La triste felicidad segunda

Preguntas desnudas/4 – La importancia de ver y considerar la condición humana entera

de Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 29/11/2015

Logo Qohelet"Jovencillo gracioso, / tu dulce edad florida / es como un día de alborozo lleno, / día claro y sereno, / que precede a la fiesta de tu vida. / ¡Goza, gózalo, pues! Edad de flores, / suave estación es esta; / nada más te diré; pero no llores / si se retarda tu anhelada fiesta.”

Giacomo Leopardi, Sábado en la aldea

Existe una tensión entre la felicidad y la verdad. Mientras ambas son pequeñas, van juntas con naturalidad. Pero cuando la verdad crece y gana espacio, la felicidad acaba evaporándose, y un dolor moral se convierte en el valioso compañero del último y decisivo trecho del camino.

Algunos, ante este nuevo y desconocido dolor, prefieren mantener la ilusión de salvar un poco de la vieja felicidad. Otros siguen el camino entre el humo de antiguas certezas. Y se encuentran con Qohélet: “Hablé en mi corazón: ¡Adelante! ¡Voy a probarte en el placer; disfruta del bienestar! Pero vi que también esto es vanidad. A la risa la llamé: locura; y del placer dije: ¿Para qué vale?” (Qohélet 2,1-2).

Tras haber explorado con la sabiduría el mundo de los hombres, acumulando sabiduría y conocimiento, y tras haber descubierto que todo es sólo viento y hambre de viento, Qohélet intenta otro camino no vano. Es el camino que siempre ha intentado la humanidad para encontrar algo bueno y verdadero que no fuera sólo humo y viento, habel. Es el camino de la búsqueda del placer en los cuerpos, en las riquezas, en el eros, en el bienestar: “Traté de regalar mi cuerpo con el vino, mientras guardaba mi corazón en la sabiduría, y entregarme a la necedad hasta ver en qué consistía la felicidad de los humanos, lo que hacen bajo el cielo durante los contados días de su vida” (2,3).

Qohélet nos presenta estas experiencias como otra indagación realizada con el corazón puesto en la sabiduría. Este hedonismo es también una experiencia vital: “Emprendí grandes obras; me construí palacios, me planté viñas; me hice huertos y jardines, y los planté de toda clase de árboles frutales. (…) Tuve siervos y esclavas, poseí servidumbre (…) Atesoré también plata y oro, tributos de reyes y de provincias. Tuve cantantes y coristas, y lo que más deleita al hombre: mujeres, muchas mujeres.” (2,4-8). Lo que describe Qohélet se parece mucho a la vida de Salomón, tal y como la narran los libros de los Reyes y de las Crónicas. El hombre más sabio de todos también buscó ‘algo bueno’ en los grandes palacios, en los jardines paradisiacos, en el lujo, en las fiestas y en las mujeres (“El rey Salomón tuvo setecientas mujeres con rango de princesas y trescientas concubinas”: 1 Re 11,3).

Esta búsqueda del placer llega después de que Qohélet ya ha experimentado la vanidad de la búsqueda de verdades más altas, intelectuales, filosóficas y teológicas. Este hedonismo es distinto al de la elección del placer al comienzo del camino, antes de haber buscado las alegrías más altas y espirituales. El hedonismo del que habla Qohélet es de distinta naturaleza: es la opción del que busca en la carne y bajo el sol lo que no ha encontrado en el espíritu y sobre el sol. Es la alegría del que quiere reír para no llorar más.

Existe el placer y el alborozo de aquellos que nunca han intentado ni conocido alegrías más verdaderas y altas que las primeras y primitivas de los cuerpos, el vino y los sentidos. Todos lo sabemos y lo vemos. Pero también existe la búsqueda del placer en aquellos otros que, decepcionados ante la revelación de la vanidad de la promesa de una felicidad más grande, dirigen la mirada hacia su propio corazón y empiezan a consumirse a sí mismos y a los demás con la esperanza de encontrar vida en otras ‘galaxias’.

Vemos personas que viven anhelando los placeres del cuerpo y de las cosas. Tal vez estén realizando una segunda búsqueda, después de que los primeros ideales más nobles se han revelado como humo. El corazón puede alimentarse de la carne propia y ajena para escapar de la carestía de alimentos más sublimes, esperados y prometidos pero no alcanzados. Se intenta saciar la indigencia del cielo vacío o mudo tocando los cuerpos y escuchando los sonidos de las cosas de la tierra, ‘comiéndose’ la vida que contienen. Con frecuencia se esconde mucho dolor y mucha desilusión detrás de unas vidas replegadas sobre sí mismas, que se conforman con el amargo sabor de las bellotas por la decepción ante los frutos del árbol de la vida que no han llegado. Responden con un viraje radical al hambre de vida primero, que se ha revelado como hambre de viento, y se aferran a la consistencia más baja pero verdadera de los cuerpos, los sentidos y las cosas.

No debe sorprendernos que a Qohélet esta búsqueda no le parezca necesariamente estúpida. Incluso con su propia experiencia le da una cierta legitimidad: “Llegué a ser grande, superé a todos los que me habían precedido en Jerusalén, y mi sabiduría se mantenía” (2,9).

