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Los trucos del egoísmo, o por qué Míster Hyde vence a menudo al Doctor Jekyll

Mind the Economy, serie de artículos de Vittorio Pelligra en Il Sole 24 ore

Vittorio Pelligra

Original italiano publicado en Il Sole 24 ore del 16/02/2020.

Todos tenemos algo de doctor Jackyll y algo de míster Hyde. Nos movemos vacilantes, entre impulsos altruistas y repliegues egoístas, en un perenne conflicto entre nuestras orientaciones humanitarias y otras más individualistas. Pero muchas veces tenemos la clara sensación de que, aunque no posea el título académico que exhibe su parte contraria, míster Hyde, en este perenne vacilar, es decididamente más astuto y refinado, y sus técnicas y argucias son más eficaces a la hora de orientar y determinar nuestras decisiones. Él es un maestro en el arte de insinuar la duda. Es un Yago shakespeariano reinventado, que ha encontrado un nuevo empleo como escarnecedor de personas honradas y buenas. «Oh, guardaos de hacer el bien, mi señor», susurra al oído. Su materia preferida ya no son los celos por Desdémona, sino la bondad de ánimo y la disposición a ayudar a los demás. Así, nos dejamos convencer de que los altruistas son antipáticos – esto ya lo hemos comprobado hace unas semanas – y, generalmente, menos altruistas de lo que parecen. Flota en el aire una legítima sospecha sobre las personas que se dedican a ayudar a los demás, que hacen voluntariado o que pierden tiempo y recursos proporcionando alivio y socorro a otros que no son ellos mismos. 

Las raíces de nuestro egoísmo.

Debe haber algo oculto en estas personas, un segundo fin, un interés escondido, directo o indirecto. Cuántas veces hemos oído, e incluso pronunciado, frases como estas. La lógica de estas frases es parecida a la de los evasores, que se justifican diciendo que todo el mundo evade los impuestos. Son los mismos que no pagan el billete del autobús porque la mayor parte de los demás usuarios tampoco paga, o los que ensucian y contaminan porque la ciudad ya está sucia y contaminada.

Es evidente que se trata de una forma de autojustificación. Los especialistas la llaman “self-serving bias”. Es un proceso cognitivo que nos ayuda a aparentar que somos mejores ante nuestros propios ojos, aunque, en el fondo, sepamos que nos estamos comportando como villanos. Estudiar con precisión estos fenómenos puede ser complicado, pues muchas veces las explicaciones están caracterizadas por una causalidad inversa.

En otras palabras, volviendo a nuestros ejemplos, ¿soy más egoísta porque supongo que los demás son egoístas o, puesto que me conviene ser egoísta, modifico mis creencias acerca del egoísmo de los demás? Tradicionalmente se ha dado más peso a la primera explicación: observamos la realidad, en la que hay evasores, contaminadores, deshonestos y corruptos, y eso hace que nos resulte más fácil evadir impuestos, contaminar y consentir grandes o pequeñas triquiñuelas. Solo recientemente los estudios han sacado a la luz el alcance de la segunda estrategia, que nos impulsa a autoconvencernos de que los demás son más egoístas de lo que son en realidad, dado que nos resulta ventajoso comportarnos de forma egoísta. El economista James Konow ha estudiado durante muchos años los principios de la justicia y los comportamientos que se inspiran en ellos en el ámbito económico.

En un interesante experimento realizado hace unos años, Konow analizó la forma en que los participantes decidían repartirse el fruto de su trabajo. Imaginad que trabajáis por parejas en un proyecto. El proyecto produce determinados resultados tangibles, que vosotros y vuestro compañero habéis contribuido a determinar, a menudo de forma asimétrica. En unos casos, vuestro trabajo habrá tenido un impacto mayor y en otros habrá sido el trabajo de vuestro compañero el que habrá contribuido mayormente al éxito del proyecto. Ahora tenéis que decidir cómo repartir los beneficios obtenidos. Las posibilidades de dividir de forma justa la tarta son al menos dos: adoptar un principio de «justicia como igualdad», es decir dividir la ganancia a partes iguales, o bien utilizar un principio de «justicia como proporcionalidad», que equivale a distribuir los beneficios de forma proporcional a la contribución de cada uno: quien haya producido más, recibirá más, y quien haya producido menos, recibirá relativamente menos.

Cómo varían nuestros principios.

Ambos principios tienen virtudes y defectos, pero esto no es importante para lo que estamos diciendo. Lo importante es que la preferencia por un principio u otro varía según varían las circunstancias de quien tiene que decidir. Esto es lo que muestra el estudio de Konow. Aquellos que han aportado menos, sistemáticamente optan por un criterio igualitario, mientras que aquellos que han aportado más, invariablemente prefieren el principio proporcional, cambiando cada vez de perspectiva y de ideal de justicia, en función de las circunstancias de cada caso.

