La pirámide de las víctimas

Preguntas desnudas/10 - Acumular bienes no es una bendición; en el trabajo hay felicidad

de Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 10/01/2016

Logo Qohelet"Cuando la Providencia dividió la tierra entre unos pocos nobles propietarios, no olvidó ni abandonó a aquellos que parecían haber quedado fuera del reparto. Ellos también tuvieron su parte. En lo que constituye la verdadera felicidad de la vida humana, los pobres no son inferiores a los que aparentemente se encuentran muy por encima de ellos. En la felicidad, todos los diferentes rangos de la vida están casi al mismo nivel, y el mendigo posee la seguridad por la que luchan los reyes."

Adam Smith, La teoría de los sentimientos morales

La profanación del derecho y la justicia siempre han estimulado la voz y la indignación de los profetas, que siguen desenmascarando a los corruptos y llamándolos a conversión.

Qohélet hace una crítica de su injusta sociedad distinta de la profética, pero no menos radical. Sin creer mucho en la conversión moral de los poderosos, con la fuerza de su sabiduría desmonta desde dentro la lógica de su poder y su riqueza, mostrando laicamente su intrínseca vanidad.

Hoy necesitaríamos nuevos profetas de palabras inflamadas para dar esperanza a los pobres humillados, pero también nuevos Qohélet, capaces de desvelar la estupidez y la tristeza de nuestras fingidas riquezas y falsas felicidades.

«Si ves la opresión del pobre y la violación del derecho y la justicia, no te asombres por eso. Por encima de una autoridad hay otra, y otra más por encima de ambas. También el rey es, por su beneficio, servidor de la tierra» (Qohélet 5,7-8). Al llegar a la mitad de su discurso, Qohélet nos introduce en el dinamismo del poder y de las sociedades burocráticas y jerárquicas. Su primer dato es el «pobre oprimido»; pero, en lugar de formular una condena moral, "ama" a ese pobre con la verdad, y así nos desvela una realidad no evidente. Nos dice que los que parecen fuertes y dominadores en realidad son víctimas de un sistema enfermo y corrupto.

El ojo desenmascarador de Qohélet consigue ver por encima del pobre una alta pirámide de opresiones, explotaciones e injusticias. Encima de cada verdugo hay otro que lo oprime, y así sucesivamente hasta llegar al último jefe, al rey, al que Qohélet ve como otro «servidor de la tierra». Aunque el significado de este versículo (5,8) es dudoso, porque el tiempo lo ha corrompido, no es improbable pensar que Qohélet deseara incluir al rey en la cadena de servidumbre y vanidad. Ni siquiera el hombre más grande y rico, como afirma también el Génesis en el “ciclo de José”, puede emanciparse de la dependencia de los ritmos de la naturaleza, de las carestías y calamidades, de llegar a ser polvo y tierra como todos los hijos de Adán: «Desnudo salió el hombre del vientre de su madre, y desnudo volverá tal como vino». (5,14).

En esta descripción de la injusticia como una pirámide social de abusos, podemos leer muchas cosas. En primer lugar, Qohélet nos da la posibilidad de tener una mirada moral menos severa sobre el verdugo final que oprime al pobre, porque su último e injusto acto de abuso tiene su origen en otros abusos de los que él a su vez es víctima. No hay ninguna justificación moral para su comportamiento, simplemente una invitación a leer mejor la explotación. Lo que nos parecen relaciones víctima-verdugo muchas veces son relaciones víctima-víctima. El mundo está poblado de hevel, todo es un infinito Abel, la tierra está llena de víctimas. Eso es lo que nos decía Qohélet al comienzo de su libro. Ahora, donde sólo veíamos verdugos, nos muestra las víctimas. De aquí se desprenden tres notas importantes: (1) el aumento de las jerarquías hace que el número de las víctimas bajo el cielo crezca; (2) sobre el último pobre oprimido cae el peso de la pirámide entera; y (3) si queremos salvar a los pobres de la opresión hay que derribar las pirámides generadoras de víctimas. Hoy igual que ayer, aunque si nos fijamos hoy en las empresas capitalistas o en otras instituciones jerárquicas, el abuso o la explotación no se nos presentan como su primera naturaleza. La ideología neo-directiva está sustituyendo las relaciones jerárquicas por los incentivos, que se nos venden como relaciones horizontales, como contratos libremente elegidos por todas las partes. En realidad, si nos dejamos guiar por la antigua sabiduría y tratamos de ver más allá de las apariencias ideológicas, descubriremos que detrás de un producto financiero tóxico vendido a un jubilado por una empleado, hay otro empleado de un grado superior que mete presión y oprime a ese empleado para que alcance los objetivos de los que dependen los ingresos y las carreras de ambos. Y así sucesivamente, ascendiendo por los escalones de la pirámide, hasta encontrar en la cima a uno o varios jefes “servidores” de las oscilaciones de la bolsa, la geopolítica y los fenómenos naturales. En ese último producto-abuso pesa toda la cadena de relaciones erróneas.

No todas las jerarquías son sinónimo de abuso y opresión, pero sí muchas de ellas, y la Biblia nos invita a soñar con una tierra nueva, con un derecho y una justicia que todavía no existen. No existen organizaciones sin el ejercicio de la autoridad, pero sí que es posible un ejercicio no jerárquico de la autoridad. Son pocos los experimentos históricos de una autoridad no jerárquica y muchos de ellos fracasaron. Pero mientras no aprendamos a traducir el principio de fraternidad en el gobierno de empresas e instituciones, el pobre seguirá “oprimido” y se multiplicarán las víctimas.

