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Coronavirus: la emergencia y la peligrosa tentación del líder. Usemos los anticuerpos contra el macho alfa

Mind the Economy, serie de artículos de Vittorio Pelligra en Il Sole 24 ore.

Vittorio Pelligra

Original italiano publicado en Il Sole 24 ore del 05/04/2020

En periodos de adversidad los pueblos se aglutinan alrededor de sus líderes, que les ofrecen consuelo, guía e inspiración. La confianza y la cohesión social aumentan, y las narraciones cambian, adquiriendo a menudo tonos épicos.

El apoyo popular a los presidentes norteamericanos, por ejemplo, se fue deteriorando establemente a partir de los años de la administración Kennedy. A finales de los años 70 solo un norteamericano de cada cuatro confiaba en su propio gobierno. En los años 80 hubo un pequeño repunte gracias al boom económico, y después se produjo otra caída.

A la popularidad de los líderes le siente bien la emergencia.

En octubre de 1994, Bill Clinton llegó a tener la confianza de menos de un norteamericano de cada cinco. Después vino la Primera Guerra del Golfo, que aumentó la popularidad de George Bush un 35% desde septiembre de 1990 hasta enero de 1991. Pero todo cambió el 11 de septiembre. George W. Bush subió del 44% de confianza al comienzo de su presidencia hasta el 60%, con un pico del 70% entre los electores republicanos unos meses después, en octubre de 2001. Irónicamente, del mismo modo que las grandes adversidades le garantizaron confianza y popularidad, el huracán Katrina y la crisis financiera de 2006 hicieron caer su apoyo hasta un fatal 17%, que abrió el camino a la época de Obama (datos del Pew Research Center).

Gestión de emergencias y democracia: relación difícil.

También en estos días trágicos, de grandes dificultades, en los que se prevén escenarios inciertos y poco tranquilizadores, la popularidad de los líderes va generalmente en aumento. El juicio favorable sobre el primer ministro italiano Conte ha pasado del 40% en septiembre pasado al 71% de hoy (datos: Demos). Pero no es solo una cuestión de popularidad. Dado que la gestión de las emergencias, aparentemente, parece más fácil cuanto más corta es la cadena de mando, desde distintas instancias se elogian modelos de gobierno y de organización política no completamente alineados con los estándares democráticos occidentales. Es como si estuviéramos más dispuestos a renunciar a los principios de participación, autonomía e incluso libertad, a cambio de la eficacia en la gestión y de algunas decisiones tranquilizadoras.

Caminamos sobre una línea muy delgada.

China a algunos les parece la tierra prometida y Orban no tiene dificultades para asumir plenos poderes y suspender la actividad del Parlamento, sin salirse por ello del marco institucional de la Unión Europea. Con este clima, no resulta extraño que el ministro de exteriores ruso, con el apoyo inmediato de su embajador en Italia, se haya sentido libre de amenazar personalmente a un periodista italiano.

Estamos caminando por una divisoria muy fina, como siempre en momentos de crisis. Pero es importante que seamos conscientes de ello, para mantener la mirada fija hacia delante, sin dar patinazos ni resbalones que podrían tener consecuencias duraderas y peligrosas. Por eso, puede que no sea inútil recordar que, en realidad, la importancia que revisten los líderes en los momentos de dificultad, así como los apoyos que reciben, no se deben a que sus capacidades hayan mejorado repentinamente, sino más bien a la función de coordinación que desempeñan y a la perspectiva que tienen sobre las cosas, debido al cargo que ocupan.

El líder solo no basta.

Cuando se abordan situaciones de crisis, estas funciones facilitan la acción colectiva necesaria para hacerles frente de forma eficaz. No obstante, es imprescindible que esta coordinación tenga en cuenta a aquellos que actúan concretamente y cuya acción no debería verse ensombrecida por las narraciones oficiales. La atribución de poderes casi taumatúrgicos al líder no puede dejar en segundo plano el hecho de que, más allá de algunas decisiones importantes, la respuesta eficaz a la crisis depende fundamentalmente de las decisiones, de los comportamientos y a menudo de los sacrificios de millones de personas que, con competencia, abnegación y sentido moral, hacen lo que deben en un enorme juego de equipo.

La movilización de nuestras mejores energías.

Lo vemos estos días en todos aquellos que se quedan pacientemente en casa, adaptando sus espacios y sus costumbres diarias para contribuir a frenar la difusión del virus. En primera línea están los sanitarios, los miembros de las fuerzas de seguridad, los trabajadores en general, que siguen cumpliendo con su deber como antes o mejor que antes, los barrenderos, los cajeros, los panaderos, los profesores sin horario, los estudiantes que no copian, y también los abuelos que no ven a sus nietos y los amigos que no se pueden abrazar.

Hay algo profundamente moral en todo esto: una movilización de nuestras mejores energías, que nos permite diferenciar hoy con mayor claridad lo que está bien de lo que está mal. Estas energías morales son las que nos permiten interpretar mejor nuestro papel en esta gran acción colectiva. Es un movimiento desde abajo que encuentra coordinación y supervisión arriba. Pero no confundamos la dirección.

Una sana y terapéutica contradicción.

Si levantamos un poco la mirada y adquirimos una perspectiva más amplia sobre este panorama, descubriremos una clara ambivalencia, cuando no una verdadera contradicción que, sin embargo, es sana y terapéutica para nuestra democracia. La enuncio en una sola frase: la desconfianza con respecto al líder, la legítima impaciencia con el jefe, la rebelión contra el arbitrio del macho alfa, está en el origen, evolutivamente hablando, de lo que gobierna y motiva el comportamiento colectivo dirigiéndolo hacia el bien común. Nuestra conciencia moral, que nace de la rebelión contra el jefe, nos garantiza los beneficios de la vida en común y de la acción cooperativa. Por consiguiente, estemos atentos a los cortocircuitos lógicos que pueden desencadenar fáciles y rápidas regresiones.

