La civilización del pan que se da

Preguntas desnudas/15 – Vivir y dar con gratuidad y gratitud. Así nada se tira.

de Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 14/02/2016

Logo Qohelet rid mod"Valencia. Un hombre viejo paseaba por la orilla del estanque con un perro tal vez aún más viejo. Le vi acercarse al borde del agua. Sacó de una alforja una hogaza de pan duro y se la fue echando, trozo a trozo, a los peces. Me quedé mirando, fascinado por la monotonía de sus gestos. No duró poco. Hasta que no se acabaron las provisiones, no entendí que lo que estaba presenciando era un versículo del capítulo 11 de Qohélet: "Echa tu pan al agua". Un hombre viejo, en el otoño de 1993, en una ciudad española, estaba cumpliendo a la letra esa invitación, dándole forma única al verso."

Erri de LucaRelato sobre un versículo de Qohélet

Echa tu pan al agua, que al cabo de mucho tiempo lo encontrarás” (Qohélet 11,1). Este es uno de los versos más bellos y sugerentes del libro de Qohélet.

Su significado no es sencillo. Podría esconder restos de un antiguo proverbio acerca de las ventajas y los peligros del comercio marítimo. Pero esta ambivalencia no debería ser un obstáculo para que nos inclinemos por su significado más primario e inmediato (una antigua y sabia regla sugiere que, ante un texto complejo, se elija la interpretación más sencilla). Entenderemos mejor su sentido si leemos este primer versículo junto con los que le siguen: “El que vigila el viento no siembra, el que mira a las nubes no siega. (…) Siembra tu simiente de madrugada y no des paz a tu mano hasta la tarde. Porque no sabes cuál es la semilla buena: puede ser una, la otra o ambas” (11,4-6). La ley de la vida fecunda es la excedencia, la magnanimidad, la generosidad. Para que el trigo del pan pueda crecer y alimentarnos, debemos sembrar más de lo necesario, ir más allá del cálculo de la eficiencia y echar en la tierra más semillas de las estrictamente necesarias. No debemos lanzar nuestra simiente únicamente en la tierra buena. También las piedras y las espinas deben recibir su parte. Si sólo sembramos dentro de los estrechos límites del buen campo, el trigo que germine no será suficiente ni siquiera para nosotros. La fertilidad del “céntuplo” exige la generosidad del sembrador: que éste sea capaz de desperdiciar buena parte de la simiente, capaz de sublimarse, de transcenderse.

Cuando Qohélet escribía o dictaba estas palabras, el pan era un alimento esencial y escaso para la práctica totalidad de la población. Con pan se podía vivir y alimentar a los hijos. Sin pan, el destino era el sufrimiento y la muerte. Así pues, arrojarlo al agua era un gesto subversivo, imprudente, curioso y equivocado a ojos de los observadores del lanzador. Pero ya sabemos que a Qohélet le gustan las paradojas, sobre todo las que nos pueden ayudar a desenmascarar la vanidad y las certezas fáciles y auto-ilusorias. También en esta ocasión, el mejor exégeta de un versículo hermoso y misterioso como este, es su propio autor. Si le dejamos “hablar” con todas las palabras de su libro, nos dirá que en esta ocasión la lectura más inmediata del texto puede ser la más correcta. Si miramos este texto con el gran angular del libro entero, descubriremos que la clave de lectura del comienzo de este penúltimo capítulo sigue siendo la polémica de Qohélet contra la religión económico-retributiva. Nada hay más subversivo para la lógica económica que un pan arrojado al agua.

A diferencia de lo que ocurre en nuestra sociedad, en la de Qohélet el pan era mucho más que una mercancía. Era un bien especial. En muy contadas ocasiones era objeto de compraventa. Se producía comunitariamente y se compartía en las comidas. Pero sobre todo se regalaba. Un mendrugo de pan no se le negaba a nadie, ni ayer ni hoy; hacerlo supondría renegar de nuestra dignidad. Además, el pan se usaba en los sacrificios, como bien valioso y ofrenda sagrada (Génesis 14,18). Más allá del autoconsumo y de los deberes para con el culto y la solidaridad, el pan no se podía ni se debía tirar. Cuando yo era niño, si un trozo de pan se caía al suelo y se estropeaba, antes de dárselo a los animales, mi madre me obligaba a besarlo. Todo pan vivido como don recibido se convierte en pan eucarístico: es buena gratuidad (eucharis), gratitud. Es maná, pan de vida. Tan potente y esencial es su presencia que podríamos releer la Biblia como la historia del pan.

Es seguro que Qohélet no quiere invitarnos a usar el pan para hacer sacrificios propiciatorios al mar o a los dioses acuáticos. Es durísimo incluso con los sacrificios a Elohim en el templo de Jerusalén: 4,17. El pan que se arroja al agua tampoco es el de los pobres ni el del templo. Es un desafío a la teología que justifica cada acto humano en base a sus resultados. Un desafío a los que dan pan para ser justos y así ganarse la bendición de Dios: “El hombre generoso será bendito, porque comparte su pan con el pobre” (Proverbios 22,9). En cambio, Qohélet nos sugiere que echemos el pan al agua, si queremos que vuelva a nosotros muchas veces, muchos días, de muchas maneras. Su sabiduría es la de la excedencia, la de la superación de los límites de la razonabilidad y la conveniencia, ya sea social o religiosa.

