otros, entonces nos hace doblemente libres. Solo saldremos de este maratón viral más fuertes si en estas semanas entrenamos y tonificamos nuestro músculo moral. Lo necesitaremos para los meses que vienen.

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