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La realidad concreta de la Pascua en el tiempo del virus y las mascarillas

Mind the Economy, serie de artículos de Vittorio Pelligra en Il Sole 24 ore.

Vittorio Pelligra

Original italiano publicado en Il Sole 24 ore del 12/04/2020.

La epidemia ha originado una profunda síntesis en nuestras comunidades, mediante la combinación de la distancia física con la cercanía humana, acentuada por una clara conciencia de un destino común. En este movimiento de alejamiento y acercamiento descubrimos nada menos que la ambivalencia fundacional de la modernidad, quizá la más profunda y misteriosa, que a todos nos afecta y surge de la contraposición entre las categorías de “communitas” e “immunitas”.

El “contagio de la relación”, de acuerdo con la cristalina expresión de Roberto Esposito, es el germen del que nace el proyecto político y social de la modernidad occidental, y hoy se ha convertido en una realidad de evidencia diaria, en una vivencia que transparenta la experiencia cotidiana, en una amenaza tan concreta como nunca habríamos podido imaginar. Esta contraposición, en este tiempo, en medio de la tragedia que estamos viviendo, adquiere un tinte de realidad inédito, y ocupa tanto espacio que se hace necesaria una reflexión urgente que arroje un poco de luz sobre su naturaleza, pero, sobre todo, sobre su destino y el nuestro.

Un regalo que requiere ser correspondido.

La comunidad, el “cum-munus”, encuentra su fundamento en la naturaleza obligacional del don. “Munus” y no “donum”. La raíz “mei-” enfatiza la naturaleza prescriptiva del don, que se convierte en vínculo y lazo. Este tipo de don requiere ser correspondido. Como nos ha enseñado Marcel Mauss, este tipo de don precede lógicamente a la práctica del intercambio y, de alguna manera, la fundamenta. El don, en este caso, pone de manifiesto el deber de corresponder, crea una deuda contraria, un tributo no voluntario que la relación con el otro nos exige aceptar. Así pues, la relación con los demás, la comunidad misma, nace de un vacío. No nace de una propiedad o característica común que nos hace semejantes a otros, sino más bien de una sustracción que nos priva de la esa cualidad definitoria y nos convierte en deudores. Nos unimos porque somos deudores unos de otros.

Podemos intuir, entonces, por qué una reflexión sensata sobre la categoría de la vida en común no debe centrarse tanto en la oposición público-privado como en la díada definida por el contraste entre “communitas” e “immunitas”.

En otras palabras, para comprender el lazo que nos une y nos mantiene juntos como comunidad, no hace tanta falta entender la diferencia entre lo mío y lo de todos, como la diferencia entre estar obligado al “munus” y ser inmune a tal obligación, estar exento de ella, estar dispensado del deber de devolución. El proyecto de la modernidad política y económica se puede leer, con Hobbes y Smith, como un proyecto de inmunización al “contagio de la relación”: disfrutar de los beneficios de la vida asociada, pero sin asumir la obligación de devolver la deuda a los otros. Hobbes pone este tema en el centro mismo de su antropología: lo que hace que unos hombres se parezcan a otros es, ni más ni menos, que su “común matabilidad”. Nadie es tan débil como para que le resulte imposible, con astucia o engaño, matar a otro, si llega el caso.

La lección de Hobbes.

En este presupuesto se basan “metus et spes”, el miedo y la esperanza. El miedo al hombre, homini lupus, y la esperanza en un orden político emergente, capaz de perdonar nuestras deudas y de este modo “embridar la ambición, la avaricia, la ira y las demás pasiones de los hombres”. En la portada de la primera edición del Leviatán se muestra a plena luz el secreto de esta esperanza. El cuerpo del gigante surge detrás de las colinas llevando en su mano izquierda el símbolo de la autoridad, el báculo, y en la derecha el de la fuerza, la espada, indicando el monopolio en el uso del poder coercitivo. La conformación del cuerpo del Leviatán es reveladora. Está formado por pequeños cuerpos de ciudadanos que, con la autolimitación de su libertad, deciden atribuir al gigante autoridad y fuerza. Estos ciudadanos se encuentran unos al lado de otros, pero en su cercanía están muy lejos. Ninguno se toca de verdad. Ninguna mirada se cruza. Todos miran al gigante y sus miradas no solo significan apoyo, dependencia y atención a sus mandatos, sino también distancia, lejanía e independencia, ruptura de todo contacto horizontal. El riesgo de la relación, la común matabilidad, es esterilizado – otro término virológico – mediante una inmunización que prevé nuevas relaciones interhumanas; nuevas porque ahora están mediadas por la acción y el “imperium” del poder constituido.