Los que han intentado vivir la vida de verdad y hasta el fondo, formando una familia, trayendo hijos al mundo; los que han creado una empresa o una comunidad, o la han mantenido con vida después de haberla recibido en herencia; los que han seguido sinceramente una vocación… saben que las cosas más hermosas vuelven a ellos cuando son capaces de superar el registro del cálculo utilitarista, cuando abandonan la lógica del coste-beneficio e, inconvenientemente, hacen lo que la prudencia y el sentido común, por sí solos, desaconsejarían. Siembran en la estación equivocada, zarpan sin viento favorable. Algunas veces, contra pronóstico, aparecen frutos y desaparece la calma chicha. Al menos una vez. Como cuando engendramos un hijo tan sólo por amor, olvidándonos de cualquier provecho para nosotros. O cuando sabemos partir creyendo en una tierra prometida, aunque nos espere el desierto. O cuando, ya viejos, partimos una vez más, creyendo todavía en esa tierra a pesar de haber cruzado muchos, demasiados, desiertos, sólo desiertos. Y cuando, a sabiendas de que el pan que nos queda es el último, no lo guardamos en la alforja sino que lo echamos al agua. Cuando deseamos que el paraíso exista aunque estemos seguros de que no será para nosotros.

En nuestra vida hay muchos actos de gratuidad, pero casi siempre son parciales y sólo nos liberan de algunas dimensiones de la lógica retributiva. Muchas veces estamos demasiado embadurnados de reciprocidad como para ser capaces de abandonar el registro del intercambio. ¿Es posible la gratuidad absoluta, el amor puro?

La cuestión del “amor puro” fue abordada por cierta teología hace unos siglos. Después de los debates y las reacciones a la Reforma protestante, se pensó que era necesario ponerse en guardia frente a los peligros de extender al hombre una prerrogativa que se consideraba exclusiva de Dios: la capacidad de amar con un amor puro. El amor puro es peligroso, subversivo. Pero si observamos bien el mundo, nos daremos cuenta de que, a pesar de todo, los seres humanos también son capaces de amor puro. Casi nunca amamos así, pero forma parte de nuestro repertorio. Y si en la vida no hay al menos una experiencia de dar y recibir amor puro, la humanización no es plena y el camino bajo el sol se detiene demasiado pronto. Un hombre sin amor puro se queda demasiado pequeño. Nuestra semejanza con Elohim debe incluir también su amor. Al menos una vez. Aunque sea una sola y decisiva vez. Quizá en la última hora, cuando tengamos la oportunidad de dar el último pan que se nos pida y convertirnos así, con nuestro cuerpo, en eucaristía de la tierra.

La Biblia, y por consiguiente la vida, está llena de una excedencia que sólo llega cuando abandonamos, libremente o por necesidad, el horizonte comercial. Un hijo perdido que sólo vuelve a casa después de haberlo dejado marchar; un niño que nace de un vientre marchito; el carnero que aparece después de haber empuñado el cuchillo; unos pocos panes entregados y perdidos que se multiplican; un profeta que resucita después de que le hemos visto morir en la cruz. No hay contrato que pueda devolver a la vida a un hijo muerto, ni hacer que engendremos cuando nuestra capacidad se ha agotado, ni resucitar a un crucificado. Ningún carnero puede ser cambiado por un muchacho, ni existe ninguna bolsa donde cinco panes puedan transformarse en comida para alimentar a una multitud.

Las verdaderas sorpresas de la vida son las que florecen libremente de la excedencia, las que nadie podía prever ni imaginar, las que nos salvan porque son inmensamente más grandes que nosotros y nuestras conveniencias. Si tuviéramos la garantía, o la simple esperanza, de que el pan que damos un día se convertirá en céntuplo, ese pan dejaría de ser buena gratuidad capaz de multiplicarse. Sería una inversión, un seguro o una apuesta. Para construir aquí en la tierra la “civilización del céntuplo” o al menos un fragmento, es necesario aprender de nuevo la lógica de la excedencia y del pan entregado a las aguas. En las aguas se pierden muchos más panes que los que la corriente nos devuelve. Si el pan multiplicado por las aguas es extraordinario es porque teníamos la certeza de haberlo perdido para siempre cuando lo dimos. El valor infinito, y por consiguiente impagable, del pan dado que vuelve muchas veces, en muchos días, depende también de la cantidad de pan que queda en el fondo del mar y que no vuelve para alimentarnos. No todo el pan que hemos dado vuelve a nosotros. Pero lo que nos parece desperdicio y dolor puede entrar en otra economía más grande, que incluye al mar y a sus peces. La tierra vive y se alimenta de nuestras lágrimas convertidas en pan (Salmo 42,4).

El último pan que queda es el que se centuplica. No el pan superfluo ni el de la filantropía de los ricos. Sólo pueden volver multiplicadas las migajas de Lázaro, no las sobras del rico Epulón: “Los hartos se contratan por pan, los hambrientos dejan su trabajo. La estéril da a luz siete veces, la de muchos hijos se marchita” (1 Samuel, 2,5). Sólo el pan de los pobres puede ser “salvado de las aguas” y volver un día para liberarlos de su esclavitud, más allá del mar.

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