El sabio no se hace dios

Preguntas desnudas/12 – Nos hace falta una doble gratuidad: al dar y al recibir

de Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 24/01/2016

Logo Qohelet"La sabiduría clama por las calles, por las plazas alza su voz; llama en la esquina de las calles concurridas, a la entrada de las puertas de la ciudad pronuncia sus discursos."

 

Libro de los Proverbios, 1,20-21

La sabiduría existe. Desearla y buscarla es lo mejor que hay en esta tierra. Pero siempre queda fuera de nuestro alcance. Si uno se acerca demasiado, desaparece o se transforma en otra cosa más sencilla e insustancial. Es algo muy distinto a lo que hoy llamamos inteligencia, talento, erudición, competencia o cultura.

Todas esas cosas son distintos capitales que poseemos y de cuya gestión, desarrollo y cultivo somos responsables. La sabiduría es otra cosa. No es un stock del que podamos disponer. Interactúa con nuestros capitales naturales y morales, pero es distinta de ellos. Hay personas sabias que no son especialmente inteligentes, ni eruditas, ni tienen mucha experiencia. También los niños saben decir palabras de sabiduría. La sabiduría es un don y, como todos los dones, depende poco de los méritos. Es un soplo libre que vuela y se posa donde quiere. Como la belleza, la verdad, la santidad o la felicidad. Es posible y necesario buscarla, pero no es nunca resultado de un proyecto intencional. No es una virtud, es un don. Sólo llega de vez en cuando y si previamente hemos perdido la voluntad de dominarla.

«Dije: Seré sabio. Pero eso estaba lejos de mí. Lo que existe es lejano. Es profunda profundidad. ¿Quién puede alcanzarlo?» (Qohélet 7, 23-24). La sabiduría se nos escapa. Su profundidad es demasiado profunda, su lejanía demasiado lejana. Sin embargo, algunas veces se hace presente, actúa, obra y transforma la historia. Entonces podemos reconocerla: «¿Quién como el sabio? ¿Quién como él sabe explicar una cosa? La sabiduría del hombre hace brillar su rostro, y sus facciones severas transfigura» (8,1).

Así pues, la sabiduría posee un resplandor característico que modifica los rasgos de la cara. El rostro brillante se hace visible para los otros, como el de Moisés cuando bajó del Sinaí con las tablas de la ley. La sabiduría es una relación, muestra su brillo a quienes son capaces de reconocerla en el rostro de otros. Las señales de la sabiduría son visibles bajo el sol gracias a la luz de un rostro humano. El testigo de la sabiduría es el otro, que ve su luz única. Pero el otro sólo es un buen espejo si absorbe la luz sin devolvérsela al sabio. Esa es su típica pobreza. El sabio brilla con una luz especial, que se enciende dentro de una relación. Pero esa luz desaparece cuando se mira de forma narcisista en un espejo distinto a los ojos del otro que está ante él. Esta relacionalidad constitutiva de la sabiduría es un dispositivo intrínseco de gratuidad, que impide que el sabio se apropie de su sabiduría, so pena de que la luminosidad del rostro se extinga. Cuando el sabio comienza a ver su propio rostro más luminoso que el de los demás, a enamorarse de su luz distinta, la sabiduría desaparece por falta de gratuidad: «Esa agua no es para mí» (Bernardette Soubirous).

Todos los sabios son siempre sabios provisionales. De ellos sólo emana la luz de la sabiduría mientras la experimentan. Y entre una experiencia de sabiduría y otra, son pobres e indigentes como todos los vivientes bajo el sol; pronuncian las palabras de todos, tienen la luz de todos los rostros. Así pues, la luz especial de la sabiduría es efímera, sólo vive dentro de una relación concreta y mientras dura la experiencia. No es acumulable, no se puede conservar en un cofre. Si la sabiduría es don-gratuidad, no existe el oficio de sabio: «No te vuelvas demasiado sabio. ¿A qué destruirte?» (7,16).

La sabiduría está lejos, es profunda profundidad. Ningún sabio lo es siempre y para siempre. La sabiduría es una experiencia. Seremos sabios siempre que experimentemos la sabiduría y sólo mientras lo hagamos. Por muchas palabras luminosas que hayamos dicho en el pasado, no tenemos ninguna garantía de que sigamos diciéndolas también mañana. Únicamente podemos esperar que así sea. No hay sabiduría si no se renueva el milagro de la gratuidad aquí y ahora.

Por este motivo no es cierto que los sabios sean siempre los mejores testigos de las palabras que dicen. La verdadera sabiduría, que dice palabras que transforman la vida de los demás, no siempre logra transformar la vida de aquellos que las pronuncian. La sabiduría excede siempre al sabio, por muy grande y muy testigo que sea. La vida moral del sabio no es la prueba de su sabiduría. La verdad de sus palabras no está en su testimonio. La prueba de la presencia de la sabiduría es el esplendor del rostro y de las palabras. Este es uno de los grandes misterios de la gratuidad-charis sobre la tierra.

