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Las reglas son la raíz de nuestra convivencia. ¿Por qué algunas funcionan y otras no?

Mind the Economy, serie de artículos de Vittorio Pelligra en Il Sole 24 ore.

Vittorio Pelligra

Original italiano publicado en Il Sole 24 ore del 02/02/2020.

Hasta 2013, en Francia, a las mujeres se les prohibía llevar pantalones. A menos que tuvieran que montar a caballo o en bicicleta, o hubieran presentado un certificado médico a la policía para obtener un permiso especial, la falda era la única alternativa posible. Así lo establecía una ordenanza de la prefectura de París promulgada en noviembre de 1800, que estuvo en vigor hasta febrero de 2013. 

Cuando esta ley fue oficialmente abolida, naturalmente llevaba décadas sin ser respetada, si bien en algún momento contribuyó a crear desagradables incidentes, como el que protagonizó la joven diputada Michèle Alliot-Marie cuando, en 1972, fue retenida a la entrada del Parlamento porque su ropa no era la adecuada, pues llevaba puestos un par de pantalones. Finalmente, se le permitió pasar tras no pocas protestas pero, sobre todo, cuando amenazó con quitarse los pantalones y entrar al Parlamento en ropa interior.

¿Por qué algunas reglas funcionan y otras no?

Esta historia, además de dejar un poco en ridículo a nuestros vecinos, debería cuestionarnos acerca de un tema más profundo: ¿por qué algunas reglas se respetan más que otras, y otras incluso simplemente se ignoran? El tema es relevante para quienes tienen que regular de algún modo el comportamiento de los grupos, ya sea en la vida familiar, en las dinámicas organizativas y empresariales, o en la dimensión nacional y supranacional. Pero el tema también es relevante para todos los que tenemos que decidir someternos a reglas y normas y hasta qué punto hacerlo.

En definitiva, es un tema relevante para todos, porque las reglas que nos damos, en el fondo, son las raíces del árbol de nuestra convivencia. Nuestras comunidades – y nosotros con ellas – solo pueden prosperar si tienen raíces sanas y robustas. Las reglas son los elementos constitutivos de las instituciones, y estas últimas son los instrumentos que utilizamos para organizar y coordinar los comportamientos sociales, de forma que puedan concurrir de la manera más eficaz posible al bienestar colectivo. Las instituciones son las que establecen cómo se reparten las tareas en las organizaciones complejas, para gobernar y alinear miles de planes individuales en una acción conjunta concertada y eficaz.

Las instituciones que coordinan nuestras vidas.

Los estados, los mercados, las tradiciones y los códigos jurídicos y morales son instituciones, así como el matrimonio, la amistad y las buenas maneras. Es decir son conjuntos de reglas que contribuyen a (co)ordinar nuestras existencias y a facilitar la acción conjunta, unas veces de dos personas y otras veces de millones y millones. Por eso, es relevante preguntarse cuándo y por qué motivos algunas de estas reglas se respetan y cuándo y por qué motivos otras no; qué es lo que hace que algunas reglas sean “efectivas” y otras no; por qué en algunas ciudades los semáforos son obligatorios, en otras ciudades son orientativos y en otras, simplemente decorativos.

El primer punto que hay que aclarar es que las reglas y las instituciones que las incorporan son efectivas si se apoyan en incentivos y expectativas coherentes. Pensemos en las normas del código de circulación y concretamente en la regla que prescribe la conducción por la derecha. Esta regla funciona extraordinariamente bien para coordinar el comportamiento de millones de automovilistas, porque estos tienen interés en seguirla y porque esperan que todos la sigan correctamente. Consideramos que es importante seguirla porque esperamos que todos la sigan.

Tenemos expectativas que nos sugieren que los demás automovilistas también van a conducir por la derecha, y tenemos incentivos que nos dicen que, si todos conducen por la derecha, lo mejor que podemos hacer también nosotros para evitar un accidente es conducir por la derecha. No es necesario que nos amenacen con una multa para que hagamos lo que nos interesa hacer. Esta regla del código de circulación funcionaría igualmente aunque no hubiera sanciones formales que la apoyaran. Dado que a todos nos interesa evitar los accidentes, nos basta saber que los demás van a conducir por la derecha para convencernos de que hay que respetar la regla de conducir por la derecha. Expectativas e incentivos.