Así pues, ya no se trata de relaciones horizontales entre iguales, sino que el encuentro con el otro se produce a través de la ley, en un movimiento vertical de subida y bajada hacia y desde el mediador. No se trata ya del estado de naturaleza, donde se vivía en un estado de miedo, sino del miedo al estado, cuyo deber, ahora, no consiste tanto en eliminar el miedo como en hacerlo patente.

La espada y el báculo. Ya era así, en muchos aspectos, en las tradiciones monoteístas, donde las relaciones entre iguales estaban medidas por lo Sagrado, donde la confianza recíproca estaba garantizada por la fe en un mismo Dios. Se consideraba infieles, antes que nada, a los que no eran dignos de fe, a los que no eran de fiar, precisamente porque habían quedado fuera del proceso de mediación garantizado por el Dios común. Los infieles eran tan poco dignos de confianza que su testimonio no se consideraba válido ante un tribunal. En la tradición patrística, estos eran los seguidores de Caín, el que no tiene nombre, prototipo del infame, es decir el innombrable. Así pues, la mirada dirigida al común mediador, “Deus mortalis” o “inmortalis”, secular o sagrado, permite una relación inmune al riesgo de contagio; una relación-no-relación.

La lección del mercado.

Un movimiento parecido, en la esfera económica, se observa con el nacimiento del mercado, con sus primeras instituciones, como la carta de crédito y, más en general, el “ius mercatorum”. Este último no era otra cosa que el corpus jurídico elaborado dentro de la clase de iguales para regular las relaciones de intercambio, intrínsecamente expuestas al riesgo de la traición y el oportunismo. El cum-munus era la esencia misma y la razón última de la convivencia, pero, al mismo tiempo, era exorcizado mediante la ley y el mecanismo del precio. Este último tenía la función de esterilizar la obligación naciente del munus, flanqueado rápidamente por el instrumento del contrato que expresa, primariamente, lo que no es don.

El poder político, por una parte, y la lógica mercantil, por otra, han sido las instituciones inmunizadoras que han caracterizado, hasta nuestros días, el proyecto de la modernidad occidental. Este proyecto lleva en su raíz el riesgo del “cum-munus” y desemboca en la más radical renuncia al “cum”, a lo que en definitiva es más propiamente humano, es decir a la relación. Es un proyecto que – volviendo a las palabras de Roberto Esposito – “vive en la renuncia a convivir”. Sin embargo, hoy más que nunca, este proyecto se revela ilusorio. En el contagio pandémico, el estado y el mercado ya no son suficientes para protegernos del riesgo de la relación. ¿Qué ocurrirá mañana con la promesa de la modernidad, dado que hoy su proyecto inmunitario parece estar de facto profundamente en crisis?

¿Qué sucederá después del aislamiento?

¿Un regreso rousseauniano al aislamiento pre-social? ¿Una solución a la cuestión de la sociabilidad que la niegue y la disuelva? ¿o que resuelva el conflicto gracias únicamente a la lejanía buscada y a la infrecuencia de los encuentros? “Aspiro al momento en que, liberado de estorbos (…) solo me necesite a mí mismo para ser feliz”, nos confiaba Rousseau en el Emilio. No es difícil notar en esta aspiración aislacionista un posible camino de sublimación de la tragedia epidémica de estos tiempos. Tal vez este sea el peligro más grande: acostumbrarnos a la a-sociabilidad. Esto, por otro lado, representaría también una involución del pensamiento; más aún, un movimiento que extinguiría el pensamiento mismo, porque como prontamente pone de manifiesto Kant, para el mismo Rousseau la comunidad es el lugar donde el pensamiento se desarrolla, su precondición y su ámbito natural.