Esta segunda felicidad la encontramos dentro de la Biblia. Esto debe darnos una mirada de misericordia hacia todos los que vuelven su corazón hacia esta felicidad segunda tras la desilusión de la primera. Es una buena noticia descubrir que en el humanismo bíblico también están las felicidades tristes que encontramos todos los días por las calles y dentro de nuestras casas, anidando en nuestro corazón. Son las felicidades de muchos de los que viven bajo el sol, demasiado comunes para ignorarlas, y se presentan puntuales a la cita también en la búsqueda de la felicidad más alta.

Los sabios que han explorado las altas vías del conocimiento espiritual y filosófico también llegan un día a la necesaria etapa de la desilusión. De la revelación de la vanitas nace una nueva necesidad casi invencible de explorar la verdad de los cuerpos y los bienes, que se convierten en el último territorio inviolado, del que muchas veces habían huido con la certeza de que era lo peor. Lo que habían visto y vivido como tentación y estupidez de repente se vuelve fascinante, la última tierra prometida. Esta fascinación y esta atracción se hacen tanto más fuertes cuanto más radical y sincero era el compromiso por la primera y más alta verdad. El descubrimiento de la realidad como impalpable humo y viento genera un deseo de lo que se puede tocar, ver y poseer. La dificultad de rezar y seguir a un Dios más verdadero, que no se ve ni se toca, transforma a YHWH en un becerro muy concreto y brillante.

La sabia indagación de Qohélet incluye también estas búsquedas segundas, que son parte de la condición humana y por ello son comunes, cotidianas, familiares, hermanas. Las toma en serio, no las rechaza a priori, las quiere probar, también por nosotros. Así el horizonte humano se ensancha para alcanzar a todos.

En el humanismo bíblico está también el camino del hijo entre la casa del padre y la última pocilga. Si saltamos demasiado pronto al abrazo misericordioso y al banquete, no vemos a todos los hijos consumidos por la felicidad del ‘vino’ y de los cuerpos. Y si no los vemos, se quedan en las bellotas y ya no vuelven. La mayor parte de nuestra vida transcurre pasando, varias veces, de las fiestas idolátricas de los becerros de oro a los banquetes misericordiosos de los novillos cebados, y viceversa. Todos somos constructores naturales de ídolos, casi siempre buscando simplemente vida y felicidad. De vez en cuando encontramos unos ojos y unos brazos que nos acogen y nos salvan. Qohélet es uno de estas miradas, uno de estos abrazos.

Pero Qohélet nos dice algo más. Nos explica por qué estos caminos de felicidad replegada son tan corrientes en la tierra: “Todo lo que mis ojos deseaban, me lo concedí; no hubo placer del que me privara, pues encontraba alegría en todo lo que hacía. Esto me compensaba de todas mis fatigas” (2,10). El corazón goza con la fatiga de buscar estas felicidades completamente terrenas y corpóreas, porque los bienes y los cuerpos están ahí también para alegrarnos y amarnos. En cambio, el conocimiento de la sabiduría más alta y espiritual produce sobre todo dolor, un trabajo que Qohélet define como ‘mal oficio’ y un ‘tormento’ (1,13). Buscar la felicidad en los cuerpos y en las cosas genera placer, tiene premio. La búsqueda del conocimiento desenmascara nuestras ilusiones, quita el velo y hace evidente nuestra desnuda humanidad indigente y precaria. En cambio, la búsqueda de la vida a través de los placeres inscritos en las cosas mismas proporciona un consuelo, que puede dejarnos largo tiempo, incluso para siempre, en la ilusión. No lleva dentro de sí el instrumento para su confutación, porque le falta el dolor, que siempre es el primer resorte para el cambio. Esta felicidad segunda nos alimenta, satisface una indigencia nuestra. La encontramos también dentro de las experiencias religiosas, donde, junto a la búsqueda dolorosa que desvela las ilusiones, encontramos prácticas no dolorosas que se alimentan consumiendo el placer y el ‘premio’ intrínsecos a esas mismas prácticas.

Pero al final de esta segunda búsqueda de la verdad en las felicidades bajo el sol, oímos una vez más pronunciar el tremendo y hermoso: “Todo es vanidad [habel] y atrapar vientos, ningún provecho [Itron] se saca bajo el sol” (2,11). Todo es habel, todo es una vez más un infinito Abel. Los placeres, los cuerpos y los abundantes bienes no pueden con el habel. Tanto los ricos como los pobres atrapan vientos. El hambre insaciable nos iguala a todos bajo el sol.

Esta búsqueda del placer tampoco produce ‘provecho’: no sobra nada. La recompensa de estos placeres se agota en el acto mismo de su consumo. No queda nada más allá de esto, no queda ganancia alguna tras su evaporación. Los ingresos de los placeres de la carne y de los bienes sólo llegan a cubrir sus costes: su alegría no se acumula, no se convierte en capital para saciar a nuestros hijos y a nuestra senectud. La felicidad de la vida y del cuerpo no se acumula adquiriéndola (¿y si fuera sólo don?). Adquirir es el verbo de Caín. ‘He adquirido [kanìti] un varón con el favor de YHWH’, dijo Eva al elegir el nombre de su hijo (Génesis 4,1). El primer Caín golpeó y venció a su hermano matándolo. Pero las adquisiciones de bienes y de personas ya no pueden vencer a Abel, porque también los hijos de Caín están bajo el signo del habel. El segundo Abel ha llegado a ser invencible.

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