Para darle un alma al mundo

Las voces de los días/13 – Lo que cuenta de verdad es caminar hasta el final

de Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 05/06/2016

Rosa rid“Casada tienes una pena: no sentir nunca dulzura alguna que no sea de todos”

Davide Maria Turoldo, El hombre

El desafío más difícil para todas las experiencias comunitarias es construir un “nosotros” que no acabe fagocitando los “yoes” de las personas que lo generan. Los nombres colectivos sólo están de parte de la vida y son buenos si van acompañados y precedidos de nombres y pronombres personales. En el origen de todas las patologías comunitarias y regímenes opresivos siempre hay un “nosotros” sin “yoes”, aun cuando se presenten como una promesa de liberación, revestidos con un ropaje salvífico.

Las comunidades sólo están al servicio de sus personas si reconocen que son segundas y dejan que la primera persona del singular vaya antes que la del plural. Cuando este orden natural de los plurales y los singulares se invierte o se niega, los caminos personales se deshacen, las vocaciones se marchitan y las comunidades se traicionan a sí mismas.

El destino de toda vocación es generar vida nueva, liberar a los esclavos de los faraones más allá del mar. Pero toda vocación es también una gran historia de amor. Para que pueda desarrollarse bien a lo largo del tiempo, debe existir la posibilidad concreta de mantener juntas la llamada a la liberación de los oprimidos y la delicada gestión de las emociones narcisistas que están presentes en todo enamoramiento. Al principio está el eros. La voz nos encuentra, nos llama y nos seduce. Nos encontramos dentro del sueño de los sueños. Todo a nuestro alrededor canta y está iluminado por un sol interior, más verdadero y luminoso que el que brilla fuera. Todos los sentimientos se inflaman, el corazón se mueve y se conmueve, la voz que nos llama se puede sentir y tocar como el pan, como las personas. Es una experiencia sublime, indispensable para emprender un alto vuelo bajo el sol. Cuando uno la conoce, la seguirá buscando toda la vida. Pero para que la vocación prosiga bien su desarrollo, es necesario que el eros madure en philia (amistad). Cuando eso ocurre, la primera llamada se convierte en una experiencia de compañía y fraternidad. Se abandona el registro único y prevalente del sentimiento y de la pasión para construir una comunidad. Los sentimientos y el enamoramiento no tienen por qué desaparecer, pero ya no son el único lenguaje, ni siquiera el primero. Este periodo de la vida, cuando la vocación construye ciudades nuevas, funda obras y se experimenta una nueva fecundidad y nuevos hijos, es por lo general muy hermoso y muy largo. A Ismael, el hijo de la carne, se le añade Isaac, el hijo de la promesa. La fe también cambia. Pasa de ser una experiencia sentimental e intimista a ser la gran historia de un pueblo. Germina en comunidad. En el amor de los otros se descubre el mismo amor primero. Se celebra una nueva alianza, juntos. La vocación se abre, se convierte en un acontecimiento colectivo. En la edad de la philia sigue presente el eros, porque cada forma de amor es co-esencial para vivir bien. No existe una buena philia (ni un auténtico ágape) sin eros. Mas cuando el eros madura en philia, cambia para siempre, se abre, se humaniza. 

No todas las vocaciones llegan a su fase agápica. Muchas de ellas, demasiadas, se bloquean en los estadios anteriores. Lo más común es detenerse en la fase “erótica”. Quedarse toda la vida dentro del registro del sentimiento, de las emociones, del romanticismo. En este narcisismo vocacional caen las personas que no salen nunca de su primer sueño para reinventarlo y recrearlo cuando desaparece. En lugar de leer el final de la fase del enamoramiento como una señal y una invitación a evolucionar hacia un amor distinto y más maduro, se quedan enredados en los lazos de los propios sentimientos, en una continua búsqueda narcisista de experiencias “espirituales” emotivamente excitantes, capaces de estimular los sentidos y las pasiones. La vida se convierte en un continuo vuelo de flor en flor, buscando nuevo polen fresco y embriagador. Buscan continuamente amistades, encuentros, nuevas comunidades, que pronto se “consumen” y se abandonan en cuanto se agota el alimento. La vida se convierte en una única, monótona y repetitiva experiencia de “consumo” emocional, sin llegar nunca a la fe “productiva” ni a la liberación de los esclavos.