Después de esta descripción de la morfología del poder y de la jerarquía, Qohélet vuelve a uno de sus temas fuertes: la vanidad de la búsqueda de la riqueza, el humo de la avaricia. «Quien ama el dinero, no se harta de él, y para quien ama riquezas, no bastan ganancias. También esto es hevel, vanidad» (5,9). Deberíamos poner esta frase en la puerta de las escuelas de negocios, de las empresas y de los bancos. Cuando el dinero pasa de ser un medio a ser un fin, se transforma en un instrumento de creación de una infelicidad infinita, ya que el objetivo principal, y pronto único, de la vida se convierte en acumularlo. Pero la acumulación, por su propia naturaleza, no tiene fin, es un ídolo que siempre quiere comer más. No hay pobre más infeliz que el avaro, porque el aumento de dinero hace aumentar su hambre. Y continúa: «A muchos bienes, muchos que los devoren; y ¿de qué más sirven a su dueño que de espectáculo para sus ojos? Dulce el sueño del obrero, coma poco o coma mucho; pero al rico la hartura no le deja dormir» (5,10-11). ¡Cuánta sabiduría!

Ahora Qohélet nos lleva a un palacio medio-oriental de su época. Nos muestra a un rico rodeado de una multitud de cortesanos y parásitos que se comen su riqueza. No hay más que infelicidad, tanto para los parásitos como para el rico, cuyas riquezas y sueños alimentan a otros. En cambio, fuera del palacio hay un trabajador, un campesino o un artesano, que vive de su trabajo, y tiene dulces sueños. En estas pocas palabras encontramos el antiguo y eterno conflicto entre las rentas y el trabajo, entre los que viven consumiendo el pan de ayer y los que viven del escaso pan de su trabajo. El trabajo nunca ha generado grandes riquezas. Éstas casi siempre las han producido las rentas, es decir ingresos que nacen de alguna forma de privilegio, de abuso o de ventaja. Y de las rentas surgen parásitos, consumo improductivo que no genera trabajo ni felicidad para nadie. El “síndrome parasitario” aparece puntualmente en los tiempos de decadencia moral, cuando los empresarios, los trabajadores y categorías sociales enteras dejan de generar trabajo y flujos de nuevos ingresos hoy para invertir sus energías en proteger las ganancias y los privilegios de ayer.

El mal del parasitismo no lo encontramos sólo en la esfera económica. También caen en este síndrome, por ejemplo, las comunidades y movimientos que se hicieron grandes y hermosos gracias al trabajo de sus fundadores y de la primera generación pero, en lugar de desarrollar el patrimonio heredado con más trabajo, riesgo y creatividad, comienzan a vivir de las rentas, colmados de pasado, incapaces de generar “hijos” y futuro. El síndrome parasitario sigue siendo la principal causa de muerte de empresas y comunidades.

Qohélet se pone claramente de parte del trabajo, del que se fatiga “bajo el sol” para ganarse el pan. Ya nos lo había dicho (3,12-13) y ahora nos lo repite con más poesía y con más fuerza: «Esto he experimentado: lo mejor para el hombre es comer, beber y disfrutar (…) Esta es su paga» (5,17). No hay más felicidad que la que podemos vislumbrar en la cotidianidad de nuestro trabajo, disfrutando sus frutos. Qohélet continúa, coherentemente, con su polémica en contra de la religión retributiva y económica.

La bendición de Dios no está en la riqueza ni en los bienes. Pero, sorprendiéndonos, nos dice que es posible que el rico, por una especial concesión de Dios, también pueda compartir una “parte” de esta felicidad buena: «Cuando a un hombre Dios le da riquezas y tesoros, le deja disfrutar de ellos, tomar su parte y holgarse en medio de sus fatigas, esto es un don de Dios» (5,18). Es raro pero no imposible: el rico también puede ser feliz, si trabaja y consigue disfrutar de sus fatigas.

Hay millones de personas, ricas y pobres, empresarios y amas de casa, que consiguen dar sustancia y felicidad a su vida sencillamente trabajando. Cada día vencen la muerte y la vanitas ordenando una habitación, preparando una comida, arreglando un automóvil o dando una clase. Ciertamente, en nuestra vida hay felicidades más altas que estas, pero no seremos capaces de alcanzarlas si no aprendemos a encontrar la sencilla felicidad en el trabajo ordinario de cada día. Sólo nos salvamos trabajando. No por una alegría sentimental o auto-consolatoria que abunda en la piel de los que no trabajan – Qohelet no nos lo perdonaría –, sino por la alegría que surge del cansancio e incluso de las lágrimas. Pero Qohélet nos dice algo aún más hermoso: «No recordará mucho los días de su vida, porque Dios le llenará de alegría el corazón» (5,19). El trabajo genera alegría porque, al ocuparnos de una actividad no vana, aparta el corazón de “pensar demasiado” y mal en las vanidades de nuestra vida, que son reales; y porque allí es donde nos espera Elohim con su alegría.

Esta alegría humilde no es el opio del pueblo, sino sencillamente nuestro hermoso destino. Si la presencia de Elohim en el corazón es una “respuesta” a las buenas fatigas, si es el primer salario del trabajador, entonces esa alegría que de vez en cuando nos sorprende, precisamente mientras trabajamos, puede ser ni más ni menos que la presencia de la divinidad en la tierra. Amigo Qohélet, esta es verdaderamente una buena noticia. ¿Donde está pues tu proverbial pesimismo? Bajo el sol sí que es posible una alegría no vana.

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