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El error de Maquiavelo. Normas, autoridad y confianza para construir el futuro

Mind the Economy, serie de artículos de Vittorio Pelligra en Il Sole 24 ore.

Vittorio Pelligra

Original italiano publicado en Il Sole 24 ore del 26/04/2020.

Estas semanas todos estamos viviendo un gran experimento. Nuestros países se han convertido en un gigantesco laboratorio. Todos somos partícipes de un enorme ejercicio de coordinación colectiva en el que, más o menos de buen grado, hemos aceptado una fortísima limitación de la libertad, como paso necesario para preservar esa misma libertad, con la esperanza de volver a la vida normal lo antes posible.

El respeto de las reglas y las motivaciones.

Es un gran experimento de psicología social y análisis político al mismo tiempo. A pesar de la diversidad de nuestras orientaciones, condiciones y creencias, ¿qué motivaciones nos impulsan a respetar de manera bastante voluntaria las reglas de la cuarentena? ¿qué instrumentos normativos y persuasivos se han mostrado tan eficaces como para convencernos de que debemos autorrecluirnos tantos días seguidos? Puede parecer extraño, pero estas preguntas, en el fondo, son las mismas que subyacen en muchas reflexiones políticas sobre el tema de la libertad y el gobierno, desde Maquiavelo hasta Hobbes y desde Locke hasta Rousseau.

Entre “libertad civil” y “barbarie gótica”.

En su libro “Commonwealth of Oceana” (1656), James Harrington propuso una división histórica en torno a dos visiones distintas sobre este tema. Por una parte, la tradición política que nace con el pueblo de Israel, pasa por los griegos y llega hasta la Roma republicana. Por otra parte, la tradición que comienza con la ascensión de Julio César y acaba con el sofocamiento de la libertad y la deformación «de toda la faz del mundo con estas malas formas de gobierno»: la era de los poderes absolutos. 

La primera es una edad de igualdad y libertad civil, la segunda un tiempo de “barbarie gótica” y coerción. Según algunos intérpretes acreditados, como Quentin Skinner, por ejemplo, las posiciones políticas liberales contemporáneas de autores tan diversos entre sí como John Rawls y Robert Nozick, están en continuidad con la tradición “gótica”, que ve la libertad como un derecho natural y la coerción como su negación directa. En esta línea, una tarea principal de todo buen gobierno consistiría en extender lo más posible el dominio de la primera sobre la segunda.

Afortunadamente, según Harrington, la noble tradición republicana de las virtudes y de la “antigua prudencia” cobra nueva vida contra la «barbarie moderna» en la obra de un pensador – «el único estudioso político verdadero» – capaz de comprender plenamente y recuperar la antigua teoría clásica de la libertad: Nicolás Maquiavelo. La pregunta de partida para la reflexión de Maquiavelo es la misma que para los “góticos”: ¿cómo respetar la más amplia libertad individual viviendo en una comunidad donde la libertad de cada uno choca con la de los demás? Para entender plenamente las respuestas es necesario indagar, en primer lugar, en la raíz de este conflicto.

Hobbes vs Maquiavelo.

Según la “tradición gótica” de Hobbes y Rawls, esta raíz se encuentra en la tendencia humana al egoísmo, en la propensión natural a seguir únicamente el propio interés personal incluso a costa de otros. Sin embargo, Maquiavelo, siguiendo la tradición neorromana, está convencido de que el egoísmo y la ambición afectan principalmente a los “grandes”, a los jefes, a los que ocupan posiciones relevantes en el orden social, mientras que, generalmente, el resto principalmente desea «no ser dominado y por consiguiente tiene más voluntad de vivir libre».

Para eso, según el florentino, el buen gobierno, antes que nada, cuenta con instituciones participadas que garantizan la ausencia de «dependencia o servidumbre», ya sea impuesta por un conquistador externo, o derivada de un exceso de poder interno.