El estudio muestra también que, una vez adoptado un ideal de justicia en base a conveniencias individuales, este se exporta a otros contextos donde no está presente el móvil de la conveniencia. Es decir, el self-serving bias puede plasmar nuestra visión de lo que es justo y de lo que no lo es, de forma duradera y profunda, más allá de los casos concretos por los que se generó en base a conveniencias extemporáneas (Konow, J., 2000. “Fair Shares: Accountability and Cognitive Dissonance in Allocation Decisions.”, American Economic Review 90 (4): 1072–91).

Cuando la ignorancia justifica el egoísmo.

Para justificar nuestro egoísmo, otras veces preferimos la ignorancia. Fingimos que nuestros actos no tienen consecuencias o, incluso, elegimos voluntariamente ignorar las consecuencias que tendrán. Esto lo han documentado Jason Dana y compañeros en otro experimento que identifica una “moral wiggle room”, una zona franca moral, en la que nos movemos y que utilizamos para justificar nuestras decisiones menos altruistas. Dana y sus compañeros pidieron a los participantes en su experimento que eligieran cómo repartir el dinero con otro participante asignado de forma anónima. Seis dólares para mí y uno para ti, o bien cinco para cada uno, preveía uno de los casos posibles. 

En un segundo tratamiento, el experimento introducía la dimensión de la incertidumbre. A cada participante se le hacía conocedor del resultado de su elección sobre sus ganancias, seis o cinco, pero desconocía el efecto de su elección sobre las ganancias del otro jugador. En algunos casos habría sido mejor que el sujeto hubiera elegido cinco para él, pero en otros casos la elección mejor para todos habría sido seis. Antes de decidir, a cada participante se le daba la oportunidad de comprobar con precisión el efecto de sus elecciones sobre las ganancias del otro jugador. Sin embargo, solo el 50% de los participantes decidió recurrir a esta posibilidad.

Cuando las consecuencias son ciertas, el 26% de los participantes elige la división egoísta, seis para mí y uno para ti, pero cuando hay incertidumbre, el porcentaje se eleva hasta el 63%. Si no estoy seguro del daño que puedo acarrear al otro, la elección de perjudicarle se hace psicológicamente más sostenible. No importa si es posible resolver fácilmente la incertidumbre apretando un botón. Es mejor no saber, sobre todo si de esta manera se acallan los escrúpulos de conciencia.

Todos los subterfugios de nuestro Míster Hyde.

Pero el míster Hyde que llevamos dentro es sorprendentemente hábil y capaz de utilizar técnicas de autojustificación aún más complejas, si de este modo consigue acallar a nuestro molesto doctor Jekyll. Por ejemplo, cuando delegamos en terceros las decisiones que nos proporcionan un beneficio a costa del bienestar de otro, o cuando elegimos no decidir, es decir cuando nos impedimos voluntariamente la elección de ser o no altruistas por miedo a no poder resistirnos a hacer el bien. En un sorprendente experimento de campo, Stefano Della Vigna, John List y Ulrike Malmendier, estudiaron la disposición de 7.668 familias de los barrios ricos de Chicago a hacer donaciones para un hospital pediátrico de la ciudad.

En un caso, los voluntarios simplemente llamaban a la puerta de las casas y explicaban la naturaleza de la recogida de fondos que estaban realizando, antes de recibir o no la donación. En un segundo caso, los voluntarios dejaban una octavilla en la puerta de la casa con la indicación de la hora exacta a la los voluntarios pasarían por la casa al día siguiente. En el tercer caso, en la octavilla se incluía la posibilidad de señalar que no se deseaba recibir la visita dejando una señal fuera de la puerta de la casa. Los resultados fueron bastante instructivos: el uso de la octavilla redujo un 10% la probabilidad de abrir la puerta a los voluntarios. Los dueños, conociendo la visita y su motivo, sencillamente se iban de casa o no respondían al timbre.

Sin embargo, en el 25% de los casos se utilizó la cómoda opción de “no molestar”. Como sé que se me va a pedir una donación para un hospital pediátrico y sé que en este caso probablemente aceptaré realizarla, prefiero directamente evitar la petición. Decir que no a una acción benéfica tiene un costo, derivado de la presión social, que los autores del estudio estimaron en aproximadamente $3.80. Por eso, muchas veces preferimos directamente no encontrarnos en una situación tan embarazosa («Testing for Altruism and Social Pressure in Charitable Giving», Quarterly Journal of Economics 127, pp. 1–56, 2012). 

El autoengaño estratégico.