De aquí se derivan algunas sugerencias. Desconfiemos de los “sabios” que muestran su propia vida como medida de la sabiduría de sus palabras y se ponen a sí mismos como modelo para aquellos que ven la claridad de su rostro y la siguen. Desconfiemos de los que dicen poseer la sabiduría, de los que se sienten dueños de ella, de los que creen tenerla siempre al alcance de la mano y la consideran como un capital del que pueden disponer en cualquier momento. Ciertamente son falsos sabios. La primera sabiduría de los sabios consiste en una conciencia humilde de que la fuente de la sabiduría que expresan no son ellos mismos, sino otra fuente de la que, a veces y sin conocer la razón, sale un agua distinta y siempre nueva. Saben que son ciegos, que de vez en cuando ven y hacen ver. Cuando la sabiduría se enciende dentro de una relación concreta, el primer sorprendido, agradecido y maravillado por la sabiduría que expresa, es el que se descubre en el rostro una luz que no conocía antes y se convierte en oyente de sus propias palabras, puesto que no son sólo suyas. Si Qohélet ha sido capaz de regalarnos palabras de sabiduría es porque nunca creyó que la había alcanzado.

Hay una tercera advertencia: no es bueno decirles a los sabios que su rostro brilla con una luz distinta, porque les exponemos a una tentación mayor. Para que la luz de la sabiduría no se reduzca en la tierra, a los sabios se les pide gratuidad. Pero también se les pide a aquellos que los ven y gozan con su sabiduría. Si la primera gratuidad es difícil, la segunda no es menos ardua. La gran tentación de los sabios consiste en enamorarse y apoderarse de su propia sabiduría, en desear que la luz verdadera pero efímera se transforme en luz constante aunque falsa. Por su parte, la tentación de los que contemplan y disfrutan esa sabiduría consiste en el deseo de institucionalizar la claridad de ese rostro, de no conformarse con una claridad temporal, y así hacer del sabio un dios inmutable. En la relación que genera la sabiduría, el peligro, siempre actual, es la idolatría.

La virtud del sabio consiste en saber resistir dentro del sufrimiento específico que supone donar una luz que no conoce ni controla. La sabiduría sólo florece entre iguales, sólo entre pobres. El reino de la sabiduría es el reino de estos pobres: de los que no se hacen dios y de los que no quieren adorar a un ídolo. Para comprender la visión de Qohélet acerca de la sabiduría, es necesario tener muy presente su polémica con los movimientos “apocalípticos” de su tiempo, poblado de visionarios que entretenían a las masas, encantadas con sus relatos de revelaciones, de los que eran dueños únicos e indiscutibles. Ciertamente, en el mundo hay personas más sabias, menos sabias y necias. Hay personas muy sabias, pero no hay garantías de que la sabiduría y la luz se activen siempre ni siquiera en ellas. Qohélet ama y busca la sabiduría, pero desconfía de los sabios cuando se convierten en un estatus, en una categoría social o en una élite que usa la luz del rostro con “fines de lucro”.

Hay rostros con luz artificial, con rasgos y guiños modificados a propósito, que sólo convencen a los que están dispuestos a seguir y adular a un falso sabio. Cuando se ve la vida de algunas personas que han experimentado la sabiduría, se observa que su mayor reto es conservarla con el paso de los años. Llega un momento en que la tentación de apropiarse de la luz que dan a los demás se hace mucho más fuerte, casi invencible. Muchas veces en ese momento la luz comienza imperceptiblemente a perder luminosidad y los rasgos de la cara empiezan a cambiar. La gratuidad desaparece y con ella sus típicos frutos: libertad, alegría, presencia de los pobres. Es un proceso que involucra tanto a los ex sabios como a sus oyentes, y por eso es una trampa de la que es muy difícil salir. Pero no es imposible.

No olvidemos que Qohélet se presenta ante su auditorio con el nombre de Salomón (capítulo 1), quien, a pesar de ser el rey más sabio, en la última parte de su vida sufrió una involución. La compleja, ambivalente y misteriosa historia personal del rey Salomón es un trasfondo esencial para entender las palabras de Qohélet acerca de la sabiduría. Salomón, sabio en su juventud, al envejecer “se descarrió a causa de muchas mujeres” y adoró a dioses extranjeros (1Re 11). Este es un dato que puede explicar en parte la durísima crítica de Qohélet a la mujer (7,26-28). Ni siquiera el hombre más sabio de todos fue siempre sabio, durante toda la vida.

Pero todos podemos ser sabios. Todos en la vida hemos tenido experiencia de esta sabiduría. Al menos una vez. No es un bien de lujo, disponible sólo para algunos espíritus elegidos, animadores de un club espiritual. La verdadera sabiduría es popular, vive dentro de las casas de todos, en los lugares de trabajo, en las plazas, en los mercados. Es la luz que vemos encenderse en el rostro de un amigo cuando, siendo pobre como nosotros, recoge nuestro dolor y acierta a decir palabras de vida, que siempre nos consuelan y algunas veces nos salvan. Es la luz que hemos visto muchas veces en los rostros de nuestros padres, cuando nos daban esas pocas palabras distintas con las que seguimos caminando todavía hoy. Mientras nos calentamos a la luz de la sabiduría (si la luz del rostro del otro no nos calienta no es la luz de sabiduría), todos hacemos experiencia de la lejanía de la sabiduría, de su “profunda profundidad”. Y así seguimos deseando buscarla, con gratuidad.

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