Mientras la tradición contractualista hobbesiana busca la solución al problema de la armonización de las libertades individuales en el nacimiento de una autoridad superior dotada de fuerza vinculante, Maquiavelo está convencido de que un gobierno solo puede garantizar estas libertades si está firmemente en manos de los ciudadanos, solo si estos son capaces, mediante su gestión directa, de protegerlo de derivas autoritarias. Este es un deber de todos, un compromiso que nadie debe eludir.

En el fondo, para Maquiavelo la libertad es una forma de servicio. Es producto de la virtud. Mientras para los teóricos góticos la libertad es fruto de la limitación del egoísmo y del miedo al uso de la fuerza, para Maquiavelo esta surge de la promoción de las virtudes. ¿Cómo transformar, entonces, nuestra natural tendencia al ocio, a la inacción o a la ambición, en virtudes públicas? ¿Cómo disciplinar nuestros procesos motivacionales de forma que el ocio, la inacción o la ambición no nos lleven hacia el autoengaño y hacia conductas lesivas de nuestra propia libertad? Este autoengaño es la corrupción de la que hay que alejar a los ciudadanos.

Los cuatro caminos de Maquiavelo.

Pero ¿cómo hacerlo? Maquiavelo, siguiendo una amplia tradición, señala cuatro caminos: el primero es la educación. Siguiendo la tradición pedagógica de Erasmo, sostiene con convicción la importancia de una educación cívica que dirija, ya desde edad precoz, a los futuros gobernantes y a los ciudadanos hacia comportamientos informados por las virtudes públicas. En el segundo camino, complementario del primero, el ejemplo de los jefes virtuosos es el que promueve la virtud. Remontándose a la tradición republicana, Maquiavelo apunta a «demostrar a cualquiera hasta qué punto las acciones de los hombres particulares hicieron grande a Roma y causaron en aquella ciudad muchos buenos efectos».

Sin embargo, dado que la aparición de un hombre virtuoso en la república es siempre un don de la fortuna, acaba por no confiar demasiado en este camino y se mueve hacia otros. El terceo que indica tiene que ver con la religión: un uso estratégico de las creencias religiosas de los ciudadanos que permita impulsarlos hacia una coexistencia ordenada. Los jefes romanos, por ejemplo, cuenta el florentino, usaron a menudo las supersticiones de sus ciudadanos para crear la ilusión de que actuaban con el favor de los dioses. Pero también, al final, dice albergar dudas sobre este medio, sobre todo porque sería poco eficaz en sociedades donde la religión principal fuera el cristianismo.

En conclusión, y este final parece bastante sorprendente a la vista de las premisas de partida, Maquiavelo alberga muchas dudas sobre la posibilidad de modelar las motivaciones más corruptas del ser humano y encaminarlas a la virtud, y concluye que “quien dispone una república y ordena leyes en ella, necesita suponer que todos los hombres son reos y usan la malignidad de ánimo cada vez que tienen libre ocasión”. Aun partiendo de premisas diferentes, el resultado al que llega la tradición neorromana no parece alejarse mucho de la gótica. La antropología negativa de la que parte una y a la que llega la otra produce el mismo fruto: la convivencia se regula contra natura, limitando, embridando u obligando a seres libres y fundamentalmente amorales a tomar decisiones compatibles con el bien común; decisiones que serían imposibles de perseguir en ausencia de tales obligaciones.

Cadenas y libertad.

En Hobbes, la fuerza preside la vida social – «los pactos sin espada son solo palabras» – y para Maquiavelo, las leyes rigen la república – «el hambre y la pobreza hace industriosos a los hombres y las leyes los hacen buenos». En el fondo del pensamiento político moderno yace, casi en secreto, una inextricable paradoja: el pueblo debe ser «encadenado por estas leyes» para poder vivir libre. Pero ¿puede la libertad nacer de las cadenas?