Cuando el último amigo tonto se convierte en gorrón.

En el fondo siempre está el dilema de la vida social. Y aquí Hobbes acertó con su diagnóstico de la guerra de todos contra todos, que se experimenta en el estado de naturaleza y que hace que la vida sea “brutal, solitaria y corta”. El conflicto nace de la irresistible tentación de obtener los beneficios de la cooperación sin estar dispuesto, al mismo tiempo, a contribuir a su producción. Estos son los estafadores, los oportunistas y los gorrones, los que en un tándem no pedalean y se dejan llevar sin esfuerzo por el amigo “tonto”. La guerra de todos contra todos estalla cuando hasta el último amigo tonto, después de demasiado esfuerzo inútil, se vuelve gorrón. En ese caso, si bien es mejor un mundo donde todos pedalean y hacen lo que les corresponde, la guerra de todos contra todos estalla inexorablemente.

Hobbes encuentra la solución al dilema en el Leviatán. El estado, con la autoridad y la fuerza cuyo ejercicio le concedemos en condiciones de monopolio, puede obligar a todos a pedalear. Pero en las sabanas y en las selvas, donde los primeros hombres aprendían a convertirse en hombres, las cosas evolucionaron de manera distinta, naturalmente. Cuando las condiciones ambientales comenzaron a complicar la supervivencia de pequeños grupos de cazadores-recolectores, tuvimos que aprender a cooperar también con sujetos genéticamente no emparentados. Los grupos se ampliaron y con ellos los beneficios y también, paralelamente, la tentación del oportunismo.

Hacía falta un sistema para mantener a raya y desalentar a los gorrones. Entonces entraron en acción dos mecanismos poderosos: por una parte se empezó a castigar a los prepotentes y a los violentos y, por otra, se reforzó la competición entre grupos, favoreciendo los formados por miembros más cooperativos.

La auto-domesticación y la rebelión contra los machos alfa.

Los machos alfa son los equivalentes biológicos de los gorrones. En comunidades fuertemente jerarquizadas nadie puede oponerse a la voluntad del jefe. La sujeción de la mayoría se mantiene con la primacía física y reproductiva. Pero en nuestra historia evolutiva, en un momento determinado, algo cambió. Coaliciones de rebeldes comenzaron a poner en discusión la posición del alfa, con una frecuencia y una eficacia cada vez mayores. Comenzó un proceso de auto-domesticación, a través del cual modificamos culturalmente nuestro patrimonio genético.

Los individuos más violentos y peligroso para la estabilidad del grupo comenzaron a ser excluidos y, en los casos más graves, condenados a la pena capital. La exclusión social y la muerte fueron reduciendo progresivamente las probabilidades de los miembros más violentos de las sociedades primordiales para reproducirse, y esto, a la larga, condujo a una autoselección de los rasgos comportamentales más adecuados para la vida en común.

La capacidad del “espejo social”.

Aprendimos a usar la “violencia proactiva” para eliminar nuestra tendencia destructiva con la “violencia reactiva”. A partir de una raíz emotiva primitiva, esta voluntad de exclusión y castigo se transformó en una voluntad de auto-exclusión y auto-castigo. Adquirimos lo que algunos definen como “espejo social” o, lo que es lo mismo, la capacidad de valorar nuestras acciones con los ojos de los demás y entender hasta qué punto nuestra conducta puede ser digna de elogio o bien de desaprobación y condena. 

En un momento determinado, aprendimos también a sonrojarnos de vergüenza. Es decir a mandar automáticamente señales externas de nuestros estados emocionales internos. Uno que se sonroja porque se avergüenza de algo que ha hecho es alguien que demuestra saber qué es correcto y qué es equivocado, que ha adquirido una proto-conciencia y se apresta a desarrollar una brújula moral. Estas vicisitudes nos han llevado a convertirnos en seres morales y por tanto capaces de cooperar, incluso sacrificando el interés a corto plazo, para obtener beneficios colectivos e individuales mayores a largo plazo. Una etapa fundamental de este recorrido, recordémoslo, fue la rebelión contra los machos alfa.

La aversión al hombre solo al mando.

He aquí de nuevo la contradicción. Nuestra naturaleza moral, la que hoy nos permite afrontar y superar, gracias a nuestra hipersociabilidad y resiliencia, incluso las adversidades más severas, tiene su origen más profundo en la aversión al macho alfa, al jefe, al hombre solo al mando; el mismo que, sin embargo, a muchos hoy les parece una solución fácil, un atajo al alcance de la mano, tan atractivo como ilusorio. Y no hablamos solo de las derivas autoritarias a la húngara, o de las reclusiones coactivas chinas, sino también de las numerosas peroratas de muchos políticos locales, micro-alfa, que, bajo la comprensible presión de una situación difícil, prefieren el atajo autoritario, por suerte y por ahora solo en el tono, pero en todo caso difíciles de tolerar.

Apelemos a nuestra profunda y antigua raíz humana. Allí encontraremos los recursos de sociabilidad, altruismo y abnegación que necesitamos para superar esta crisis. Dejemos a los machos alfa y sus voluntariosos epígonos políticos a su destino. Hace cientos de miles de años supimos aislarlos y redimensionarlos. Con mayor motivo sabremos hacerlo ahora.

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