Aquí el cambio, para ser eficaz, debe implicar una ruptura radical. Nos lo recuerda Annette Baier, por ejemplo, cuando, comprendiendo plenamente los rasgos psicológicos, mejor que los filosóficos, de la cuestión, nota cómo los filósofos morales se han acercado a la categoría de la relación elaborando, a lo largo de los siglos, una especie de fijación totalmente masculina en el concepto de “contrato”. Según la crítica feminista de Baier, la mayor parte de los filósofos morales eran “gais, clérigos, misóginos y puritanos mojigatos”, tal vez no en los hechos, pero sí ciertamente en el espíritu.

Por consiguiente, no debería sorprendernos demasiado que eligieran dirigir su atención exclusivamente hacia ideales de “relaciones frías y distantes, como las que podrían subsistir entre extraños, adultos e iguales entre sí; relaciones típicas, por ejemplo, de miembros de un club exclusivamente masculino”. Por eso, continúa Baier, históricamente se ha infravalorado el papel de las “redes de lazos de confianza que conectan entre sí a la mayor parte de los agentes morales”.

La vita en común de Todorov.

El ser humano no nace como consecuencia de la lucha (regulada por un contrato) sino más bien como consecuencia del amor, como nos recuerda Tzevan Todorov en su obra “La vida en común”. El primer acto específicamente humano del niño, después del nacimiento, es la búsqueda de la mirada de la madre. Esta mirada constituye y confirma el ser que ha venido al mundo, y es una respuesta indispensable a la necesidad fundamental de reconocimiento que cada uno de nosotros lleva en lo profundo. En este símbolo del nacimiento, tal vez podamos encontrar alguna sugerencia útil para comprender cómo superar la oposición communitas-immunitas, que las extraordinarias circunstancias de hoy nos exigen. Un intento de respuesta a la pregunta “¿cómo se mantendrán unidas las comunidades de no-inmunes, de susceptibles al contagio, a pesar del riesgo nuevo y concreto que el otro representa?” La mirada materna, amorosa y solícita, es la imagen y el camino para pasar del “munus” al “donum”, de un don que nos ata a un don que nos libera y nos conduce desde el vínculo del intercambio de equivalentes a la libertad de la gratuidad.

Vivimos juntos pero distantes. Seguimos siendo comunidades en busca de una nueva inmunidad. Vivimos relaciones que rehúyen el cuerpo, el contacto; en un tiempo de Pascua, donde el papel central del cuerpo, crucificado y martirizado, casi se desvanece, para vivir solo y más sinceramente la experiencia universal de la distancia, la ruptura e incluso el abandono. Cristo en la cruz vive una experiencia, de contornos indecibles, del abandono del Padre. Su grito: “Eli, Eli, lema sabactani?” (Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Mt 27,46) es un símbolo potente de la fecundidad implícita en el don de la vida. Este don, que llega hasta el abandono, nos constituye en un “uno” social, en una comunidad de personas capaces de dar gratuitamente sin pedir nada a cambio.

Este año, la realidad de muerte y la espera de la resurrección de la Pascua es más concreta que nunca. La imagen de un Dios colgado de una cruz, con toda la crudeza del Grünewald de Basilea, nos habla de una llaga que hay que curar, de una distancia que hay que llenar, de un abandono que hay que consolar y de una separación que hay que recomponer. Esta realidad, en muchos casos, la experimentamos concretamente hoy a nuestro alrededor: en nuestros seres queridos, en nuestros vecinos, en las historias, en los lugares y en las ciudades heridas. Quizá a partir de la paradoja de la cruz, creyentes y no creyentes podamos encontrar un sentido diferente a nuestro ser comunidad humana, para ir más allá del miedo y del deseo de inmunizarnos. 

Los ojos de muchos médicos y enfermeros, voluntarios y trabajadores, detrás de las mascarillas y las pantallas, no renuncian al contacto con el enfermo o con la amenaza que el otro representa. Porque solo con ese contacto, potencialmente contaminante, podemos esperar inmunizarnos verdaderamente y hacernos más fuertes y resistentes al mal. Pero sabemos que la inmunidad es un asunto colectivo. No nos salvamos solos. Por eso, no bastan los gestos de apertura, acogida y consuelo de a unos pocos, sino que deben hacerse comunes, ya hoy, y convertirse en la clave de nuestro “después”, del futuro de nuestros hijos. 

Feliz Pascua.

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