El llamado síndrome o falacia del costo hundido es el error de quien deja que los costos asumidos ayer condicionen las decisiones de hoy. Sin embargo, es la tierra prometida del mañana la que da sentido al presente, y no el recuero de las cebollas de Egipto.
Luigino Bruni
publicado en Messaggero di Sant'Antonio el 03/07/2026
Una de las primeras leyes económicas que existen recibe el nombre de “síndrome de los costos hundidos”. Es el error, muy común, de quienes dejan que los costos contraídos ayer condicionen las decisiones de hoy. Imaginemos, en un ejemplo simplificado, que una empresa compró maquinaria hace unos años para lanzar una nueva línea de productos (por ejemplo, para la confección, en el sector textil).
Al poco tiempo, se advierte que la inversión no produce los frutos esperados, y esas máquinas empiezan a convertirse en un problema. Para algunos, es evidente que hay que olvidarse de los costos del pasado y tratar de mirar el presente y, por ende, hacia el futuro, pero el propietario no logra aceptar aquella pérdida y, por lo tanto, no consigue admitir su error. Así que empieza a imaginar nuevos usos para las máquinas, con la idea de reducir al menos el malestar ocasionado por aquella decisión equivocada. Empiezan a gastarse energías y más dinero tratando de resucitar esa instalación que nació muerta, mientras las otras líneas de producción comienzan a resentirse, porque muchas personas se desvían de sus jornadas regulares con la esperanza de reutilizar, reconvertir y rehabilitar las viejas máquinas.
¿Cuál sería la buena opción? Tener el corazón en paz por el dinero gastado ayer y por la inversión que salió mal, cosas que pasaron, e impedir que aquel error siga haciendo daños hoy. Lamentablemente, este síndrome está muy presente en las decisiones cotidianas de mucha gente, todos los días. Pensemos, por poner otro ejemplo, en una monja que vive hace treinta años en un convento. Entró cuando tenía 20 años y hoy tiene 50. Ahora que alcanzó una madurez se da cuenta, por una evolución en su vida, de que se equivocó en aquella primera elección: “Yo no debí haber entrado al convento. Fui una estúpida, y más todavía los que me aconsejaron a entrar”. Y empieza a pensar en un cambio de vida, pero el “precio pagado” o la inversión de treinta años de su existencia se convierte en un obstáculo adicional: “¿debería desechar treinta años de mi vida?”. Entonces, para no tirar por la borda la vida pasada, que ya pasó, sigue desperdiciando los años que le quedan, permitiendo que el pasado se devore el presente.
Sería absurdo pensar que todas las personas (monjas, monjes, esposas, esposos…) que están en una gran crisis y que piensan en irse deban hacerlo, como única solución, no estoy diciendo eso. Las soluciones a estas crisis son muchas; algunas están en quedarse en el convento, en la familia o en la comunidad de siempre. Sin embargo, la razón para quedarse no debe ser el no querer desechar la inversión pasada, porque en ese caso se sigue desechando el presente y el futuro, que se viven con rabia y veneno contra la vida, contra sí mismos, contra los otros e incluso contra Dios. La razón para quedarse hay que buscarla siempre en el presente y en el futuro, en una segunda elección de la misma vida de ayer, porque debe quedar claro que el futuro es lo que da sentido al presente, y no el remordimiento o el arrepentimiento del pasado. Distinto es el discurso del que se queda por una misteriosa fidelidad a sí mismo, que se vuelve más importante que su propia felicidad; pero en estos casos, todo habla de presente y de futuro. Es la tierra prometida del mañana la que da sentido al presente, no la añoranza de las cebollas de Egipto.
Crédito de la foto: © Fabiano Fiorin / Archivio MSA