Cómo vencer a la muerte

Preguntas desnudas/6 – La alegría se puede aprender (una y otra vez) viviendo la vida que tenemos.

de Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 13/12/2015

Logo Qohelet"He aquí la más grandiosa secuencia de verbos en infinitivo de todas las literaturas. Cuando actuamos bajo una fuerza y una urgencia inexorables, cuando el bien y el mal se imponen y se sobreponen, cuando estamos inmersos de lleno en el mundo, el infinitivo es la única manera de nombrar nuestras acciones".

Erri de Luca, Qohélet

“Todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo: Hay un tiempo para nacer y un tiempo para morir, un tiempo para plantar y un tiempo para arrancar lo plantado. Un tiempo para matar y un tiempo para sanar; un tiempo para destruir y un tiempo para edificar. Un tiempo para llorar y un tiempo para reír; un tiempo para lamentarse y un tiempo para danzar.

Un tiempo para lanzar piedras y un tiempo para recogerlas; un tiempo para abrazarse y un tiempo para separarse. Un tiempo para buscar y un tiempo para perder; un tiempo para guardar y un tiempo para tirar. Un tiempo para rasgar y un tiempo para coser; un tiempo para callar y un tiempo para hablar. Un tiempo para amar y un tiempo para odiar; un tiempo para la guerra y un tiempo para la paz.” (Qohélet 3,1-8). Aquí deberíamos detenernos para contemplar la fuerza y la belleza que nos alcanza después de atravesar con Qohélet el doloroso territorio del “hebel”, de la “vanitas”.

Hemos llegado al corazón del libro de Qohélet, a una de las páginas más hermosas de la Biblia. Aunque el término “tiempo”, entendido como tiempo favorable (en hebreo “‘et”: punto, hora, “momentum”, “kairos”), domina este breve poema, las palabras de Qohélet no son una reflexión filosófica acerca del tiempo. No habla a los filósofos griegos de su mundo. Su horizonte es bíblico y sapiencial. Siguiendo con su indagación, ahora Qohélet descubre que “bajo el sol” existe un orden, una ley impresa por el creador en la naturaleza y en las acciones humanas. En su viaje al océano de la vanidad, por fin llega a tierra firme. El humo se detiene frente al espectáculo del ritmo de la vida y de las acciones humanas. Por fin le parece que este orden no es vano.

En las culturas antiguas, cuando un sabio observaba el ritmo de la vida y de las estaciones, las vicisitudes humanas, las leyes de los oficios, y las causas de los sufrimientos y las alegrías, sentía que debajo de las cosas había una sabiduría. Veía que algunas acciones producían frutos malos porque habían comenzado en el momento equivocado. Veía que el nacimiento y la muerte seguían algún mandato intrínseco y no arbitrario. Se quedaba embobado viendo como cada cosa tenía su sitio, embrujado por la racionalidad de la vida, cautivado por el sentido (significado y dirección) de las obras y los días. La ley de la vida existe y la armonía de la sinfonía de la tierra sólo se puede escuchar sintonizando con los tiempos adecuados.

Después de llegar hasta el fondo de su decepción por la falta de un sentido verdadero en las fatigas bajo el sol, el cántico de Qohélet da aquí un primer giro. El antiguo sabio mira la tierra y la sucesión de las acciones humanas y descubre en ellas una verdad. Siente que también son cosas buenas y bellas: “¿Qué gana el que trabaja con fatiga? He considerado la tarea que Dios ha puesto a los humanos para que en ella se ocupen. Él ha hecho todas las cosas apropiadas a su tiempo” (3,9-11). Todo lo ha hecho apropiado “a su tiempo”, en su hora.

Nuestras acciones tienen un punto de belleza, una época en la que resplandecen. Para descubrirlo debemos verlas en su hora, en su momento. Cuando las cosas nos parecen feas y malas, a lo mejor simplemente es que estamos fuera del tiempo: comemos un fruto verde, valoramos un proceso que no ha terminado, no sabemos esperar que una vocación llegue a su cumplimiento, nos detenemos en el viernes santo. Vemos un árbol sin flores en otoño, sin esperar a la primavera.

Al final de su poema sobre el tiempo, la respuesta de Qohélet a la pregunta “¿qué beneficio (yitron) se obtiene de los afanes humanos?”, por vez primera no es “vanitas”, humo, sino que nos deja entrever una perspectiva distinta, una ganancia mayor que cero, una diferencia positiva entre los ingresos y los costes de afanarse bajo el sol. Los tiempos de los que habla Qohélet en su poema son tiempos “humanos”, son los momentos de la vida y del trabajo (amal), el ritmo normal de los “asuntos” ordinarios bajo el sol. No habla de los tiempos de los ríos, ni de los tiempos del emparejamiento de los animales o de las migraciones de los pájaros. Aquí la belleza está en las cosas humanas: nacer, morir, lanzar piedras, llorar, construir, coser, la paz. Estos afanes son buenos. Son los dolores de nacer y de morir, el cansancio bueno del trabajo humano. No siempre es hermoso nacer, morir, llorar, trabajar: lo es en su momento. Hay personas que, como los patriarcas, mueren “en la plenitud de sus días” y también hay muertes que llegan en el momento equivocado y no son bellas. El trabajo es bello si se desarrolla en el momento oportuno. Pero también existe el trabajo de los esclavos y los siervos, antiguos y modernos; el trabajo que no conoce momento propicio, cuando el tiempo del trabajo se convierte en el tiempo de la vida y así no puede generar ningún sabio “beneficio”. Es fácil ver la belleza de algunas personas, si se las ve en un momento adecuado de su trabajo. En cambio, a otras se las ve destruidas por un tiempo de trabajo erróneo, por un tiempo de trabajo que nunca llega o por un tiempo de trabajo que pasa demasiado pronto y no vuelve.

