Acudir al banco como al médico de familia

Si el sector bancario no es capaz de dotarse de una verdadera deontología profesional, habrá nuevas crisis y con mayor frecuencia.

de Vittorio Pelligra

publicado en: vittoriopelligra.wordpress.com el 17/12/2015  

BancheA veces sería bonito que todos fuéramos más racionales, como suponen los economistas. Pero lo cierto es que no lo somos. Nuestro cerebro ha evolucionado durante cientos de miles de años para permitirnos sobrevivir en la sabana entre leones y serpientes, pero no para jugar en bolsa, elegir fondos de pensiones o navegar por Internet. Para poder tomar decisiones en ambientes complejos, como los que hoy son característicos de nuestra vida diaria, nuestro cerebro usa la heurística: una especie de atajo cognitivo que nos permite simplificar los problemas a los que nos enfrentamos y, en la mayor parte de los casos, obtener soluciones óptimas. En la mayor parte de los casos.

Si preguntamos a los italianos si la temperatura invernal media es más baja en Milán, en Venecia o en Trieste, la mayor parte elegirá Trieste. Pero los datos demuestran que la ciudad más fría es Milán. Nuestra heurística, el atajo mental, nos lleva a considerar la información que tenemos como criterio útil para decidir cuál es la respuesta correcta. Como en Trieste hay mucha niebla, “decidimos” que hace más frío que en Milán. La lógica del razonamiento no es a prueba de bombas, pero nosotros somos seres psico-lógicos, no lógicos.

La heurística, como decía, juega un papel importante en la toma de decisiones complejas, que requieren una cierta simplificación para poder afrontarlas con facilidad. Las decisiones financieras son un ejemplo típico. Si sabemos esto, podremos evaluar mejor, de manera más informada y menos emocional, el caso del salvamento de los bancos CariFerrara, Banca Marche, Banca Popolare dell’ Etruria y CariChieti, que ha suscitado gran polémica e instrumentalización política. Vayamos a los hechos. El gobierno ha decidido salvar a estos cuatro bancos para salvaguardar los ahorros de los depositantes, la actividad de las empresas deudoras y los puestos de trabajo de los empleados, evitando así una crisis de pánico que hubiera podido arrastrar a parte del sistema bancario italiano. Para hacerlo, a diferencia de lo que se hacía en el pasado, como por ejemplo en el caso del Monte dei Paschi di Siena, en lugar de utilizar el dinero público de todos los italianos, el gobierno ha decidido echar mano en primer lugar del dinero de los que invirtieron en esos bancos y obtuvieron beneficios de esas inversiones: accionistas y obligacionistas. Aquí el terreno se hace más resbaladizo. Muchos de estos sujetos consideran que han sido estafados, porque en el momento de suscribir las obligaciones parece ser que no fueron informados del nivel real de riesgo de esos títulos. Muchos no tenían ni idea de lo que estaban comprando y otros muchos simplemente se fiaron ciegamente de lo que les decían y aconsejaban los empleados, más o menos de buena fe, de los distintos bancos.

¿Es justo pretender un resarcimiento de las pérdidas simplemente porque has tratado de obtener la máxima ganancia comprando una obligación subordinada que tiene más riesgo que una obligación ordinaria? ¿O porque te has dejado atraer por posibles ganancias sin informarte suficientemente acerca de los riesgos asociados a los productos que estabas comprando? ¿O tal vez porque te has fiado ciegamente de la persona que te proponía el “negocio”? Estas son las preguntas de las que se habla estos días.

Ciertamente es importante distinguir los comportamientos dictados por la ignorancia de las reglas o la superficialidad de los derivados de la deliberada manipulación de los vendedores. Sin embargo, esta distinción fundamental podría ser menos clara de lo que a simple vista pudiera parecer.

En una investigación publicada el año pasado en el Journal of Business Research, con algunos colegas de las universidades de Berlín, Ludwigsburg y Otago (Nueva Zelanda), analizamos precisamente la cuestión que hoy está en el centro de las crónicas [1]. ¿Cuáles son las características de la relación entre el ahorrador y su consejero financiero? Los resultados de esta investigación muestran claramente que los inversores no expertos, es decir la inmensa mayoría de los inversores, se fían demasiado de sus consejeros bancarios. Esto implica que las decisiones de inversión, de formación de la cartera, como se dice en jerga, dependen más del nivel de confianza que los ahorradores tienen en sus consejeros que de las características mismas de los productos financieros en los que se invierte. Estos ahorradores, en lugar de comportarse de manera racional, como los economistas supondrían, utilizan lo que hemos llamado “heurística del consejo”. Se trata de la misma actitud que los pacientes utilizan con su médico: el médico prescribe y el paciente se fía y cumple. Pero si las cosas son así, y los consultores financieros pueden ejercer un poder tan grande con respecto a sus clientes, no se comprende por qué, a diferencia de lo que ocurre con los médicos, no están sometidos a un código deontológico. ¿Por qué aquellos que ejercen semejante poder no están obligados a hacerlo en el interés primario de sus clientes? Mientras los bancos sean considerados empresas como cualesquiera otras y no lugares de construcción (o destrucción) de confianza, no contaremos con las categorías necesarias para comprender e interpretar fenómenos de crónica económica como estos de los que los políticos, los economistas y parte de la opinión pública hablan estas semanas..

[1] Monti, M., Pelligra, V., Martignon, L., Berg, N., (2014) “Retail Investors and Financial Advisors: New Evidence on Trust and Advice Taking Heuristics”, Journal of Business Research n. 67(8), pp.

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