En las vocaciones que no se estropean por el camino, la philia, surgida de la maduración del eros, florece a su vez en agape. Este es el tiempo de la madurez plena, cuando las flores de la primavera se convierten en los frutos del verano. La comunidad que haya sido capaz de conservar la primera vocación y convertirla en una aventura colectiva compartida y fecunda, se convierte ahora en un trampolín hacia nuevos horizontes del espíritu. La comunidad desempeña su oficio de buen pedagogo e introduce finalmente a la persona en la vida adulta. Seguimos viviendo con y por los demás compañeros de viaje, pero con una libertad y una verdad totalmente nuevas. La liberación prometida en la primera llamada alcanza aquí una primera meta: nos liberamos de la misma comunidad que se nos había dado. Entendemos que se nos ha enviado a una comunidad más grande que la nuestra: la de todos. Descubrimos que la familia que nos ha acogido no era la última palabra, sino tan solo la penúltima, que nuestro destino está en la tierra de todos, que el cielo sobre el jardín de casa es demasiado pequeño como para contener nuestra llamada al infinito. Y partimos, aunque no nos movamos de la casa de siempre. No hay libertad más verdadera y radical que la que mana del agape, cuando nos convertimos de verdad en anima mundi y conocemos la gratuidad. Quien se tropieza con estas almas agápicas siente el latido del universo entero, sin la limitación de las fronteras de una comunidad o un carisma específico. Sus identidades se hacen radicalmente universales, sus comunidades tienen siempre la puerta abierta.

Las emociones y los sentimientos son el alba de una vocación, no el mediodía. El primer diálogo exclusivo y pletórico debe convertirse con el tiempo en diálogo con los hombres, con los pobres, con los esclavos, con todas las voces del mundo, con la de los pájaros, el mar y las piedras. Una sola voz no basta hoy para decir la primera voz que nos llamó ayer. Demasiadas personas pierden la fe en la verdad de la voz del primer encuentro porque la buscan en los lugares equivocados, en la infancia de la vocación, en los sentimientos y en las pasiones del corazón. Aquella fue tan solo la cuna, pero de mayores las cunas deben servir para acoger a nuestros hijos y a los de los demás. La fe bíblica no es nunca un consumo individual. Siempre es generación de una salvación todavía no realizada para otros y de vez en cuando también para uno mismo. Noé subió al arca de salvación que había construido por vocación. En cambio Moisés no alcanzó la tierra prometida, sólo la vio de lejos. Cuando recibimos una llamada no sabemos si también nosotros nos salvaremos o si sólo salvaremos a otros. Pero lo que de verdad cuenta es caminar hasta el final. El monte Nebo puede ser un buen lugar para morir si antes hemos visto a nuestro pueblo alcanzar la salvación.

Habitualmente estas vocaciones bloqueadas llegan a una gran crisis, cuando la natural adaptación a las emociones reduce hasta anularla la capacidad de experimentar el placer del consumo emocional. Llega una absoluta aridez del sentir, que se confunde con la aridez espiritual. Si hemos identificado la vocación con aquel primero y único alimento, nos perdemos. Algunas veces esta gran aridez puede abrir una nueva fase y marcar el comienzo de la vida espiritual. Pero este feliz desenlace es raro, porque muchas veces a los que caen en esta aridez “erótica”, en lugar de ayudarles a cambiar radicalmente de registro, se les anima a seguir con su propio consumo interior para encontrar las emociones perdidas. Y entonces la enfermedad se hace incurable. No se comprende que para pasar de una edad de la vida a otra sólo hay que aprender a morir.

No es menos común el bloqueo en la fase de la philia, aunque es más difícil de identificar como enfermedad y fracaso vocacional, porque el límite entre la philia y el ágape está mucho más difuminado que el que existe entre eros y philia. Las personas que llegan a la fase de la philia experimentan frutos parecidos a los típicos del agape. Cuando desde el eros individual se alcanza la coralidad de la vida comunitaria, se vive una nueva fecundidad, sobre todo en comparación con la esterilidad de la fase erótica alargada más allá de su arco temporal natural. Por eso es fácil quedarse enjaulados en la comunidad-philia y no llegar nunca a la verdadera fase agápica. Cuando se alcanza la edad de la philia, la identidad individual acaba casi inevitablemente coincidiendo con la identidad comunitaria. Nos identificamos con ella hasta el punto de no lograr ya decir “yo” sino únicamente “nosotros”. La llegada de la fase del ágape se convierte entonces en liberación de la philia comunitaria. Es una gran bendición, que llega como una herida que puede ser muy profunda y dolorosa. No se puede pasar de la edad del eros a la del ágape sin atravesar la philia, porque las comunidades-agape son resurrección de la comunidad-philia y por consiguiente son esenciales. Cuando la identidad personal se identifica durante años con la identidad colectiva, pasar a la nueva libertad del ágape supone una verdadera muerte. La comunidad-philia debe desaparecer para dejar espacio a la comunidad-agape. Esta desaparición arrastra todo consigo: el carisma, nuestra personalidad y con frecuencia también la fe. La pérdida es total y radical, pero no hay otro camino para alcanzar la tierra del ágape. La sabiduría de quien acompaña a las personas durante las crisis de la philia reside en saber indicar la tierra prometida más allá de las oleadas que lo arrollan todo, en saber mostrar más allá del mar un árbol mucho más fecundo y lozano que el bonsái que está muriendo.

Sólo aquellos que ya han superado la fase de la philia (y del eros) deberían acompañar a los que siguen luchando en el vado. Demasiados Jordanes se quedan sin cruzar porque los guías no los ven o los confunden con el Nilo de la antigua esclavitud.

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