Por qué una norma funciona, y por qué no.

Las reglas que funcionan, lo hacen porque tienen esta característica. Son equilibrios del juego de la vida, dirían los teóricos de juegos. Son situaciones en las que, después de haber elegido – derecha o izquierda – y después de haber observado las elecciones de los demás, uno decide que su elección es la mejor posible. Se llaman “equilibrios” precisamente porque en estos casos nadie tiene interés en cambiar de idea, en poner en discusión su propio comportamiento en función del de los demás. Son equilibrios también porque las expectativas sobre el comportamiento en estos casos son siempre correctas.

Una institución eficaz no es otra cosa que un conjunto de reglas que las personas están motivadas a seguir. Este tipo de reglas, en sí mismas, no son mejores que otras. Podríamos elegir, por ejemplo, conducir por la izquierda, como se hace en Gran Bretaña y Japón. Lo importante es que todos lo hagamos al mismo tiempo. El 3 de septiembre de 1967, los automovilistas suecos, a partir de las 4.45 de la mañana comenzaron a conducir por la derecha y no por la izquierda, como habían hecho hasta ese momento. Las fotos de las calles de Copenhague de aquel día muestras numerosos casos de desorientación y algunos accidentes, pero en pocas horas millones de individuos pasaron de una regla a otra, de un equilibrio a otro, en un ejercicio de extraordinaria coordinación colectiva.

En el gran juego de la vida, no hay solo juegos de coordinación “puros”, como estos, donde los equilibrios son equivalentes. También existen casos caben ordenaciones institucionales diferentes, unas mejores y otras peores. Estos son los llamados juegos de coordinación “impuros”. Una clase de estudiantes desganados y de profesores desmotivados representa un equilibrio donde las expectativas recíprocas y los incentivos conducen a un resultado peor que el que se obtendría en el caso de una clase de estudiantes motivados y colaborativos y de profesores apasionados y estimulantes. ¿Cómo transformar la primera clase en la segunda? ¿Cómo poner en marcha procesos de transición que conduzcan de un equilibrio inferior a otro superior?

El papel de las expectativas.

Las expectativas juegan aquí un papel fundamental. A costa de simplificar un poco, podemos afirmar que, si los estudiantes saben que los profesores esperan poco de ellos, que justifican y auto-justifican su escaso esfuerzo y toleran la apatía, eso mismo les induce a esforzarse poco e incluso aquellos dispuestos a dar más, en un clima de laxismo generalizado, acaban, antes o después, adaptándose, tanto los estudiantes como los profesores.

Pero las expectativas también pueden ser diferentes: los profesores pueden no conformarse con el mínimo esfuerzo, pueden lanzar señales inequívocas en este sentido, pueden motivar a los alumnos presentándoles retos siempre nuevos y dándoles instrumentos para superarlos. Los mismos estudiantes pueden crear un clima de co-opetición (competición y cooperación) entre ellos, en el que se recompense el esfuerzo mediante la aprobación y el prestigio social y se estigmatice la vagancia y el laxismo mediante la desaprobación de la mayoría. Con toda probabilidad, este conjunto de expectativas llevará a un equilibrio superior, para satisfacción de todos. Muchas veces no se respetan las reglas simplemente porque tenemos la sensación de que son inútiles, cuando sabemos que nadie más lo hará.

El rompecabezas de los juegos de cooperación.

Hay casos más complicados, situaciones más difíciles, verdaderos rompecabezas para los policy-makers: son los llamados juegos de cooperación. Estos juegos representan situaciones en las que, precisamente, el hecho de saber que los demás van a respetar las reglas, genera un impulso a no respetarlas. Si nadie paga el billete del autobús, el sistema acabará quebrando y yo no podré usar el transporte público. En cambio, si sé que la mayor parte de los usuarios paga el billete, eso mismo me tentará a no hacerlo, ya que podría disfrutar del servicio sin asumir el coste del billete. 