Pero las astucias de míster Hyde no terminan aquí. Su trabajo es tan profundo que llega incluso a inducirnos verdaderos fenómenos de autoengaño estratégico. Tal es el caso puesto de manifiesto por los resultados de un experimento realizado en Argentina hace unos años. Consideremos dos personas que, después de haber trabajado juntas, obtienen un determinado producto. A una de las dos se le asigna la tarea de decidir a cuánto vender el producto y a la otra cómo repartir las ganancias. La primera tiene la posibilidad de vender el producto a un precio justo o la posibilidad de «sisar», quedándose con una parte de la ganancia y haciendo creer que la venta se ha producido a un precio más bajo. Antes de conocer la elección del vendedor, el segundo socio tendrá que decidir con qué parte de la ganancia se va a quedar él y qué parte va a dar al otro. También en este caso se permite la falta de honradez: en un caso el que reparte las ganancias tiene la posibilidad de apropiarse hasta el 60% y en un segundo caso hasta el 90%.

Al mismo tiempo, se pide a los participantes que estimen el porcentaje de personas que, en su opinión, decidirán “sisar”. La precisión de estas estimaciones será recompensada con un premio en dinero. Los resultados del estudio son, una vez más, sorprendentes. En primer lugar, los que tienen la posibilidad de quedarse con una parte mayor de la ganancia deciden hacerlo. Cuanto más puedes quedarte, más te quedas. Las condiciones externas del acuerdo influyen en el resultado del acuerdo. Pero sobre todo cuando los sujetos pueden apropiarse de una parte mayor de las ganancias y eligen hacerlo, su estimación acerca de la falta de honradez del otro jugador crece un 41% (Di Tella, R., et al., 2015. “Conveniently Upset: Avoiding Altruism by Distorting Beliefs about Others' Altruism”, American Economic Review, 105(11), pp. 3416–3442).

El estudio pone de manifiesto una relación causal en el comportamiento egoísta que, para poder autojustificarse, necesita tener una baja opinión de los demás. Me formo la convicción de que los demás son deshonestos y de este modo me coloco cómodamente en la condición de ser egoísta.

Las implicaciones generales de estos resultados son fortísimas. Sabemos bien que la forma que damos a nuestras instituciones, el favor que reciben determinadas políticas fiscales y redistributivas y la estructura de los sistemas sanitarios y de bienestar, dependen fundamentalmente de la opinión que tienen los ciudadanos con respecto al mérito y al carácter de sus conciudadanos. Thomas Piketty, por ejemplo, ha mostrado la influencia de estas creencias sobre las oportunidades que ofrece el mercado de trabajo, con respecto a la orientación política.

La relación entre creencias y desigualdades.

Esto permite explicar por qué, por ejemplo, electores con ingresos similares pero orígenes sociales diferentes, se orientan políticamente de manera diferente. Además, contribuye a una comprensión más rica y profunda sobre los factores que aceleran las dinámicas de la desigualdad y de las fuerzas que obstaculizan las políticas redistributivas y los procesos de reforma social. Un enfoque similar llevó a Alberto Alesina y Edward Glaeser a mostrar cómo la diferencia que existe entre los sistemas sanitarios y de bienestar europeos y norteamericanos, se puede explicar por una diferente estructura de creencias y convicciones de la opinión pública de ambos continentes. Por una parte, los norteamericanos son más propensos a ver la pobreza como un efecto del fracaso y de la falta de esfuerzo individual, y por otra parte los europeos atribuyen un peso mayor a los vínculos y a los condicionamientos sociales que, a causa de menores oportunidades, aprisionan a muchos en la pobreza y en el quebranto.

El 60% de los norteamericanos, según los datos de la World Value Survey, está convencido de que la pobreza es una culpa, mientras que el porcentaje de ciudadanos europeos que piensa lo mismo es del 26%. El 60% de los europeos cree que la pobreza supone una trampa de la que es casi imposible salir, mientras que solo el 30% de los norteamericanos piensa lo mismo. Son creencias diferentes que generan modelos políticos y sociales diferentes («Un mondo di differenze. Combattere la povertà negli Stati Uniti e in Europa», Laterza, 2005). Estas son solo algunas de las razones por las que es tan crucial comprender el mecanismo que conduce a la formación de estas opiniones. Demostrar que muchas veces estas creencias son una forma de autojustificación de las que nos dotamos para hacer más tolerable nuestro egoísmo, es un hecho determinante.

Estos datos arrojan nueva luz sobre la comprensión de lo que llamamos - la mayor parte de las veces de forma inapropiada - «meritocracia». No existe mérito si los resultados que obtenemos se derivan exclusivamente de las diferentes condiciones de partida. ¿Quién ha elegido dónde nacer? ¿Quién ha elegido a su familia, a sus padres, a sus vecinos, o la ciudad, la nación y el continente? ¿Quién ha elegido la renta de sus padres, sus trabajos, su capacidad para dar amor y crear oportunidades? Juzgar a los demás y regular nuestras acciones sin tener en cuenta todos estos elementos totalmente casuales solo puede llevarnos a otra forma de autoengaño que, como hemos visto, fácilmente puede alimentar actitudes egoístas y autointeresadas. Por tanto, si los altruistas son antipáticos, muchas veces, la culpa no es suya sino únicamente nuestra, y de la Mont Pelerin Society, naturalmente.

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