Para conocer de verdad a una persona, hay que verla mientras trabaja en su tiempo. Cuando no se dan las condiciones para que alguien pueda trabajar en el momento bueno, se le impide expresar su belleza. Nos privamos de demasiada belleza cuando dejamos a los jóvenes fuera de las empresas, cuando no dejamos que encuentren trabajo en el “tiempo oportuno”. Si la juventud es el tiempo propicio para el trabajo, probablemente los que comienzan a trabajar demasiado tarde no lleguen nunca a alcanzar toda la belleza que podrían expresar.

En este punto Qohélet incluye una de las frases más misteriosas, grandes y discutidas de su libro: “Elohim ha puesto el misterio del tiempo (olam) en su corazón, sin que el hombre llegue a descubrir la obra que Dios ha hecho de principio a fin” (3,11). Qohélet nos da aquí la clave de lectura de las “vanitas” que nos ha ido desvelando hasta ahora. Según su antropo-teología, los principios que Elohim-Dios ha puesto en el mundo están en tensión. Dentro del Adam-hombre ha puesto el “olam”, una palabra hebrea misteriosa y polisémica que a lo largo de los siglos se ha traducido de muchas maneras distintas. El olam hace referencia al deseo que guarda nuestro corazón de poseer la totalidad del mundo. El olam es el primer resorte de la religión, de la ciencia y de la filosofía. Vemos abrirse una flor y nos gustaría conocer todo su misterio. No nos basta la explicación de lo “múltiple” que nos ofrece cada ciencia (química, botánica). Sentimos con fuerza la atracción del uno, nos gustaría poseer todo ese abrirse. Qohélet nos dice que la totalidad de los tiempos y los momentos nos está vedada. El Adam no posee los tiempos de su mundo, no controla el ritmo de la vida. La “no vanitas” está en reconocer esto.

Frente a esta barrera, la cultura de su tiempo sentía una fuerte tentación de acudir a los ritos mistéricos, a la magia y a los horóscopos. Los magos y arúspices siempre han prometido satisfacer todas las exigencias del “olam” e introducirnos en el misterio de los tiempos de la vida. Y así poder controlar nuestro nacimiento y nuestra muerte, el amor y el odio, el llanto y la felicidad. Hoy, junto a los magos y arúspices, que sieguen teniendo un gran y creciente mercado, la técnica promete eliminar todas las barreras para satisfacer nuestro “olam”, entregándonos la ley del nacimiento y de la muerte, los tiempos y las almas de los trabajadores. Ante esta técnica Qohélet también dice: hebel, humo, hambre de viento.

Qohélet lucha también contra estas falsas soluciones y nos presenta un camino inesperado para resolver el conflicto entre el deseo del uno y la única posibilidad real del fragmento: “Comprendo que no hay para el hombre más felicidad que alegrarse y buscar el bienestar en su vida. Y que todo hombre coma y beba y disfrute bien en medio de sus fatigas, eso es don de Elohim” (3,12-13). Aquí Qohélet parece negar lo que había afirmado poco antes, al definir como vanidad la búsqueda de la felicidad en el vino, en el placer de los sentidos y en la riqueza (cap. 2). En realidad, la sabiduría de Qohélet nos sigue sorprendiendo. Cuando acoge la verdad de la no posesión del misterio del mundo, cuando en el dolor comprende que no es el dueño de las cosas cuya vida le fascina y le seduce y que no puede comer los frutos del árbol del conocimiento del bien y del mal, el Adam puede darse la vuelta, ver las cosas de forma distinta y descubrir el curso de la vida. Y sentirla como un verdadero don. La muerte sólo se puede vencer viviendo la vida que tenemos.

Después de sufrir durante años o décadas, sin conseguir dominar la realidad bajo el sol y sobre el sol, un día, cuando volvamos a nuestra mesa de trabajo, encendamos el ordenador y nos pongamos a hacer el trabajo de siempre, es posible que sintamos que la vida verdadera que buscábamos en el lugar equivocado simplemente estaba ahí, esperándonos para salvarnos. Todo lo posible estaba en ese fragmento, pero no podíamos aprenderlo sin dolor. Después de comer las bellotas y de sentir la aridez de una búsqueda espiritual insatisfecha, porque no podía satisfacerse, un simple trozo de pan puede tener el buen sabor del paraíso. Si hemos sido capaces de seguir caminando mientras se evaporaban nuestras ideologías de ayer, después de renunciar para siempre a los falsos consuelos, de repente puede llegarnos una nueva alegría de vivir. Es la alegría posterior a la experiencia de la vanidad, completamente distinta de la alegría de la primera época de las ilusiones. Es posible aprender a alegrarse de nuevo. Del cuerpo a cuerpo con los ángeles de la juventud pueden florecer nuevos alimentos, abrazos y trabajos. Un nombre nuevo. Este es el gran milagro que sigue aconteciendo todos los días bajo el sol.

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