Ciertamente, es mejor un escenario donde todos los ciudadanos pagan los impuestos que otro donde nadie los paga, o uno en que los blogs y periódicos no publican ni difunden noticias falsas y tendenciosas porque muchos no lo hacen. Es mejor una situación en la que se elige separar la basura para reciclar que otra en la que nadie lo hace. El problema es que, generalmente, en estas circunstancias, el escenario mejor – pagar los impuestos, combatir las fake news o separar la basura – no es nunca un equilibrio del juego. Los comportamientos efectivos están, en este caso, alejados de los resultados positivos, y a menudo se desplazan hacia configuraciones peores: evasión, información poco fiable y contaminación. La verdadera cuestión, en estos casos, no consiste tanto en pasar de un equilibrio a otro, como en reestructurar el juego de manera que el resultado óptimo – fidelidad fiscal, noticias fiables y reciclaje de la basura – se convierta en un equilibrio.

Esperando al «Leviatán».

Por eso, en casos como estos, hacen falta intervenciones externas encaminadas a modificar la estructura de los incentivos y por tanto a restructurar el juego mismo. Debe intervenir el Leviatán, un sujeto externo dotado de poder coercitivo y sancionador, porque solo a través de las sanciones podemos cambiar la estructura de los incentivos y por tanto el comportamiento. La evasión, la desinformación y la contaminación son comportamientos punibles y por eso son sancionados de distintas maneras. Pero no siempre es este el único camino o el más eficaz. El coste efectivo de la sanción y su eficacia dependen de dos elementos distintos: el importe efectivo de la sanción y la probabilidad de que, en caso de violación, esta sea efectivamente descubierta y la sanción efectivamente impuesta.

El efecto disuasorio de una pequeña multa segura es mucho mayor que el de una gran sanción altamente improbable. El problema de los juegos de cooperación, es decir la reestructuración de las situaciones de forma que surjan nuevos y mejores equilibrios, puede complicarse mucho precisamente a causa de la dificultad de descubrir y sancionar las violaciones. En estos casos, el efecto desincentivador de las sanciones es prácticamente nulo, el juego no cambia y nos vemos obligados a quedarnos con los viejos e ineficientes equilibrios. No faltan quienes, de forma un poco paternalista, piensan que se puede salir de este impasse simplemente cultivando la virtud de los ciudadanos individuales. Si es cierto que eso puede resultar útil, no es menos cierto que se trata de un movimiento resolutorio. Nos veríamos destinados a un mísero fracaso. Las llamadas genéricas al sentido cívico o los proyectos de potenciación de la enseñanza de la educación cívica en los colegios no son suficientes.

Son atajos dignos del más ingenuo y superficial populismo. Hay que tener en cuenta que, en los juegos de cooperación, la tentación del oportunismo nace precisamente cuando se tiene la convicción de que los demás van a respetar las reglas. Cuanto mayor sea el número de ciudadanos “virtuosos”, mayor será la tentación a violar una regla. Es una paradoja difícil de evitar. Pero, por suerte, alguna salida hay. Por ejemplo, la presión de los iguales y el conformismo social son mecanismos poderosos en este sentido.

El poder benéfico del «empujón de los iguales».

Antanas Mokus fue dos veces alcalde de Bogotá (Colombia) entre 1995 y 2004. Bajo su mandato, la ciudad experimentó una revolución urbanística y social que la transformó en pocos años, pasando de ser una ciudad insegura, contaminada y corrupta a una metrópolis moderna y decididamente más vivible. Uno de los pilares del programa de cultura cívica de Mokus consistía en «promover la capacidad de los ciudadanos para animar a otros ciudadanos a respetar pacíficamente las leyes» (“CoExistence as Harmonization of Law, Morality and Culture”, Prospects 32, 2002, pp. 19–37).

La presión de los iguales hace valorar recíprocamente los esfuerzos de los individuos y la atención colectiva ante comportamientos oportunistas. La imitación y el conformismo también son armas poderosas. En lugar de poner de relieve el número de evasores, sería más útil poner de manifiesto el enorme número de ciudadanos honrados que paga sus impuestos hasta el último céntimo. Si, en lugar de encender los reflectores sobre unos pocos transgresores, diéramos relevancia a los muchos honestos, las violaciones serían sensiblemente menos toleradas socialmente. Esto también forma parte del juego de las expectativas. Si pienso que todos evaden, ¿por qué no debería hacerlo yo? Pero si sé que los evasores y los transgresores, en general, son pocos, entonces me costará más violar la regla.