La experiencia de estas semanas de cuarentena muestra otra realidad. Ciertamente no es más que un ejemplo, pero no es aislado ni de pequeñas proporciones. Esta experiencia nos dice que ciertamente no son las leyes ni el miedo a las sanciones lo que ha mantenido y sigue manteniendo a millones de personas “encadenadas” en sus casas, sino más bien el deseo de hacer, cada uno, la parte que le corresponde en este proyecto común de protección recíproca. Por eso mismo, “encadenarse” en casa es un acto de gran libertad.

Respeto voluntario de las reglas.

A pesar de que la narración periodística y las crónicas, un poco descuidadas y rancias, traten por todos los medios de poner de relieve las culpas de unos pocos, dando un espacio desproporcionado a los violadores de las reglas de la cuarentena y a las igualmente desproporcionadas reacciones por parte de las autoridades de vigilancia, lo que nos dicen los números es que la inmensa mayoría de los ciudadanos ha respetado las disposiciones de manera fiel y totalmente voluntaria. Así lo dicen los datos geolocalizados publicados hace unos días por Google, y así lo dice una reciente investigación que hemos puesto en marcha junto con algunos colegas de la Escuela de Economía Civil (Luigino Bruni, Dalila de Rosa, Alessandra Smerilli, Tommaso Reggiani, Matteo Rizzolli y Paolo Santori).

El análisis relativo a una muestra representativa de la población italiana muestra que el 95% está convencido de que las medidas de cuarentena son correctas. Las razones prevalentes son, por este orden: porque contribuyen a contener la difusión del virus (67%), porque de esta manera se evita contagiar a otros (21%) y porque así evito contagiarme yo (8%). Solo 5 de cada 100 están convencidos de que las disposiciones no son adecuadas. Así mismo, en una escala de 1 a 10, el 65% otorga la máxima puntuación a la atención y a la escrupulosidad con que respeta las prescripciones de distanciamiento social, con una puntuación media de 9.2); solo el 0.5% otorga la puntuación más baja.

Los almacenes siempre abiertos de Packard.

Como sabemos, las sanciones refuerzan pero no siempre convencen a quien no está ya convencido. Es más, a veces pueden tener un efecto contraproducente. Las sanciones a menudo llevan un mensaje de desconfianza y este mensaje puede tener un efecto desmotivador: tú no te fías y yo me siento autorizado a darte la razón comportándome de forma poco fiable. Por el contrario, la confianza crea fiabilidad. Es el principio de la “correspondencia fiduciaria”. En su autobiografía, David Packard, el fundador de Hewlett-Packard, escribe: «A finales de los años 30, cuando trabajaba en General Electric, los jefes prestaban mucha atención a la seguridad en las instalaciones. (…) GE era especialmente celosa en el control de las herramientas y los componentes mecánicos, para evitar que los obreros pudieran llevárselos. Como respuesta a esta evidente manifestación de desconfianza, muchos obreros se sentían justificados y robaban siempre que tenían la posibilidad. (…) Cuando fundamos HP, estos recuerdos estaban muy vivos y por eso decidimos dejar nuestros almacenes de componentes y herramientas siempre abiertos. Esto nos supuso dos ventajas: ahorramos en vigilancia y sobre todo creamos un clima de confianza, que se convirtió en la forma de hacer negocios de HP».

La desconfianza crea oportunismo. En cambio, la confianza contribuye a aumentar la fiabilidad. El error de Maquiavelo, si así podemos llamarlo, consistió en no comprender que las leyes, las preferencias, las normas formales y el carácter de los ciudadanos no son independientes; co-evolucionan, se entrelazan y se plasman mutuamente creando equilibrios múltiples que se autorrealizan. Pensar o hacer pensar (con mensajes mediáticos equivocados, por ejemplo) que las personas son deshonestas y más trasgresoras de lo que en realidad son, conducirá a formas de regulación tanto más apremiantes cuanto inútiles, porque serán difíciles de respetar, y contraproducentes porque suscitarán oportunismo. En cambio, promover un clima de confianza y lanzar un mensaje realista sobre el grado de respeto de las normas favorecerá la fiabilidad y la imitación que, a su vez, promoverán la adhesión a la norma. 

