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De la gripe española al coronavirus, la lección de las emergencias: nadie está lejos

Mind the Economy, serie de artículos de Vittorio Pelligra en Il Sole 24 ore.

Vittorio Pelligra

Original italiano publicado en Il Sole 24 ore del 08/03/2020

Los elementos que transformaron la gripe española, entre 1918 y 1920, en una catástrofe pandémica que contagió a 500 millones de personas, fueron ciertamente extraordinarios: la concomitancia con el final de la primera guerra mundial, durante la cual millones de personas vivieron apiñadas en estrechas trincheras en condiciones higiénicas precarias, y el sucesivo movimiento de masas por el regreso a casa de las tropas al terminar el conflicto. Millones de personas que se movían al mismo tiempo de un país a otro, de un continente a otro, constituyeron el vehículo ideal para la difusión del virus. El movimiento simultaneo de tantas personas era entonces un acontecimiento raro y excepcional.

Pequeño mundo interconectado.

Hoy las cosas son muy distintas, radicalmente distintas. Si algo nos está enseñando este asunto del Covid-19 es que el mundo de hoy es muy pequeño y está muy interconectado, que las fronteras son una construcción de nuestras mentes y de nuestras ideologías, y que la relación con los demás, dentro y fuera de nuestras fronteras, implica una vulnerabilidad y una dependencia inevitables. La difusión de los virus, como un medio de contraste radiactivo, está dando visibilidad a conexiones que hasta ayer nos resultaban invisibles, pero no por eso eran menos concretas y reales. Se comprende que, para dar tiempo a la ciencia y no bloquear los sistemas sanitarios, sea necesario ampliar la distancia social, limitar los intercambios, contener los contactos y, en la medida de lo posible, atenuar la intensidad de las relaciones. Estos vínculos de interdependencia son los que nos hacen frágiles en casos de emergencia como el que estamos viviendo ahora, pero, al mismo tiempo, en condiciones normales, constituyen la infraestructura inmaterial necesaria para los procesos de desarrollo social y económico. Estas conexiones son invisibles, pero no por ello menos concretas. Nos unen a todos, aunque no las veamos y aunque no tengamos conciencia de ellas.

La lección de «Chains»

En 1929 el escritor húngaro Frigyes Karinthy publicó un relato breve titulado Chains [cadenas]. Con los instrumentos de la ficción literaria, indagaba en el concepto de «conexión». Uno de los personajes, con la intención de demostrar lo pequeño que se había vuelto el mundo de entonces, planteaba la hipótesis de unir a dos individuos desconocidos, seleccionados casualmente entre los 1.500 millones de habitantes que poblaban en aquel tiempo la tierra, a través de una cadena de conocidos, en menos de cinco pasos. La teoría suponía que entre dos desconocidos cualesquiera había cuatro personas que, conociéndose de dos en dos, eran capaces de conectarlos indirectamente. Esto parecía raro en aquel momento. Pero aún más raro y aparentemente imposible era sostener que cada persona del mundo estaba conectada con alguna otra a través de una cadena de relaciones como esta.

El experimento de Milgram.

¿Cómo de pequeño es nuestro mundo? El más famoso intento, aunque no el primero, de dar una respuesta científica a esta pregunta fue el estudio que el psicólogo social Stanley Milgram – citado varias veces en nuestros artículos dominicales – emprendió en 1967. Milgram tenía interés en medir la distancia media entre dos nodos, elegidos casualmente, dentro de la red de relaciones que envuelve a cada ser humano de la tierra. Para ello envió al azar 296 cartas a destinatarios de dos ciudades de Kansas y Nebraska. Las cartas contenían las instrucciones del experimento: el destinatario tenía que enviar la carta a una persona conocida que, a su vez, debía enviarla a otro conocido, y así sucesivamente de forma que tras un determinado número de pasos la carta llegara sana y salva a una determinada persona de Boston, Massachusetts.

Seis grados de separación.