Subrayar la honradez de muchos en lugar de la falta de honradez de pocos aumenta la normatividad de las reglas, así como su eficacia prescriptiva y su capacidad de persuasión. Se debería avanzar en la dirección de dar seguridad a las sanciones, haciendo que sean automáticas, haciendo, por ejemplo, que el transgresor se las auto-imponga directamente. Pasar de un sentido de auto-justificación a un sentido de culpa, después de haber transgredido una norma, es un modo para que la sanción se convierta en automática y cierta. Si penetran en la sociedad mensajes como “quien evade, roba” y “quien contamina, roba el futuro a sus hijos”, el coste moral de ciertos comportamientos aumentará, precisamente porque aumentará el sentido de culpa que estos producen automáticamente.

La eliminación de la barrera mío-nuestro.

Un tercer elemento está relacionado con la eliminación de la barrera mío/nuestro. En el mismo momento en que la esfera pública es percibida como constitutivamente separada de la individual – lo que es de todos no es de nadie –, el resorte del interés individual no se aplica y con él se pierde una fuente motivacional potente. Promover una perspectiva en la que lo que es de todos sea también mío ayuda a producir una alineación entre los intereses individuales y los colectivos, y por tanto una mayor fidelidad a las normas de coordinación.

Por ejemplo, para inducir a los ciudadanos reacios a separar la basura y a seguir las reglas de la recogida selectiva, no se puede razonar solamente en términos de sanciones. No se puede amenazar solo con multas o instalar cámaras con la intención de evitar vertederos ilegales. Siempre habrá un lugar suficientemente oscuro y apartado donde abandonar los residuos. No siempre la solución de reestructurar el juego a través de incentivos materiales puede funcionar. Cuando se quieren introducir innovaciones que exigen cambios comportamentales importantes, lo primero que hay que hacer es poner a todos en condiciones de poder respetar las reglas sin necesidad de realizar esfuerzos heroicos. El paso de un sistema a otro debería ser lo más indoloro posible.

La ventaja de contar con nuevas reglas.

Además, es necesario explicar las ventajas que, colectivamente, se pueden obtener con las nuevas reglas: una ciudad más limpia, bonita y digna, en todos sus barrios, en el centro y en la periferia. Nuestros intereses son también mis intereses. Para terminar, se debería subrayar y concretar también las posibles ventajas individuales que cada ciudadano podría experimentar. Por ejemplo, una sensible reducción de la tasa de recogida de basuras. Mis intereses son también nuestros intereses. De este modo, el nuevo escenario, donde todos sigan las nuevas reglas, separando y depositando de manera correcta la basura, tiene más probabilidades de convertirse en un equilibrio y por tanto en una serie de acciones que cada ciudadano tendrá interés en llevar a la práctica. Si falta uno solo de estos elementos, el cambio será difícil, problemático y finalmente estará destinado al fracaso.

Las reglas que funcionan son las que codifican equilibrios del juego de la vida. Son reglas que favorecen y coordinan los intereses individuales en función de una ventaja mutua que, sin reglas, sería complicada de obtener. En el fondo, y no solo evangélicamente, las leyes están hechas para el hombre y no el hombre para las leyes. Si nos damos reglas demasiado complicadas y costosas de seguir, la probabilidad de que sean eludidas y violadas aumentará drásticamente. Una verdadera acción reformadora no considera solo cambios deseables sino cambios realistas. Sobre todo, cambios que sean percibidos, al mismo tiempo, como interés común y de cada individuo.

Las instituciones y los comportamientos morales evolucionan conjuntamente. Si bien es cierto que las instituciones buenas se basan en un amplio tejido de virtudes civiles, no es menos cierto que las mismas instituciones, cuando funcionan de manera justa y eficiente, contribuyen al fortalecimiento y a la difusión de estas virtudes. De modo análogo, las ineficiencias e injusticias públicas son fruto, pero también causa, de pequeños y grandes oportunismos, y tienden a generar injusticias.

En esta articulación conceptual y en esta irreducible ambivalencia radica el desafío de la moderna realización de proyectos institucionales. Es un arte que cada regulador y policy-maker debería dominar, para valorar conjuntamente los intereses materiales y los sentimientos morales en función de un objetivo común, en lugar de azuzarlos unos contra otros por normas contradictorias y reglas tan dañinas como injustas.

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