La correspondencia fiduciaria.

El poder de Hobbes, la ley de Maquiavelo y la idea de la correspondencia fiduciaria son los vértices de un trilema que caracteriza a todos los sistemas liberales de gobierno: no es posible obtener el respeto de las normas preservando al mismo tiempo la libertad individual de la injerencia del poder (Hobbes); no es posible gobernar el egoísmo individual solo con leyes formales (Maquiavelo); las leyes y preferencias individuales co-evolucionan y, del mismo modo que las leyes que dan confianza crean confianza, las leyes que implican desconfianza destruyen la confianza (correspondencia fiduciaria).

El gran experimento de la cuarentena parece, afortunadamente, encaminarse hacia una lenta conclusión, pero los desafíos que tendremos que afrontar en la “fase 2” son muchos y solo parcialmente conocidos. Habrá que coordinar las acciones de millones de personas para poder tener la esperanza de volver a una nueva normalidad en el menor tiempo posible. Este esfuerzo implicará un grado nunca visto de cooperación entre individuos; un grado de cooperación que no podrá obtenerse solamente mediante mecanismos sancionadores.

Ciudadanos mucho más colaboradores y respetuosos que lo que dice la narración.

Entonces, ¿se asomará Hobbes nuevamente a la ventana? Para poder gestionar eficazmente este proceso ¿se centralizará y se fortalecerá aún más la autoridad o, por el contrario, se decidirá descentralizar, delegar y alimentar procesos de confianza? Un primer resultado del experimento ya lo hemos comprobado: los ciudadanos son mucho más colaboradores y respetuosos de las normas de cuanto nos hacen creer la narrativa mediática y los lugares comunes extendidos. Hay que proteger, cultivar y poner en valor este valioso recurso. Hay que evitar cuidadosamente el peligro de que se evapore por culpa de proyectos institucionales y normas disfuncionales y contraproducentes.

El gobierno y el parlamento, junto con las autoridades regionales y los alcaldes están llamados hoy a un gran desafío también desde este punto de vista. Veremos qué piensa nuestra clase política de los ciudadanos que gobierna. Será una prueba de fuego para comprender sobre qué fundamento antropológico basan las clases dirigentes su acción.

Hacer que emerja lo mejor de ser humano.

También veremos la madurez de la sociedad civil organizada. Veremos qué espacios es capaz de conquistar, qué cualidades es capaz de activar. Y veremos cómo reparten los ciudadanos sus votos. Muchas cosas comienzan a cambiar, tal vez también la organización institucional formal e informal. En muchos aspectos hay que desear que así sea. Elinor Ostrom, en la conferencia que impartió con ocasión de la entrega del premio Nobel sugirió un camino para el cambio: «La preocupación principal de los políticos y de los gobiernos durante gran parte del siglo pasado consistió en proyectar instituciones capaces de forzar o dirigir a individuos puramente autointeresados hacia la obtención de resultados óptimos. Mis investigaciones me han llevado a pensar, en cambio, que el objetivo fundamental de las políticas públicas debe ser desarrollar instituciones capaces de sacar lo mejor de cada ser humano».

El futuro hay que proyectarlo hoy.

Después de la pandemia, el mundo ya no será el mismo. Muchos lo han escrito. Pero hay que añadir que el futuro hay que proyectarlo ahora, hay que pensarlo hoy, hay que compartirlo y construirlo juntos. Porque hay mucha más energía positiva, más capacidad de hacer cosas juntos, más altruismo y más inteligencia de cuanto se dice. No debemos desperdiciar estos recursos. Los músculos que no se trabajan, se atrofian. Estas fuerzas solo esperan ser movilizadas. O quizá dejen de esperar y comiencen, como muchos han hecho ya, a movilizarse por sí solas.

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