En el sobre había también un registro donde cada destinatario debía anotar su nombre y dirección, para dejar constancia del paso. Imaginad que recibís una carta como esta. ¿Qué haríais? Muchos la echaron inmediatamente a la papelera, como los más «maduros» de entre nosotros habrán hecho decenas de veces en el pasado con las cadenas de San Antonio que circulaban cuando éramos jóvenes. Pero algunos siguieron el juego y se tomaron la molestia de reenviar la carta de Milgram. De las 296 cartas enviadas, 64 llegaron a su destino. El número medio de pasos hasta llegar al desconocido destinatario de Boston se situó entre cinco y medio y seis; en ningún caso fue superior a seis. Aunque Milgram no haya usado nunca la expresión «seis grados de separación», su origen se encuentra en estos estudios. Muchos años después, la idea se extendió, sobre todo gracias a la comedia teatral de John Guare, Six degrees of separation, que se estrenó en el Lincoln Center Theater de Nueva York en 1990 y, quizá todavía más, a causa del reto, mitad juego y mitad experimento social, lanzado cuatro años después por algunos estudiantes del Albright College de Reading, Pennsylvania. ¿Qué nivel de proximidad hay entre cada actor del presente y del pasado, vivo o muerto, con Kevin Bacon? se preguntaron los cuatro. Si un actor había trabajado en una película con Kevin Bacon, recibía un número igual a uno; si había trabajado con un actor que, a su vez, había trabajado con Bacon, entonces recibía un «número de Bacon» igual a dos, y así sucesivamente. Resultó que los números de Bacon, por término medio, fueron increíblemente pequeños: 2,95. El más alto fue 7, y correspondía a William Rufus Shafter, un general tejano que actuó en dos películas en 1898 (!).

La fuerza de la conexión.

No hay duda de que estamos conectados. Esta es nuestra fuerza, como comunidad global, social, económica y también política. Tenemos un nivel de interdependencia muy elevado, tan elevado que basta una pequeñez para que ciertas perspectivas se inviertan, literalmente, en pocos días. Hasta ayer se propagaba la desconfianza, alimentada artificialmente, hacia los inmigrantes que nos traían en sus pateras la sarna y quién sabe qué otras terribles plagas. Hoy Israel, Cabo Verde, Jamaica, Jordania, Arabia Saudita, Bahrein, El Salvador, Fiji, Iraq, Kuwait, Líbano, Madagascar, Mauricio, Angola, Seychelles y Turkmenistán, y la lista va en continuo aumento, han cerrado las fronteras a los visitantes procedentes de Italia. Solo por poner un ejemplo.

El efecto de los semejantes.

Este nivel de conexión tiene también otras consecuencias. Una de ellas es que nuestro comportamiento cada vez está más orientado y plasmado por lo que hacen los demás, aunque solo sea porque, en un mundo cada vez más interconectado, el número de personas con las que estamos en contacto, aumenta constantemente. Sabemos bien que este «efecto de los semejantes» determina, más que ninguna otra cosa, la probabilidad de empezar a fumar o la de endeudarse usando la tarjeta de crédito. Incluso la decisión de instalar paneles fotovoltaicos se ve influida por lo que hacen los vecinos. Del mismo modo, en los mercados financieros, los traders que obtienen peores resultados son los que no aprender de otros traders, además de los que intentan aprender demasiado. Estos últimos tienden a elegir basándose excesivamente en lo que han hecho otros, en lugar de en los fundamentales de los productos que están intercambiando.

Cuando aprendemos del comportamiento ajeno.

Aprender del comportamiento ajeno, la mayoría de las veces bajo influencias de las que ni siquiera somos conscientes, se ha convertido en un elemento distintivo de nuestras comunidades conectadas. Incluso podría convertirse en un importante canal de regulación de las decisiones colectivas para alcanzar resultados socialmente deseables. Si queremos reducir la abstención el día de las elecciones, por ejemplo, es útil decir a los ciudadanos que han votado y van a votar muchos de sus vecinos, amigos y conocidos. Si queremos reducir la evasión en el pago del billete en los medios de transporte públicos es útil que también los abonados, cuando se montan en el autobús, pasen el bonobús por el correspondiente lector. Si no lo hacen, se les podría tomar por gorrones, y podrían inducir a los restantes pasajeros a sobrestimar el número de evasores. Esta estimación exagerada llevaría, a su vez, a un aumento del número de granujas. Lo mismo vale para la evasión fiscal en general. Una sobrerrepresentación del fenómeno por parte de la prensa o de la política puede inducir a creer que el fenómeno está más extendido de lo que está en realidad, y de este modo contribuir a extenderlo aún más.

La importancia de la distancia social.

La política de contención de los virus basada en la creación de distancia social, el cierre de escuelas y universidades, y la petición de espaciar los encuentros, es más necesaria y eficaz si se comprende que está basada en esta sencilla idea: la presencia simultanea de numerosas personas en el mismo lugar no solo favorece la difusión del virus, aumentando las probabilidades de que el mismo pase de una persona infectada a sujetos sanos, sino que, al mismo tiempo, aumenta la circulación de personas y por tanto el contagio. Si vemos muchas personas circulando y haciendo exactamente lo mismo que hacían antes de la explosión de la epidemia, esto puede llevarnos a infravalorar el riesgo de contagio y por tanto a aumentar las ocasiones de contagio. En condiciones normales, tendemos a preferir un restaurante lleno de gente antes que otro vacío. Habitualmente interpretamos la presencia o la ausencia de clientes como una señal de calidad. Si muchas personas quieren cenar, es que se come muy bien. Si hay muchas personas por la calle, es que el riesgo de contagio es bajo. Pero, por eso precisamente, el riesgo aumentará. Los dos efectos, biológico y psicológico, se suceden y se refuerzan mutuamente.

