Grecia: más que una crisis, una tragedia

Las negociaciones con los países acreedores han quedado paralizadas en las posiciones de cada uno. La gente rechazó ulteriores ajustes, respaldando la postura del gobierno, en la consulta realizada este domingo. ¿Qué pasará ahora? Una breve reconstrucción del estado de las cosas.

por Vittorio Pelligra y Carlos Lorenzo

publicado en ciudadnueva.org.ar el 06/07/2015

Euro Grecia ridAplicar el derecho no garantiza solucionar con justicia una divergencia. Ya lo advertía Cicerón al acuñar la máxima: summum jus summa injuria.  Esta lección debería aplicarse también al caso griego. La llamada “troika” (FMI, Unión Europea y Banco Central Europeo), bajo influencia del gobierno de Alemania, no está dispuesta a hacer más concesiones a Grecia que, por su parte, ha actuado en modo arrogante y no ha demostrado ser confiable.

Había espacios para una solución racional del problema, pero ni la troika ni el gobierno del primer ministro griego Alexis Tsipras han tenido la paciencia suficiente para buscarla. La consecuencia es que hoy la situación es grave, aunque no irreversible.

El referéndum convocado por el primer ministro en cuestión de días ha dado su resultados con un respaldo abrumador al rechazo a los ulteriores recortes que la troika quiso imponer a la ya extenuada economía de un país fuertemente empobrecido. Vamos a tratar de resumir la situación para que el lector pueda entender cómo se pudo llegar a esta situación, ya que, como comentó una mujer de limpieza griega a un periodista que cubría el llamado a las urnas: “Luego del domingo, viene el lunes”. Y hoy en Europa nadie sabe todavía lo que pasará luego de esta consulta.

En primer lugar, desde el comienzo, Grecia no está del lado de la razón. Durante años el Estado y la clase política han maquillado los números de la economía ocultando la realidad a los demás socios de la Unión Europea. El dinero público fue utilizado para políticas populistas e insostenibles. Si por un lado los dirigentes políticos tienen una enorme responsabilidad, amplios sectores de la población se han beneficiado del “dinero fácil” repartido desangrando el erario público. Algunos ejemplos: el “bono puntualidad” al que se tiene derecho por llegar en hora al trabajo, o el bono que reciben los trabajadores forestales que realizan al aire libre su actividad. Peluqueros, músicos que tocan un instrumento de viento, presentadores de televisión y otras 600 categorías de trabajadores también tienen derecho a jubilarse anticipadamente, las mujeres a los 50 años y 55 los varones, por realizar un trabajo desgastante: los peluqueros por utilizar la tintura para el pelo y los presentadores televisivos por usar... micrófonos. Las hijas solteras de los empleados públicos tienen derecho a recibir la jubilación del padre fallecido siempre y cuando no tengan un trabajo. Sólo este tipo de jubilaciones le cuestan al Estado 600 millones de dólares al año.    

El otro punto de la cuestión es que las deudas se pagan y los compromisos se respetan. Renunciar a esta regla significa hacer volar por los aires la lógica de la economía de mercado. Confianza, viene de fe, crédito viene de creer, es decir, de términos teológicos y al mismo tiempo mercantiles, revelando un entrelazamiento entre ambas dimensiones. Los pobres más pobres, durante mucho tiempo, no fueron las personas sin bienes materiales, sino aquellos que no generaban confianza, aquellos por los que nadie estaba dispuesto a dar garantías, al punto que ni siquiera podían dar testimonio en los tribunales. Faltar a la palabra, traicionar la fe, renegar una deuda, producían de por sí la exclusión y la pobreza, debido a la centralidad, teológica y económica, que asumía la confianza mutua. Por lo tanto, las deudas se pagan y Grecia no está en condiciones de hacerlo.

Un tercer punto de esta cuestión es que si talas la rama del árbol sobre la que estás sentado, te caes. Es lo que están haciendo los acreedores de Grecia, principalmente Francia y Alemania. Desde hace tiempo se sabe que Grecia habría podido pagar sólo parcialmente sus deudas y en el largo plazo, por lo que los mercados ya habían “descontado” esta posibilidad. Es decir, ya se ajustaron a esta eventualidad. Significa que una reestructuración de la deuda con una quita o cualquier forma de ampliación de los plazos no tendría consecuencias irreparables sobre la economía europea. Algo muy distinto de una salida improvisa del sistema del euro (la moneda europea) o un default descontrolado, o una situación de pánico generalizada. Nadie sabe bien qué podría ocurrir en estos casos.

Tanto el primer ministro Tsipras como su ministro de economía, hoy dimisionario, Varoufakis, no estuvieron a la altura. El segundo ha jugado mal sus cartas suscitando antipatías también en el plano humano. Y lo mismo ha hecho el sonriente Tsipras, enemistándose con todos los protagonistas de las negociaciones. No parece ser la mejor estrategia para quien negocia desde una posición muy débil. Un mixto de arrogancia, falta de preparación técnica y rigidez ideológica que han reducido el margen de maniobra del país a niveles muy bajos. La jugada final de convocar a referéndum sobre el plan de ajuste reclamado por los acreedores ha revelado la incapacidad de Tsipras de poder estar a la altura. El “mandato” para negociar ya lo había recibido expresamente al ganar las elecciones.

La política del FMI produce desastres. La realidad muestra que este organismo más que evitar las crisis las acentúa. En el caso concreto, si bien es cierto que Grecia tiene enormes responsabilidades, también es cierto que en los últimos años puso en marcha reformas estructurales que, aunque insuficientes, habían comenzado a producir efectos: baja del déficit público, reducción de los empleados públicos del 25 por ciento, se subió la edad para la jubilación, recortes salariales. Un medicamento bien amargo. Pero gran parte de estas medidas producen efectos en medidas superiores a los costos sólo en el mediano y largo plazo. La actitud del FMI de seguir exigiendo más y más ajustes vuelve inútiles los sacrificios realizados, frustrando y desalentando a una ciudadanía postrada por la crisis.

Finalmente, cabe acotar que los Estados no son empresas. En los últimos meses se ha hablado de las negociaciones entre Atenas y la troika utilizando las categorías típicas del derecho comercial: condiciones, sanciones, contratos, obligaciones, etc. Como si a la mesa estuvieran sentados privados y no los representantes de Estados y organismos internacionales. Que estas entidades reduzcan su discurso público a categorías de contabilidad indica la profunda falta de política que afecta a la Unión Europea; hasta qué punto sea necesario refundar nuestra convivencia civil, como ciudadanos y comunidades nacionales, sobre las categorías de la fraternidad y la gratuidad, olvidadas desde hace mucho por la política y la economía.

Responder a este estado de cosas desde los egoísmos regionales sería el más grave error. Tenemos necesidad de más Europa no de menos Europa, de una Europa más valiente. Hay que augurarse que nuestros representantes encuentren este coraje, abandonen por un momento la lógica de los cálculos y se demuestren capaces de perspectivas amplias y de visión, de unidad. Hay que volver a creer en la utopía que puso las bases del sueño de una Europa unida, y por esto próspera, inclusiva y pacificada.

 

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