La responsabilidad del individuo.

Nos enfrentamos a circunstancias en las que cada individuo no solo es responsable de sus propios actos y de las consecuencias de los mismos, sino también, en alguna medida, de las acciones de los demás y de sus consecuencias. Por eso necesitamos razonar con un nivel de responsabilidad reforzado, con una conciencia más amplia, con una capacidad de juicio prudente y con un nivel de empatía fuera de lo común. Por suerte, estas condiciones suelen darse precisamente en situaciones de crisis. Las comunidades se apiñan y se vuelven más cohesionadas, y la solidaridad se extiende, al igual que se multiplican los gestos de heroísmo cotidiano. La investigación psicológica ha puesto de manifiesto recientemente el nexo que existe entre el sentido de responsabilidad y la voluntad de actuar. Por ejemplo, las personas que son inducidas a dudar del libre albedrío y del concepto de responsabilidad personal, tienden a comportarse de forma más egoísta y oportunista, comprometiendo de este modo el bienestar de los grupos a los que pertenecen. Por eso, todos deberíamos sentirnos convocados en primera persona. Todos deberíamos sentirnos responsables no solo de lo que hacemos sino de lo que nuestros actos pueden suscitar en otros. Este punto de vista puede parecer extraño o excesivamente exigente, pero si lo pensamos bien, descubriremos que detrás está la misma lógica de la evolución. Hace tiempo escribía el primatólogo Frans de Waal: «Una pregunta fundamental que, sin embargo, raramente nos hacemos es por qué la selección natural ha plasmado nuestros cerebros de forma que somos capaces de sintonizar tan perfectamente con otros seres humanos, de sentirnos angustiados por su angustia, de sentir felicidad por su felicidad. Si la explotación de los otros hubiera sido la única vía para el progreso, la evolución no se habría encargado de todo este asunto de la empatía. Y sin embargo lo ha hecho» (How Bad Biology is Killing Economics, The Rsa Journal, 2009).

Qué nos enseña la emergencia del coronavirus.

Ampliar nuestra esfera de responsabilidad personal, en este trance, puede significar quedarnos en casa, evitar los contactos, reducir el riesgo de exposición, pero ciertamente no puede llevarnos a la inacción. Significa sentirnos cerca, incluso en la distancia, unidos, incluso en la separación, solidarios, incluso en la diversidad de condiciones. Muchos ejemplos empiezan ya a conocerse, muchos casos y nombres de personas que han actuado y siguen actuando de esta manera a lo largo de estas semanas. En ello nos va también el funcionamiento de nuestro sistema productivo. Hace días, por ejemplo, la Escuela de Economía Civil (SEC) lanzó una llamada subrayando que «este es el momento de demostrar que el estado somos nosotros (…) que la responsabilidad social de la empresa no es solo un instrumento de marketing sino una práctica real que se activa sobre todo en los momentos de crisis: demostrando atención a los bienes comunes (la salud, el trabajo), practicando una comunicación correcta, formulando propuestas concretas y sostenibles con una visión de conjunto, activando acciones concretas en favor de las personas más frágiles, y poniendo en valor un sistema formado por empresas, familias, escuelas, universidades, organizaciones y entes protagonistas de una nueva e indispensable solidaridad proactiva (…) Nadie se salva solo, ninguna empresa se salva sola. Hacen falta nuevas redes, relaciones de reciprocidad, fórmulas de apoyo mutuo, entre empresas del Norte y del Sur, entre territorios y ciudades. Es una buena ocasión para reconstruir una activa confianza colectiva y para hacernos más adultos y menos emotivos y desorganizados de lo que algunos medios pintan, quizá verdaderamente civiles» (www.scuoladieconomiacivile.it). 

Del mismo modo que el contagio comportamental puede acarrear consecuencias desastrosas, también puede ser vehículo de cambios positivos. Hay que promover estos cambios, pedirlos explícitamente y activarlos con la práctica y con el ejemplo. A esto estamos todos llamados. Decenas de personas, empresarios, profesionales y trabajadores ya han respondido a la llamada de la SEC, adquiriendo una nueva conciencia de la interdependencia, del hecho de que nadie se salva solo. Este es solo el comienzo de un periodo largo y complicado. El camino pasa por ponerse a disposición, hacerse cargo de los problemas y dificultades de los otros, de los desconocidos, de personas distintas y a veces lejanas. Porque si algo nos está enseñando esta epidemia es que, en el bien y en el mal, nadie está verdaderamente tan lejos.

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